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lunes, 4 de julio de 2011

Como un ladrón

Yo vivía relativamente cómodo, acaso porque no se me había ocurrido creer en Dios. Ahora sé que muy pocos están en condiciones de aceptar esto que de tan sencillo es casi estúpido. Los más se imaginan que cada uno tiene la obligación de nacer con su pequeño dios. También se tiene el deber de nacer de cabeza y sin embargo siempre hay algún díscolo que nace de trasero.

Entonces no me gustaba enfrentarme a ciertos problemas ni tampoco tenía necesidad de hacerlo. No discutía el prestigio de la muerte y sentía por ella un miedo insignificante, sin escolta de libros, solitario. Después supe que mi miedo privado era sólo una variante del terror general. Y ésta fue la primera vergüenza de mi vida: que los otros usaran el mismo miedo que yo. Algo así como la rabia inexplicable que nos acomete cuando vemos a otro individuo con nuestros calcetines, con nuestros lunares o con nuestra calva.

Gracias a la muerte se liquidaba la aventura y era preciso renunciar definitivamente a los espejos, a los amaneceres, a la sed; retroceder hasta caer de espaldas, con todo el peso de la vida en las sienes, sin cuerpo, sin tacto, sin luz. Naturalmente, desaparecer así me llenaba de asco. Pero era un asco mórbido, que al fin de cuentas resultaba una invención, una especie de tanteo, casi una profecía particular.

A los treinta años yo era un tipo mediocre. Había fracasado como corredor de seguros, como periodista, como amante, creo que como hijo. De estos cuatro fiascos sólo llegó a preocuparme el primero. En realidad pensaba que mi vocación podía ser ésa: asegurar, es decir, hacer que los otros se aseguraran. Por otra parte, me encantaba -tal vez me encantaría aún- hallar a una persona verdaderamente segura. Para mí era un espectáculo tan absurdo ver a un pobre hombre tomando sus prudentes y espléndidas medidas para que su muerte beneficiase a alguien, que no podía evitar la risa, una risa increíblemente generosa y sin burla. Pero ¿qué medidas? Pero ¿medidas en dónde, hasta cuándo, en nombre de quién? Cuando uno adquiere la costumbre de la muerte, se habitúa también a que el futuro carezca de sentido, de posibilidad, hasta de espacio. ¿Acaso pueden tener significado una esposa o unos hijos cobrando el precio de algo que no existe? Por eso fracasé. Los presuntos clientes acababan por mirarme angustiados, espiando la menor posibilidad de evasión para abandonarnos, a mí y al formulario.

No sé si hará de esto siete u ocho meses. Una tarde vino a verme Aguirre a la pensión. Cuando abrió la puerta, yo me estaba secando la cara. Recuerdo esto porque al principio me pareció que la toalla tenía olor a axila. Después me di cuenta que venía de Aguirre. Era un olor agrio, penetrante, en medio del cual, Aguirre me dijo pomposamente que había hallado un Maestro de Compasión. Yo pensé que hubiera sido mejor que hallara un desodorante. Pero él insistió y me dio un nombre: Rosales, Eduardo Rosales. Era un chileno de unos cuarenta años, con barba y con discípulos, una especie de filósofo casero. Tres veces por semana reunía en su casa a gente como Aguirre: entusiasta, supersticiosa, no muy avispada. Precisamente, por no ser Aguirre muy avispado, no entendí un cuerno de la doctrina de Rosales. Porque el tipo tenía su doctrina: algo de herencia kármica, de evolución mental, de caridad sui géneris. En resumen: una mezcolanza inofensiva de teosofía y rosacrucismo.

Aguirre quería que yo fuese a las reuniones. Me sorprendí pensando que no estaría mal; un rato después, diciéndole que sí. Entonces me dedicó una mirada tan torpe como incrédula. Luego se iluminó. Le resultaba difícil admitir que me había convencido, que podría ¡por fin! llevar su neófito. Además, yo debía tener algún prestigio para él. Era, en cierto modo, un intelectual, es decir, un tipo que había escrito algún artículo para los diarios y que a veces trabajaba en traducciones.

Intenté imaginar el color de las reuniones. Viejos ex teósofos que conocerían a Blavatsky sólo de oído, algún espiritista que aún no se atrevería a proponer la aventura que aquietase algún escozor de su confortable conciencia, y mujeres, muchas mujeres esmirriadas y sin ovarios, que disfrutarían su placer supersticioso zambulléndose graciosamente en un lenguaje de meditación y esoterismo.

La realidad no alcanzó a defraudarme. Simplemente era eso. Con el complemento de algún enfermero jubilado que disfrutaba lo indecible al codearse con gente de otra clase, de una dama de pasado glorioso, que cumplía allí su cantada vocación de misericordia; de un jovencito casi miope, dotado de un convincente tic afirmativo que parecía representar la aceptación tácita de la modesta muchedumbre. Pero además estaba Rosales. A pesar de mi poco entusiasmo, tuve que reconocer que me impresionaba. Tenía una voz grave, sonora; quizá por eso sentí que mi pensamiento se distendía. Sin embargo, no expuso nada nuevo, es decir, presentó como nuevo lo que había dicho Krishnamurti o Eliphas Leví o el remoto Gautama. Naturalmente, yo tenía mis lecturas, pero nunca había sentido nada de esto en una voz. Quizá resulte inexplicable, pero lo cierto es que me venció sin convencerme.

Entonces supe que hacía mal en obstinarme, en ocultar mi rostro a Dios, en hundirme en el aburrimiento. Gracias a Rosales, o mejor, la voz de Rosales, un día me encontré creyendo. Hasta hallé razones para cambiar de vida. No es lo mismo una vida sin Dios que una vida con Dios. El secreto tal vez consistía- en que yo lo tomaba como un juego. Rosales tenía una frase encantadoramente tonta: «Cada alma es una partícula de Dios. » Mentalmente yo jugaba a sentirme partícula, pero era notoria mi incapacidad para establecer contacto con el Todo.

Fue en una de esas reuniones que conocí a Valentina. Generalmente nos íbamos juntos y yo la acompañaba hasta su casa, un conventillo inverosímilmente limpio de la Ciudad Vieja. Ella solía decir que sólo gracias a la existencia nueva que Rosales nos descubría, podía parecerle soportable ese mezquino ambiente familiar. Yo la conformaba con un «Sí, es tremendo» o cualquier otra simpleza, a fin de que ella no interrumpiera la confidencia. Siempre que se ponía patética me tomaba del brazo, y eso a mí me gustaba. Un martes se puso más patética que de costumbre y entonces la besé. Pero el viernes siguiente Rosales habló de la concupiscencia y echó mano de tales símiles, de tales amenazas, que parecía un nuevo San Pablo amonestando a sus nuevos Gentiles. De ahí en adelante me sentí concupiscente cada vez que Valentina se ponía patética y, como no quise besarla más, ella abandonó las confidencias.

Después de eso me dio por cavilar acerca de que mi nuevo estado no era en realidad tan cómodo ni tan feliz como yo había esperado. Pensaba que de no haber sido por la arenga de Rosales, habría podido desear moderadamente a Valentina, besarla de vez en cuando y quizá algo más, exactamente como hubiera hecho con cualquier otra muchacha que me pusiera al tanto de sus infortunios. A los treinta años uno sabe que las mujeres hacen eso a fin de llevar a cabo su conquista pasiva por la vía conmovedora. Yo nunca dejé que me conmovieran, pero siempre tuve el prudente cuidado de aparentar lo contrario, de modo que tanto ellas como yo, quedáramos conformes y orgullosos.

Fuera de estas molestias, yo conseguía sobrellevar pasablemente mi fondo religioso de mediana tortura, sin que, por otra parte, pudiera acomodarlo a un dogma en particular. Sentía duramente que no podría hallarme a solas con el mundo, como isla en el tiempo, entre los confines mediatos de mi nacimiento y de mi muerte; que, por el contrario, debía ir más allá. Llegado el momento, me quitaría o me quitarían el cuerpo como una caparazón inútil y podría ingresar en otra ronda de existencia, acaso a la espera de otras caparazones. Seguro de mi vergonzosa inmortalidad e incómodo ante la prerrogativa de no ignorarla, llegaba a pensar que el secreto tal vez residiera en algo así como un desprendimiento del cepo somático. Si era egoísta con mi cuerpo, si quería a mi cuerpo, me costaría desprenderme de él, y desde el momento en que mutuamente nos necesitáramos -mi cuerpo y yo- hasta sernos el uno al otro casi indispensables, no podría abandonarlo y acaso me destruyese en su destrucción. Pero si soportaba a mi cuerpo como se sufre una costumbre, como se tolera un vicio menor, podría depositarlo en el pasado y acaso llegase también a olvidarlo.

Algo de esto le dije a Rosales en la primera oportunidad que se me presentó. Me contestó que, evidentemente, yo había aprovechado su enseñanza. Recuerdo que pensé que todo eso tenía muy poco que ver con ella, pero le dije, en cambio, que efectivamente sus palabras me habían servido de mucho. Entonces lo vi iniciar un gesto de menosprecio y obtuve la imprudente seguridad de que se trataba de un tipo increíblemente sórdido.

Lo natural hubiera sido que de inmediato me evadiera de su engranaje. Me quedé, sin embargo. No podía tolerarme a mí mismo pronunciando mentalmente -basado en un solo gesto- el juicio definitivo acerca de alguien.

Me hallaba dispuesto, pues, a investigar sus procedimientos, cuando una noche me encontré con Aguirre. Ya hacía unos dos meses que éste no aparecía por lo de Rosales. Mostrando ahora la misma exaltación con que antes lo había puesto por las nubes, me arrastró a un café y me contó todo. El chileno era sencillamente un vividor. Aguirre se había enterado, gracias a una imprevista relación, de que en Buenos Aires el Maestro había iniciado unas reuniones semejantes a las que organizaba aquí, para concluir fundando un Instituto Esotérico y escaparse más tarde con el fondo común. Se le acusaba además de bigamia y falsificación. Toda una alhaja, en fin. Pero había algo más. Según la versión de Aguirre, un viernes en que la reunión había estado poco concurrida (yo mismo había faltado), los escasos adeptos se habían retirado muy temprano. Aguirre, que también se había ido, volvió después a retirar un libro. Pero cuando fue a entrar en el despacho de Rosales, se halló con un espectáculo inesperado: el Maestro apretujaba a Valentina, sin mayor resistencia por parte de ella. «Usted perdone que le informe con tanta claridad», agregó Aguirre, «conozco cuáles son sus sentimientos respecto a la muchacha».

Estuve por preguntarle cuáles eran esos sentimientos, puesto que yo mismo los ignoraba, pero ya Aguirre había cerrado el paréntesis y seguía relatando el enojo con que Rosales lo había echado. «Es un demonio», concluyó, «yo estoy dispuesto a hacerle todo el mal que pueda». Inevitablemente me encontré pensando bien acerca de Rosales. Tal era la poca confianza que me inspiraba su antiguo iniciado.

El martes, sin embargo, al salir de la reunión, me las arreglé para acompañar a Valentina. Me parece recordar que la tomé del brazo. Ella me dejó hacer. Pero yo dudaba. Francamente, no sabía si la necesitaba, si la necesitaría. No obstante, me sentí seguro; seguro de la duda, naturalmente. Y eso era bastante. Me contó un sueño. Creo que lo había inventado. Siempre inventaba los sueños y yo no aparecía en ellos. Tal vez por eso los inventaba.

De pronto le pregunté si se acordaba de Aguirre. Esto la tomó de sorpresa y sólo rezongó: «Ya te fue con el cuento.» Unicamente por llenar las formalidades, le pregunté si era cierto. Dijo que sí, y que no tenía vergüenza de confesarlo, que Rosales era decididamente un hombre, un hombre inteligente; que yo mismo, en vez de gastarme los ojos haciendo traducciones, bien podría aprender de él, que con sólo unas palabritas convencía y estafaba a unos pobres estúpidos como Aguirre y -¿por qué no decirlo?- como yo.

Lo más lamentable de todo esto era su exactitud. Por cierto no precisaba que ella me hiciera propaganda a favor de Rosales: yo le reconocía atributos de vileza que siempre había considerado inalcanzables, hasta como utópico ideal. Con todo, nunca deja de interesar el verse comentado, el ser objeto de una opinión, por más hiriente que ésta pueda ser. Se adquiere conciencia del mediocre existir, gracias a los ecos vulgares que despierta la palabra de uno, gracias a las miradas -asombradas o compasivas- que despierta la presencia de uno. Se llega a vivir como reacción de los otros, como muro donde las impresiones ajenas aprenden a rebotar. Así, cuando yo escuchaba cómo Valentina me trataba de estápido, no podía dejar de apreciar la razón urgente que la asistía, desde que yo me quedaba tranquilo -lo peor de todo: sin abofetearla- como si ella estuviera haciendo mi apología en lugar de reducirme a cero. Creo que cualquier palabra mía hubiera estado de más. Por eso me callé. Fue necesario que me limitase al gesto persuasivo, casi conmovedor, ese que suele introducirse en la caricia. A la media hora había hecho ante Valentina iguales o mejores méritos que Rosales. Y esta vez respiré aliviado al no sentirme concupiscente, tan luego ahora, cuando sin duda había llegado a serio.

Después, habiendo dejado a Valentina relativamente conforme, tuve conciencia de ser un tipo razonable, tan razonable como no lo había sido en muchos años. Vi claramente que no la necesitaba para nada. Entonces me encaminé a casa de Rosales. Era muy tarde ya, pero la luz del despacho estaba encendida. Me animé a llamar. Sin demostrar asombro, por el contrario, con un gesto amable, Rosales abrió la puerta y me hizo entrar. últimamente nuestras entrevistas habían menudeado. Servían, entre otras cosas, para que él me tomara confianza y yo se la perdiera. Afortunadamente, no había hecho de él un ídolo. Me sentía convicto de soledad. En rigor, si nunca había menospreciado a los felices, tampoco había ostentado mi propia infelicidad como un honor, como una dignidad concedida por Dios a sus selectas minorías. De ahí que la posibilidad de hablarle a Rosales poniendo las cartas sobre la mesa, fuera para mí un asunto de vital importancia.

Como primera medida, me hizo sentar en un sillón exageradamente bajo, de esos que acentúan, hasta hacerla insoportable, la propia inferioridad. Al mismo tiempo, él se puso de pie. Por primera vez me di cuenta del porqué de la barba. Visto desde allí abajo, su rostro aparecía como realmente era: repugnante. Pero la barba permitía un aplazamiento de esa repugnancia.

«Ayer estuve con Aguirre», dije aquí también. Sin prestarme mayor atención, Rosales se dio vuelta hacia la biblioteca. Me pareció que buscaba algo. Cuando lo encontró, vi que era la Biblia. De pronto se dirigió hacia mí con premeditada brusquedad y dijo que yo tenía una expresión incómoda. Un minuto antes yo había estado pensando justamente en mi incomodidad. Después gritó: «Diga de una vez, ¿qué le pasa? » Yo iba a recurrir al tradicional «Oh, usted lo sabe mejor que yo», pero él agregó: «Vamos, sea franco, hace un mes todavía creía que yo era un sabio, casi un Maestro, algo así como la salvación de la humanidad. Ahora ya. no cree.... ahora está seguro de que soy un ladrón. » Le confesé que me había evitado la violencia de decírselo. Aparentemente conservaba la calma, esa calma elástica que sabía estirar hasta la desesperación. Pero ni siquiera había suavizado el tono, cuando dijo: «Tiene razón. Soy lo que usted piensa. Pero no se alegre. » Le aclaré que no me alegraba en absoluto. Entonces me preguntó por qué no me iba y lo dejaba tranquilo. «No pida demasiados, dije. Rosales sonrió, como quien se decide a tomar la iniciativa, como quien vuelve por fin a su lugar después de una larga simulación, y me alcanzó la Biblia. Había un versículo marcado con lápiz rojo. «Lea», ordenó. Yo no tenía inconveniente en jugar un rato a la obediencia y empecé a murmurar: «Acuérdate de lo que has recibido y has oído, y guárdalo y arrepiéntete. Y si no velares, vendré a ti como ladrón y no sabrás en qué hora vendré a ti. » Cuando terminé la breve lectura, vi que él había adoptado una expresión casi regocijada. De ahí en adelante, yo sabía que iba a estar seguro de sí mismo. Y empezó: « ¿No se le ocurre que acaso usted no haya velado, que tal vez sea por eso que yo vengo a usted como ladrón? Pero voy a ayudarle en sus razonamientos. Usted es un temperamento religioso, tiene respeto por la palabra de Dios. Ahora fíjese bien: si la palabra de Dios le recuerda que Él vendrá como ladrón, ¿de qué modo podrá reconocer usted en cuál de los ladrones está Dios? ¿Y si en este ladrón que soy YO, estuviera Dios? No sabrás en qué hora vendré a ti. ¿No puede ser ésta la hora? » Pensé que, efectivamente, podría ser. Mas, a pesar de todo, me sentí con la calma suficiente como para fingir cierta repentina nerviosidad. Incitado por ésta, Rosales se decidió a tranquilizarme con un ademán generoso. Después, inopinadamente me despidió, no sin antes recordarme que lo viera al día siguiente, «a fin de hablar -así dijo- de algunos planes que tengo para un futuro próximo, en el que usted podrá convertirse en mi mano derecha».

En los últimos diez minutos la tensión había sido exagerada, al menos para mis pocas fuerzas, y había llegado a sentirme molesto.. De modo que fue un alivio encontrarme otra vez en la calle,. sin nadie a quien saludar ni eludir ni reconocer.

Pero en seguida tuve que pensar en Valentina; como última defensa, la deseé. No estaba errado al recurrir a ese deseo. Pero mi cansancio era mayor que mi habilidad para engañarlo y ya no fue posible evitar el careo conmigo mismo.

Él lo había dicho. Yo poseía un temperamento religioso. Un año atrás no lo hubiera creído, pero era así. Ya no podía imaginarme viviendo sin Dios. Hasta el momento de hablar con Rosales, eran para mí innegables el equilibrio y la justicia integral de¡ universo' Por eso debía admitir la posibilidad de varias existencias para una sola alma. Las condiciones favorables o desfavorables en que nacía cada uno, eran para mí el saldo acreedor o deudor de la última existencia. Sí, el hombre se heredaba a sí mismo, y se heredaba a sí mismo porque había justicia. Pero ¿y la cita del Apocalipsis? ¿Había justicia en que tuviéramos que reconocer a Dios entre ladrones? No era tan complicado, sin embargo. Si la palabra ladrón era allí una metáfora, una traslación de significados a través de una imagen («vendré a ti como ladrón», es decir, como viene un ladrón, subrepticiamente, sin que nadie lo advierta), entonces la emboscada de Rosales no tenía efecto. Él no venía como ladrón sino que era un ladrón, y yo lo hubiera podido matar sin violentar mis escrúpulos ni torturar mi conciencia religiosa. Se trataría simplemente de eliminar a un anticristo. Personalmente, prefería esa interpretación. Pero estaba la otra: que el sentido no fuese metafórico sino literal, es decir, que Dios avisara realmente que vendría como ladrón. De ser así, mi concepto de justicia universal amenazaba derrumbarse sin remedio. Si Dios nos enfrentaba a todos los ladrones del mundo para que reconociéramos Quién era Él, dejaba de ser justo, dejaba de jugar con recursos leales; sencillamente, se convertía en un tramposo. Claro que este Dios no me interesaba ni merecía que le amase, y, por lo tanto, aunque Rosales fuese el mismo Dios, también podría matarlo.

Era necesario preguntarse qué remediaba uno con esto. Imposible decir a sus discípulos quién era Rosales. Nadie me hubiera creído. Además, su delito -el del robo, al menos-, no podía demostrarse. El único documento que entregaba a cambio del dinero ajeno, era su confianza, y ésta no servía como testimonio. Si yo decidía finalmente eliminarlo, lo rodearían de un prestigio de mártir. Pero acaso esto les ayudase a vivir. Por otra parte, él ya no estaría para destruirles la fe con su realidad inmunda, con ese golpe brutal y revelador que podía convertirlos repentinamente de cruzados del bien en miserias humanas.

Mientras tanto, yo había llegado a la Plaza, a sólo dos cuadras de la pensión. Recuerdo que me senté en un banco; apoyé la desguanecida nuca en el respaldo y miré hacia el cielo, por primera vez en varios meses. Entonces me sentí aplastado, inocente, infeliz. Comprendí que estaba a punto de llorar, pero también que iba a ser un llanto vano, que nada me haría adelantar en la busca de una escapatoria. Estaba todo demasiado claro; no había excusa posible.

No quiero relatar cómo lo maté. Decididamente me repugna. Resultó en realidad más atroz que lo más atroz que yo había imaginado. Me esperaba para hablarme del futuro... Pero su futuro no existe ya. Lo he convertido en una cosa absurda.

Dicen que su gente creyó reconocer una última bendición en su boca milagrosamente muda, felizmente sellada por mi crimen. Cuando me interrogaron, no tuve inconveniente en confirmarlo. Entonces me pidieron que les transmitiera exactamente sus palabras finales. En realidad, sus palabras finales fueron tres veces «mierda», pero yo traduje: « Paz.» Creo que estuve bien.

LA MUERTE

Conviene que te prepares para lo peor.
Así, en la entonación preocupada y amiga de Octavio, no sólo médico sino sobre todo ex compañero de liceo, la frase socorrida, casi sin detenerse en el oído de Marlano, había repercutido en su vientre, allí donde el dolor insistía desde hacía cuatro semanas. En aquel ins~ tante había disimulado, había sonreído amargamente, y hasta había dicho: «no te preocupes, hace mucho que estoy preparado». Mentira, no lo estaba, no lo había estado nunca. Cuando le había pedido encarecidamente a Octavio que, en mérito a su antigua amistad («te juro que yo sería capaz de hacer lo mismo contigo»), le dijera el diagnóstico verdadero, lo había hecho con la secreta esperanza de que el viejo camarada le dijera la verdad, sí, pero que esa verdad fuera su salvación y no su condena. Pero Octavio había tomado al pie de la letra su apelación al antiguo afecto que los unía, le había consagrado una hora y media de su acosado tiempo para examinarlo y reexaminarlo, y luego, con los ojos inevitablemente húmedos tras los gruesos cristales, había empezado a dorarle la píldora: «Es imposible decirte desde ya de qué se trata. Habrá que hacer análisis, radiografías una completa historia clínica. Y eso va a demorar un poco. Lo único que podría decirte es que de este primer examen no saco una buena impresión. Te descuidaste mucho. Debías haberme visto no bien sentiste la primera molestia.» Y luego el anuncio del primer golpe directo: «Ya que me pedís, en nombre de nuestra amistad, que sea estrictamente sincero contigo, te diría que, por las dudas ... » Y se había detenido, se había quitado los anteojos, y los había limpiado con el borde de la túnica. lJn gesto escasamente profiláctico, había alcanzado a pensar Marlano en medio de su desgarradora expectativa. «Por las dudas ¿qué?», preguntó, tratando de que el tono fuera sobrio, casi indiferente. Y ahí se desplomó el cielo: «Conviene que te prepares para lo peor. »
De eso hacía nueve días. Después vino la serie de análisis, radiografias, etc. Había aguantado los pinchazos y las propias desnudeces con una entereza de la que no se creía capaz. En una sola ocasión, cuando volvió a casa y se encontró solo (Agueda había salido con los chicos, su padre estaba en el Interior), había perdido todo dominio de sí mismo, y allí, de pie, frente a la ventana abierta de par en par, en su estudio inundado por el más espléndido sol de otoño, había llorado como una criatura, sin molestarse siquiera por enjugar sus lágrimas. Esperanza, esperanzas, hay esperanza, hay esperanzas, unas veces en singular y otras en plural; Octavio se lo había repetido de cien modos distintos, con sonrisas, con bromas, con piedad, con palmadas amistosas, con semiabrazos, con recuerdos del liceo, con saludos a Agueda, con ceño escéptico, con ojos entornados, con tics nerviosos, con preguntas sobre los chicos. Seguramente estaba arrepentido de haber sido brutalmente sincero y quería de algún modo amortiguar los efectos del golpe. Seguramente. Pero ¿y si hubiera esperanzas? 0 una sola. Alcanzaba con una escueta esperanza, un a diminuta esperancita en mínimo singular. ¿Y si los análisis, las placas, y otros fastidios, decían al fin en su lenguaje esotérico, en su profecía en clave, que la vida tenía permiso para unos años más? No pedía mucho: cinco años, mejor diez. Ahora que atravesaba la Plaza Independencia para encontrarse con Octavio y su dictamen final (condena o aplazamiento o absolución), sentía que esos singulares y plurales de la esperanza habían, pese a todo, germinado en él. Quizá ello se debía a que el dolor había disminuido considerablemente, aunque no se le ocultaba que acaso tuvieran algo que ver con ese alivio las pastillas recetadas por Octavio e ingeridas puntualmente por él. Pero, mientras tanto, al acercarse a la meta, su expectativa se volvía casi insoportable. En determinado momento, se le aflojaron las piernas; se dijo que no podía llegar al consultorio en ese estado, y decidió sentarse en un banco de la plaza. Rechazó con la cabeza la oferta del lustrabotas (no se sentía con fuerzas como para entablar el consabido diálogo sobre el tiempo y la inflación), y esperó a tranquilizarse. Agueda y Susana. Susana y Agueda. ¿Cuál sería el orden preferencial? ¿Ni siquiera en este instante era capaz de decidirlo? ÿgueda era la comprensión y la incomprensión ya estratificadas; la frontera ya sin litigios; el presente repetido (pero también había una calidez insustituible en la repetición); los años y años de pronosticarse mutuamente, de saberse de memoria; los dos hijos, los dos hijos. Susana era la clandestinidad, la sorpresa (pero también la sorpresa iba evolucionando hacia el hábito), las zonas de vida desconocida, no compartidas, en sombra; la reyerta y la reconciliación conmovedoras; los celos conservadores y los celos revolucionarios; la frontera indecisa, la caricia nueva (que insensiblemente se iba pareciendo al gesto repetido), el no pronosticarse sino adivinarse, el no saberse de memoria sino de intuición. Agueda y Susana, Susana y ÿgueda. No podía decidirlo. Y no podía (acababa de advertirlo en el preciso instante en que debió saludar con la mano a un antiguo compañero de trabajo), sencillamente porque pensaba en ellas como cosas suyas, como sectores de Mariano Ojeda, y no como vidas independientes, como seres que vivían por cuenta y propios. Agueda y Susana, Susana y Agueda, eran en este instante partes de su organismo, tan suyas como esa abyecta, fatigada entraña que lo amenazaba. Además estaban Coco y sobre todo Selvita, claro, pero él no quería, no, no quería, no, no quería ahora pensar en los chicos, aunque se daba cuenta de que en algún momento tendría que afrontarlo, no quería pensar porque entonces sí se derrumbaría y ni siquiera tendría fuerzas para llegar al consultorio. Había que ser honesto, sin embargo, y reconocer de antemano que allí iba a ser menos egoísta, más increíblemente generoso, porque si se destrozaba en ese pensamiento (y seguramente se iba a destrozar) no sería pensando en sí mismo sino en ellos, o por lo menos más en ellos que en sí mismo, más en la novata tristeza que los acechaba que en la propia y veterana noción de quedarse sin ellos. Sin ellos, bah, sin nadie, sin nada. Sin los hijos, sin la mujer, sin la amante. Pero también sin el sol, este sol; sin esas nubes flacas, esmirriadas, a tono con el país; sin esos pobres, avergonzados, legítimos restos de la Pasiva; sin la rutina (bendita, querida, dulce, afrodisíaco, abrigada, perfecta rutina) de la Cala Núm. 3 y sus arqueos y sus largamente buscadas pero siempre halladas diferencias; sin su minuciosa lectura del diario en el café, junto al gran ventanal de Andes; sin su cruce de bromas con el mozo; sin los vértigos dulzones que sobrevienen al mirar el mar y sobre todo al mirar el cielo; sin esta gente apurada, feliz porque no sabe nada de si misma, que corre a mentirse, a asegurar su butaca en la eternidad o a comentar el encantador heroísmo de los otros; sin el descanso como bálsamo; sin los libros como borrachera; sin el alcohol como resorte; sin el sueño como muerte; sin la vida como vigilia; sin la vida, simplemente.
Ahí tocó fondo su desesperación, y, paradójicamente, eso mismo le permitió rehacerse. Se puso de pie, comprobó que las piernas le respondían, y acabó de cruzar la plaza. Entró en el café, pidió un cortado, lo tomó lentamente, sin agitación exterior ni interior, con la mente poco menos que en blanco. Vio cómo el sol se debilitaba, cómo iban desapareciendo sus últimas estrías. Antes de que se encendieran los focos del alumbrado, pagó su consumición, dejó la propina de siempre, y caminó cuatro cuadras, dobló por Río Negro a la derecha, y a mitad de cuadra se detuvo, subió hasta un quinto piso, y oprimió el botón del timbre 'unto a la chapita de bronce: Dr. Octavio Massa, médico.
-Lo que me temía.
Lo que me temía era, en estas circunstancias, sinónimo de lo peor. Octavio había hablado larga, calmosamenre, había recurrido sin duda a su mejor repertorio en materia de consuelo y confortación, pero Mariano lo había oído en silencio, incluso con una sonrisa estable que no tenía por objeto desorientar a su amigo, pero que con seguridad lo había desorientado. «Pero si estoy bien», dijo tan sólo, cuando Octavio lo interrogó, preocupado. «Además», dijo el médico, con el tono de quien extrae de la manga un naipe oculto, «además vamos a hacer todo lo que sea necesario, y estoy seguro, entendés, seguro, que una operación sería un éxito. Por otra parte, no hay demasiada urgencia. Tenemos por lo menos un par de semanas para fortalecerse con calma, con paciencia, con regularidad. No te digo que debas alegrarte, Mariano, ni despreocuparte, pero tampoco es para tomarlo a la tremenda. Hoy en día estamos mucho mejor armados para luchar contra ... » Y así sucesivamente Mariano sintió de pronto una implacable urgencia en abandonar el consultorio, no precisamente para volver a la desesperación. La seguridad del diagnóstico le había provocado, era increíble, una sensación de alivio, pero también la necesidad de estar solo, algo así como una ansiosa curiosidad por disfrutar la nueva certeza. Así, mientras Octavio seguía diciendo: «... y además da la casualidad que soy bastante amigo del médico de tu Banco, así que no habrá ningún inconveniente para que te tomes todo el tiempo necesario y.. », Mariano sonreía, y no era la suya una sonrisa amarga, resentida, sino (por primera vez en muchos días) de algún modo satisfecha, conforme.
Desde que salió del ascensor y vio nuevamente la calle, se enfrentó a un estado de ánimo que le pareció una revelación. Era de noche, claro, pero ¿por qué las luces quedaban tan lejos? ¿Por qué no entendía, ni quería entender, la leyenda móvil del letrero luminoso que estaba frente a él? La calle era un gran canal, sí, pero ¿por qué esas figuras, que pasaban a medio metro de su mano, eran sin embargo imágenes desprendidas, como percibidas en un film que tuviera color pero que en cambio se beneficiara (porque en realidad era una mejora) con una banda sonora sin ajuste, en la que cada ruido llegaba a él como a través de infinitos intermediarios, hasta dejar en sus oídos sólo un amortiguado eco de otros ecos amortiguados? La calle era un canal cada vez más ancho, de acuerdo, pero ¿por qué las casas de enfrente se empequeñecían hasta abandonarlo, hasta dejarlo enclaustrado en su estupefacción? Un canal, nada menos que un canal, pero ¿por qué los focos de los autos que se acercaban velozmente, se iban reduciendo, reduciendo, hasta parecer linternas de bolsillo? Tuvo la sensación de que la baldosa que pisaba se convertía de pronto en una isla, una baldosa leprosa que era higiénicamente discriminada por las baldosas saludables. Tuvo la sensación de que los objetos se iban, se apartaban locamente de él pero sin admitir que se apartaban. Una fuga hipócrita, eso mismo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? De todos modos, aquella vertiginosa huida de las cosas y de los seres, del suelo y del cielo, le daba una suerte de poder. ¿Y esto podía ser la muerte, nada más ue esto?, pensó con inesperada avidez. Sin embargo estaba vivo. Ni Agueda, ni Susana, ni Coco, ni Selvita, ni Octavio, ni su padre en el Interior, ni la Caja Núm. 3. Sólo ese foco de luz, enorme, es decir enorme al principio, que venía quién sabe de dónde, no tan enorme después, valía la pena dejar la isla baldosa, más chico luego, valía la pena afrontarlo todo en medio de la calle, pequeño, más pequeño, sí, insignificante, aquí mismo, no importa que los demás huyan, si el foco, el foquito, se acerca alejándose, aquí mismo, aquí mismo, la linternita, la luciérnaga, cada vez más lejos y más cerca, a diez kilómetros y también a diez centímetros de unos ojos que nunca más habrán de encandilarse.

domingo, 3 de julio de 2011

El sexo de los ángeles

Una de las más lamentables carencia de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato nunca confirmado de que los ángeles no hacen el amor, quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales. Otra versión, tampoco confirmada, pero más verosímil sugiere que, si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos por la mera razón que carecen de erotismo lo celebran, en cambio, con palabras, vale decir, con las orejas. Así, cada vez que Angel y Angela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y sentarse mediante el intercambio de miradas, que, por supuesto, son angelicales. Y si Angel para abrir el fuego dice "Semilla", Angela para atizarlo responde "Surco". El dice "Alud" y ella tiernamente "Abismo". Las palabras se cruzan vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos, Angel dice "Madero" y Angela "Caverna". Aletean por ahí un ángel de la guarda misógino y silente y un ángel de la muerte viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe. Sigue silabeando su amor. El dice "Manantial" y ella " Cuenca". Las sílabas se impregnan de rocío y aquí y allá, entre cristales de nieve, circula en el aire, sus expectativas. Angel dice "Estoqueo" y Angela radiante, "Herida", el dice "Tañido" y ella dice "Relato". Y en el preciso instante del orgasmo intraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos se estremecen, entremolan, estallan y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.

martes, 21 de junio de 2011

Estados de ánimo - Mario Benedetti

A veces me siento como un águila en el aire ...
(A propósito de una canción de de Pablo Milanés)

Unas veces me siento
como pobre colina,
y otras como montaña
de cumbres repetidas,
unas veces me siento
como un acantilado,
y en otras como un cielo
azul pero lejano,
a veces uno es
manantial entre rocas,
y otras veces un árbol
con las últimas hojas,
pero hoy me siento apenas
como laguna insomne,
con un embarcadero
ya sin embarcaciones,
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde,
te acerques y te mires..
te mires al mirarme.

sábado, 7 de mayo de 2011

La mendiga

La mendiga bajaba siempre a la misma hora y se situaba en el mismo tramo de la escalinata, con la misma enigmática expresión de filósofo del siglo diecinueve. Como era habitual, colocaba frente a ella su paltillo de porcelana de Sérves pero no pedía nada a los viandantes. Tampoco tocaba quena ni violín, o sea que no desafinaba brutalmente como los otros mendigos de la zona.

A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.

Curiosamente, los billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Esta mañana

Lo han arrojado del sueño con la piel estirada, los ojos desmesuradarnente abiertos a la luz inmóvil que aletarga el cuarto. Puede reconocerse, sin embargo, nombrarse en alta voz. No bien dice «Jorge», retrocede el hechizo. Entonces le es dado adivinar relativamente lejos su propio pie sosteniendo la sábana, y, más cerca, su mano izquierda, sola, dormida aún, abandonada sobre el pecho, junto a La estancia vacía, de Morgan, abierto en la página ciento cincuenta y tres. Cuando la otra mano, la derecha, vuelve a tomar el libro entre sus dedos -el pulgar inmiscuido entre las hojas como otro lector- Jorge prueba a leer: «Se lo dije porque las palabras estaban llenas de vida para mí. ¿No ha escrito usted nunca una carta sin la intención de mandarla, y la ha puesto en un sobre sin la intención de mandarla, y ha salido con ella... todavía sin el propósito de enviarla; y entonces ha oído cómo caía en el buzón?» Sí, esto puede entenderse. Él sabe por qué se ha detenido allí y aceptado el tema. Además, se conoce resistente y lúcido, lo suficiente como para aplazar hasta hoy, si no la interpretación, al menos la continuación de cierto anhelo de la víspera.

Todavía sin plan, todavía desordenado y hosco, aparta la sábana con un ademán lento y se sienta en la cama, los pies apoyados sobre el piso desnudo, lejos de la alfombra. Es el momento oportuno para acercar los zapatos, los arqueados zapatos negros. Pero no acaba de decidirse. Mientras el frío de las baldosas va piernas arriba, caderas arriba, hasta lamer el vaho tibio de la cama, que aún perdura en su espalda, en su pecho, en sus hombros, conserva todavía en la cabeza -no tanto en la memoria- el sonido y el olor de anteayer, el olor y el sonido de la figura aborrecida y admirada, del hombre alto, calvo y afeitado, con el enorme vientre desafiante y las piernas firmes, un poco separadas. Aborrecido y admirado, no. Ni aborrecer ni admirar. Más bien sentir en la conciencia... menos que eso, en la boca, en las manos, en los ojos, la justificación del propio pudor, el asco indiferente hacia el hombre alto.

Quién sabe hasta dónde puede, podría obstinarse el pudor. Subsiste, pese al retroceso de los pensamientos, pese al estancamiento o la deformación de la vergüenza. El pudor tira hacia sí, porque es una especie de raíz de la raíz. Acaso, finalmente, el único camino hacia el altruismo.

Uno toma los calcetines de la víspera -pasos, umbrales, escalones-, uno toma los calcetines e introduce en cada uno de ellos el pie frío, violáceo de varices pequeñas, endurecido. Si comienza a vestirse es porque ha resuelto esquivar el baño matinal, por un inexplicable temor supersticioso a quedarse limpio de todo lo maquinado hasta ayer. Quedarse limpio, ¿por qué?, ¿de qué? Uno no tiene mayormente dudas sobre el fondo, sobre el origen, sobre el color moral del asunto. Las dudas -no vacilaciones: uno puede vacilar en dudar o lanzarse de lleno a la duda-, las dudas sólo son acerca del procedimiento, de detalles del procedimiento.

Sentirse vestido es, en cierto modo, acabar de despertarse. Ayuda a ayudarse, a desalojar la inseguridad, a ser. Uno se siente vestido y se halla listo para gobernar la mirada, para encerrarse en uno o para salir de uno, para agonizar irremediablemente o para estallar en la rutina. Percibe cómo la sangre reconoce su mundo y corre y vive. Y uno se siente vivir al ritmo de la sangre: aunque parezca mentira, uno se siente vivir al ritmo de la propia sangre. Aunque parezca mentira, la sangre también conserva el sonido y el olor de anteayer, cuando el hombre alto, calvo y afeitado que se llama Gálvez irrumpió en la sala de escritorios verdes y metálicos (todos estaban comentando el último partido y la original y atrevida tesis de Menéndez acerca del sistema M-W se basaba enteramente en la sabiduría de un comentarista de radio) y nadie supo que estaba allí, a tal punto que Silva le rozó el vientre enorme y desafiante al intentar reproducir la ejecución de un córner. Pero él quiso apoyarse, él, Gálvez, quiso apoyarse, antes de hablar, en un poco de desprecio, y para ello sonrió. Y estuvo bien, porque los otros oyeron la sonrisa y entendieron que debían sentarse cada uno detrás de su escritorio verde. Jorge le vio mover las cejas, que Gálvez movió porque Jorge lo miraba. Y cuando dijo «Ayolas», Jorge no dijo nada y los demás miraron y nada más. Era algo inexplicable, porque los otros pensaban: «Éste es Jorge Ayolas y no dice nada. » Y entonces Gálvez se irguió de veras y el vientre grande se estiró un poco al aumentar la distancia entre los muslos y las costillas. Y preguntó: «¿Por qué no vino ayer?» pero más bien preguntaba: «¿Usted se ha dado cuenta?», aunque en rigor él dijo lo otro y casi todos entendieron lo otro. Jorge sí podía entender, porque conocía al hombre alto, calvo y afeitado, y cuando estaba con él en el despacho, se olvidaba a veces de Jorge y actuaba y hablaba y pensaba como si Jorge no estuviera a sus espaldas, escribiendo o simplemente mirando la máquina.

Como ahora mira la taza blanca. Desde que desayuna con té-con-leche, siente el placer fácil de contemplar la taza blanca, rodeada de platillos con manteca, queso, dulce, pan tostado. Es un momento de intimidad, de soledad provechosa y desnuda. Se trata de algo simplemente creador, esto de acomodar la manteca en la rebanada, esto de dejar penetrar lentamente en el líquido los terrones de azúcar que sostiene la cucharilla. Ahora, con la taza a la altura de la boca y a través de su aureola humeante, puede verse la ventana de cielo, puede verse la ventana de nubes. Uno tiene en las manos el color de su día: rutina o estallido. Mas, para empezar, uno tiene en las manos el olor y el sonido de anteayer, cuando el hombre alto, calvo y afeitado preguntó: «¿Por qué no vino ayer?» Nada había para responder. Porque Gálvez se dirigía a Jorge Ayolas y --claro-- había olvidado que cuando entró en la sala ellos comentaban el último partido. Jorge entonces hizo eso. Se levantó y pasó frente a Gálvez sin decirle nada y salió hacia el despacho. Allí estaban los dos correveidiles: uno contador y otro periodista. Teclas importantes del teclado de Gálvez. Sabían conseguir. El contador conseguía mujeres. El periodista conseguía noticias. Solían desmedrarse con un odio recíproco y Gálvez extraía de la callada competencia un beneficio al margen: que a veces el contador consiguiera noticias, que a veces el periodista consiguiera mujeres. Cuando Gálvez regresó al despacho, los saludó --contra su costumbre- por encima del hombro. Ambos sintieron, cada uno a su modo, tímida nostalgia por la amistosa palmadita de siempre, por el alegre «¿Cómo va eso?», por el interesado «¿Qué novedades?» con que el jefe indicaba que podían comenzar. Se abstuvieron. Algo lamentable, porque el contador sabía de una rubia de órdago, probablemente de no imposible acceso, y para mayores garantías, casada. Algo lamentable, porque el periodista traía la buena nueva de que el Ministro aceptaba la modificación del artículo tercero, exigiendo solamente la participación de un inesperadamente módico treinta-por-ciento de los beneficios que el cambio proporcionaría a Gálvez. El periodista pensaba que el Ministro hacía mal en pedir ahora un porcentaje tan por debajo del tácito arancel, pero la verdad era que el Ministro «no quería comprometerse demasiado».

Ahora que Jorge va en ómnibus, por la Avenida, el espectáculo lo distrae de nuevo, mejor dicho, lo trae de su distracción. En la plataforma, la gente arracimada grita, bromea, maldice. Más adentro, Jorge hunde irremediablemente su nariz en la plétora de unos senos horizontales. Delante suyo. Jorge ve una cruz. Es la cruz que teóricamente debería colgar del pescuezo de la señora y que prácticamente se apoya en la meseta de carne hundible, de carne de sudor y agua colonia. Cuando en la Plaza Independencia bajen veinticinco o treinta pasajeros, acaso quede entonces espacio suficiente como para mover un poco la cabeza, a tiempo todavía para ver al guarda eructando provechosamente sobre la calvicie total de un viejo breve y deslomado. Mientras tanto (todavía está en Dieciocho y Paraguay) uno puede probar a apartarse de la obsesión de esta cruz que no es la de Cristo. La de Cristo estaba erguida y acusaba al cielo. La de la señora está echada y apunta al húmedo gaznate. Uno puede probar a apartar la atención de la cruz obsesionante, uno puede probar a rehallar el sonido y el olor de anteayer bajo las capas actuales del freno chirriante, del olor a sudoraguacolonia. Uno puede probar y ver a Gálvez revisando las cuentas, aparentemente revisando las cuentas y realmente pensando en que Jorge Ayolas está a sus espaldas, en que Jorge Ayolas sabe que él pasó dos noches con Celeste, que el periodista le consiguió a Celeste, que él pasó dos noches con Celeste, que el periodista le mintió a Celeste, dos noches con Celeste... Probar y ver a Gálvez levantándose y abriendo un cajoncito lateral que siempre está con doble llave y dejarlo esta vez un poco abierto y ver asomar por la rendija una culata de revólver y una novela de Pitigrilli. Probar y ver a Gálvez extrayendo del cajón un frasco con pastillas y luego cerrarlo sin pasar la llave. (Dos noches con Celeste.) Gálvez era amable, tibio, campechano (frío, egoísta, indiferente). Sabía serio (no lo sabía). Pero esta vez estaba tieso; sincera, inevitablemente tieso. Jorge podía mirarle la nuca, la nuca desnuda y sin coraje (... sin pasar la llave ... ), no sabía qué miedo trémulo sobre los hombros, qué antigua incertidumbre en las manos junto a aquel expediente que nadie lee. (Dos noches con Celeste.)

Ahora Jorge camina por Sarandí. «Soy otro», dice. Y lo es. El hombre que le precede, el hombre de gacho verde y traje gris, el hombre y él tienen algo para oír en común. Un chico que habla detrás de ellos. La voz del chico parece la de un grande que imita a un chico. Naturalmente, inhábil. Naturalmente, tonto. «Soy otro», dice. Y lo es (... sin pasar la llave ... ), La muchacha de adelante tiene piernas bonitas, bien torneadas, algo de timidez en las caderas. Tiene su propia dignidad. Uno puede pensar a capricho, puede formularse alguna invitación, puede hacer lo corriente. Pero esta mujer joven tiene su propia dignidad. Uno debe limitarse a mirar el pelo casi suelto rozándole la espalda, es decir, rozándole el saquito celeste, el saquito de lana celeste. Celeste. Celeste tiene mejores piernas, Celeste no tiene caderas tímidas. Uno no sabe si Celeste tiene su propia dignidad. La simpatía es, naturalmente, otra cosa. Uno se siente a gusto en la simpatía. Pero, naturalmente, es otra cosa. (Dos noches con Celeste.) Uno tiene que decidir. La dignidad pesa. La simpatía también pesa. Uno tiene que saber lo que hace «... y ha salido con ella... todavía sin el propósito de enviarla». Eso decía el libro de Morgan. De todas maneras, Celeste era algo. A veces, por la tarde, Jorge salía con ella, y hablaban. Alguna vez, la llevaba a la confitería y hablaban. Él no podía confiarse ni confiar. Tenía fe sin embargo en lo que ella no decía, en lo que ella ocultaba pensando que debía tener vergüenza y mientras pronunciaba correctas tonterías, impúdicamente correctas tonterías. Jorge tenía fe en su sinceridad -la de Celeste-, había apostado a favor de esa sinceridad débil y embrionario, contra la hipocresía robusta y evidente. Claro que si ella era hipócrita, la hipocresía era su sinceridad. No obstante, él creía creer que la sinceridad era su sinceridad.

El reloj de la Matriz da las nueve. Jorge dice: «Soy otro.» Y lo es. Hay algo manso y a la vez definido en su ser de ahora. (Dos noches con Celeste.) Había esperado moldearla de nuevo, mejor aún, poner su contenido en otro molde. Los elementos eran buenos, eran queridos, podían ser amados. Sólo faltaba hallar otra combinación. Una combinación que no fatigara al pudor. Al pudor de Jorge, dato. Tal vez por eso no la había besado nunca. Antes debía educarla para el beso. Para que no se engaña inconscientemente. Para que no besara sólo con los labios. Había esperado en sí mismo la emoción del esfuerzo, el conflicto entre educador y autoeducador. Cuántas veces había deseado oprimir la cintura imprudente. Cuántas veces lo había deseado sin deseo. Pero ella no tenía un talle tímido. Había esperado hacerla menos deseable, para desearla. Había querido aligerarla de un lastre inútil, de un inútil sobrante de sexualidad. En rigor, había querido dejarle su sexo a solas, un sexo puro sobre el que levantar el sentimiento. Había esperado amarla en lo que creía creer que era, y nada más. Que ella no inventara, que ella no agregara algo -pensando que era sexo- a su sexo a secas. La quería sin suburbios, sin sexo de pensamiento, sin sexo de imaginación, con su sexo a secas.

Ahora la oficina está un poco agitada. Todos creen saber algo. Aunque hablan del próximo paro del transporte, todos creen saber algo. Lo del paro es el recurso a que se echa mano cuando viene Gálvez, cuando se acerca Ayolas. Lo del paro es un tema de urgencia para cuando no se habla de Gálvez o de Ayolas. Los expedientes llegan, pero no se trabaja con los expedientes. Hay temas, hay asunto, hay comidilla. El clan moviliza sus veedores, el clan formula sus teorías, el clan divídese en varios clanes. «Gálvez sabe lo que hace. » «Ayolas cayó en desgracia.» «Es un inadaptado.» «Gálvez tiene la sartén por el mango.» «Al otro no lo cazan así nomás.» «¿Será a causa de Celeste?» Ellos están suaves con Ayolas. No quieren comprometerse. No le discuten. Él dice «Soy otro». Y lo es. (Dos noches con Celeste.) Frente al escritorio verde, frente al escritorio verde percibe, se siente cercado por el sonido y el olor de anteayer, cuando Gálvez quiso hablarle sereno, en el despacho, quiso serenamente entrar en su papel de cínico de afición, y por eso mismo tanto más admirable. Y le dijo: «¿Qué tal va eso, Ayolas? ¿Cómo van esas conquistas? A su edad -¡qué carajo!-, a su edad yo solía ... » Pero no solía porque "vez no tuvo jamás la edad de Jorge, porque no tuvo nunca el pudor de la edad de Jorge Ayolas. «A su edad, yo solía atraer a las mujercitas -las buenas inclusive- como la miel sus moscas. A su edad... (... el cajón cerrado, sin pasar la llave ... ). Ahora me he tranquilizado. Soy un hombre de hogar.» (Dos noches con Celeste.) El periodista y el contador habían sonreído, habían hallado a Jorge realmente cómico en su papel de callado dueño de Celeste, habían recogido íntegramente la abultada ironía del jefe.

Jorge Ayolas está nuevamente en el despacho. Solo. «Soy otro», dice. Y lo es. Uno puede pensar fríamente. Uno puede pensar fríamente en todo esto. Hay dos hechos. El hecho Gálvez y el hecho Celeste. Aunque le afecte, el hecho Celeste puede quedar así. Ella seguirá trabajando en la Oficina. Acaso Gálvez la traslade a su despacho y a él lo mande al Archivo. Ella resultó sincera en su hipocresía. Uno sólo puede culparse a sí mismo. Basta. El hecho Gálvez no le afecta. Lo ve con serenidad. Sin duda, es un brote epidémico. No le odia, sin embargo. ¿Por qué va a odiarle? ¿Porque pasó dos noches con Celeste? No, por cierto. ¿Porque anteayer se burló de él frente a los adulones? No, por cierto. El burlado fue Gálvez. Ayer Jorge no vino, para pensarlo mejor. Ayer lo pensó bien. Hoy lo sabe. «¿No ha escrito usted nunca una carta sin la intención de mandarla, y la ha puesto en un sobre sin la intención de mandarla, y ha salido con ella... todavía sin el propósito de enviarla, y entonces ... » Ahora es la voz de Gálvez, del hombre alto, calvo y afeitado, con un enorme vientre desafiante y las piernas firmes, un poco separadas. (Dos noches con Celeste.) Escasamente a un metro de su mano, a medio metro quizá, está el cajón sin llave. Está el cajón sin llave. Está el revólver. Uno piensa en lo que uno pensó, en lo que uno pensaba. Que la religión puede ser útil y perjudicial, según el temperamento de cada uno. Que la religión es útil cuando no puede hallarse la conciencia, cuando es un sucedáneo de la conciencia. Esto... abrir el cajón... esto Esto ESTO ¿es la conciencia? ("vez.) ¿Hay Dios? (Cayó.) ¿Es la conciencia? (Cayó de espaldas.) ¿Hay Dios? ( ... «y entonces ha oído cómo caía en el buzón»)... ¿Es la conciencia? (Sangra. Naturalmente, sangra.) ¿Dios? (Las piernas no están ya firmes ni separadas.) ¿La conciencia? (Bueno.) ¿Dios? (Bueno, está hecho.) ¿La conciencia? (El pudor. Sí. El pudor.)

Entran. Ya entran. Son todos ellos. Menéndez, el primero. Tiene una teoría sobre... Ella está también. Son veinte. Treinta. Ella está también... Ella. Celeste. Mueve los labios. Pero él lo sabe. Ella dijo: «Asesino.» Ella pensó: «Asesino.» Mejor. Algo menos para que uno rumie. Algo menos para que uno extrañe. Algo menos, sin duda... Mejor. Así nadie se da cuenta que uno está llorando, que uno no se da cuenta que uno está llorando.

jueves, 21 de abril de 2011

Botella al mar - Mario Benedetti

Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.

viernes, 15 de abril de 2011

Historias de fantasmas

Los dos fantasmas, uno azul y otro blanco, se encontraron frente a la caverna consabida. Se saludaron en silencio y avanzaron un buen trecho, sin pisarse las sábanas, cada uno sumido en sus cavilaciones. Era una noche neblinosa, no se distinguían árboles y muros, pero allá arriba, muy arriba estaba la luna.

-Es curioso- dijo de pronto el fantasma blanco-, es curioso cómo el cuerpo ya no se acuerda de uno. Por suerte, porque cuando uno se acordaba era para que sufriésemos.

-¿Sufriste mucho?-preguntó el fantasma azul.

-Bastante. Hasta que lo perdí de vista, mi cuerpo tenía quemaduras de cigarrillos en la espalda, le faltaban tres dientes que le habían sido arrancados sin anestesia, no se habían olvidado cuando le metían la cabeza en una pileta de orina y excremento, y sobre todo se miraba de vez en cuando sus testículos.

-Oh-fue la única sílaba que pronunció o pensó o suspiró el fantasma azul.

-¿Y vos?- preguntó a su vez el otro-.¿También tu cuerpo te transmitía sufrimientos?

-No tanto mi cuerpo sino el de los otros.

-¿De otros? ¿Acaso eras médico?

-No precisamente. Yo era el verdugo.

El fantasma blanco recordó que allá arriba, muy arriba, allá estaba la luna. La miró sólo porque tenía necesidad de encandilarse. Pero la luna no es el sol.

Con una punta de su sábana impoluta se limpió la brizna de odio. Luego se alejó, flotando, blanquísimo en la niebla protectora, en busca de algún Dios o de la nada.

domingo, 6 de marzo de 2011

Beatriz (una palabra enorme)

Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en ese caso hay que hacer una cartilla mejor dicho la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra; justificado.
Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi papá está preso y sin embrago está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi papi se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho que era un sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso, pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que papá está en libertad, o sea está preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa.
Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas. Porque a mi me gusta dormirme abrazada por lo menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.
Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o me rezonga yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada para llamarle Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Sólo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrjes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada.
O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es ninguna vergüenza. Que casi es un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, tremendas ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme?

viernes, 4 de marzo de 2011

Déjanos caer

¿Van Daalhof? Mucho gusto. ¿Así que Arcosa le dio mi teléfono? ¿Está bien el hombre? Hace años que no lo veo. Aquí en la tarjeta dice que usted quiere tema para un cuento y que a él le parece que yo puedo ayudarlo. Bueno, no hace falta decirlo: siempre que pueda, encantado. Los amigos de Arcosa, son mis amigos. ¿Ana Silvestre dijo? Seguro que la conozco. Lo menos desde 1944. Ahora está de novia. Qué cosita. Cómo no que hay tema para un cuento. Pero, eso sí, cámbiele el nombre. Además, usted no es de aquí. Lo publicará en su país, claro. Mejor, mucho mejor. Ana Silvestre. Como nombre de teatro, no me gusta. Nunca pude explicarme por qué no quiso conservar su nombre verdadero: Marlana Larravide. (Con hielo y soda, por favor.) En 1944 era lo que se dice una nena: diecisiete años. Siempre fiacucha, inquieta, despeinada, pero ya en aquella época tenía algo, algo que ponía nerviosos a los muchachos e incluso a los más veteranos, como yo. ¿Cuántos años me da? No se pase, no se pase. Anteayer cumplí cuarenta y ocho, sí señor. Escorpión y a mucha. honra. Sí, hace dieciséis años Mariana era una nenita. Lo mejor que tuvo siempre fueron los ojos. Oscuros, bien oscuros. Muy inocentes, mientras estuvo en la etapa inocente. Y muv depravados, en la otra. En esa época era todavía estudiante de Preparatorios. De Derecho, naturalmente. Estudiaba con los hermanos Zúñlga, el pardo Aristimuño, Elvira Roca y la bombita Anselmi. Eran inseparables, un grupito verdaderamente unido. Venían los seis por la vereda y usted tenía que bajarse, porque ellos no se abrían ni a garrote. Yo los conocía bien, porque era amigo de Arriaga, un profesor de filosofía al que la botll'ada veneraba como un dios, porque era campechano y venía a las clases en motocicleta. Así hasta que se escrachó, en Captirro y Dragones, contra un tranvía 2 2 que lo envió al Maciel con una pierna rota y otra también, J'ubilándolo para siempre del donjuanismo activo. Pero en ese entonces Arriaga ni soñaba con las muletas. A veces se sentaba conmigo en el café y veíamos entrar y salir a la barra dándose empujoncitos y gritán~ dose chistes idiotas, de esos que sólo hacen reír cuando se está en la edad de los granos. Yo me daba cuenta de que Arriaga le tenía tinas ganas bárbaras a Marlana, pero ella no le daba ni cero cinco en el terrem que a él le interesaba. Lo admiraba como profesor y nada más.
Elvira Roca y la bombita Anselmi, un año mayores que ella, ya se acostaban con todo el mundo, pero Mariana se mantenía incólume, deliberadamente confinada a la camaradería y sus coqueteos sin mil¡tancia. Debe haber sido la virginidad más publicitaria del Mundo Libre. Hasta los mozos de café tenían conciencia de que le servían el cortado a una virgen. Lo más notable era que ella declaraba no tener prejuicios; simplemente, no se sentía impulsada hacia la peripecia sexual. Le aseguro que, considerando que no se sentía impulsada, se las arreglaba bastante bien para hacerse mirar, mediante escotes abismales, y estratégicos cruces de piernas. Nunca se pudo saber quién fue el primero. La bombita Anselmi desparramó la noticia de que había sido un adscripto del Vázquez, pero éste, que se llamaba -fíjese usted lo que son las coincidencias- precisamente Vázquez, una noche que tenía unas cuantas copas encima, confesó que había sido el segundo. (Gracias. Y otro cubito. Ahí está.) En realidad, para el placé había varios candidatos, yo entre ellos. Lo que pasaba era que Marlana le decía a todos que, antes de esa caída, sólo había habido «un hombre en su vida». Y uno se quedaba contento, de puro imbécil que era, porque allí ser segundón era casi lo mismo que ser pionero, y todo eso sin las desventajas del estreno. Una cosa hay que reconocer y es que Mariana siempre tuvo un estilo propio. Para la inocencia y para el relajo. Para la farra y para la tristeza. Gozaba de absoluta libertad, porque los pad res estaba n en Santa Clara de Olirnar y ella vivía aquí con una tía que tiene por cierto su pasado glorioso. La casa era en Punta Carreta, cerca de la cárcel. Uno de esos conglomerados de Bello y Reborati, que siempre me hicieron acordar a un juego de armar casitas que tuve cuando botija. La tía se pasaba las semanas en Buenos Aires y Mariana quedaba como dueña y señora de la casa, con su enorme surtido de balconcitos y corredores. Era la ocasión de armar soberbias festicholas, con grapa, amores y discoteca. Arriaga era un habitué de esas reuniones y yo empecé a ir como invitado suyo. Por ese entonces a mí me gustaba la bombita Anselmi, que en el tercer san martín seco se ponía sentimental y había que consolarla de apuro en el altillo. Pensar que en esa época era un bibeló, todo- lo redondita que se precisa, y hoy, como digna esposa del edil Rebollo, tiene unas cataplasmas que fueron, tiempo ha, soberbios pectorales. Bueno, pero a eso iba. Muchos de los asistentes a esos carnavalitos privados, se divertían con un solemne sentido del deber. Era una fiesta y había que gritar. Era un baile y había que bailar. Era una jauja y había que reír. Todo previsto. Pero Mariana, que en esa etapa ya no era una nena, no nos esperaba con la risa puesta, no señor. Cuando llegábamos siempre estaba seria, como si la idea no hubiera sido suya y la estuviéramos obligando a divertirse. Pero nosotros la conocíamos: sabíamos que necesitaba crearse un clima, entrar lentamente en caja. El menor de los Zúñlga decía un chiste intelectual, de esos tan rebuscados que cuando uno pesca el resorte, ya le vino el bostezo de tanto esperar; el pardo Aristimuño, como es de Bella Unión, contaba anécdotas de la frontera; Elvira Roca empezaba a tener calor y se sacaba la blusa y compañía; Arriaga, que había seguido cursos de fonética e impostación, recitaba cultísimas indecencias de la antigüedad clásica, y así Mariana empezaba a alegrarse de a poco, con verdadero ritmo, riendo sobre seguro. Fue Raimundo Ortiz, huésped de honor de uno de tales jolgorios, quien, asistiendo a ese ascenso progresivo de lo que él, como buen hombre de tea tro, llamaba el clímax, le propuso a Mariana que ingresara en su con'unto «La Bambalina», de teatro independiente. Qué ojo. Desde el pique -me parece recordar que debutó en una obrita de O'NeillMarlana fue la favorita de los críticos, que en ese entonces eran pocos pero malos. Ortiz primero, y después Olascoaga (cuando ella se fue de «La Bambalina» para «Telón de fondo», con motivo de los arañazos que le dio la Beba Goñl la noche en que Mariana le arrebató el papel de Ramera IV en una obra que entonces era de vanguardia y hoy es demodé) explotaron el filón y la hicieron representar todos los papeles de putitas de que dispone el repertorio universal. Le juro que, sobre el escenario, parecía extraída del «Blue Star» o del «Atlantic»: el mismo paso, las mismas caídas de ojos, el mismo ritmo de las caderas. (Gracias, todavía tengo en el vaso. Bueno, agréguele, ya que insiste. No se me olvide del cubito. Macanudo.) Nunca le daban papeles románticos o de característica; tampoco ella los reclamaba. Representando el papel de Prostituta (que es, después de Yerma, el más codiciado por las actrices con temperamento) se sentía segura y a sus anchas. En la vida diaria ponía una carita tan hábilmente maquillada de pureza que cuando subía al escenario y se quitaba esa crema llamada disimulo, quedaba brutalmente al natural su expresión de veterana precoz. Quienes la conocían sólo superficialmente, podían creer que su aspecto teatral era lo que se, llama «composición del personajes, pero la verdad era que ella componía un solo personaje, el de Ana Silvestre, cuando se encontraba fuera de la escena. Yo que seguí palmo a palmo toda su carrerita, le puedo asegurar que Marlana estaba más hecha para el cinismo que para la introspección. Se burlaba de las más célebres seriedades del mundo, tales como la Iglesia, la Patria, la Madre y la Democracia. Recuerdo que una noche en la casa de Punta Carreta (para ser exacto, el 3 de febrero de 1958), le dio por organizar una especie de misa profana («misa gris» la llamaba ella) y de rodillas y con perfecto impudor, se puso a rezar: «Déjanos caer en la tentación. » Yo creo que se le fue la mano. Por lo menos, puedo asegurarle que allí empezó su claudicación, su lamentable frustración actual.
Porque Dios -¿me entiende?- le tomó la palabra: la dejó caer en la tentación. Usted dirá qué tentaciones, si ya las sabía todas. Pero déjeme contarle, déjeme contarle. El conjunto de Olascoaga estaba ensayando una obrita de autor nacional, en aquel año que fue la epidemia debido a la subvención de Teatros Municipales. Feliz de usted que no asistió a ese auge. Había autores nacionales para regalar. Una vez éramos seis en lo de Chocho, y de los seis, cinco eran autores nacionales. Qué barbaridad. Sólo yo conservé el invicto. Bueno, la obra que en,,@avaba «Telón de fondo» no era precisamente de las peores. Creo, i@ci-nso, que sacó el Tercer Premio en las jornadas. Tenía un airecito sentimental que tocó a los críticos directamente en el sistema circulatorio. Le soy franco y le cotifieso que no me acuerdo del planteo, ni del nudo ni -menos que menos- del desenlace. Pero sí me acuerdo de la figura central: una muchacha abonada a la pureza. El autor (¿sabe quién es? Edmundo Soria, hoy abogado y orador, dicen que se levantó económicamente con su campaña anticomunista; un ingenuo, en fin) bueno, Soria había abrumado a su protagonista con la calamidad universal. Moría el padre y ella cm pura; el padrastro le pegaba y ella seguía pura; el novio la insultaba y ella seguía pura; la echaban del empleo y ella seguía pura; la agarraba una patota y ella seguía pura. Insoportable, lo que se dice insoportable. Al final moría, yo creo que de pureza. Puede ser que yo le haga la sinopsis con cierta mala leche, porque la verdad es que me dio relativa bronca que la pieza cayera bien y que algunos exigentes que yo conozco como si los hubiera barrido, justificaran a Soria con el raquítico argumento de que «cuando uno se propone hacer un melodrama, hay que meterse en él hasta el pescuezo». La verdad es que sin Mariana la pieza hubiera sido un desastre sin levante. Pero déjeme contarle. El papel de la pura no lo iba a hacer Mariana, qué esperanza. Durante tres meses había ensayado Alma Fuentes (nombre verdadero: Natalia Klappenbach) con un fervor y una memoria envidiables. Tres días antes del estreno, Almita cayó con rubéola y Olascoaga se enfrentó a un problema que más que artístico era de conformes. Había pagado por adelantado la mitad del arrendamiento de la Sala Colón -únicas tres semanas libres en todo el i nvierno- y no era cuestión de suspender la temporada. Yo estaba allí la tarde en que Olascoaga reunió al elenco e hizo esta pregunta de emergencia: «¿Quién de ustedes, muchachas, es capaz de hacer el sacrificio de aprenderse el papel de aquí al viernes y, con eso, salvar nuestras finanzas?» Cuando las siete preciosas recién empezaban los mutuos sondeos visuales, ya Mariana había respondido: «Yo ya me sé la letra. » « ¿Vos? », saltó Olascoaga, con un estupor que era casi bronca. Lo miré y me di cuenta de qué estaba pensando: ¿cómo meter a la eterna ramera del elenco en un papel de pura sin claudicaciones? Pero también miré la cara de Mariana y vi que allí había empezado una transformación. Esta vez tenía una expresión, no le diré limpia, pero sí de ganas de limpiarse. Creo que Olascoaga vio 19 mismo que yo, porque le dijo: «¿Verdaderamente te animás?» «Me animo», contestó ella. Y cómo se animó. Desde la primera noche, fue la revelación. Yo no podía creer lo que veía. Con decirle que sólo le faltaba el halo. Una santa, lo que se dice una santa. Cuando la agarraba la patota, daban ganas de fusilarlos. Criminales. Cuando el novio la insultaba, alguien llegó a gritar en la tertulia: «Morite, bestia.» No importaba que el diálogo fuera idiota; ella le inyectaba una fuerza tan conmovedora que hasta yo lagrimeaba en las escenas de bravura. Cuando, al final de la segunda semana, Almita la vio («estás absolutamente descartadas le había dicho Olascoaga después de prometerle Fedra) tuvo un ataque de nervios y con razón; fíjese que la envidia le hacía terrblar el pómulo izquierdo y el párpado derecho. Pobre Almita. Pero la gran sorpresa fue al final de la temporada (gracias al éxito frenético, se había extendido a seis semanas). La noche misma de la última función, cuando el telón todavía estaba cayendo, Mariana anunció que dejaba el teatro. Todos largaron la risa; todos, menos yo y Olascoaga. Nosotros sabíamos que era cierto. Nada más que para cumplir, Olascoaga inquirió el porqué. «Éste fue mi papel»,'dijo ella, sonriendo,'con su nueva cara de ángel. «No quiero hacer ningún otro en el teatro. » Y agregó después, en voz tan baja que parecía estar hablando para ella sola: «Ni tampoco en la vida. » ¿Se da cuenta? Lo que le dije: Dios se había vengado. (Epa, más whisky no. Bueno, ponga otro poquito. Pero definitivamente el último. Acuérdese del hielo. Gracias.) Sí señor, Dios se había vengado. La dejó caer en la tentación. Pero en la tentación del bien, que era la única que le faltaba. Desde entonces, nunca más. Se acabaron las festicholas. Se acabó el relajo. Hasta dejó la casa de la tía. Ahora lee una barbaridad. Escucha música, Mozart incluido. Hasta estudia guitarra. Se volvió buena, qué desastre. Lo peor es que creo que está convencida, así que ya no tiene salvación. Hace una semana la encontré en el Cordón y la invité a tomar un cafecito, bueno un cafecito ella y yo una grapa, porque tenía curiosidad de oírla hablar así, sin público, cara a cara conmigo que me la sé de memoria y ella lo sabe. Y bueno, lo que me dijo? «Soy otra, Tito, ¿podés creerlo?
Antes de la obra de Soria, yo no le había tomado el gusto al lado bueno de las cosas, nunca había probado a sentirme pura, a sentirme generosa, a sentirme sencilla. Pero cuando me puse el personaje de Soria como quien se pone un vestido de confección al que no es necesario hacer ningún arreglo, sentí que ésa era mi medida. Mirá, tampoco era un vestido. Era más bien como si me pusiera mi destino, ¿entendés? Y desde ese momento supe que estaba conquistada, ganada o perdida, llamale como quieras, pero que nunca más podría volver a ser lo que había sido. Cuando aprendí la letra, antes de la enfermedad de Almita, lo hice para burlarme, porque tenía el propósito de parodiarla en cualquiera de nuestras sesiones. Pero cuando vi la posibilidad de decir yo aquellas palabras, de figurarme que yo era así, tuve valor suficiente como para aferrarme a ella. Y cuando subí al escenario y as ije, te juro, Tito, que era yo misma la que hablaba, te juro que nunca había dicho cosas tan mías como esas palabras ajenas que alguien me había dictado. » Y después, agárrese bien, la revelación: «Estoy de novia, ¿sabés? No hagas ese gesto, Tito. Vos no podés convencerte de que ahora soy otra, pero yo sí lo sé, estoy segura. Es'un argentino, de padres holandeses. Tiene lentes y parece que te mira hasta el alma, pero a mí no me importa porque ahora mi alma está limpia. No sabe nada de mi vida de antes. Sólo sabe de ésta que soy ahora y así le gusto. Yo no quiero que se entere, ¿sabés por qué? Porque soy otra. Es rubio y tiene cara de bueno. Yo no le miento, no le engaño, porque verdaderamente soy otra. Mide como dos metros, así que anda siempre como agachándose. Es un encanto. Tiene las manos largas y los dedos finos. Vino hace tres meses y se va dentro de dos. Lo principal es que me lleva con él y estoy salvada. No hay necesidad de que le cuente lo de antes, porque no es fuerte, no aguantaría el golpe... Vamos a vivir en Rotterdam. Y Rotterdam está lejos de Punta Carreta. Además, Dios está de mi parte. ¿Te das cuenta, Tito? » Lloraba la imbécil, pero lo peor era que lloraba de contenta, qué calamidad. Está más delgada, se le ha ondeado el pelo, qué sé yo. Ni siquiera tuve valor para darle la ritual palmadita en la nalga, como ha sido siempre nuestra despedida. Ix confieso que estoy desorientado. Lo único que quisiera saber es quién es el imbécil que se la lleva a Rotterda,m. Alto, rubio, de lentes. Manos largas, dedos finos. Como agachándose. Qué chiste, igual a usted. No me diga que... ¡Lo que faltaba! Ahora sí que está bueno. ¡Lo que faltaba! Usted tiene la culpa por hacerme tomar cuatro whiskies seguidos. Y su nombre es Van Daalhoff. Claro como el agua. Perdone por lo de imbécil. ¿Qué se va a hacer? Ahora ya no tiene arreglo. Pobre Mariana. Reconozca por lo menos que Dios no estaba de su parte.

Los novios

1.

Al principio yo la saludaba desde mi vereda y ella me respondía con un ademán nervioso e instantáneo. Después se iba a los saltos, golpeando las paredes con los nudillos, y, al llegar a la esquina, desaparecía sin mirar hacia atrás. Desde el comienzo me gustaron su cara larga, su desdeñosa agilidad, su impresionante saco azul que más bien parecía de muchacho. María Julia tenía más pecas en la mejilla izquierda que en la derecha. Siempre estaba en movimiento y parecía encarnizada en divertirse. También tenía trenzas, unas trenzas color paja de escoba que le gustaba usar caídas hacia el frente.
Pero, ¿cuándo fue eso? El viejo ya había puesto la merceria y mamá hacía marchar el fonógrafo para copiar la letra de Metenita de Oro, mientras yo enfriaba mi trasero sobre alguno de los cinco escalones de mármol que daban al fondo; Antonia Pereyra, la maestra particular de los lunes, miércoles y viernes, trazaba una insultante raya roja sobre mi inocente quebrado violeta, y a veces rezongaba: « ¡Ay, jesús, doce años y no sabe lo que es un común denominador! » Doce años. De modo que era en 1924.
Vivíamos en la calle principal. Pero toda avenida 18 de julio en un pueblo de ochenta manzanas, es bien poca cosa. A la hora de la siesta yo era el único que no dormía. Si miraba a través de la celosía, transcurría a veces un bochornoso cuarto de hora sin que ningún ser viviente pasase por la calle. Ni siquiera el perro de¡ señor Comisario, que, según decía y repetía la negra Eusebia, era mucho menos perro que el señor Comisario.
Por lo general, yo no perdía tiempo en esa inercia contemplativa; después de¡ almuerzo me iba al altillo y, en lugar de estudiar el común denominador, leía como un poseído a julio Verne. Leía sentado en el suelo, incómodamente tirado hacia adelante, con la prevista consecuencia de unos alegres calambres en las pantorrillas o una opresión muscular en el estómago. Bueno, qué importaba. Después de todo, era un placer cerrar la puerta que me comunicaba con el mundo y con mamá, no porque yo fuera un solitario vocacional, ni siquiera por vergüenza o resentimiento. Tan sólo era un disfrute disponer de dos horas para mí mismo, construirme una intimidad entre esas paredes rugosamente blancas, y acomodarme en la franja de sol, cuidando, claro, de que Verne permaneciera en la sombra.
La dulce modorra, el compacto silencio de esas tardes, estaban aliviados por voces lejanísimas, gritos que eran casi susurros, ruidos indescifrables, y también unas bocinas tan gangosas como después no he vuelto a escuchar. Frente a mí el cielo estaba quieto, sin una nube, como otra pared. A veces esa monotonía celeste me ponía los párpados pesados y mi cabeza acababa por inclinarse hacia un costado, por lo menos hasta que encontraba la pared y el polvo de cal me llenaba la oreja.
No guardo una excesiva nostalgia de mi infancia. Conservo en cambio un melancólico recuerdo de ese altillo vacío, sin muebles ni estanterías, con sus toscas paredes, su cielo incandescente y sus baldosas de un desvaído color remolacha.
La soledad es un precario sucedáneo de la amistad. Yo no tenía amigos. Los mellizos de Aramburu, el hijo del boticario Vieytes, el Tito Ugomarsino, los primos Alberto y Washington Cardona, venían a menudo a casa, ya que sus madres y la mía mantenían una antigua relación llena de hábitos comunes, de chismes cruzados, de comuniones compartidas. Así como hoy se habla de profesionales de la misma promoción, en 1924 las mujeres de una capital departamental se sentían amigas a partir de su encuentro en un solo nivel histórico: el de la primera comunión. Confesar, por ejemplo: «Con Elvim y con Teresa tomamos juntas la primera comunión», significaba, lisa y llanamente, que a las tres las unía un vínculo casi indestructible, y si alguna vez, por un imprevisto azar que podía tomar la forma de un viaje repentino o una pasión avasallante, una compañera de comunión se apartaba del grupo, de inmediato su descomedida actitud era incorporada a la lista de las más increíbles traiciones.
Que nuestras madres fueran amigas y se besuquearan toda vez que se encontraban en la plaza, en el Club Uruguay, en los Grandes Almacenes Gutiérrez, en la afelpada penumbra de sus días de recibo, no alcanzaba para decretar una gentil convivencia entre los más ilustres de sus vástagos. Cualquiera de nosotros que acompañase a la madre en alguna de sus visitas semanales, después de pronunciar un respetuoso: «Yo bien, ¿y usted, doña Encarnación? », pasaba automáticamente al fondo a jugar con los hijos de la dueña de casa. jugar significaba las más de las veces apedrearse de árbol a árbol, o, en mejores ocasiones, acabar a las trompadas, revolcados en la tierra, los bolsillos desgarrados y las solapas definitivamente mustias. Si yo no me peleaba con más asiduidad era por temor a que María Julia se enterase. Por encima de sus pecas, María Julia contemplaba el mundo con una sonrisa de satisfecha comprensión, y lo curioso era que esa comprensión abarcaba también al equipo de adultos.
Era un año menor que yo; sin embargo, cuando le hablaba tenía que sobreponerme previamente a esa misma bocanada de timidez que complicaba mis relaciones con los viejos, con Antonia Pereyra, con los respetables en general.
Ella vivía en la calle Treinta y Tres, a cuatro cuadras de la plaza, pero pasaba muy a menudo (por lo menos, tres veces en la tarde) por la puerta de la mercería. Eso al menos había oído decir a Mamá y a Eusebla, pero la muerte de sus padres era un tema prohibido. El Tito Lagomarsino me procuró la versión que circulaba en la cocina de su casa: que el padre, antiguo empleado de la Sucursal del Banco República, había falsificado cuatro firmas y se había suicidado antes de que nadie hubiera descubierto la módica estafa de veinticinco mil pesos. Según la misma fuente de rumores, poco después «la madre había muerto de dolor».
Había, por lo tanto, dos sentimientos muy diversos, casi contradictorios, en las relaciones del pueblo con María Julia: la lástima y el desprecio. Era la hija de un estafador, estaba por lo tanto deshonrada. De modo que no resultaba una compañía especialmente deseable, ni siquiera una aceptable camarada de juegos para el renglón hijas en aquel reducido mercado departamental. No obstante ello, era una inocente, y esta teoría había sido convenientemente difundida por el padre Agustín, un sacerdote'panzón y gallego, que aprovechaba sus engoladas recomendaciones de piedad para cargar las tintas sobre el suicida, «un impío que jamás había pisado los umbrales de la casa de Dios». El resultado de esa dualidad era que las buenas familias estaban siempre dispuestas a sonreírle a María Julia cuando la encontraban en la calle, incluso a pasarle la mano sobre el pelo en desorden y después murmurar: « Pobrecita, ella no tiene la culpa. » Con eso quedaba cumplida la cuota de cristiana misericordia, y a la vez se ahorraban fuerzas para cuando llegara la hora de cerrarle las puertas de todas las casas, apartarla de todas las cofradías infantiles y hacerle sentir que estaba algo así como marcada.

2.


Si hubiera dependido sólo de mi madre, estoy seguro de que no habría podido verme a menudo con María Julia. Mi madre tenía una normal capacidad de lástima y de comprensión; no constituía lo que Eusebla llamaba un corazón petrificado, pero era sin embargo una esclava de las convenciones y los ritos de aquella orgullosa éste de almacenemos, boticarios, tenderos, bancarios, empleados públicos. Pero el asunto también dependía de mi padre, que si bien podía ser un malhumorado, un tímido, un neurasténico, de ningún modo soportaba esas variantes semicanallescas de la injusticia. Claro que en su pasión por lo correcto, había también un destello de terquedad; uno no podía estar muy seguro en cuanto a ese impreciso límite en que él dejaba de ser exclusivamente digno, para ser, además, simplemente porfiado.
Bastó, por lo tanto, que en el curso de una cena, mamá dejara constancia de la aprensión con que la aristocracia del pueblo miraba la presencia de la hija del estafador, para que el viejo se pusiera automáticamente de parte de la chiquilina.
Y allí terminó mi soledad. No la soledad angustiosa y amarga que después iba a convertirse en mal endémico de mis treinta años, sino la soledad atrayente y buscada, la soledad exclusiva que todas las tardes me esperaba en el altillo, ese reducto hasta el que llegaba el pulso tranquilo de la siesta del pueblo, de la siesta total. A ese feudo de mi primera, entrañable intimidad, tuvo acceso un día el saco azul de María Julia. Y María Julia, claro. Pero el saco azul fue lo que más me impresionó: todo su contorno resaltaba sobre la cal de las paredes y hasta parecía estar inscripto en un halo celeste, de vacilantes límites.
Ella llegó una tarde, autorizada por mi padre para jugar conmigo, y la encandilante novedad de tenerla allí, agregada a la preocupación de doblegar mi timidez no me dejaron comprender, en un primer momento, la claudicación que eso significaba. Porque Maríajulia penetró en tierra conquistada y allí se instaló, como si sus derechos sobre el altillo fueran equivalentes a los míos, cuando en verdad ella era una recién llegada y yo en cambio había demorado un año y medio en imaginar en todos sus detalles aquella especie de refugio inexpugnable, del que cada mancha en la pared tenía un contorno que para mí representaba algo: la cara de un viejo contrabandista, el perfil de un perro sin orejas, la proa de un bergantín. En rigor, la invasión de María Julia sólo tuvo efecto sobre las paredes reales, el cielo azul, la ventana real. Como esos países provisoriamente subyugados, que, por debajo de las botas del invasor, mantienen una subterránea vivencia de sus tradiciones, así preservaba yo, en vigilado secreto, todo cuanto había imaginado respecto el altillo, a mi altillo. María Julia podía mirar las paredes, pero no podía ver qué representaba cada mancha; podía tal vez, escuchar el cielo, pero no sabía reconocer en aquel silencio la llamada lejana de las bocinas, los amortiguados fragmentos de los gritos. A veces, nada más que para confirmar el mantenimiento de mi zona privada, le preguntaba qué podía representar esta o aquella mancha. Ella miraba la pared con ojos bien abiertos, y luego, con voz de quien dicta una ley, se expedía con lacónica certeza: «Es una cabeza de caballo», y aunque yo sabía que en realidad era una cabeza de perro sin orejas, no por eso dejaba que en mi boca se formara ni una sola sonrisa de presunción o de desprecio.
Pero no todo aquel período estuvo colmado por sus aires de dominadora o mi estrategia de dominado. En alguna ocasión María Julia dejaba caer imprevistamente alguna confidencia. Creo que en el fondo de su nervioso orgullo, ella me reconocía el rango y el derecho de ser su primer y único confidente. «Yo sé que en todo el pueblo me miran como un bicho raro. ¿Y sabés por qué? Porque papá hizo un calotito en el Banco y después se mató. » Así llamaba a la estafa: no calote sino calotito. Lo decía con una naturalidad cuidadosamente fabricada, como si en lugar de muertes y delitos estuviera hablando de juguetes o navidades. «Tía dice siempre que lo que la gente le reprocha a papá, no es el calotito sino el suicidio. »
A mí el tema me dejaba bastante confuso. En casa no existía el hábito de llamar a las cosas por su nombre. El arma preferida de mamá era el rodeo; el viejo, en cambio, usaba y abusaba del silencio alunado. Por eso, o quién sabe por qué, lo cierto era que yo no tenía la costumbre de la franqueza, así que no podía responder de inmediato cuando María Julia me apremiaba con preguntas como ésta: «¿Vos qué pensás? El suicidio, ¿es una cobardía?» Once años. Tenía once años y preguntaba eso. Claro, me obligaba a interrogarme. A veces, cuando ella se iba y yo me quedaba solo, me ponía a pensar tensamente, trabajosamente, y al cabo de media hora no había conseguido solucionar ningún problema de metafísica infantil, pero en cambio había logrado un dolor de cabeza estrictamente adulto.
En definitiva no podía imaginar el suicidio. Tampoco la muerte lisa y llana. Pero por lo menos la muerte era algo que un día llegaba, algo no buscado. El suicidio, en cambio, era sentir gusto por esa estéril, repugnante nada, y eso era horrible, casi una locura. Que esa locura fuese asimismo arrojo, o simplemente cobardía, significaba para mí un problema sólo secundario.
No vaya a pensarse, sin embargo, que fuéramos criaturas anormales, de esos pequeños monstruos que en cualquier época y en cualquier familia se alzan de pronto para trastrocar el sistema y los ritos de la infancia, raros engendras que en vez de jugar con muñecas o con trompos, extraen mentalmente raíces cuadradas o conversan sobre silogismos. No. Sólo ahora aquellos temas solemnes adquieren para mí una importancia que entonces no tuvieron; sólo mis posteriores contactos con el misterio o la muerte, otorgan una aureola de muerte o de misterio a nuestros diálogos de entonces. Cuando yo tenía doce años y ella once, el suicidio, la nada, y otros rubros no menos sobrecogedores, sólo representaban una breve interrupción en la lectura o en el juego.
La imagen esclarecedora llegó un sábado de tarde, no en mi altillo sino en la plaza. Yo venía con mi madre de los Grandes Almacenes Gutiérrez. Frente al busto de Artigas, mi madre y su tía se saludaron y todos nos detuvimos. Era una experiencia nueva, vernos y hablamos en público. En realidad, sólo vernos. Mientras las mujeres hablaban, ella y yo permanecimos callados y quietos, como dos artefactos. En el momento no comprendí bien. Yo era tímido, eso estaba claro, pero, ¿y ella? De pronto, la tía nos miró y le dijo a mi madre: «¿Vio, doña Amelia? Son inseparables. » Maldita la gracia que le hizo a mi madre. «Sí, son buenos compañeros», asintió con angustia. Pero a la otra no la desviaban así como así. «Mucho más que buenos compañeros, son realmente inseparables.» Y agregó después con un guiño de empalagoso complicidad: «¿Quién sabe, eh, doña Amelia, qué pasará en el futuro? » Toda la zona de¡ pescuezo que bordeaba el saco azul, quedó roja a manchones. Yo sentí un imprevisto calor en las ore'as. Pero a esa altura ya sonaba otra vez la voz áspera y sin embargo confianzudo: «Mire, doña Amelia, cómo se ponen colorados.» Entonces mamá me atenazó el hombro y dijo: «Vamos.» Todos dijimos adiós, pero yo miraba fijo el busto de Artigas. Sólo después, cuando mamá y yo entramos en la Farmacia Brignole a comprar creta mentolada, sólo entonces me di cuenta de que había adquirido una certeza.
De modo que dos días después, en el altillo, lo que pasó fue una meta confirmación. Yo leía Bertoí,,k, Bertoidino y Cacaseno; era divertido, pero no me reía. Nunca pude reírme cuando leo en voz baja. De pronto levanté los ojos y encontré la mirada de María Julia. Vi que se mordía el labio superior. Me sonrió, nerviosa. «No podés leer, ¿verdad? » Yo podía leer, claro. Pero me dio no sé qué contradecirla y meneé la cabeza. «¿Y sabés por qué? » Quedé inmóvil, esperando. «Porque somos novios. » Yo cerré el libro y lo dejé al costado. Después, suspiré.

3.

«Un hombre derecho», dijo Amílcar Arredondo, señalando el cajón. Yo hubiera querido levantar la cabeza y mirarlo, nada más que para ver cómo era eso, cómo lucía el rostro imperturbable del hombre que había arruinado y enfermado al viejo.
«No le sentó el trasplante. Una de esas personas acostumbradas a su pueblo. Lo sacaron de allí y ya vieron: se acabó. » Ahora sí lo miré. En ese momento encendía el cigarrillo de don Plácido, mi padrino, y su rostro estaba casi tan compungido como ufano. «Puta, qué asco», murmuré, y Arredondo, que captó por lo menos mi mirada, se acercó a ponerme una mano en la nuca. «Hay que resignarse, Rodolfo. Hay que aprender del coraje de tu pobre viejo. » Las cosas que hay que oír. El coraje de mi pobre viejo.
Después de todo, qué importaba Arredondo. Era un canallita, como tantos otros, de aquí o del Interior. Al vicio le había visto enseguida el lado flaco. 0 quizá desde el principio el viejo ble consciente de que este avivado iba a ser su ruina. Un canallita como tantos otros. No todas las víctimas se morían. El viejo, en cambio (callado, como siempre) se murió.
Algo de cierto había en eso de la falta de adaptación al transplante. En Montevideo, el viejo se aburría. Ya no había piezas de género que extender sobre el gastado mostrador, ni viejas clientas que revisaran el muestrario de festones, ni solteronas que compraran sedalina. Durante treinta años había anhelado el descanso con modesto fervor, una vez que lo había obtenido, se había quedado inmóvil, con los ojos lejanos, cada vez más incrustado en sí mismo.
Yo podía comprenderlo. Mamá, no. Ella, a los quince días de pormenorizar su nostalgia de la vida pueblerino, a los quince días de repetir y repetir que la ciudad le resultaba asfixiante, ya había conseguido amistades: dinámicas señoras de impertinentes y busto horizontal, dedicadas fervorosamente al chisme y a la beneficencia, tranquilas porque sus hijos concurrían a la Sagrada Familia y sus maridos al Club de Bochas, siempre mejor dispuestas a perdonar los excrementos de sus perritas que las contestaciones de sus sirvientas, buenas amas de casa que se esperaban de zaguán en zaguán para comentar, con aterrorizados movimientos de cejas y de labios, el eficacísimo vaivén de las tres o cuatro pizpiretas del barrio.
Mamá no podía comprenderlo, porque ella siempre fue patológicamente sociable, pero yo sí podía entender al viejo. Sin necesidad de esfbrzarme, sólo mediante el fácil recurso de exagerar hasta la caricatura mis primeras reacciones, mi propio desacomodarniento ante el transplante.
Después que don Silberberg compró la merceria, vino un período que pareció de fiesta. Mamá hablaba abundantemente en las comidas, haciendo proyectos, acomodando imaginarios muebles, diseñando futuras alfombras. Papá sonreía. Pero era una sonrisa sin alegría, la mueca amable, desanimada, de un hombre que se retira del trabajo sin odiarlo, simplemente porque le llegó la hora del descanso. Allá, en el pueblo, todavía lo sostenía la actividad del último inventario, las despedidas de los amigos, la puesta en marcha de su sucesor. Luego, en Montevideo, cuando alquilamos el apartamento de la calle Ctrro Largo, el viejo se desarmó, creo que debe haber pensado que su vida se había quedado sin motivo y sin sostén.
Yo a veces me le acercaba y trataba de hablarle. Quise llevarlo al fútbol, al cine, a pasear simplemente. Sólo me aceptaba la última de esas invitaciones, una vez cada'dlez, y nos íbamos al Prado, en un ruidoso tranvía de La Comercial. En el trayecto iba tan callado, que algún optimista le hubiera creído nada más que absorbido por el espectáculo de la gente, del tránsito de las calles con tupida arboleda. Pero en realidad él no miraba nada. Se dejaba llevar, simplemente. Y sólo por afecto hacia mí, a fin de que yo creyese que él se estaba distrayendo, a fin de que yo me sintiera verdaderamente influyente, seguro de mí mismo, vocacionalmente poderoso.
Alguna tarde, después de caminar un rato entre los árboles, se sentaba en un banco y me dirigía alguna pregunta que quería ser personal y, como nunca llegaba a serlo, me dolía. «Y bueno, ahora que tenés veinte años, ahora que ya votás y sos un hombre, ¿qué es lo que te preocupa? » Mi respuesta no importaba. Tampoco él estaba demasiado atento. Formulando la pregunta, había cumplido, y no era cosa de golpear dos veces en la misma conciencia.
Cuando apareció Arredondo, con el proyecto de colocar ventajosamente los pocos miles.de pesos obtenidos con la venta de la mercería, más otros pocos que el viejo tenía en títulos, más un seguro a mi nombre que vencía en esos meses, cuando apareció Arredondo con todas sus falsas cartas en la mano, todo estaba maduro para recibirlo. El viejo se dejó convencer con una expresión de incredulidad que en cualquier otro hubiera sido de fastidio. Esa noche, después de la cena, mientras mamá estaba en la cocina, le pregunté: «¿No le ves cara de cretino, de vividor?» «Posiblemente», dijo, y se acabó. No hubo otro comentario. Simplemente, cuatro días más tarde, hubo la aceptación del plan Arredojido,@ quien recibió la noticia con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos que inadvertidamente subastaban su alma. En realidad, no podía creer en tanta dicha.
Todo falló, naturalmente: desde las acciones de Fiecosa hasta los préstamos en cadena. Mamá gritó tenazmente durante cuatro horas, después tuvo un colapso. No bien se recuperó, empezó a reprocharle al viejo de la mañana a la noche la desgraciada inversión. Quizá el viejo no había contado con esa cantinela. Quizá había confiado en derrotar por una sola vez a su intuición. Lo cierto fue que el derrumbe lo consumió, lo deshizo, literalmente acabó con él. Cuando mamá se dio cuenta de que la hora del reproche había pasado, el médico ya había pronunciado la palabra trombosis.
Ahora el viejo estaba allí, junto a Arredondo y junto a mí. Yo tenía una tristeza que excedía el ánimo, una tristeza que también era corporal. Me miraba las manos y éstas también estaban sucias de tristeza. Hasta ese momento yo había oído decir «triste» y el corazón se me había llenado de una oleada romántica, de una agradable melancolía. Pero esto era otra cosa. Me sentía triste y pesado, triste y vacío. La tristeza, ahora que la tocaba, era algo más bien asfixiante, pegajoso, una cosa fría que uno no podía sacarse de la cara, de los pulmones, del estómago. Quizá yo habría deseado para él una vida mejor. Mejor no es tampoco la palabra. Que su vida hubiera tenido una pasión vitalizadora, un odio estimulante, qué sé yo, algo que le hubiera puesto en los ojos ese mínimo de energía que parece indispensable para sentirse poseedor de una rebanada de verdad.
Nos habíamos tenido afecto, era cierto. ¿Y eso qué? Probablemente no habíamos sabido nada el uno del otro. Una incapacidad de comunicación nos había mantenido a prudente distancia, postergando siempre el intercambio franco, generoso, para el cual, por otras razones, estábamos bien dotados. Ahora él estaba allí, rígido, ni siquiera en paz, ni siquiera definitivamente muerto, y toda consideración era ya inútil, por lo menos tan inútil como puede parecer un brillante alegato cuando ya ha vencido sin remedio la última de las prórrogas.
Abrí los ojos y Arredondo no estaba. Respiré con alivio. Sin embargo, había una mano apoyada en mi hombro. Una mano liviana, o, por lo menos, que se afanaba en no pesar. Yo no estaba en disposición de adivinar, de hacer pronósticos, de modo que pensé en un nombre, un solo nombre. Después de todo, era bastante insólito que pensase en María Julia, pero acaso se debiese al cansancio. No la veía desde antes de que bajáramos a la capital. Sin embargo, era ella. Primero tomé su mano, después la senté a mi lado, en el sofá. No lloraba. «Una fina atención de su parte», pensé, y me sentí profundamente ridículo. En la tristeza se fue abriendo paso una cuiía de afecto, de infancia compartida. María Julia, entonces. Parecía más tranquila. Y más alta, claro. Y quizá menos segura de sí. Y con menos pecas. Y sin el saco azul.
Durante un buen rato, estuvo callada. Su mirada no era la corriente moneda de pésame. Evidentemente, me investigaba a fondo, pero hubo además algún parpadeo de cariño, de cosa recuperada, de precisa memoria.
Fue a partir de ese momento que me sentí mejor.

4.

En la casa de la calle Dante, yo me sentaba siempre en la misma silla, frente al mismo cuadro alegórico (una mujer desnuda, con un pálido rostro puro ojos, que surgía intacta de una terrible hoguera, en la que había innumerables llamas con cabezas de monstruos) y hacía repiquetear los dedos en la misma veta de la mesa de roble. Yo llegaba a las nueve de la noche y por lo común me recibía la tía, vestida siempre de impecable negro, con un encaje pectoral que dejaba entrever una zona ineluctablemente fláccida surcada de venitas casi violáceas y con dos verrugas simétricas que contribuían a de'ar malparado el sentido estético de Dios o por lo menos el de sus vicarios en el acto de crear cuerpos al azar.
«Nena, llegó tu novio», decía la tía, volviendo la cabeza hacia el fondo y pronunciando la ve corta como sólo consiguen hacerlo ciertas maestras de primer grado. Desde su cuarto, María Julia gritaba: «Ya voy, Rodolfo», y entonces comenzaban a correr los inevitables quince minutos de monólogo exterior, durante los cuales la señora me abrumaba a preguntas acerca de mi trabajo, de política, de bueyes perdidos.
En realidad, ella no tenía necesidad de mis respuestas. Con una sola carraspera sabía dar un tema por clausurado, y así, casi sin que el respiro tuviese una repercusión en el inocuo encaje, encontrar algo de pecaminoso en todo cuanto caía en la órbita de su observación, de su conocimiento, de su fantasía, la cual no era, por cierto, abundante, ni siquiera concentrada, pero incluía en cambio una activa disposición para desglosar el chisme y revitalizarlo.
María Julia comparecía, al fin: « ¿Verdad que hoy está hecha un primor?», preguntaba la tía y yo quedaba automáticamente sumido en un silencio en el que se diluían todos mis cumplidos. El primor era una muchacha de veintiocho años, que empezaba a perder su expresión infantil sin haber adquirido aún otra sucedáneo, de mayor plenitud, con el pelo corto y suelto, los brazos desnudos y un vestido con un prendedor de colores vivos y un cinturón ancho, liso, de un solo tono (generalmente verde oscuro o marrón), con hebilla dorada.
Me daba la mano, retirándola en seguida. Después se sentaba en la silla número dos, la que tenía manchado el tapizado. Entonces la tía me decía: «Con tu permiso, Rodolfo.» Arrancaba con un impulso que parecía imposible de ser frenado por lo menos hasta la cocina, pero en realidad se detenía en la habitación contigua, desde donde iniciaba su vigilancia, dispuesta a aparecer en el espacio que mediaba entre el segundo beso y el tercero.
La medida de precaución era más vale innecesaria, ya que la sobrina sabía defenderse; y se defendía. No precisamente con reproches o con falsos pudores, ni siquiera con un amanerado desamor. Su defensa era más sutil que todo eso, algo que quizá podía calificarse como una denonada resistencia a la emoción, o como el designio de contemplar desde fuera todo transporte sentimental en el que ella misma estuviese implicada. Por ejemplo: para besar nunca cerraba los ojos. Por otra parte, si estábamos de pie y abrazados, yo tenía conciencia de que ella, por encima de mi hombro, se miraba en el espejo de la pared. Su divisa podría haber sido: «No entregarse», siempre que esa no entrega se hubiera referido a algo más que al sosegado cuerpo.
Aparte de eso, no oponía resistencia. Me abandonaba sus manos («de pianista» decía la tía), se prestaba mansamente a mis caricias, incluso revelaba cierto placer cuando yo le pasaba una mano por el pelo, ahora bastante más oscuro que la paja de escoba. Pero lo peor de todo era que esa actitud estaba impidiendo algo más importante: que yo mismo me sintiera inscripto en aquel marco de escenas que debían ser de amor.
Hablábamos, también. Ella se refería con frecuencia a un tema que era de su predilección: la muerte de mi viejo. Claro que no se detenía en la muerte y retrocedía más aún, hasta llegar a Arredondo y su ingenua, previsible, trampa. Parecía entender que la palabra estafa nos hacía socios, colegas, camaradas qué sé yo. Su padre había sido estafador; el mío había sido estafado. Con su entusiasmo en tratar este asunto, María Julia parecía querer inculcarme la convicción de que ella y yo (ya que la deshonestidad había rozado tanto a su padre como al mío) éramos algo así como hijos de la estafa. «Cuando a tu papá le hicieron el calotito»; decía refiriéndose al plan Arredondo y empleaba el mismo diminutivo que había usado, diecisiete años atrás, en el altillo, al narrarme los motivos de aquel suicidio.
Martes y jueves eran noches de visita, pero los sábados il:>amos al cine. Los tres. No sé por qué la tía no se sentaba nunca junto a María Luisa, sino junto a mí. Quizá, a los efectos de cumplir su guardia, desde allí la visibilidad era mejor. De todos modos, su proximidad no era lo que se dice un placer. Había un suspiro entrecortado que siempre terminaba en tos asmática, y, más aún, en aquellos casos en que el film apelaba a las mejores reservas sentimentales del espectador, la tía lloraba con un hipo casi eléctrico que provocaba un desagradable temblor en varios respaldos a la redonda. Afortunadamente María Julia no participaba de esa permeabilidad a la emoción. En la pantalla podía aparecer la más estremecedora de las escenas, desde una simple abuelita rodeada de nietos inefables, hasta el fantasma de la tuberculosis provocando toses premonitorias en una noche de bodas; las buenas mujeres de la platea podían sonar sus narices cuando el apuesto teniente no volvía de la guerra a los amantes brazos de su novia encinta. Todo podía ser extremadamente conmovedor; sin embargo, al encenderse las luces, era más que seguro que María Julia tendría sus ojos brillantes pero secos, y, además, que formularía su comentario de rigor: «Qué cosa. Nunca puedo olvidarme de que no están viviendo, sino representando. »
En mis relaciones con María Julia, con la tía, con la casa entera, había barreras que yo nunca podría atravesar, de eso estaba seguro. jamás llegaría a saber qué se pretendía exactamente de mí. La tía siempre me hacía propaganda de María Julia (su peinado, sus labores, sus postres) en el mejor estilo de las suegras del Centenario, pero nunca manifestaba urgencia ni preocupación respecto al casamiento. La sobrina, por su parte, no hacía preparativos. Cuando las de Corrales o las de Uslenghi, que a veces abandonaban la casa de la calle Dante en el preciso momento de mi arribo, le hacían alguna broma sobre «el ajxiar», ella sólo decía: «Ya habrá tiempo de pensar, ya habrá tiempo. » Yo a veces tenía la impresión de que las dos mujeres me consideraban como algo demasiado seguro, y eso sólo en parte me fastidiaba, ya que en el fondo más infalible de mí mismo tenía que reconocer que era cierto que yo era un candidato demasiado seguro.
Tenía mis dudas, claro. Siempre las tuve. Sobre todo dudas acerca de mis propios sentimientos. ¿Quería yo a María Julia? Más claramente, ¿la quería como para hacerla mi mujer? Quizá mi teoría y mi versión del amor fueyan rudimentarias, pero de todas maneras uno tiene sus sueños y en los sueños uno )amas es rudimentario. Bueno, ella no se correspondía con esos sueños. Yo la necesitaba, sin embargo, y esa necesidad se hacía patente de muy diversos modos: por ejemplo, cuando pasaba varios días sin verla me entraba una desazón, una extraña inquietud que iba desacomodando los sucesivos niveles y compartimientos de mi vida diaria. Aquí y allá me ocurrían cosas de las que yo sabía por adelantado que en María Julia no hallarían otro eco, otra repercusión, que un simple comentario, tan bien educado como insincero. Pese a todo, tenía que hablar con ella, tenía que saber que ella estaba juzgando mis acciones y mis reacciones, que era mi testigo, al fin. Llegaba el martes, llegaba el jueves, y cuando sentados frente a frente en el comedor, yo comenzaba a hablar de mis modestas peripecias, la sensación de necesidad se me diluía sólo con ver sus ojos.
Estaba, asimismo, el deseo. Mi deseo. Ella no tenía esas preocupaciones. Para mis manos era mujer, la mujer tal vez. Es bastante probable que la primera mujer que tocamos pueda llegar a convertirse en la unidad de deseo para el resto de nuestros días, y sobre todo, de nuestras noches. Yo deseaba a María Julia, pero ¿cuándo?, pero ¿cómo? No habría podido darme cuenta de que ella besaba con los ojos abiertos, si yo, a mi vez, no hubiera abierto los míos.
En cierta oportunidad mi madre me dijo algo que me molestó: «No te olvides de avisarme el día en que María Julia te haga feliz. » Pero, naturalmente, mi madre nunca la había podido tragar.

5.

El día en que cumplí treinta y siete años, me encontré con el Tito Lagomarsino en Mercedes y Río Branco. Estaba feliz porque Marta, la hija de Nélida Roldán, había salvado un examen monstruo. Lo cierto fue que caminamos hasta Dieciocho y Ejido, y allí estaban Nélida y la muchacha. Hacía como cinco años que yo no veía a Marta. La felicité por su éxito y ella contó entonces cómo se le había caído el lápiz de labios en pleno examen y cómo ella y el presidente de la mesa se habían agachado al mismo tiempo para recogerlo, y cómo se habían mirado por debajo de la mesa: «Yo creo que el pobre tipo me salvó nada más que para que yo no les contara a los profesores lo ridículo que quedaba allá abajo, con la peluca ladeada sobre la oreja. »
De pronto me sentí reír, y casi me asusté. Parecía la risa de otro, la risa de algún ser afortunado, poseedor de una vida plena, altamente satisfactoria, casi diría triunfante. No es conveniente reírse con una risa ajena, así que de inmediato me quedé serio y desconcertado. Marta, en cambio, parecía muy segura de sí misma y de su anécdota, y a la tercera mirada me di cuenta de que era simpática, linda, dulce, alegre, inteligente, etc. Cuando Tito mencionó no sé qué entrevista para la que estaban citados a las tres y cuarto, y yo tuve que separarme y le di la mano a Marta, me prometí solemnemente volver a verla, sin testigos de estorbo.
Sólo dos meses después pude cumplir mi promesa. Encontré a Marta en un café, frente a la Universidad. Estuvimos hablando exactamente una hora y media. De nuevo reí con la risa de¡ otro, pero esa vez me preocupó menos. En la hora y media supe yo de ella, y ella de mí, mucho más de lo que hubiera podido caber en todas las conferencias intercambiadas con María Julia en nuestros años de noviazgo y costumbre. Todo fue tan fluido, tan espontáneo, tan natural, que a ninguno de los dos nos pareci6 nada raro que de pronto mi mano estuviera en su mano, que nos miráramos a los ojos como dos adolescentes o dos tontos. Menos extraño pudo parecer que una semana después nos acostáramos juntos y que por primera vez se cumpliera el deseo de mi padre y me sintiera vocacionalmente poderoso.
Hay que reconocer que Marta era, sobre todo, un cuerpo, pero como tal no tenía desperdicio. Ahora bien, en Marta el espíritu no molestaba para nada, puesto que se adaptaba espléndidamente al impecable envase. Tenerla abrazada, estrecha o laxamente, pasar mis manos por cualquier zona de su piel, era siempre una experiencia tonificante, una transfusión de optimismo y de fe. En las primeras veces asistí, con una especie de ingenuo asombro, a la comprobación de cuán insuficiente podía ser mi primitiva unidad de deseo; pero pronto aprendí a multiplicarla.
Era casi maravilloso que mis manos, mis vulgares e inhábiles manos de siempre, de buenas a primeras pudieran volverse tan eficaces, tan activas, tan creadoras. Había por fin una carne que respondía, una piel con la que era posible dialogar. Marta no me preguntaba nunca por mi novia. Perdón. Ahora me acuerdo que me interrogó: « ¿Alguna vez te acostaste con ella? » Respondí que no, en voz tan alta que yo mismo quedé sorprendido. Mi negativa sonó como un rechazo, casi como un exorcismo. Marta primero sonrió divertida, luego me miró con piadoso estupor.
En definitiva falté algún jueves a la calle Dante. De parte de María Julia no hubo admoniciones ni reproches. S61o la tía me consagró una larga advertencia sobre el tedio que conduce al pecado. En lo sustancial, estuve totalmente de acuerdo.

6.

La tía me alcanzó el pocillo. Como siempre, poca azúcar. Revolví lentamente el café con la cucharita imitación plata peruana. Como siempre, me quemé los dedos.
Hacía dos años que habían quitado el cuadro con la hoguera simbólica y la mujer puro ojos. En su lugar habían colgado uno de esos almanaques suizos que tienen un Enero 1952 con asombrosas montañas pulcramente nevadas y primorosas casitas a las que sólo falta darles cuerda para que entovien su Stille Nacht, Las sillas habían sido retapizadas con una tela a franjas, verdes y grises, que no coincidía con la varian~ te criolla de estilo inglés en que había sido concebido el comedor.
Tampoco la tía permanecía invariable. No más encaje pectoral. Una bufandita de dacrón y lana rodeaba el pescuezo de gallina. La mirada era pálida y llorosa. Cuando la mano derecha llevaba a los labios el pocillo, la izquierda temblaba y hacía tintinear sonoramente la cucharita sobre el plato. Hacía ya algunos meses que me trataba de usted y había suspendido sus elogios acerca de las habilidades domésticas de la sobrina.
No había perdido la costumbre de preguntar, pero ahora la estructura del interrogatorio era el caos en estado de pureza. Una serie de preguntas podía incluir, pongamos por caso, averiguaciones sobre la próxima huelga del transporte, sobre la fecha de mi licencia anual, sobre una receta de ravioles de choclo que mi madre guardaba como un tesoro.
El otro jueves me había mirado en los ojos con una chispa de amargura. Luego, con la resignada displicencia de alguien que ha guardado mucho tiempo una moneda y de pronto se da cuenta de que la misma ha perdido todo su valor, me había soltado la revelación: «Nos equivocamos con usted, Rodolfo. María Julia creyó que podía dominarlo para siempre. Pero es usted quien ha ganado. Ayudado por el tiempo, claro. »
La confesión no me había sonado del todo extraña. Era como si, sin decírmelo a mí mismo, yo hubiese tenido conciencia de que ése había sido mi mejor recurso. ¡Y era la tía quien lo había visto! Y no sólo visto, sino pronunciado. Por mero formulismo, le pregunté qué había querido decir, pero ya ella se había reintegrado a su anarquía mental, y solamente se consideró obligada a agregar: «Es horrible cómo han subido los precios del lavadero. No se puede vivir. »
Ahora no decía nada. Simplemente hacía ruido con la boca cuando sorbía el café y aun cuando no lo sorbía. Para mí, no había dudas. María Julia, hija de un estafador, me había a su vez estafado a mí, hijo de un estafado. Su estafa se había nutrido de recuerdos infantiles, de comprensión cuando la muerte del viejo, de paciencia sin reclamos durante tantos años de noviazgo, de afectuosa pasividad frente a mi muestrario de caricias. Su estafa consistía en haber rocleado nuestras relaciones de suficientes sucedáneos del amor y del deseo como para hacerme creer que ella y yo habíamos sido realmente novios a través de cuatro lustros, deformados ahora en la memoria por la malsana corrección y el largo aburrimiento. La estafa había sido, analizándola mejor, una venganza contra aquel pueblo de ochenta manzanas que la había señalado, que la había despreciado y, lo peor de todo, que la había tolerado. Sin buscarlo, yo había asumido la representación de ese pueblo, me hal;@ia convertido en una especie de símbolo. Ahora, sólo ahora podía reconstruirse todo el cálculo, todo el planteo, desde la estudiada declaración del altillo (« ¿Y sabés porqué? Porque somos novios») hasta el exagerado interés por la cretinada de Arredondo, desde la amistosa mano sobre mi hombro en la última jornada junto al viejo, hasta nuestros veinte años de pobres besos en el comedor. Era evidente que los soportes de su cálculo habían sido mi timidez y su paciencia. Si bien María Julia no había hecho jamás ningún reclamo, si bien no me había recriminado nunca la prolongación de nuestras relaciones, había estado siempre fanáticamente segura de que yo no tomaría la iniciativa ni para casarme ni para romper.
Ésta, sobre todo, había sido su carta de triunfo: mi cortedad le permitía vengarse en mí de la injusticia de todos, pero, además, le permitía reducirme a cero, aniquilar mi vida para siempre. Claro que María Julia no había contado con Marta. Tal vez su único error de cálculo. Oh, fueron pocos meses. Marta está ahora en Paysandú, casada con Teófilo Carreras, arquitecto y contratista. Pero esos pocos meses le alcanzaron a ella (Dios la bendiga) para realizar su obra, su admirable obra de salvar a un condenado, de hacer rendir los sentidos (mis sentidos) muy por encima de su valor de tasación. Porque, evidentemente, en eso a María Julia se le había ido la mano: me había tasado demasiado bajo.
Aparentemente, todo había seguido igual, pero su reseca, perpleja virginidad había sabido registrar que mis manos no eran ya las mismas, y, también, que su pasividad había empezado a provocar en mí un amago de asco. Toda una novedad. Por otra parte, ya era tarde para cualquier transformación (hasta besaba con los ojos cerrados) perca no lo era para que ella intuyese que alguna decisión se aproximaba. Para mí, en cambio, todavía no era tarde. En absoluto.
Le devolví el pocillo a la señora, y ella dijo: «Está refrescando. Siempre refresca a esta hora. » Después se levantó y me dejó solo. A los cinco minutos apareció María Julia, María Julia de cuarenta años, mi novia. Se sentó junto a mí, me mostró y demostró su profundo cansancio, parpadeó cuatro veces seguidas. Su mano estaba posada sobre el ángulo de la mesa de roble; tenía una especie de urticaria, esos lamparones de insuficiencia hepática que le vienen cuando come frituras.
Hablaba de sus amigas, las de Uslenghi: «Gladys quiere que la acompañe a Buenos Aires. ¿A vos qué te parece? » Sentí que la odiaba con un poder casi inagotable. Sentí que no la necesitaba, que nunca más la necesitaría. Sentí que Marta me había limpiado de una monstruosa pesadilla, de una asquerosa presión sobre mi inerme, desarticulada conciencia.
«¿A vos qué te parece?», repitió con voz de condenada. Y era cierto, estaba condenada. La libertad tenía sus ventajas, pero ahora (ahora que ella estaba segura de mi alejamiento, desconcertada por mi rechazo) mucho mejor que la libertad era el desquite. De modo que decidí decírselo con toda naturalidad, como si hablara del tiempo o del trabajo. «No, mejor no vayas. Así te vas aprontando. Quiero que nos casemos a mediados de julio. »
Tragué saliva y, simultáneamente, me sentí feliz, me sentí miserable. El calotito estaba realizado.
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