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domingo, 21 de noviembre de 2010

La Hora Cero de Ray Bradbury

¡Oh, era maravilloso! ¡Qué juego! Nunca se habían divertido tanto. Los niños salían
como disparados por una catapulta a través de los verdes jardines, gritándose unos a
otros, tomados de la mano, corriendo en círculos, subiéndose a los árboles, riendo a
carcajadas. Sobre ellos volaban los cohetes y los autos-escarabajos susurraban en las
calles. Pero los niños seguían jugando. Cuánta diversión, cuánta desbordante alegría,
cuántos saltos y chillidos.
Mink entró corriendo en la casa, cubierta de polvo y sudor. Era, para sus siete años,
alta, fuerte y decidida. Su madre, la señora Morris, apenas podía seguirla con los ojos
mientras la niña abría violentamente los cajones y metía cacerolas y herramientas dentro
de un saco.
-Cielos, Mink, ¿qué ocurre?
-¡El juego más maravilloso del mundo! -jadeó Mink, con el rostro enrojecido.
-Para un momento. Te va a hacer daño -le dijo su madre.
-No. Estoy bien -dijo Mink-. ¿Puedo llevarme esas cosas, mamá?
-Pero no las estropees -dijo la señora Morris.
-¡Gracias, gracias! -gritó Mink y ¡pum! ya se había ido, como un cohete.
La señora Morris siguió con los ojos a la niña.
-¿Cómo se llama ese juego?
-¡La invasión! -gritó Mink, y dio un portazo.
Los niños salían de todas las casas con cuchillos y cucharas y atizadores. Aquellos que
tenían diez años o más despreciaban el asunto y se paseaban desdeñosamente
encaramados en zancos o se divertían con una dignificada versión personal del juego del
escondite.
Mientras tanto los padres iban y venían en sus escarabajos de cromo. Los obreros
venían a arreglar los tubos neumáticos, a componer los aparatos de televisión de
borrosas pantallas, o a martillar sobre las recalcitrantes máquinas de comida. La
civilización adulta pasaba y volvía a pasar junto a los ocupados niños, celosa de esa feroz
energía infantil, tolerantemente divertida, y deseosa de unirse a ellos.
-Esto y esto y esto -decía Mink, instruyendo a los otros y repartiéndoles tenedores y
tenazas-. Hagan esto y traigan aquello. No, tonto, ¡aquí! Eso es. Ahora sepárense.-Mink
apoyaba la lengua en los dientes, arrugando pensativamente la cara-. Así. ¿Ven?
-¡Sí! -gritaban los chicos.
Joseph Connors, de doce años, se acercó corriendo.
-Vete -le dijo Mink, mirándolo.
-Quiero jugar -dijo Joseph.
-No puedes -dijo Mink.
-¿Por qué?
-Te ríes de nosotros.
-No. De veras, no me reiré.
-No. Te conocemos. Vete o te echamos de aquí a empujones.
Otro niño de doce años se acercó en sus patines de motor.
-¡Eh, Joe! ¡Vamos! ¡No juegues con las mujeres!Joseph titubeó, pensativo.
-Yo quiero jugar.
-Eres grande -dijo Mink con firmeza.
-No tan grande -dijo Joe reflexivamente.
-Te vas a reír y estropearás la invasión.
El muchacho de los patines de motor resopló.
-¡Vamos, Joe! ¡Siempre con sus cuentos de hadas! ¡Son unas tontas!
Joseph se alejó lentamente, sin dejar de mirar hacia atrás, hasta llegar a la esquina.
Mink volvió a su tarea. Estaba construyendo, con sus utensilios, una especie de
aparato. Otra niña, provista de lápiz y papel, tomaba notas, lenta y trabajosamente. Sus
voces se elevaban y descendían bajo la cálida luz del sol.
Alrededor de los niños murmuraba la ciudad. En las calles se alineaban unos árboles
verdes, rectos, pacíficos. Sólo el viento alteraba la calma de las casas, el país, el
continente. En otro millar de ciudades había árboles y niños y calles y hombres de
negocios que dictaban sus cartas en tranquilas oficinas o que miraban las pantallas de
televisión. Los cohetes revoloteaban, como agujas de zurcir, por el cielo azul. Era la
universal y tranquila quietud de los hombres acostumbrados a la paz, totalmente seguros
de que nada volvería a turbarla. Todos los hombres de la Tierra, tomados del brazo,
formaban un frente unido. Las armas perfectas habían sido equitativamente repartidas
entre todas las naciones. Se había establecido una situación de increíble y hermoso
equilibrio. No había traidores, ni desgraciados, ni descontentos. El mundo se alzaba sobre
bases firmes. La luz del sol iluminaba la mitad del planeta, y los árboles se adormecían
acunados por una marea de aire cálido.
La madre de Mink, desde una ventana del primer piso, paseó los ojos por el jardín.
Los niños. Los miró un rato y sacudió la cabeza. Bueno, comían bien, dormían bien, y
el lunes volverían al colegio. Dios bendiga sus vigorosos cuerpecitos.
La mujer escuchó.
Mink hablaba seriamente con alguien que estaba cerca del rosal... pero no había nadie
allí.
Estos niños, qué raros. Y la niñita, ¿cómo se llamaba? ¿Anna? Anna anotaba en un
bloc de papel. Mink le preguntaba algo al rosal y luego le pasaba la respuesta a Anna.
-Triángulo -dijo Mink.
-¿Qué es un triángulo? -dijo Anna con dificultad.
-No importa -dijo Mink.
-¿Cómo se escribe? -preguntó Anna.
-T-r-i... -deletreó Mink, lentamente-. ¡Oh! ¡Escribe! -Siguió con otras palabras-: Rayo...
-¡Todavía no he escrito tri... ángulo! -dijo Anna.
-¡Bueno, rápido, rápido! -gritó Mink.
La madre de Mink sacó el cuerpo fuera de la ventana.
-A-n-g-u-l-o -deletreó.
-Oh, gracias, señora Morris -dijo Anna.
-De nada -dijo la madre de Mink y se fue riéndose a limpiar el vestíbulo con la
barredora electromagnética.
Las voces temblaban en el aire luminoso.
-Rayo -dijo Anna, allá lejos.
-Cuatro, nueve, siete, A y B, y X -dijo la seria y apagada voz de Mink-. Y un tenedor y
una cuerda y un hex.. hex... agón... ¡hexágono!
A la hora del almuerzo Mink bebió rápidamente su vaso de leche, devoró una rodaja de
pan y se lanzó otra vez hacia el jardín. La madre golpeó la mesa.
-¡Siéntate! -ordenó-. Serviré la sopa dentro de un minuto.
La señora Morris apretó uno de los rojos botones de la cocinera automática y diez
segundos más tarde algo cayó con un golpe sordo sobre la goma de la máquinareceptora. La mujer abrió la máquina, sacó un recipiente con un par de tenazas de
aluminio, lo abrió con una llave, y llenó de sopa el plato de Mink.
La niña, mientras tanto, se agitaba en su asiento.
-¡Rápido, mamá! ¡Es cuestión de vida o muerte!
-A mí me pasaba lo mismo cuando tenía tus años. Siempre era cuestión de vida o
muerte. Conozco la historia.
Mink se lanzó sobre la sopa.
-Despacio -dijo su madre.
-No puedo -dijo Mink-. Drill me está esperando.
-¿Quién es Drill? ¡Qué nombre raro! -dijo la señora Morris.
-No lo conoces -dijo Mink.
-¿Un vecino nuevo? -preguntó la mujer.
-Sí, es nuevo, de veras -dijo Mink, y comenzó a devorar su segundo plato.
-¿Dónde vive Drill? -preguntó su madre.
-Por ahí -dijo Mink, evasiva-. Te vas a reír. Todos se ríen, pobre.
-¿Es muy tímido?
-Sí. No. Algo. Oh, mamá. Voy a tener que correr para que haya invasión.
-¿Qué invasión es ésa?
-Los marcianos invaden la Tierra. Bueno, no son marcianos realmente. Son... No sé.
De arriba.
Mink apuntó con la cuchara.
-Y de adentro -dijo la madre, tocando la afiebrada frente de Mink.
Mink protestó.
-¡Te estás riendo! ¡Matarás a Drill y a todos!
-No quisiera hacerlo. ¿Drill es un marciano?
-No. Es... bueno... viene de Júpiter o de Saturno o de Venus. Pero le ha costado
mucho.
La señora Morris se llevó una mano a la boca.
-Me lo imagino.
-No sabían cómo atacar a los terrestres.
-Somos inexpugnables -dijo la mujer con una seriedad burlona.
-¡Eso mismo dijo Drill! Esa misma palabra, mamá.
-Caramba, caramba. Drill es un niño muy inteligente. Sabe palabras difíciles.
-No sabían cómo atacar, mamá. Drill dice... dice que para ganar una pelea hay que
sorprender a la gente. Y dice también que hay que recibir ayuda del enemigo.
-La quinta columna.
-Sí. Eso dice Drill. Y no sabían cómo sorprender a los terrestres, y no encontraban a
nadie que los ayudara.
-No me asombra. Somos muy unidos.
La señora Morris se rió, retirando los platos. Mink siguió allí, con los ojos clavados en la
mesa, absorta en lo que estaba diciendo:
-Hasta que un día -susurró Mink melodramáticamente- ¡pensaron en los niños!
-¡Vaya, vaya! -dijo la sonriente señora Morris.
-Y pensaron que como los grandes están siempre ocupados no mirarían en los
jardines. ni debajo de los rosales.
-Sólo para buscar hongos o caracoles.
-Y además están las dim-dims.
-¿Las dim-dims?
-Las dims... ones.
-¿Dimensiones?
-¡Sí! ¡Cuatro! Y también los niños más pequeños, y la imaginación... Es divertido oírlo a
Drill.La señora Morris estaba cansada.
-Sí, seguramente. Se está haciendo tarde, y si quieres terminar tu invasión antes del
baño, será mejor que corras.
-¿Tengo que bañarme, mamá?
-Claro. ¿Por qué los niños odiarán el agua? Todos los niños, en todas las épocas de la
historia han odiado que les laven las orejas.
-Drill dice que no tendré que bañarme.
-Oh, ¿dice eso, eh?
-Se lo dice a todos los chicos. No más baños. Y nos quedaremos levantados hasta las
diez, ¡y veremos dos funciones de televisión en vez de una!
-Bueno, el señor Drill se está metiendo en camisa de once varas. Hablaré con su
madre y...
Mink fue hacia la puerta.
-Pete Britz y Dale Jerrick nos dan mucho trabajo. Están creciendo. Se ríen. Son peores
que los papás y las mamás. No creen en Drill. Son así porque están creciendo. Y no se
dan cuenta. Hace dos años eran chicos todavía. Los odio más que a nadie. Los
mataremos primero.
-¿Y luego a tu padre y a mí?
-Drill dice que sois peligrosos. ¿Sabes por qué?
-¡Porque no creéis en los marcianos! Van a dejar que nosotros mandemos en el
mundo. Bueno, nosotros solos, no. También los chicos que viven enfrente. Yo seré reina.
-Mink abrió la puerta-. ¿Mamá?
-¿Sí?
-¿Qué quiere decir lógica?
-¿Lógica? Bueno, querida, la lógica dice qué cosas son ciertas y cuáles no.
-Drill entendió eso -dijo Mink-. ¿Y qué quiere decir im-pre-sio-na-ble? -Mink tardó un
minuto en pronunciar la palabra.
-Bueno, quiere decir... -La señora Morris miró las tablas del piso, riéndose suavemente-
.Quiere decir... ser un niño, querida .
-¡Gracias por el almuerzo! -Mink salió corriendo, y en seguida se detuvo y volvió la
cabeza-. Mamá, espero que no te duela mucho, de veras.
-Bueno, gracias -dijo la madre.
A las cuatro se oyó el zumbido del audiovisor. La señora Morris movió la llavecita.
-¡Hola, Helen! -saludó.
-Hola, Mary ¿Cómo andan las cosas en Nueva York?
-Muy bien. ¿Y en Scranton? Pareces cansada.
-Tú también. Los niños. Me agotan -dijo Helen.
La señora Morris suspiró.
-Mink es igual. La superinvasión.
Helen se rió.
-¿También tus chicos juegan a eso?
-Dios, sí. Mañana se tratará de asnos geométricos o de arbustos motorizados.
¿Éramos así en el año 48?
-Peores Japoneses y nazis. No sé cómo mis padres me aguantaban. Yo era casi como
un muchacho.
-Los padres aprenden a hacerse los sordos.
Un silencio.
-¿Qué te pasa, Mary? -preguntó Helen.
La señora Morris había bajado la vista y se pasaba la lengua lenta y pensativamente
por el labio inferior.
-¿Eh? -preguntó sobresaltada-. Oh, nada importante. Sólo eso. Hacerse los sordos y
esas cosas. ¿Qué estábamos diciendo?-Mi hijo Tim sólo habla de alguien llamado... Drill. Sí, creo que así se llama.
-Debe de ser una nueva contraseña. Mink también está enloquecida con ese Drill.
-No sabía que hubiese llegado hasta Nueva York. De boca en boca, me imagino. Una
moda. Hablé con Josephine y me dijo que sus hijos -en Boston- están entusiasmadísimos
con ese juego.
En ese momento Mink entró en la cocina, dando saltos. Venía a beber un vaso de
agua. La señora Morris se volvió hacia ella.
-¿Cómo andan las cosas?
-Falta poco.
-Magnífico -dijo la señora Morris-. ¿Qué es eso?
-Un yo-yo -dijo Mink-. Fíjate. -Mink dejó caer el yo-yo... Cuando ya llegaba al final del
hilo, el yo-yo... desapareció.
-¿Viste? -dijo Mink-. ¡Hop! -Abrió la mano y el yo-yo apareció de nuevo subiendo por el
hilo.
-Hazlo otra vez -le dijo su madre.
-No puedo. ¡La hora cero es a las cinco! ¡Adiós!
Mink se fue jugando con su yo-yo.
En el audiovisor, Helen se reía.
-Tim trajo uno de esos yo-yos esta mañana. No quería mostrármelo, y cuando al fin
traté de hacerlo funcionar, no pude.
-No eres impresionable -dijo la señora Morris.
-¿Qué?
-Nada. Algo que he pensado. ¿Qué querías, Helen?
-¿Podrías darme la receta de esa torta blanca y negra?
La hora pasó lentamente. El día se desvaneció. El sol bajó en el pacífico cielo azul. Las
sombras se alargaron en los prados verdes. Las risas y la excitación de los niños seguían
como antes. Una niñita se escapó llorando. La señora Morris se asomó a la puerta.
-Mink, ¿por qué lloraba Peggy Ann?
Mink estaba en el jardín, en cuclillas, cerca del rosal.
-Oh, es una miedosa. No queremos que juegue con nosotros. Es demasiado grande
para jugar. Me parece que creció de pronto.
-¿Y por eso lloraba? Señorita, me va a contestar correctamente o se viene para
adentro.
Mink se incorporó consternada y con cierta irritación.
-No puedo. Es casi la hora. Seré buena, mamá. Lo siento.
-¿Le pegaste a Peggy Ann?
-No, de veras. Pregúntaselo. Fue algo... bueno, es una nena miedosa.
Los chicos rodearon a Mink. La niña volvió a trabajar con sus cucharas y un rectángulo
formado por martillos y tubos.
-Así y así -murmuró Mink.
-¿Qué pasa? -preguntó la señora Morris.
-Drill se atascó. A mitad de camino. Si pudiésemos sacarlo sería más fácil. Los otros
vendrían detrás.
-¿Puedo ayudarte?
-No, mamá, gracias. Yo lo arreglaré.
-Muy bien. Dentro de media hora te llamaré para el baño. Me cansa mirarte.
La señora Morris entró en la casa y se sentó en la mecedora automática, bebiendo a
sorbos un vaso de cerveza. La silla le masajeó la espalda. Niños, niños. Niños, y amor, y
odio, todo junto. A veces los niños te quieren, a veces te odian, todo en un instante. Qué
raros son. ¿Olvidarán o perdonarán los azotes, y las duras y estrictas voces de mando?
¿Cómo, se preguntó, puede uno olvidar y perdonar a esos seres de allá arriba, a esos
altos y tontos dictadores?Pasó el tiempo. Un curioso silencio, un silencio expectante, y cada vez más pesado, se
posó sobre la calle.
Las cinco. Un reloj cantó suavemente en algún rincón de la casa con una voz serena y
musical:
-Las cinco... las cinco. El tiempo pasa. Las cinco -Y la voz se hundió en el silencio.
La hora cero.
La señora Morris se rió entre dientes. La hora cero. Un auto-escarabajo susurró en la
avenida. El señor Morris. La señora Morris sonrió. El señor Morris salió del auto, cerró la
puerta con llave, y saludó alegremente a Mink que seguía trabajando. Mink no le hizo
caso. El hombre se rió y se detuvo un momento a observar a los niños. Luego subió los
escalones que llevaban a la puerta.
-Hola, querida.
-Hola, Henry.
La señora Morris se sentó en el borde de la silla. Los chicos estaban callados.
Demasiado callados.
El señor Morris vació su pipa y volvió a llenarla.
-Qué día hermoso. Da gusto vivir.
Un zumbido.
-¿Qué ha sido eso? -preguntó Henry.
-No sé.
La mujer se incorporó de pronto, con los ojos muy abiertos. Iba a decir algo. Se detuvo.
Era ridículo. Se estremeció.
-Esos niños no jugaban con nada peligroso, ¿no es cierto?
-Nada. Sólo caños y martillos. ¿Por qué?
-Nada eléctrico.
-Pero no -dijo Henry-. Me he fijado.
La señora Morris entró en la cocina. El zumbido continuaba.
-De todos modos, diles que basta por hoy. Pasan de las cinco. Diles que...-La mujer
parpadeó y se rió, nerviosamente-. Diles que dejen la invasión para mañana.
El zumbido se hizo más intenso.
-¿Qué hacen? Bueno, iré a ver.
La explosión.
La casa se sacudió con un sordo ruido. Otras explosiones resonaron en otras casas, en
otros jardines.
La señora Morris gritó, involuntariamente:
-¡Vamos, arriba, rápido!
Su grito no tenía ningún sentido. Quizá había visto algo de reojo; quizá había olido un
nuevo olor. No había tiempo para discutir con Henry. No había tiempo de convencerlo.
Deja que piense que estás loca. Sí, ¡loca! Estremeciéndose, corrió escaleras arriba. Su
marido la siguió.
-¡En el altillo! -gritó la mujer-. ¡Allí fue!
Era sólo una pobre excusa para encerrar a Henry en el altillo, mientras hubiese tiempo.
Oh, Dios, tiempo.
Otra explosión en la calle. Los niños gritaron entusiasmados como ante unos hermosos
fuegos de artificio.
-¡No es en el altillo! -gritó Henry-. ¡Es afuera!
-¡No, no! -Sin aliento, jadeante, la mujer siguió corriendo-. Vas a ver. ¡Rápido! ¡Rápido!
Entraron en el altillo. La mujer cerró la puerta, y tiró la llave a un revuelto rincón. Unas
palabras incomprensibles le salían de la boca. Todas las secretas sospechas y todos los
temores que había sentido esa tarde y que habían fermentado en ella como un vino.
Todas las menudas revelaciones y sensaciones que la habían acosado durante todo esedía y que lógicamente, cuidadosamente, razonablemente, había rechazado y censurado.
Ahora estallaban en ella, y le destrozaban las entrañas.
-Aquí, aquí -decía sollozando, apoyada en la puerta. Estaremos a salvo hasta la noche.
Quizá podamos salvarnos. Quizá podamos escapar.
Henry perdió también la cabeza, pero por otro motivo.
-¿Estás loca? ¿Por qué has tirado la llave? ¡Esto no tiene sentido!
-Sí, sí. Estoy loca, si quieres, ¡pero quédate aquí!
-¡No sé cómo podría irme!
-Cállate. Pueden oírnos. ¡Oh, Dios, nos encontraran!
Allá abajo se oyó la voz de Mink. El señor Morris oyó un enorme zumbido, un susurro,
un grito, una voz ahogada. En la planta baja llamaba el audiovisor, una y otra vez,
insistentemente. ¿Será Helen quién llama?, pensó la señora Morris. ¿Y llamará por lo que
creo que llama?
Unos pasos resonaron en el vestíbulo. Unos pasos pesados.
-¿Quién entra en la casa? -preguntó Henry, enojado-. ¿Quién anda allí?
Unos pies pesados. Veinte, treinta, cuarenta, cincuenta. Cincuenta personas andaban
por la casa. Un murmullo. Las risas de los niños.
-¡Por aquí! -dijo la voz de Mink.
-¿Quién anda abajo? -rugió Henry-. ¿Quién anda ahí?
-Oh, no, no, no, no -dijo su mujer débilmente, abrazándolo-. Por favor, tranquilízate.
Quizá se vayan.
-¿Mamá? -llamó Mink-. ¿Papá? -Una pausa-. ¿Dónde estáis?
Unos pies pesados, pesados, muy pesados, subían por las escaleras. Mink caminaba
ante ellos.
-¿Mamá? -llamó Mink-. ¿Papá?
Un silencio, un momento de espera.
Un murmullo. Las pisadas se acercaban al altillo. Mink iba adelante.
El señor y la señora Morris se abrazaron temblando. El murmullo eléctrico, la luz fría y
rara que de pronto asomó por debajo de la puerta, el olor desconocido, la voz
curiosamente ávida de Mink, traspasaron al señor Henry Morris. Allí se quedó,
estremeciéndose, en el oscuro silencio, cerca de su mujer.
-¡Mamá! ¡Papá!
Pisadas. Un ligero sonido. La cerradura se fundió. La puerta se abrió de par en par.
Mink espió el interior dcl altillo. Unas sombras altas y azules se alzaban detrás de ella.
-Cucú -dijo Mink.

viernes, 27 de agosto de 2010

Calidoscopio - Ray Bradbury

El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

-¡Woode, Woode!

-¡Capitán!

-Hollis, Hollis, aquí Stone.

-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

-Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

-Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

-Depende de tu velocidad y la mía.

-Una hora, supongo.

-Algo así -dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

-¿Qué sucedió? -preguntó Hollis al cabo de un minuto.

-El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

-¿Hacia dónde caes?

-Creo que me estrellaré en el Sol.

-Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

-¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! -exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

-¿Quién habla?

-No lo sé.

-Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

-Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

-Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

-¿Stimson?

-Sí -replicó por fin.

-Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

-No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

-Hay una posibilidad de que nos encuentren.

-Si, sí, seguro -dijo Stimson-. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

-Es una pesadilla -dijo alguien.

-¡Cállate! -ordenó Hollis.

-Ven y hazme callar -contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria-. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo..., y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

-¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

"Da lo mismo -pensó Hollis-. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?"

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

-Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

-Aquí Applegate otra vez.

-¿Qué hay, Applegate?

-Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

-Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

-Capitán, ¿por qué no se calla?

-¿Qué?

-Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

-¡Compórtese, Applegate!

-No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

-¡Le ordeno que se calle!

-Adelante, vuelva a ordenarlo. -Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más-. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

-Quiero confesarte algo -prosiguió Applegate-. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

-¿Estás enfadado, Hollis?

-No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

-Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

-No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombros estaba hablando.

-Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

"Pero ahora estás aquí -pensó Hollis-. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca."

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

-¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

-¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

-¿Quién habla? -preguntó Lespere temblorosamente.

-Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

-Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

-No.

-Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

-¡Sí, es mejor!

-¿Por qué?

-Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! -gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

-¿Y para qué te sirve eso? -gritó a Lespere-. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

-Estoy tranquilo -contestó Lespere-. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

-¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. "Perverso". La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

-Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson... Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la "serenidad", que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

-Sé lo que sientes, Hollis -dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada-. No me has ofendido.

"Pero, ¿no somos iguales? -se preguntó un aturdido Hollis-. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra."

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

-¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

-Aquí Applegate de nuevo -dijo la voz.

-Sí.

-He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

-Sí

-Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

-Gracias, Applegate.

-No hay de qué. Y anímate, bobo.

-¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

-¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

-Debe de haber muerto.

-No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta...

-Es él. Escuchad.

-¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

-No contestará.

-Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.

-Es él, escuchen.

Una respiración apenas audible, el silencio.

-Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.

-¡Eh! -dijo Stone.

-¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

-Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

-¿Meteoritos?

-Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!

Silencio.

-Me voy con ellos -prosiguió Stone-. Me llevan con ellos. Estoy condenado. -Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

-Adiós, Hollis. -La voz de Stone, ya muy debilitada-. Adiós.

-Buena suerte -gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

-No te hagas el gracioso -dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

-Adiós.

-Tómatelo con calma.

-Adiós, Hollis -dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood... Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

"¿Y yo? -pensó Hollis-. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta... Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra."

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz... Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

"Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro."

-Me pregunto si alguien me verá -dijo en voz alta.

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

-¡Mira, mamá! ¡Mira! -gritó-. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

-Pide un deseo -dijo la madre del niño-. Pide un deseo.

domingo, 9 de mayo de 2010

La pradera - Ray Bradbury

1
-George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.

-¿Qué le pasa?

-No lo sé.

-Pues bien, ¿y entonces?

-Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un sicólogo para que se la eche él.

-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un sicólogo?

-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.

-Muy bien, echémosle un vistazo.

Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.

-Bien -dijo George Hadley.

Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. "Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos", había dicho George.

La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció un sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.

George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.

-Vamos a quitarnos del sol -dijo-. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.

-Espera un momento y verás -dijo su mujer.

Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.

-Alimañas asquerosas -le oyó decir a su mujer.

-Los buitres.

-¿Ves? Allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo -dijo Lydia-. No sé qué.

-Algún animal -George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente-. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.

-¿Estás seguro? -la voz de su mujer sonó especialmente tensa.

-No, ya es un poco tarde para estar seguro -dijo él, divertido-. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.

-¿Has oído ese grito? -preguntó ella.

-No.

-¡Hace un momento!

-Lo siento, pero no.

Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltases y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la mayoría de las ocasiones; y no sólo para su hijo y su hija, sino para él mismo cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba! Y allí estaban los leones, a unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.

Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.

-¡Cuidado! -gritó Lydia.

Los leones venían corriendo hacia ellos.

Lydia se dio la vuelta y echó a correr. George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacción del otro.

-¡George!

-¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!

-¡Casi nos atrapan!

-Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello; unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo reconozco... África en tu salón, pero sólo es una película en color multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica mental detrás de las paredes de cristal. Sólo son olorificadores y acústica, Lydia. Toma mi pañuelo.

-Estoy asustada -Lydia se le acercó, pego su cuerpo al de él y lloró sin parar-. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado real.

-Vamos a ver, Lydia...

-Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada más sobre África.

-Claro que sí... Claro que sí -le dio unos golpecitos con la mano.

-¿Lo prometes?

-Desde luego.

-Y mantén cerrada con llave esa habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.

-Ya sabes lo difícil que resulta Peter con eso. Cuando lo castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitación..., ¡menuda rabieta cogió! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitación.

-Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.

-Muy bien -de mala gana, George Hadley cerró con llave la enorme puerta-. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.

-No lo sé... No lo sé -dijo ella, sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a mecerse para tranquilizarla-. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos cuantos días y nos vamos de vacaciones?

-¿Te refieres a que vas a tener que freír tú los huevos?

-Sí -Lydia asintió con la cabeza.

-¿Y zurcirme los calcetines?

-Sí -un frenético asentimiento, y unos ojos que se humedecían.

-¿Y barrer la casa?

-¡Sí, sí... , claro que sí!

-Pero yo creía que por eso habíamos comprado esta casa, para que no tuviéramos que hacer ninguna de esas cosas.

-Justamente es eso. No siento como si ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega automáticamente? Es imposible. Y no sólo me pasa a mí. También a ti. Últimamente has estado terriblemente nervioso.

-Supongo que porque he fumado en exceso.

-Tienes aspecto de que tampoco tú sabes qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche. También estás empezando a sentirte innecesario.

-¿Y no lo soy? -hizo una pausa y trató de notar lo que de verdad sentía interiormente.

-¡Oh, George! -Lydia lanzó una mirada más allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños-. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden? Él miró la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.

-Claro que no -dijo.


2

Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Con que George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía platos calientes de comida desde su interior mecánico.

-Nos olvidamos del ketchup -dijo.

-Lo siento -dijo un vocecita del interior de la mesa, y apareció el ketchup. En cuanto a la habitación, pensó George Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol. Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. Sol... sol. Jirafas... jirafas. Muerte y muerte.

Aquello no se iba. Masticó sin saborearla la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete. Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león... Y repetido una y otra vez.

-¿Adónde vas?

No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja y escuchó. A lo lejos rugió un león.

Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apagó rápidamente. Entró en África. Cuántas veces había abierto aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real -todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado-. Había visto muy a menudo a Pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos, u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel horno con la muerte en su calor. Puede que Lydia tuviera razón. A lo mejor necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa mente de un niño establecía un modelo... Ahora le parecía que, a lo lejos, durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no había prestado atención. George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándolo. El único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su mujer, al fondo, pasado el vestíbulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distraídamente.

-Largo -les dijo a los leones.

No se fueron.

Conocía exactamente el funcionamiento de la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.

-Que aparezcan Aladino y su lámpara maravillosa -dijo chasqueando los dedos. La sabana siguió allí; los leones siguieron allí.

-¡Venga, habitación! ¡Que aparezca Aladino! -repitió.

No pasó nada. Los leones refunfuñaron dentro de sus pieles recocidas.

-¡Aladino!

Volvió al comedor.

-Esa estúpida habitación está averiada -dijo-. No quiere funcionar.

-O...

-¿O qué?

-O no puede funcionar -dijo Lydia-, porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la habitación es víctima de la rutina.

-Podría ser.

-O que Peter la haya conectado para que siga siempre así.

-¿Conectado?

-Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.

-Peter no conoce la maquinaria.

-Es un chico listo para sus diez años. Su coeficiente de inteligencia es...

-A pesar de eso...

-Hola, mamá. Hola, papá.

Los niños habían vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un olor a ozono después de su viaje en helicóptero.

-Llegan justo a tiempo de cenar -dijeron los padres.

-Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de perritos calientes -dijeron los niños, cogidos de la mano-. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.

-Sí, vamos a hablar de vuestro cuarto de jugar -dijo George Hadley. Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.

-¿El cuarto de jugar?

-De lo de África y de todo lo demás -dijo el padre con una falsa jovialidad.

-No te entiendo -dijo Peter.

-Mamá y yo hemos estado viajando por África; Tom Swift y su león eléctrico - explicó George Hadley.

-En el cuarto no hay nada de África -dijo sencillamente Peter.

-Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.

-No me acuerdo de nada de África -le comentó Peter a Wendy-. ¿Y tú?

-No.

-Vayan corriendo a ver y vuelvan a contarnos.

La niña obedeció.

-Wendy, ¡vuelve aquí! -dijo George Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.

-Wendy mirará y vendrá a contarnos -dijo Peter.

-Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.

-Estoy seguro de que te has equivocado, padre.

-No me he equivocado, Peter. Vamos

Pero Wendy volvía ya.

-No es África -dijo sin aliento.

-Ya lo veremos -comentó George Hadley, y todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.

Había un bosque verde, un río encantador, una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en torno a su largo pelo. La sabana africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Ahora sólo estaba Rima, entonando una canción tan hermosa que llenaba los ojos de lágrimas. George Hadley contempló la escena que había cambiado.

-Vayan a la cama -les dijo a los niños.

Éstos abrieron la boca.

-Ya me escucharon -dijo el padre.

Salieron a la toma de aire, donde un viento los empujó como a hojas secas hasta sus dormitorios.

George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones. Volvió caminando lentamente hasta su mujer.

-¿Qué es eso? -preguntó ella.

-Una vieja cartera mía -dijo él.

Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a león. Había gotas de saliva en ella: la habían mordido, y tenía manchas de sangre en los dos lados. Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.

En plena noche todavía seguía despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.

-¿Crees que Wendy la habrá cambiado? -preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.

-Naturalmente.

-¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?

-Sí.

-¿Por qué?

-No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave hasta que lo averigüe.

-¿Cómo ha llegado allí tu cartera?

-Yo no sé nada -dijo él-, a no ser que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños. Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa...

-Se suponía que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.

-Es lo que me estoy empezando a preguntar -George Hadley clavó la vista en el techo.

-Les hemos dado a los niños todo lo que quieren. Y ésta es nuestra recompensa... ¡Secretos, desobediencia!

-¿Quién fue el que dijo que los niños son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables..., admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros estamos echados a perder también.

-Llevan comportándose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a Nueva York en cohete.

-No son lo suficientemente mayores para ir solos. Lo expliqué.

-Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.

-Creo que deberíamos hacer que mañana viniera David McClean para que le echara un ojo a África.

Unos momentos después, oyeron los gritos.

Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.

-Wendy y Peter no están en sus dormitorios -dijo su mujer. Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole con fuerza.

-No -dijo él-. Han entrado en el cuarto de jugar.

-Esos gritos... suenan a conocidos.

-¿De verdad?

-Sí, muchísimo.

Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.


3

-¿Padre? -dijo Peter.

-¿Qué?

Peter se observó los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.

-Vas a cerrar con llave la habitación para siempre, ¿verdad?

-Eso depende.

-¿De qué? -soltó Peter.

-De ti y de tu hermana. De que mezclen África con otras cosas... Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China...

-Yo creía que teníamos libertad para jugar a lo que quisiéramos.

-La tienen, con unos límites razonables.

-¿Qué pasa de malo con África, padre?

-Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca África, ¿es así?

-No quiero que el cuarto de jugar esté cerrado con llave -dijo fríamente Peter-. Nunca.

-En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.

-¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?

-Sería divertido un pequeño cambio, ¿no crees?

-No, sería horripilante. No me gustó que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.

-Es porque quería que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.

-Yo no quiero hacer nada excepto mirar y oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

-Muy bien, vete a jugar a África.

-¿Cerrarás la casa pronto?

-Lo estamos pensando.

-Creo que será mejor que no lo piensen más, padre.

-¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!

-Muy bien -y Peter penetró en el cuarto de jugar.


4

-¿Llego a tiempo? -dijo David McClean.

-¿Quieres desayunar? -preguntó George Hadley.

-Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el problema?

-David, tú eres sicólogo.

-Eso espero.

-Bien, pues entonces échale una mirada al cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?

-No podría decir que lo notara: la violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho nada. Cruzaron el vestíbulo.

-Cerré la habitación con llave -explico el padre-, y los niños entraron en ella por la noche. Dejé que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.

De la habitación salían gritos terribles.

-Ahí lo tienes -dijo George Hadley-. Veamos lo que consigues. Entraron sin llamar.

-Salgan afuera un momento, chicos -dijo George Hadley-. No, no cambien la combinación mental. Dejen las paredes como están.

Con los niños fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con deleite lo que habían cazado.

-Me gustaría saber de qué se trata -dijo George Hadley-. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos prismáticos potentes y...?

David McClean se rió.

-Difícilmente -se volvió para examinar las cuatro paredes-. ¿Cuánto hace que pasa esto?

-Algo más de un mes.

-La verdad es que no me causa ninguna buena impresión.

-Yo quiero hechos, no impresiones.

-Mira, George querido, un sicólogo nunca ve un hecho en toda su vida. Sólo presta atención a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.

-¿Es tan mala?

-Me temo que sí. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha convertido en un canal hacia... ideas destructivas, en lugar de una liberación de ellas.

-¿Ya has notado esto con anterioridad?

-Lo único que he notado es que has echado a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún modo. ¿De qué modo?

-No les dejé que fueran a Nueva York.

-¿Y qué más?

-He quitado algunos de los aparatos de la casa y los amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran los deberes del colegio. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.

-Vaya, vaya.

-¿Significa algo eso?

-Todo. Donde antes tenían a un Papá Noel, ahora tienen a un ogro. Los niños prefieren a Papá Noel. Dejaste que esta casa los reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de sus hijos. Esta habitación es su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio. Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías saber cascar un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo. Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los malos dentro de un año, espera y verás.

-Pero ¿no será un choque excesivo para los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?

-Lo que yo no quiero es que profundicen más en esto, eso es todo.

Los leones estaban terminando su festín rojo. Se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.

-Ahora estoy sintiendo que me persiguen -dijo McClean-. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.

-Los leones no son reales, ¿verdad? -dijo George Hadley-. Supongo que no habrá ningún modo de...

-¿De qué?

-... ¡De que se vuelvan reales!

-No, que yo sepa.

-¿Algún fallo en la maquinaria, una avería o algo?

-No.

Se dirigieron a la puerta.

-No creo que a la habitación le guste que la desconecten -dijo el padre.

-A nadie le gusta morir... Ni siquiera a una habitación.

-Me pregunto si me odia por querer desconectarla.

-La paranoia abunda por aquí hoy -dijo David McClean-. Puedes utilizar esto como pista. Mira -se agachó y recogió un pañuelo de cuello ensangrentado-. ¿Es tuyo?

-No -la cara de George Hadley estaba rígida-. Pertenece a Lydia. Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de jugar.

Los dos niños estaban histéricos. Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban tacos y daban saltos por encima de los muebles.

-¡No le puedes hacer eso al cuarto de jugar, no puedes!

-Vamos a ver, chicos.

Los niños se arrojaron en un sofá, llorando.

-George -dijo Lydia Hadley-, vuelve a conectarla, sólo unos momentos. No puedes ser tan brusco.

-No.

-No seas tan cruel.

-Lydia, está desconectada y seguirá desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos nuestros ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!

Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los demás aparatos a los que pudo echar mano. La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un botón.

-¡No los dejes hacerlo! -gritó Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar-. No dejes que mi padre lo mate todo -se volvió hacia su padre-. ¡Te odio!

-Los insultos no te van a servir de nada.

-¡Quisiera que estuvieses muerto!

-Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.

Wendy todavía seguía llorando y Peter se unió a ella.

-Sólo un momento, sólo un momento, sólo otro momento en el cuarto de jugar -gritaban.

-Oh, George -dijo la mujer-. No les hará daño.

-Muy bien... muy bien, siempre que se callen. Un minuto, ténganlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.

-Papá, papá, papá -dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.

-Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un minuto. Lydia, sólo un minuto, tenlo en cuenta.

Y los tres se pusieron a parlotear mientras él dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.

-Me sentiré muy contenta cuando nos vayamos -dijo suspirando.

-¿Los has dejado en el cuarto?

-También yo me quería vestir. Oh, esa espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?

-Bueno, dentro de cinco minutos y pico estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos impulsó a comprar una pesadilla?

-El orgullo, el dinero, la estupidez.

-Creo que será mejor que baje antes de que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.

Precisamente entonces oyeron que llamaban los niños.

-Papá, mamá, vengan enseguida... ¡enseguida!

Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.

-¿Wendy? ¡Peter!

Corrieron al cuarto de jugar. En la sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.

-¿Peter, Wendy?

La puerta se cerró dando un portazo.

-¡Wendy, Peter!

George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.

-¡Abran esta puerta! -gritó George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte-. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter! -golpeó la puerta-. ¡Abran!

Oyó la voz de Peter afuera, pegada a la puerta.

-No los dejen desconectar la habitación y la casa -estaba diciendo.

George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.

-No sean absurdos, chicos. Es hora de irse. El señor McClean llegará en un momento y...

Y entonces oyeron los sonidos.

Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.

Los leones.

George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso. George Hadley y su mujer gritaron.

Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.


5

-Muy bien, aquí estoy -dijo David McClean a la puerta del cuarto de jugar-. Oh, hola -miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a sudar-. ¿Dónde están sus padres?

Los niños alzaron la vista y sonrieron.

-Oh, estarán aquí enseguida.

-Bien, porque nos tenemos que ir -a lo lejos, McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.

Lo observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.

Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.

Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.

-¿Una taza de té? -preguntó Wendy en medio del silencio.
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