Clara Dezcurra toma la pluma y escribe la fecha: "16 de Julio de 1840". Luego, con la misma letra minúscula y erguida, agrega el encabezamiento: "Querida Juana". Finalmente, tras alisar el papel que tiene la textura y la consistencia del hojaldre, embebe la pluma en la tinta negra, y redacta: "Ayer decidí cambiar el método que siempre utilizamos. Quise darle a mis chicos una alternativa diferente que los arrancara de la enseñanza rutinaria. Esta vez, en la clase de Habla Hispana, dejé de lado nuestra clásica composición 'Voyage autour de mon bureau' y quise sorprenderlos con algo propio, conocido, cercano. Fue entonces cuando les propuse escribir sobre 'La Vaca'."
Clara Dezcurra no lo sabe, pero ha introducido un hábito de escritura que será, luego, por décadas, indicador y modelo en las escuelas criollas.
En realidad, poco y nada decía para sus alumnos la temática de la anterior composición-tipo, "Voyage autour de mon bureau" ("Viaje en derredor de mi pupitre") impuesta por el maestro modernista francés Alphonse Chateauvieux a fines de 1815. La escuela de Clara Dezcurra, apenas un simple salón de tierra apisonada, no tiene pupitres, ni bancos, ni siquiera sillas. Los alumnos se apretujan sentándose en rejas de arado, tocones de ceiba o simples calaveras de vaca que relucen como si fuesen de mármol. La calavera de vaca es el asiento más fácil de conseguir, el más frecuente, porque la escuela nocturna de la señora Dezcurra es, durante el día, un matadero clandestino.
Clara humedece con la saliva de su lengua el reborde pringoso de la tapa del sobre donde ha metido la carta. Lo cierra y luego, aprovechando el calor del candil que la alumbra malamente, derrite casi un centímetro de lacre sobre el vértice de la juntura. Le llega, desde afuera, el olor pesado aue viene desde el saladero de cueros, el tufo casi irrespirable a pescado podrido de la costa, y el mugido profundo de algún animal que ha olfateado, quizás, el aroma premonitorio de la sangre.
La escuela ni siquiera está en el centro de Buenos Aires. Ahí, frente al portalón de la Iglesia de los Cordeleros, como se lo había prometido don Juan Lezica, cuando era alguacil segundo del Municipio, para luego decirle que, aquello, era imposible. El episcopado, o, mejor dicho, el obispo Alcides Melgarejo, le había recordado a Rosas que no debían permitirse escuelas ni queserías en las proximidades de los templos. Y entonces le habían dado a Clara ese quincho --porque de otra forma no se lo podía denominar-- cerca de los corrales de Mataderos, a metros de la puerta de Santa Brígida, detrás del saladero de don Felipe Echenaugucía. Y la escuela era nocturna. Y los "chicos", como ella los denominaba, eran ya gente grande: puesteros de los corrales, matarifes, carreros cachapeceros, pero muy especialemente, federales. Hombres de la Santa Federación que llegaban a clase luciendo la divisa punzó, mazorqueros que, en el primer día de clase, habían degollado a un negro por robarse una goma de borrar.
Clara, todas las tardes, mientras escucha dar las siete en el carrillón de la Merced, baldea el piso para quitar los oscuros cuajarones de sangre que quedan de la actividad del frigorífico clandestino, y echa hacia los potreros las reses que no han sido aún sacrificadas. Espera, en tanto, desde el Alto Perú, la respuesta de Juana, su compañera de promoción. Intuye que su puesto al frente de la precaria escuela peligra. Sin ella saberlo, ha permitido la inscripción de más de un unitario. Algunos le han confesado su condición, como Juan José Losada. Otros le han dicho que la vincha celeste que llevan recogiéndoles el pelo, es en honor de la bandera. "Pero nadie viene a controlar lo aue pasa en estos parajes, Juana --le ha escrito a su amiga--. Estamos dejados de la mano de Dios. Mis chicos escriben con trozos de ladrillos o pedazos de tripa gorda y yo utilizo las paredes como pizzara. Don Martin de Agüero me ha prometido tizas, pero me dicen que el barco que las trae encalló en las proximidades de Recife."
Un zambo iza la bandera. Le dicen "Falucho", pero es en broma. Tomó parte del sitio de El Callao, pero no logra aprender la tabla del cuatro. No ha llegado aún al país el sistema inglés de los palotes, y los alumnos trazan una línea acá, otra allá, sin ton ni son, sin orden ni medida. Clara es la primera en entonar "Oda a la Bandera", de Balmes y Vespuci. Hija y nieta de educadoras, recuerda las anécdotas de su abuela, Irma Dezcurra, de cuando aún la joven nación no tenía divisa, antes de aue don Manuel Belgrano la crease. Los niños --contaba la anciana-- se reunían en los patios escolares antes de entrar a clase y no sabían que hacer. Daban vueltas sobre sí mismos, se chocaban entre ellos o giraban tontamente como tiovivos sin acertar con una conducta. Alguno, quizás, gritaba consignas emotivas, o repartía chanzas contra los españoles. Alguna maestra, tal vez más devota, entonaba salmos religiosos. Hubo quien --recordaba abuela Irma-- aguardando la entrada a clase, se empecinó en vocear los números de la lotería de cartones, el juego que tanto entusiasmaba a Manuelita, y así nació la "cifra", el canto que, junto a vidalas y pericones, habría de animar numerosas y encendidas veladas patrias.
Clara come un pastelito dulce y lo acompaña con té de cardosanto. La respuesta de Juana Azurduy tarda en llegar. Hoy Clara ha tenido que sosegar a un federal muy alcoholizado. No la desvela tanto la indisciplina, pero se le duermen en la clase. Y a veces se pelean. Los mazorqueros sospechan que uno de los muchachos es unitario. Es un mozo joven, bien parecido, que viene siempre de bombachas de fino fieltro y botas altas. Tiene la patilla larga que baja y dobla luego hacia arriba, para unirse con el bigote, dibujando una "U" provocativa. Pero los mazorqueros aún no han llegado hasta ese punto del abecedario. Solo Isidro Gaitán, un sargento, puede memorizar las letras hasta la hache que, al ser muda, lo desconcierta. Los demás apenas si se han familiarizado con las letras hasta la "D". Clara duda si continuar con la enseñanza. Apenas sus chicos descubran que la "U" tiene un dibujo similar al que se lee en las mejillas del joven unitario, pude arder Troya. Clara no quiere tener más problemas con el gobierno. Pero habrá de tenerlos.
Antes de que llegue, por fin, la carta de Juana, ya don Artemio Soto conoce la noticia de su innovación pedagógica. Algún mazorquero la ha comentado en algún boliche. Tal vez un tropero alcanzó a contar las desventuras de su composición-tipo cerca del oído de algún correveidile del poder. Tras seis meses de espera, la carta de Juana llega, como una premonición, días antes que la de Domingo Faustino Sarmiento.
A la luz vacilante del quinqué, Clara lee la esquela de su amiga. "Tené cuidado, Clara" es todo el texto, entre sucinto y fraternal. Sin duda Juana, preocupada, consciente del tiempo que llevará a su carta llegar de nuevo hasta la capital, optó por escribirla lo más rápido posible, casi con características telegráficas.
Clara bebe una copita de oporto, al que enturbia con hojas de regaliz. Duda si abrir o no la carta de Sarmiento. Sin embargo, la redacción de esta, lo comprobará luego, es de advertencia mas no llega a sonar admonitoria. "No veo de buen grado --le escribe el sanjuanino-- el cambio por usted introducido en la enseñanza de nuestra lengua criolla. Somos un país incipiente aue requiere de ejemplos y el modelo del maestro Chateauvieux aún está en vigencia. Somos todavía como el joven retoño que precisa de la rectitud y firmeza del tutor para crecer derecho."
Clara garrapatea una carta de respuesta plena de formalismos y ambigüedades, lejos de su habitual estilo franco, y decide continuar con sus planes. La hace persistir en su esfuerzo el entusiasmo que observa en sus alumnos. Por primera vez, muchos de ellos escriben más de dos páginas de composición, cuando con el tema "Viaje en torno a mi pupitre" algunos no alcanzaban ni a los tres renglones. Un matarife de Achiras Altas, Juan Sala, redacta, incluso, casi diez páginas de un relato estremecedor, fruto de su conocimiento de la tropa vacuna. Tiempo después, será la base de un libro paradigmático: Amalia.
Josefa Paz de Hurlingam invita a Clara a tomar chocolate en su casa de la bajada del Marquesado. Recibe en una sala solariega desde donde se ve el patio interno de la casa, impregnado con un perfume fresco a magnolias, glicinas y santarritas. Hay un jardín, también, con lilas del lugar y patos criollos. Una morena carabalí sirve el chocolate en bandeja cubierta con una mantilla bordada por la misma señora Josefa. Josefa le cuenta a Clara, animosa, que en el colegio adonde va su hija, en clase de Habla Castellana le pidieron una composición sobre el tema "La Vaca". Josefa cuenta esto con risa amable y, cada tanto, se toca el ñandutí de su pechera impecable.
Clara no tiene tiempo ni de alegrarse. A la noche siguiente, una frágil figura desciende de una calesa frente a su escuela, siendo de inmediato rodeada por perros coléricos y becerros supervivientes. El nocturno visitante es don Benito Agudo Ersilbengoa, mano derecha del nuncio apostólico y amanuense del alguacil Ordóñez. "Hemos recibido las quejas de Monseñor Brizuela --comunica a Clara Dezcura-- con respecto al tipo de temas que uted está haciendo escribir a sus alumnos."
Clara conoce bien a monseñor Bizuela. Se corren muchos rumores en torno a su persona. Se decía de él que a su arribo a nuestras costas, cuatro años atrás, era un hombre afable y comprensivo. Pero que había sufrido un doloroso accidente durante las invasiones británicas, cuando transportaba trabajosamente un pilón con aciete hirviendo. Aquella desgracia, se comenta ahora, ha dado origen a la sabrosa fritura de pastelería puesta en boga por todos los panaderos: la "bola de fraile".
"Es indigno --continúa don Benito Agudo Arsilbengoa-- que nuestros guardias federales, nuestros soldados, sean obligados a escribir sobre un tema tan poco épico y glorioso como el que usted les impone."
Clara comprende que ha llegado el momento de defender sus convicciones. Escribe a Sarmiento explicando su postura y la ventaja de educar a sus alumnos a partir de vivencias que a ellos le sean familiares. Seis meses después, puntualmente, recibe la contestación. Y de allí en más, día a día, irá recibiendo cartas del maestro sanjuanino. Sarmiento no falta un solo día al Correo. Algunas de sus cartas, no todas, muestran sobre el pergamino largos trazos de un pegote blancuzco, como si alguien hubiese moqueado sobre ellos. Clara deduce que Sarmiento las ha escrito bajo su histórica higuera, buscando aislarse, tal vez, de los rayos solares.
"No me opongo a que usted trabaje sobre 'La Vaca' --le dice el autor de Facundo-- en lugar de hacerlo sobre el modelo francés. Habrá un día, solo Dios puede saberlo, en que nuestro país se quitará de encima la influencia europea, y quizás entonces usted será considerada una precursora. Pero déjeme sugerirle otra variante; ya que el debate se ha instalado en torno a si es conveniente o no gastar papel, tinta e ingenio sobre un animal tan rasposo y de índole infeliz como la vaca le propongo que sus composiciones sean sobre otro animal todavía más cercano y afín a nuestra tradición libertaria como el caballo. Más de uno de nuestros centauros, que regaron con su sangre generosa el suelo americano, sabrá agradecérselo."
Clara lo piensa. Supone, con su intuición de maestra, que el del caballo puede ser un paso posterior. Incluso no deja de lado la gallina, con su doméstica convivencia. Pero la cercanía de los corrales, la vital actividad del matadero y, fundamentalmente, la creciente importancia del ganado vacuno en la suerte de nuestra economía, la deciden a continuar con el plano trazado.
Es febrero de 1845 y el formidable estío de Buenos Aires embalsama la brisa con aromas fuertes. Clara ha recibido el paso del aguatero llenando dos odres grandes para sus muchachos. La composición-tipo "La Vaca" se emplea ya en casi todos los establecimientos educacionales de la ciudad. Hasta las familias patricias que contratan institutrices británicas han encontrado pertinente el uso de la redacción impuesta por Clara Dezcurra. Sentada sobre una rueda de carro, Clara observa el patio a través de la puerta del salón. El calor del día ha exacerbado el olor a bosta y escucha las risotadas de sus chicos disfrutando el momento plácido del recreo. Se oye el punteo de alguna guitarra, alguna relación intencionada, el repique constante de un tamboril. De pronto alguien grita, hay un revuelo. Clara presta atención, inquieta. Sus muchachos son buenos, pero si se los vigila son mejores. Escucha un violín y se estremece. Son los sones de la "refalosa", la danza con que los mazorqueros acompañan los saltos despatarrados de sus víctimas cuando resbalan sobre su propia sangre. Clara se levanta y sale a ver qué pasa. Pero, en este caso, la víctima ya ha caído sobre el patio de la escuela. Es Juan José Lozada, el joven unitario de las patillas en "U". Lo han degollado. Ante la pregunta enérgica de Clara, nadie dice saber nada, nadie dice conocer a los asesinos. Pero hay risas torvas, sofocadas. El grupo de mazorqueros se aleja un tanto, empujándose unos a otros, como sorprendidos o avergonzados por la reprimenda.
Clara escribe a Juana, el 24 de febrero de ese año. "Los eché a todos. No me importa, Juana, que sean mazorqueros, hombres del Restaurador de las Leyes o lo que sea. Hoy degüellan a un compañero y mañana pueden llegar a hacer cosas peores. A estas situaciones hay que cortarlas de raíz, antes que pasen a mayores." Entre los expulsados de la escuela está el sargento federal Anacleto Medina, héroe de Cepeda.
Clara estudia al jinete que ha llegado hasta su escuela. Ella estaba calentando agua en la pava de latón peruano para prepararse un caldo, cuando escuchó el galope. El hombre es un soldado de Rosas y le estira en la mano, un rollo de papel sujeto con una cinta: por supuesto, punzó. Clara desenrolla el mensaje y lee el texto. La trasladan. Ha estado dando clase durante siete años en un tinglado con piso de tierra que, durante el día, hacía las veces de frigorífico clandestino. A pocas varas del matadero de reses y del solar donde se envenenan los cueros. Alumbrándose con velas de grasa. Educando a una clase compuesta por matarifes, soldados federales, negros, zambos, convictos, renegados y mal entretenidos. Ahora la letra pareja y grande del Restaurador le indica que será trasladada a un lugar de menor jerarquía. No lo dice con esas palabras. "La patria --le escribe Rosas-- demanda de usted un nuevo sacrificio. Y hemos decidido destinarla a una escuela marginal, con alumnos que detentan problemas de conducta. Sé que usted, con su firmeza de espíritu, sabrá encarrilarlos y superar los problemas de presupuesto que, de aquí en más, habrá de sufrir."
Clara Dezcurra sabe que ya no tiene sentido aguardar el cargamento de tiza. Intuye que su alejamiento obedece, más que nada, a su particular obcecación en persistir con el tema de "La Vaca".
"Creo que todo ha sido inútil --escribe a su amiga Juana--. Comprendo que, hoy por hoy, se hace muy difícil cambiar algo de lo ya dispuesto. Supongo que, con el paso del tiempo, todo el mundo se olvidará de mi tema de composición y volveremos a 'Voyage autour de mon bureau', o a cualquier otra imposición venida de afuera bajo el engañoso rubro de aporte cultural." Deja gotear el lacre, morosamente, sobre la juntura del cierre, antes de moldearlo bajo la presión de su anillo de sello. No puede dejar de pensar en la fugacidad de su iniciativa educacional. No sabe cuán equivocada está. Una gota de lacre, lustrosa, ha modelado un diminuto montículo sobre la mesa.
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viernes, 4 de noviembre de 2011
Las malas palabras
Roberto Fontanarrosa
No voy a lanzar ninguna teoría. Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer.
La pregunta es por qué son malas las malas palabras,¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿no es cierto?Muchas de estas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. De todas maneras, algunas de las malas palabras... no es que haga una defensa quijotesca de las malas palabras, algunas me gustan, igual que las palabras de uso natural.Yo me acuerdo de que en mi casa mi vieja no decía muchas malas palabras, era correcta. Mi viejo era lo que se llama un mal hablado, que es una interesante definición. Como era un tipo que venía del deporte, entonces realmente se justificaba. También se lo llamaba boca sucia, una palabra un poco antigua pero que se puede seguir usando.Era otra época, indudablemente. Había unos primos míos que a veces iban a mi casa y me decían: “Vamos a jugar al tío Berto”. Entonces iban a una habitación y se encerraban a putear. Lo que era la falta de la televisión que había que caer en esos juegos ingenuos.Ahora, yo digo, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de grafismo al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”.Yo creo que estas malas palabras les sirven para expresarse, ¿los vamos a marginar, a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, ellos no nos dan bola y hablan como les parece. Pienso que las malas palabras brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante, manejo mal el color pero sé que cuantos más matices tenga, uno más se puede defender para expresar o transmitir algo. Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables: por sonoridad, por fuerza y por contextura física.
No es lo mismo decir que una persona es tonta, a decir que es un pelotudo.Tonto puede incluir un problema de disminución neurológico, realmente agresivo. El secreto de la palabra “pelotudo”–que no sé si está en el Diccionario de Dudas- está en la letra “t”. Analicémoslo. Anoten las maestras. Hay una palabra maravillosa, que en otros países está exenta de culpa, que es la palabra “carajo”.Tengo entendido que el carajo es el lugar donde se ponía el vigía en lo alto de los mástiles de los barcos. Mandar a una persona al carajo era estrictamente eso. Acá apareció como mala palabra. Al punto de que se ha llegado al eufemismo de decir “caracho“, que es de una debilidad y de una hipocresía… Cuando algún periódico dice “El senador fulano de tal envió a la m… a su par”, la triste función de esos puntos
suspensivos merecería también una discusión en este congreso. Hay otra palabra que quiero apuntar, que es la palabra “mierda”, que también es irremplazable, cuyo secreto está en la “r”, que los cubanos pronuncian mucho más débil, y en eso está el gran problema que ha tenido el pueblo cubano, en la falta de posibilidad expresiva.
Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo que pido es una amnistía para las malas palabras, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje porque las vamos a necesitar.
1 Fragmentos de la ponencia del escritor, dibujante y humorista rosarino en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, llevado a cabo en noviembre de 2004 en Rosario, provincia de Santa Fe.
No voy a lanzar ninguna teoría. Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer.
La pregunta es por qué son malas las malas palabras,¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿no es cierto?Muchas de estas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. De todas maneras, algunas de las malas palabras... no es que haga una defensa quijotesca de las malas palabras, algunas me gustan, igual que las palabras de uso natural.Yo me acuerdo de que en mi casa mi vieja no decía muchas malas palabras, era correcta. Mi viejo era lo que se llama un mal hablado, que es una interesante definición. Como era un tipo que venía del deporte, entonces realmente se justificaba. También se lo llamaba boca sucia, una palabra un poco antigua pero que se puede seguir usando.Era otra época, indudablemente. Había unos primos míos que a veces iban a mi casa y me decían: “Vamos a jugar al tío Berto”. Entonces iban a una habitación y se encerraban a putear. Lo que era la falta de la televisión que había que caer en esos juegos ingenuos.Ahora, yo digo, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de grafismo al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”.Yo creo que estas malas palabras les sirven para expresarse, ¿los vamos a marginar, a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, ellos no nos dan bola y hablan como les parece. Pienso que las malas palabras brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante, manejo mal el color pero sé que cuantos más matices tenga, uno más se puede defender para expresar o transmitir algo. Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables: por sonoridad, por fuerza y por contextura física.
No es lo mismo decir que una persona es tonta, a decir que es un pelotudo.Tonto puede incluir un problema de disminución neurológico, realmente agresivo. El secreto de la palabra “pelotudo”–que no sé si está en el Diccionario de Dudas- está en la letra “t”. Analicémoslo. Anoten las maestras. Hay una palabra maravillosa, que en otros países está exenta de culpa, que es la palabra “carajo”.Tengo entendido que el carajo es el lugar donde se ponía el vigía en lo alto de los mástiles de los barcos. Mandar a una persona al carajo era estrictamente eso. Acá apareció como mala palabra. Al punto de que se ha llegado al eufemismo de decir “caracho“, que es de una debilidad y de una hipocresía… Cuando algún periódico dice “El senador fulano de tal envió a la m… a su par”, la triste función de esos puntos
suspensivos merecería también una discusión en este congreso. Hay otra palabra que quiero apuntar, que es la palabra “mierda”, que también es irremplazable, cuyo secreto está en la “r”, que los cubanos pronuncian mucho más débil, y en eso está el gran problema que ha tenido el pueblo cubano, en la falta de posibilidad expresiva.
Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo que pido es una amnistía para las malas palabras, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje porque las vamos a necesitar.
1 Fragmentos de la ponencia del escritor, dibujante y humorista rosarino en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, llevado a cabo en noviembre de 2004 en Rosario, provincia de Santa Fe.
martes, 4 de octubre de 2011
Cartas para Annie (4ª y última parte)
28 de Diciembre de 1987
Annie:
Hay algo que no puedo evitar al recibir sus cartas, en especial si éstas son como la última. Aprecio la curva de su caligrafía y sigo, como un mastín, el ritmo de sus trazos. Después, el cabo de madera que sostiene la pluma. De inmediato su mano, su mano sosteniendo ese cabo de madera. Subo, entonces, por su mano, Annie, persiguiendo la tersura enloquecedora de su brazo, esa carne firme aún, la piel blanca y levemente trémula. Imagino entonces, Annie, que deposito mis labios sobre esa piel y la recorro, brazo arriba, hasta el hombro y, allí, no me detiene el bretel angosto de su vestido sastre, no.
Mi boca se entreabre, ávida, húmeda, y va dejando una estela acuosa sobre su hombro desnudo, trepa luego por su cuello tibio, mi rostro se sumerje bajo su cabellera y muerde su nuca estremecida. Usted ya no puede escribir más, Annie. Su cuerpo palpita bajo mis manos curiosas. Mi boca oferente resbala por la curvatura de su clavícula y mis dedos audaces oprimen los senos formidables. Su letra se ha hecho ilegible y despareja, Annie, del mismo modo que su respiración se torna angustiosa y entrecortada. Se le hace difícil escribirle a un hombre que está, ahora, Annie, encaramado sobre el respaldar de su silla, sujetándola por los pechos, hurgando con los dedos bajo su sostén, mordiéndole frenéticamente una oreja, Annie.
Discúlpeme si mi imaginación se hace algo procaz y arrebatadora, Annie, pero es una condición, la imaginería, particular de los pueblos tercermundistas. Ahora, le he pasado mis dos fornidas piernas por detrás, apresándola por la cintura, y he quedado casi colgado, aferrado como un molusco a sus senos incomparables. No puedo seguir escribiendo, Annie. Me he desatado completamente y siento como si fuera algo inútil e hipócrita continuar sojuzgando mi exaltación, mi pasión por usted, mi legítimo reclamo de argentina virilidad.
Lamberto.
Brisbane, 6 de febrero de 1988
Señor Lamberto Margulis:
Por una jugarreta del destino, llegó a mis manos una carta que mi prometida Annie Finnegan le enviaba a usted. Sin duda, la costumbre, la vieja costumbre alimentada durante doce años, de escribirme, ha llevado a Annie a colocar en el sobre que me destinaba, la carta que le correspondía a usted, señor Margulis. No me extrañaría que recibiese usted, en cambio, un sobre a su nombre, pero con un contenido destinado a mi persona.
De todos modos, me he visto conmovido por varios factores, principalmente por el total descontrol, el lamentable vocabulario que Annie emplea en esa carta maldita que a usted le escribe, plagada de sucias invocaciones, puercas reflexiones sobre sus atributos masculinos y promesas de todo tipo de bajezas que ella podría intentar de tener en sus manos ciertos apéndices sobresalientes de su físico sudamericano. Jamás, en los doce años de relación, imaginé que la señorita Finnegan, si es que puedo llamarla aún "señorita", pudiese diseminar tamaña cantidad de inmundicias en un texto. Pero, aparte del enojo que me provoca el párrafo que a mí me toca ("australiano bruto e impotente sólo apto para la polución nocturna") que ofende mi condición de profesor de letras de la facultad de Melbourne, no puedo comprender la predilección de una inglesa por alguien que, como usted, es nacido en tierras dejadas de la mano de Dios y de su Majestad, la Reina. Sólo puedo comprenderlo bajo el cariz de una curiosidad animal, o de una perversión rayana en la entomología o la zoofilia. De cualquier forma, lo que más ha herido mi sensibilidad y honorabilidad es la noticia, suministrada por la misma Annie, de que se halla embarazada. Ultrajado en lo más profundo de mi dignidad, no me cabe otro camino que citarlo a usted en el campo de honor, donde las armas lavarán esta incalificable afrenta.
Dentro de tres años, cuando finalize mi tesis en la Universidad de Melbourne, tengo dispuesto viajar a Puerto Príncipe, aceptando una invitación que gentilmente me hiciera, años atrás, Papá Duvalier, para dar una charla a sus Tonton Macoutes. Si bien, hasta el día de ayer, estaba dudando aceptar dicha oferta, hoy he dispuesto aceptarla, ya que, estando en Haití, península tan cercana a su tierra, señor Margulis, fácil será encontrarnos y dirimir lo nuestro mediante el viril, noble y tradicional reto duelístico.
Edwin Littlehales.
Rosario, 3 de marzo de 1988
Señor Littlehales:
No soy de los que tiran la piedra y esconden la mano. Si fui más allá de lo tolerable con la señorita Finnegan, lo hice mobilizado por el impulso macho que nos caracteriza a todos los argentinos. Seremos tercermundistas y poco desarrollados, pero hay partes de nuestros cuerpos donde el desarrollo se nos da con generosidad asombrosa. Y no le escapamos el bulto al compromiso frente a una mujer, mi querido profesor. Tampoco voy a dar demasiadas explicaciones a un hombre que, si bien se ufana de su condición de profesor de lenguas, no vacila en leer una correspondencia que no le pertenece y fisgonea en ella como un miserable y despreciable ladrón de ideas y sentimientos.
¡Arrojé mi semilla y hallé tierra fértil, eso es todo! La señorita Annie es ya una persona grande, dueña de sus actos y sabe dónde le aprieta el zapato. No dudo que nuestro hijo llevará, el día de mañana, un nombre con resonancia española, mal que le pese, mi estimado profesor de lenguas.
Puede ser que no llegue a verlo porque, quizás, me toque en suerte caer en el campo de honor, ya que estoy decidido a aceptar su reto. ¡No será un pirata ensoberbecido quien arredre a un caballero criollo! Es más, le dejo la prioridad de elegir armas ya que, de ser por mí, optaría, sin duda alguna, por la vulgar alpargata, con la que ya corrimos en un par de oportunidades, tiempo atrás, a muchos que, como usted, pretendieron invadirnos bajo la inepcia de otro impotente, el australiano Beresford. Y, para demostrarle que no soy lerdo en estos trances, ya he designado mis padrinos. Uno es el ecuatoriano Elpidio Fuentes Sepúlveda, de calle 8 entre 14 y 87, Guayaquil, con quien sostengo un contacto epistolar desde hace tres años y quien no sólo le exigirá condiciones vía postal, si no que le propondrá, también, intercambio de sellos postales. El otro es Bayhan el Qalb, de Adén, quien todavía no me ha contestado, pero que aceptará, sin duda alguna, mi designación, con ese desprendimiento que exalta al pueblo yemenita.
No es mucho más lo que puedo agregar a estas líneas, mi estimado señor. Esperaré a pie firme sus respuestas y no será Haití mal lugar para el encuentro. En tanto, sólo me resta despedirme, parafraseando a un criollo cuyo apellido, Yupanqui, es de difícil traducción a una lengua tan carenciada y precaria como la inglesa:
Yo me voy con mi destino
pal lau donde el sol se pierde,
tal vez alguno se acuerde
que aquí cantó un argentino.
L.M.
Annie:
Hay algo que no puedo evitar al recibir sus cartas, en especial si éstas son como la última. Aprecio la curva de su caligrafía y sigo, como un mastín, el ritmo de sus trazos. Después, el cabo de madera que sostiene la pluma. De inmediato su mano, su mano sosteniendo ese cabo de madera. Subo, entonces, por su mano, Annie, persiguiendo la tersura enloquecedora de su brazo, esa carne firme aún, la piel blanca y levemente trémula. Imagino entonces, Annie, que deposito mis labios sobre esa piel y la recorro, brazo arriba, hasta el hombro y, allí, no me detiene el bretel angosto de su vestido sastre, no.
Mi boca se entreabre, ávida, húmeda, y va dejando una estela acuosa sobre su hombro desnudo, trepa luego por su cuello tibio, mi rostro se sumerje bajo su cabellera y muerde su nuca estremecida. Usted ya no puede escribir más, Annie. Su cuerpo palpita bajo mis manos curiosas. Mi boca oferente resbala por la curvatura de su clavícula y mis dedos audaces oprimen los senos formidables. Su letra se ha hecho ilegible y despareja, Annie, del mismo modo que su respiración se torna angustiosa y entrecortada. Se le hace difícil escribirle a un hombre que está, ahora, Annie, encaramado sobre el respaldar de su silla, sujetándola por los pechos, hurgando con los dedos bajo su sostén, mordiéndole frenéticamente una oreja, Annie.
Discúlpeme si mi imaginación se hace algo procaz y arrebatadora, Annie, pero es una condición, la imaginería, particular de los pueblos tercermundistas. Ahora, le he pasado mis dos fornidas piernas por detrás, apresándola por la cintura, y he quedado casi colgado, aferrado como un molusco a sus senos incomparables. No puedo seguir escribiendo, Annie. Me he desatado completamente y siento como si fuera algo inútil e hipócrita continuar sojuzgando mi exaltación, mi pasión por usted, mi legítimo reclamo de argentina virilidad.
Lamberto.
Brisbane, 6 de febrero de 1988
Señor Lamberto Margulis:
Por una jugarreta del destino, llegó a mis manos una carta que mi prometida Annie Finnegan le enviaba a usted. Sin duda, la costumbre, la vieja costumbre alimentada durante doce años, de escribirme, ha llevado a Annie a colocar en el sobre que me destinaba, la carta que le correspondía a usted, señor Margulis. No me extrañaría que recibiese usted, en cambio, un sobre a su nombre, pero con un contenido destinado a mi persona.
De todos modos, me he visto conmovido por varios factores, principalmente por el total descontrol, el lamentable vocabulario que Annie emplea en esa carta maldita que a usted le escribe, plagada de sucias invocaciones, puercas reflexiones sobre sus atributos masculinos y promesas de todo tipo de bajezas que ella podría intentar de tener en sus manos ciertos apéndices sobresalientes de su físico sudamericano. Jamás, en los doce años de relación, imaginé que la señorita Finnegan, si es que puedo llamarla aún "señorita", pudiese diseminar tamaña cantidad de inmundicias en un texto. Pero, aparte del enojo que me provoca el párrafo que a mí me toca ("australiano bruto e impotente sólo apto para la polución nocturna") que ofende mi condición de profesor de letras de la facultad de Melbourne, no puedo comprender la predilección de una inglesa por alguien que, como usted, es nacido en tierras dejadas de la mano de Dios y de su Majestad, la Reina. Sólo puedo comprenderlo bajo el cariz de una curiosidad animal, o de una perversión rayana en la entomología o la zoofilia. De cualquier forma, lo que más ha herido mi sensibilidad y honorabilidad es la noticia, suministrada por la misma Annie, de que se halla embarazada. Ultrajado en lo más profundo de mi dignidad, no me cabe otro camino que citarlo a usted en el campo de honor, donde las armas lavarán esta incalificable afrenta.
Dentro de tres años, cuando finalize mi tesis en la Universidad de Melbourne, tengo dispuesto viajar a Puerto Príncipe, aceptando una invitación que gentilmente me hiciera, años atrás, Papá Duvalier, para dar una charla a sus Tonton Macoutes. Si bien, hasta el día de ayer, estaba dudando aceptar dicha oferta, hoy he dispuesto aceptarla, ya que, estando en Haití, península tan cercana a su tierra, señor Margulis, fácil será encontrarnos y dirimir lo nuestro mediante el viril, noble y tradicional reto duelístico.
Edwin Littlehales.
Rosario, 3 de marzo de 1988
Señor Littlehales:
No soy de los que tiran la piedra y esconden la mano. Si fui más allá de lo tolerable con la señorita Finnegan, lo hice mobilizado por el impulso macho que nos caracteriza a todos los argentinos. Seremos tercermundistas y poco desarrollados, pero hay partes de nuestros cuerpos donde el desarrollo se nos da con generosidad asombrosa. Y no le escapamos el bulto al compromiso frente a una mujer, mi querido profesor. Tampoco voy a dar demasiadas explicaciones a un hombre que, si bien se ufana de su condición de profesor de lenguas, no vacila en leer una correspondencia que no le pertenece y fisgonea en ella como un miserable y despreciable ladrón de ideas y sentimientos.
¡Arrojé mi semilla y hallé tierra fértil, eso es todo! La señorita Annie es ya una persona grande, dueña de sus actos y sabe dónde le aprieta el zapato. No dudo que nuestro hijo llevará, el día de mañana, un nombre con resonancia española, mal que le pese, mi estimado profesor de lenguas.
Puede ser que no llegue a verlo porque, quizás, me toque en suerte caer en el campo de honor, ya que estoy decidido a aceptar su reto. ¡No será un pirata ensoberbecido quien arredre a un caballero criollo! Es más, le dejo la prioridad de elegir armas ya que, de ser por mí, optaría, sin duda alguna, por la vulgar alpargata, con la que ya corrimos en un par de oportunidades, tiempo atrás, a muchos que, como usted, pretendieron invadirnos bajo la inepcia de otro impotente, el australiano Beresford. Y, para demostrarle que no soy lerdo en estos trances, ya he designado mis padrinos. Uno es el ecuatoriano Elpidio Fuentes Sepúlveda, de calle 8 entre 14 y 87, Guayaquil, con quien sostengo un contacto epistolar desde hace tres años y quien no sólo le exigirá condiciones vía postal, si no que le propondrá, también, intercambio de sellos postales. El otro es Bayhan el Qalb, de Adén, quien todavía no me ha contestado, pero que aceptará, sin duda alguna, mi designación, con ese desprendimiento que exalta al pueblo yemenita.
No es mucho más lo que puedo agregar a estas líneas, mi estimado señor. Esperaré a pie firme sus respuestas y no será Haití mal lugar para el encuentro. En tanto, sólo me resta despedirme, parafraseando a un criollo cuyo apellido, Yupanqui, es de difícil traducción a una lengua tan carenciada y precaria como la inglesa:
Yo me voy con mi destino
pal lau donde el sol se pierde,
tal vez alguno se acuerde
que aquí cantó un argentino.
L.M.
Cartas para Annie (3ª parte)
28 de Noviembre de 1987.
Querida Annie:
Un tumulto de sensaciones contrapuestas estremece mi alma. La comprobación de que nuestro contacto epistolar se prolonga y solidifica me ha insuflado nuevos ánimos, pintando de bellos y alegres colores el gris desvaído de mi vida. Le confieso que su carta me ha llenado de sensaciones olvidadas, me siento como un adolescente, pleno de dudas y ambivalencias. Antes que nada, quiero agradecerle enormemente su fotografía. Sé que le ha significado un esfuerzo económico enviármela. Le juro que no era mi intención inducirla a destruir su álbum, que imagino un documento familiar de insoslayable valor. Es una pena que no haya señalizado, precisamente, quién es usted dentro de ese maravilloso ramillete de jóvenes que, sin duda alguna, gozan de los placeres de un pic-nic. Pese a la oscuridad de la toma, pese a lo neblinoso que, al parecer, se presentaba el día, pese a la poca definición del foco, creo advertir que había algunos muchachos entre ustedes. No es fácil individualizarlos entre los abrigos y las capelinas. No obstante, con tenacidad detectivesca, he logrado separar una quincena de personas entre las que podría encontrarse usted, Annie, bella como siempre.
Advierto en usted un cierto regusto por el misterio, fiel a los pasos maestros de la inmortal Agatha Christie. Y no vacilo en arriesgar una posibilidad: usted es la que reposa sobre el césped, casi bajo el capot de la camioneta, envuelta su cabeza en un echarpe claro, junto a algo blanco que bien podría ser una cabra.
Le remito, en retribución de su gesto, una foto mía. Tardé mucho en seleccionarla, ya que no soy muy afecto a retratarme. El latino, bajo su aparente desfachatez y desparpajo guarda un espíritu austero, Annie, créame, tal vez heredado de José de San Martín o de Edmundo De Amicis.
Deberá disculparme por mi confusión con respectoa su nombre. Es que la excitación que me invade al recibir sus cartas me obnubila hasta el límite de la estupidez. Pero lo que le confieso me embargó de dudas, fue la denominación que usted me da de "amigo". Le seguro que me enorgullece que uted me considere como tal, pero mi secreta ambición es constituírme en otra cosa. Un amigo, así como puede considerarse algo exxcelso y maravilloso también configura tan sólo una persona que queda afuera de otro tipo de sentimientos, más profundos, más complejos y más inherentes a la relación hombre-mujer. No sé si me comprende, Annie. Temo que nuestras diferencias culturales impidan que me entienda con claridad. Y si lo entiende, espero que no lo tome a mal. No quisiera ser una decepción más que le brinda alguien no sajón. Para terminar, deseo hacerle una consulta que es posible usted considere audaz o atrevida, pero que quema mi pecho si no lo hago: ¿Hay alguien más en su vida, Annie? ¿Hay otra persona en su esfera sentimental, alguien a quien usted considere más que un "amigo"? De ser así, hágamelo saber, por favor, para no alentar vanas esperanzas.
Suyo,
Lamberto.
14 de Diciembre de 1987.
Lamberto:
Temía este momento. Sabía que iba a llegar y ha llegado. Mi padre estuvo en Dunkerque y mi abuelo cayó en Verdún. Por lo tanto, no son las situaciones difíciles las que pueden hacer vacilar a un miembro de la familia Finnegan. Antes que nada, le agradezco la foto. No imaginaba, a través de su pulido texto, que fuese usted un atleta. Me sorprendió el grosor de sus bíceps en el acto preciso de levantar esas enormes pesas. Y la vastedad de su tórax, como así también lo notorio de la transpiración, lo que me revela un país húmedo. Advertí, asimismo, que esa foto ha sido publicada en alguna revista especializada ya que, al dorso, puede leerse parte de una suerte de tabla de posiciones de algún campeonato, se me antoja de football, nuestro deporte por antonomasia.
Volviendo a lo que a usted lo inquieta, quiero pedirle dos cosas: primero, que tome esto que voy a decirle con serenidad y no cometa el disparate de tomar decisiones apresuradas. Segundo, que no use palabras que me obliguen a recurrir a cada momento al diccionario. Me insumió una barbaridad de tiempo hallar el significado de la palabra "capelina" que, en un primer momento, me sonó como algo muy grosero.
Le diré, Lamberto, tengo novio. Es una relación que data de mucho tiempo atrás, doce años, para ser mas exacta. En estos momentos estamos algo distanciados ya que Edwin, tal es su nombre, reside en Brisbane, Australia, desde donde ha jurado llamarme para vivir a su lado. Yo ya estoy dudando de que cumpla con su promesa porque, desde el primer año de relación, me viene prometiendo lo mismo. Es un hombre inteligente, educado, pero algo frío en el trato, al menos así se entrevé a través de sus cartas, ya que a él también lo conocí mediante un correo postal que publicara la revista "New Commonwealth", en Blefast, en el año 75. Parece ser buena persona bajo su redacción huraña. Al menos su letra es pareja y redonda, aunque sus cartas, en lo que respecta a prolijidad dejan bastante que desear; suelen venir manchadas de tabaco y con aureolas de alcohol. Su manejo de la sintaxis es pobre y, lo compruebo ahora comparando, su temática se reduce a la descripción de matanzas de hotentotes y a la utilización comercial del cuero de cocodrilo.
Lo advierto ahora, Lambert, cuando he decidido abrir mis fronteras y conocer nuevos mundos, nuevas sensaciones, experimentar el regocijo de contactar culturas diferentes.
Por otra parte, lo considero a usted algo más que un amigo, Lambert. Lo que ocurre es que no hallé en el diccionario una palabra que contuviera, sin caer en excesos, mis apetitos personales.
Annie.
Querida Annie:
Un tumulto de sensaciones contrapuestas estremece mi alma. La comprobación de que nuestro contacto epistolar se prolonga y solidifica me ha insuflado nuevos ánimos, pintando de bellos y alegres colores el gris desvaído de mi vida. Le confieso que su carta me ha llenado de sensaciones olvidadas, me siento como un adolescente, pleno de dudas y ambivalencias. Antes que nada, quiero agradecerle enormemente su fotografía. Sé que le ha significado un esfuerzo económico enviármela. Le juro que no era mi intención inducirla a destruir su álbum, que imagino un documento familiar de insoslayable valor. Es una pena que no haya señalizado, precisamente, quién es usted dentro de ese maravilloso ramillete de jóvenes que, sin duda alguna, gozan de los placeres de un pic-nic. Pese a la oscuridad de la toma, pese a lo neblinoso que, al parecer, se presentaba el día, pese a la poca definición del foco, creo advertir que había algunos muchachos entre ustedes. No es fácil individualizarlos entre los abrigos y las capelinas. No obstante, con tenacidad detectivesca, he logrado separar una quincena de personas entre las que podría encontrarse usted, Annie, bella como siempre.
Advierto en usted un cierto regusto por el misterio, fiel a los pasos maestros de la inmortal Agatha Christie. Y no vacilo en arriesgar una posibilidad: usted es la que reposa sobre el césped, casi bajo el capot de la camioneta, envuelta su cabeza en un echarpe claro, junto a algo blanco que bien podría ser una cabra.
Le remito, en retribución de su gesto, una foto mía. Tardé mucho en seleccionarla, ya que no soy muy afecto a retratarme. El latino, bajo su aparente desfachatez y desparpajo guarda un espíritu austero, Annie, créame, tal vez heredado de José de San Martín o de Edmundo De Amicis.
Deberá disculparme por mi confusión con respectoa su nombre. Es que la excitación que me invade al recibir sus cartas me obnubila hasta el límite de la estupidez. Pero lo que le confieso me embargó de dudas, fue la denominación que usted me da de "amigo". Le seguro que me enorgullece que uted me considere como tal, pero mi secreta ambición es constituírme en otra cosa. Un amigo, así como puede considerarse algo exxcelso y maravilloso también configura tan sólo una persona que queda afuera de otro tipo de sentimientos, más profundos, más complejos y más inherentes a la relación hombre-mujer. No sé si me comprende, Annie. Temo que nuestras diferencias culturales impidan que me entienda con claridad. Y si lo entiende, espero que no lo tome a mal. No quisiera ser una decepción más que le brinda alguien no sajón. Para terminar, deseo hacerle una consulta que es posible usted considere audaz o atrevida, pero que quema mi pecho si no lo hago: ¿Hay alguien más en su vida, Annie? ¿Hay otra persona en su esfera sentimental, alguien a quien usted considere más que un "amigo"? De ser así, hágamelo saber, por favor, para no alentar vanas esperanzas.
Suyo,
Lamberto.
14 de Diciembre de 1987.
Lamberto:
Temía este momento. Sabía que iba a llegar y ha llegado. Mi padre estuvo en Dunkerque y mi abuelo cayó en Verdún. Por lo tanto, no son las situaciones difíciles las que pueden hacer vacilar a un miembro de la familia Finnegan. Antes que nada, le agradezco la foto. No imaginaba, a través de su pulido texto, que fuese usted un atleta. Me sorprendió el grosor de sus bíceps en el acto preciso de levantar esas enormes pesas. Y la vastedad de su tórax, como así también lo notorio de la transpiración, lo que me revela un país húmedo. Advertí, asimismo, que esa foto ha sido publicada en alguna revista especializada ya que, al dorso, puede leerse parte de una suerte de tabla de posiciones de algún campeonato, se me antoja de football, nuestro deporte por antonomasia.
Volviendo a lo que a usted lo inquieta, quiero pedirle dos cosas: primero, que tome esto que voy a decirle con serenidad y no cometa el disparate de tomar decisiones apresuradas. Segundo, que no use palabras que me obliguen a recurrir a cada momento al diccionario. Me insumió una barbaridad de tiempo hallar el significado de la palabra "capelina" que, en un primer momento, me sonó como algo muy grosero.
Le diré, Lamberto, tengo novio. Es una relación que data de mucho tiempo atrás, doce años, para ser mas exacta. En estos momentos estamos algo distanciados ya que Edwin, tal es su nombre, reside en Brisbane, Australia, desde donde ha jurado llamarme para vivir a su lado. Yo ya estoy dudando de que cumpla con su promesa porque, desde el primer año de relación, me viene prometiendo lo mismo. Es un hombre inteligente, educado, pero algo frío en el trato, al menos así se entrevé a través de sus cartas, ya que a él también lo conocí mediante un correo postal que publicara la revista "New Commonwealth", en Blefast, en el año 75. Parece ser buena persona bajo su redacción huraña. Al menos su letra es pareja y redonda, aunque sus cartas, en lo que respecta a prolijidad dejan bastante que desear; suelen venir manchadas de tabaco y con aureolas de alcohol. Su manejo de la sintaxis es pobre y, lo compruebo ahora comparando, su temática se reduce a la descripción de matanzas de hotentotes y a la utilización comercial del cuero de cocodrilo.
Lo advierto ahora, Lambert, cuando he decidido abrir mis fronteras y conocer nuevos mundos, nuevas sensaciones, experimentar el regocijo de contactar culturas diferentes.
Por otra parte, lo considero a usted algo más que un amigo, Lambert. Lo que ocurre es que no hallé en el diccionario una palabra que contuviera, sin caer en excesos, mis apetitos personales.
Annie.
Cartas para Annie (2ª parte)
11 de setiembre de 1987.
Mi querida señorita Finnegan:
Antes de cualquier disquisición, le pido humildemente disculpas por anteponer el calificativo "querida" antes de su apellido. No lo tome como una audacia de mi parte, por lo que mas quiera: es que los hombres de estas tierras adolecemos del pecado de la osadía, como alguna vez lo demostraran el almirante Bouchard, el comandante Espora, Justo Suárez, Rugilo y otros criollos que pululaban por nuestras pampas. Pero es que su respuesta a mi carta ha iluminado mi vida. No puede usted imaginar la exaltación que hizo presa de mí cuando mi madre me trajo su sobre con el matasellos británico. Le confieso que el paso de los días se había convertido en un suplicio ya que veía desvanecerse mis esperanzas. Llegué a pensar que un argentino, señorita Finnegan, no era de la suficiente estatura intelectual como para entablar una relación postal con una súbdita inglesa, acostumbrada a codearse con ciudadanos de las primeras potencias mundiales. Yo sé que suena un tanto dramático, señorita Finnegan, pero hay otro dato que me angustió durante toda la espera, y es el referido al consabido y prolongado conflicto por las islas Malvinas, o Falklands, que se antepone entre nosotros como una muralla de incomprensión. Por todo esto, el haber recibido su carta esta mañana me ha inundado de una emoción difícilmente transmitible y bajo este impacto emotivo es que me atreví anteponer ese ingenuo pero genuino "querida" a su apellido. Sin embargo, pese a la distancia física, pese al océano que nos separa, ¿o nos une?, le aseguro que su presencia espiritual durante la tensa espera fue constante junto a mí.
Vivo en un barrio de Rosario llamado Saladillo. Este barrio, señorita Finnegan, fue originario asentamiento de empleados ingleses del ferrocarril; por lo tanto aún quedan, como testigos de aquella época maravillosa, viejos y señoriales edificios de estilo británico, que me la recuerdan a usted constantemente desde sus muros descascarados, paredes cochambrosas, tapias desconchadas y sus castigados techos de zinc. Pero, además, y esto ya parece una confabulación del destino, cerca de mi casa se levanta el frigorífico Swift, de reconocidos capitales ingleses, y todo el aire que se respira en Saladillo esta impregnado del perfume que de allí emana. Y es como estar percibiendo su lavanda, señorita Finnegan, y perdone lo sensorial de mi tono.
Me ha conmovido, además, el relato suyo sobre su servidumbre hispana y su maravilloso espíritu solidario de aprender el idioma. Esa grandeza hizo colosal su imperio, señorita Finnegan. Me agradaría que me contase más del tema, si no es avanzar demasiado sobre la intimidad de su casa.
Antes de despedirme, con dolor, le solicito dos cosas, y espero que no lo tome a mal: ¿podría envirame alguna foto suya, alguna foto que le sobre, que le haya salido movida o muy oscura? Se convertiría para mí en un verdadero tesoro. Y otra cosa: ¿puedo llamarla Margery?
Suyo,
Lamberto.
2 de Noviembre de 1987.
Amigo Lamberto:
Como verá, yo también me he tomado el atrevimiento de pasar al tratamiento de "amigo", en lugar del impersonal "estimado". Es que, aunque a los súbditos de las corona nos cuesta admitir desequilibrios emocionales, le confieso que yo también aguardo con particular anhelo la llegada de sus líneas, siempre interesantes. Le aseguro que mi demora en contestar no obedece a ningun sentimiento que yo pueda albergar en desmedro de los latinos u otras sub-razas. Después de todo, no es usted un bosquimano o un malayo. Por otra parte, le aseguro que desconocía por completo la existencia de un conflicto en torno a las islas denominadas "Malvinas" o "Falklands". Es mas, ignoraba la existencia de las islas mismas ya que contemplar el mapa más abajo de la línea del ecuador me produce vértigo.
Le juro, Lamberto, que estoy estudiando con detención el mapamundi en procura de detectar la ubicación de su país. No me resulta fácil --poco propensa, como soy, a la cartografía-- dilucidar donde se halla la Argentina entre tanta línea de puntos, ríos y elevaciones. Pero ya he señalado Guyana y Venezuela. ¿Es Argentina una superficie triangular, verde clarita? Me complacería me lo confirme. Con respecto a la servidora española, no tuvimos mas remedio que despedirla ya que nos destruyó gran parte de la vajilla al meterla dentro de la cortadora de cesped con la sana intención de lavarla. El problema es que ella aduce no entender nuestro deficiente español y no se ha dado por enterada del despido. Se ha encerrado en el sótano y clama por su embajador. No es la primera desilusión que me llevo con gente no sajon, amigo Lamberto, pero espero que sea la última.
Cavile mucho sobre su pedido de una foto mía. No soy del tipo de mujer que acostumbra a darse con facilidad, pero intuyo en usted un ser humano sensible y cuidadoso con las fotografías. Disculpe si, al arrancarla del álbum familiar, quedó adherido en el reverso un trozo de una foto de mi perro Excalibur sobre su cojín favorito. Hubiese preferido que nuestras fisonomias quedasen en el anonimato, ya que ello agudiza la imaginación y otorga un halo de misterio siempre beneficioso a una amistad, pero entiendo que un hombre desee conocer a su interlocutora. A la recíproca, también me veo movida por la curiosidad a solicitarle alguna foto a usted, ya que ignoro cuál puede ser el aspecto de alguien que viva en zonas tan alejadas.
Con respecto a la franquicia de llamarme Margery, déjeme pensarlo. Primero, porque no me gusta nada cuando las cosas se hacen de forma tan precipitada. Y segundo, porque Margery no es mi nombre. Si se fija bien en el sobre, observará que se trata del nombre de la calle, 17th Margery Street. Mi nombre es Annie.
Esperando su próxima carta, lo saluda,
Miss Finnegan.
Mi querida señorita Finnegan:
Antes de cualquier disquisición, le pido humildemente disculpas por anteponer el calificativo "querida" antes de su apellido. No lo tome como una audacia de mi parte, por lo que mas quiera: es que los hombres de estas tierras adolecemos del pecado de la osadía, como alguna vez lo demostraran el almirante Bouchard, el comandante Espora, Justo Suárez, Rugilo y otros criollos que pululaban por nuestras pampas. Pero es que su respuesta a mi carta ha iluminado mi vida. No puede usted imaginar la exaltación que hizo presa de mí cuando mi madre me trajo su sobre con el matasellos británico. Le confieso que el paso de los días se había convertido en un suplicio ya que veía desvanecerse mis esperanzas. Llegué a pensar que un argentino, señorita Finnegan, no era de la suficiente estatura intelectual como para entablar una relación postal con una súbdita inglesa, acostumbrada a codearse con ciudadanos de las primeras potencias mundiales. Yo sé que suena un tanto dramático, señorita Finnegan, pero hay otro dato que me angustió durante toda la espera, y es el referido al consabido y prolongado conflicto por las islas Malvinas, o Falklands, que se antepone entre nosotros como una muralla de incomprensión. Por todo esto, el haber recibido su carta esta mañana me ha inundado de una emoción difícilmente transmitible y bajo este impacto emotivo es que me atreví anteponer ese ingenuo pero genuino "querida" a su apellido. Sin embargo, pese a la distancia física, pese al océano que nos separa, ¿o nos une?, le aseguro que su presencia espiritual durante la tensa espera fue constante junto a mí.
Vivo en un barrio de Rosario llamado Saladillo. Este barrio, señorita Finnegan, fue originario asentamiento de empleados ingleses del ferrocarril; por lo tanto aún quedan, como testigos de aquella época maravillosa, viejos y señoriales edificios de estilo británico, que me la recuerdan a usted constantemente desde sus muros descascarados, paredes cochambrosas, tapias desconchadas y sus castigados techos de zinc. Pero, además, y esto ya parece una confabulación del destino, cerca de mi casa se levanta el frigorífico Swift, de reconocidos capitales ingleses, y todo el aire que se respira en Saladillo esta impregnado del perfume que de allí emana. Y es como estar percibiendo su lavanda, señorita Finnegan, y perdone lo sensorial de mi tono.
Me ha conmovido, además, el relato suyo sobre su servidumbre hispana y su maravilloso espíritu solidario de aprender el idioma. Esa grandeza hizo colosal su imperio, señorita Finnegan. Me agradaría que me contase más del tema, si no es avanzar demasiado sobre la intimidad de su casa.
Antes de despedirme, con dolor, le solicito dos cosas, y espero que no lo tome a mal: ¿podría envirame alguna foto suya, alguna foto que le sobre, que le haya salido movida o muy oscura? Se convertiría para mí en un verdadero tesoro. Y otra cosa: ¿puedo llamarla Margery?
Suyo,
Lamberto.
2 de Noviembre de 1987.
Amigo Lamberto:
Como verá, yo también me he tomado el atrevimiento de pasar al tratamiento de "amigo", en lugar del impersonal "estimado". Es que, aunque a los súbditos de las corona nos cuesta admitir desequilibrios emocionales, le confieso que yo también aguardo con particular anhelo la llegada de sus líneas, siempre interesantes. Le aseguro que mi demora en contestar no obedece a ningun sentimiento que yo pueda albergar en desmedro de los latinos u otras sub-razas. Después de todo, no es usted un bosquimano o un malayo. Por otra parte, le aseguro que desconocía por completo la existencia de un conflicto en torno a las islas denominadas "Malvinas" o "Falklands". Es mas, ignoraba la existencia de las islas mismas ya que contemplar el mapa más abajo de la línea del ecuador me produce vértigo.
Le juro, Lamberto, que estoy estudiando con detención el mapamundi en procura de detectar la ubicación de su país. No me resulta fácil --poco propensa, como soy, a la cartografía-- dilucidar donde se halla la Argentina entre tanta línea de puntos, ríos y elevaciones. Pero ya he señalado Guyana y Venezuela. ¿Es Argentina una superficie triangular, verde clarita? Me complacería me lo confirme. Con respecto a la servidora española, no tuvimos mas remedio que despedirla ya que nos destruyó gran parte de la vajilla al meterla dentro de la cortadora de cesped con la sana intención de lavarla. El problema es que ella aduce no entender nuestro deficiente español y no se ha dado por enterada del despido. Se ha encerrado en el sótano y clama por su embajador. No es la primera desilusión que me llevo con gente no sajon, amigo Lamberto, pero espero que sea la última.
Cavile mucho sobre su pedido de una foto mía. No soy del tipo de mujer que acostumbra a darse con facilidad, pero intuyo en usted un ser humano sensible y cuidadoso con las fotografías. Disculpe si, al arrancarla del álbum familiar, quedó adherido en el reverso un trozo de una foto de mi perro Excalibur sobre su cojín favorito. Hubiese preferido que nuestras fisonomias quedasen en el anonimato, ya que ello agudiza la imaginación y otorga un halo de misterio siempre beneficioso a una amistad, pero entiendo que un hombre desee conocer a su interlocutora. A la recíproca, también me veo movida por la curiosidad a solicitarle alguna foto a usted, ya que ignoro cuál puede ser el aspecto de alguien que viva en zonas tan alejadas.
Con respecto a la franquicia de llamarme Margery, déjeme pensarlo. Primero, porque no me gusta nada cuando las cosas se hacen de forma tan precipitada. Y segundo, porque Margery no es mi nombre. Si se fija bien en el sobre, observará que se trata del nombre de la calle, 17th Margery Street. Mi nombre es Annie.
Esperando su próxima carta, lo saluda,
Miss Finnegan.
Cartas para Annie (1ª parte)
Rosario, 3 de agosto de 1987.
Estimada señorita Finnegan:
No puede usted siquiera imaginar la profunda emoción que me embargó al recibir, esta mañana, su carta. En rigor de verdad, señorita Finnegan, guardaba muy pocas esperanzas de recibir una respuesta suya, máxime que mi petición de correspondencia epistolar fue lanzada al azar, globalmente, sin apuntar a una persona física determinada. Le confieso que dudé mucho antes de escribir a la sección "Correo del Mundo" de la revista de la Unesco, ya que consideraba eso algo propio de la gente joven, de muchachos implusivos con deseo de contactarse. Y además, porque temía que no la publicasen, como no publicaron mis ocho misivas anteriores. Por eso, le reitero, señorita Finnegan, jamás me atreví a suponer que alguien como usted, una joven británica, sujeta a una educación real, forjada y modelada en costumbres sin duda victorianas, se haya tomado la molestia de responder a la invitación al diálogo por parte de un desconocido, habitante de un remoto ámbito del globo. De allí, también, mi emoción, que ojalá usted pueda comprender, señorita Finnegan.
Los latinos, los nativos de esta nación argentina de la cual es posible usted jamás haya escuchado hablar, somos descendientes de españoles e italianos. Gente afectuosa y emotiva, que demuestra sus estados de ánimo sin temor al ridículo, sin falsos pudores, pero lejos del mayestático y digno hieratismo que lucen los súbditos de la Rubia Albión.
No quiero distraer su precioso tiempo, señorita Finnegan, ya que imagino que estará ocupada en sus trabajos de jardinería o en la cocción doméstica de esos deliciosos scones que ustedes tan bien saben hacer. Pero abrigo la esperanza de que no sea este nada más que un contacto pasajero, si no que se trate del comienzo de una prolongada y fructífera amistad. También me ha impactado, le confieso, su perfecto dominio del idioma español, aun sabiendo positivamente que el acopio cultural es un rasgo predominante en los sajones y que por ello supieron, en algún momento, expandir sus dominios por todo el mundo. De todos modos, no hubiese pensado nunca que una persona como usted se interesara en una lengua como la castellana, tan pobre y carente de gracia ante la precisa consistencia del inglés.
Aguardando su próxima carta con renovada esperanza, suyo
Lamberto.
29 de agosto de 1987.
Estimado señor Lamberto Margulis:
Debo confiarle que yo también, en un primer momento, vacilé en contestar a su generoso petitorio, su amplia convocatoria al diálogo. No soy de las que responden a la propuesta del primer hombre, no se si me comprende. Pero intuí en su prosa, breve pero serena, el espíritu de alguien que no desea perder su tiempo en bromas tontas si no que ansía una real comunicación a nivel humano. Por otra parte, admito, me atrae el contacto con una persona que habita tierras tan ajenas a estas islas y sobre las cuales me gustaría saber mucho más, pues me reconozco ignorante de todo aquello que no este bajo los dominios del Commonwealth.
¿Cómo es Rosario? ¿Está sobre el mar? ¿Es también castellano lo que se habla allí? ¿Es una población amurallada? ¿Es la harina de pescado su principal fuente de ingresos? ¿O la copra? Espero no agobiarlo con mis preguntas, pero he sido siempre una persona inquieta, curiosa, que todo lo consulta. Le diré que tampoco soy yo lo que puede llamarse una mujer joven; lo digo en relación a su suposición de que este tipo de contacto epistolar está reservado para la juventud; pero tampoco me considero una mujer madura. Creo firmemente que la juventud reside en la personalidad de cada uno y no en el paso del tiempo cronológico. Con respecto su interés por mi dominio del español, le informo que accedí a él por pura necesidad, ya que mi familia tomó, dentro del personal de servicio, a una señora natural de Cádiz, España, que no hablaba en absoluto nuestro idioma. Esto nos ocasionó un sinfín de inconvenientes, en especial cuando procuramos explicarle el funcionamiento del lavarropas y procuro cocinar dentro de él un pavo trufado. Fueron tantos sus desatinos que me vi obligada a adentrarme en las dificultades del castellano en procura de dominar a esa mujer.
Dispense lo breve de mi misiva, pero aqui los días son muy cortos y tampoco somos los ingleses gente muy dada en un primer momento. Espero, no obstante, recibir sus interesantes noticias desde el otro lado del mundo.
Miss Finnegan.
Estimada señorita Finnegan:
No puede usted siquiera imaginar la profunda emoción que me embargó al recibir, esta mañana, su carta. En rigor de verdad, señorita Finnegan, guardaba muy pocas esperanzas de recibir una respuesta suya, máxime que mi petición de correspondencia epistolar fue lanzada al azar, globalmente, sin apuntar a una persona física determinada. Le confieso que dudé mucho antes de escribir a la sección "Correo del Mundo" de la revista de la Unesco, ya que consideraba eso algo propio de la gente joven, de muchachos implusivos con deseo de contactarse. Y además, porque temía que no la publicasen, como no publicaron mis ocho misivas anteriores. Por eso, le reitero, señorita Finnegan, jamás me atreví a suponer que alguien como usted, una joven británica, sujeta a una educación real, forjada y modelada en costumbres sin duda victorianas, se haya tomado la molestia de responder a la invitación al diálogo por parte de un desconocido, habitante de un remoto ámbito del globo. De allí, también, mi emoción, que ojalá usted pueda comprender, señorita Finnegan.
Los latinos, los nativos de esta nación argentina de la cual es posible usted jamás haya escuchado hablar, somos descendientes de españoles e italianos. Gente afectuosa y emotiva, que demuestra sus estados de ánimo sin temor al ridículo, sin falsos pudores, pero lejos del mayestático y digno hieratismo que lucen los súbditos de la Rubia Albión.
No quiero distraer su precioso tiempo, señorita Finnegan, ya que imagino que estará ocupada en sus trabajos de jardinería o en la cocción doméstica de esos deliciosos scones que ustedes tan bien saben hacer. Pero abrigo la esperanza de que no sea este nada más que un contacto pasajero, si no que se trate del comienzo de una prolongada y fructífera amistad. También me ha impactado, le confieso, su perfecto dominio del idioma español, aun sabiendo positivamente que el acopio cultural es un rasgo predominante en los sajones y que por ello supieron, en algún momento, expandir sus dominios por todo el mundo. De todos modos, no hubiese pensado nunca que una persona como usted se interesara en una lengua como la castellana, tan pobre y carente de gracia ante la precisa consistencia del inglés.
Aguardando su próxima carta con renovada esperanza, suyo
Lamberto.
29 de agosto de 1987.
Estimado señor Lamberto Margulis:
Debo confiarle que yo también, en un primer momento, vacilé en contestar a su generoso petitorio, su amplia convocatoria al diálogo. No soy de las que responden a la propuesta del primer hombre, no se si me comprende. Pero intuí en su prosa, breve pero serena, el espíritu de alguien que no desea perder su tiempo en bromas tontas si no que ansía una real comunicación a nivel humano. Por otra parte, admito, me atrae el contacto con una persona que habita tierras tan ajenas a estas islas y sobre las cuales me gustaría saber mucho más, pues me reconozco ignorante de todo aquello que no este bajo los dominios del Commonwealth.
¿Cómo es Rosario? ¿Está sobre el mar? ¿Es también castellano lo que se habla allí? ¿Es una población amurallada? ¿Es la harina de pescado su principal fuente de ingresos? ¿O la copra? Espero no agobiarlo con mis preguntas, pero he sido siempre una persona inquieta, curiosa, que todo lo consulta. Le diré que tampoco soy yo lo que puede llamarse una mujer joven; lo digo en relación a su suposición de que este tipo de contacto epistolar está reservado para la juventud; pero tampoco me considero una mujer madura. Creo firmemente que la juventud reside en la personalidad de cada uno y no en el paso del tiempo cronológico. Con respecto su interés por mi dominio del español, le informo que accedí a él por pura necesidad, ya que mi familia tomó, dentro del personal de servicio, a una señora natural de Cádiz, España, que no hablaba en absoluto nuestro idioma. Esto nos ocasionó un sinfín de inconvenientes, en especial cuando procuramos explicarle el funcionamiento del lavarropas y procuro cocinar dentro de él un pavo trufado. Fueron tantos sus desatinos que me vi obligada a adentrarme en las dificultades del castellano en procura de dominar a esa mujer.
Dispense lo breve de mi misiva, pero aqui los días son muy cortos y tampoco somos los ingleses gente muy dada en un primer momento. Espero, no obstante, recibir sus interesantes noticias desde el otro lado del mundo.
Miss Finnegan.
viernes, 24 de junio de 2011
Regreso al cuadrilátero
Como periodista especializado en el viril deporte de los puños, pienso que ha llegado el momento de explicar al público las causas que ocasionaron la suspensión de la tan esperada pelea Inolfo Soroeta – Félix Durán Iguri. El tiempo ha pasado y la diferente óptica que aporta el devenir de los días puede hacer más comprensible aquel suceso, lejanas ya la emoción y la euforia.
Debo reconocer, ahora, que yo no estaba muy convencido de la vuelta al ring de Félix Durán Iguri “El sibarita del cuadrilátero”. Había pasado mucho tiempo desde que el muchacho de Villa Ángela decidiera abandonar el boxeo, para ser más precisos, desde aquella noche en que, combatiendo con el panameño naturalizado irlandés Dely McNally, no lograra visualizar los números que marcaban el paso de los rounds.
–Los números eran bien grandes –me reconocería Félix años después– para que pudieran ser vistos desde las últimas filas cuando los mostraban desde el ring las pibas. Pero yo no alcanzaba a divisarlos.
Comprendí, allí, que mi visión no era la mejor para un pugilista.
Esa disminución óptica, sumada al golpe que sufrió Félix al enredarse en la primera cuerda cuando subió al cuadrilátero, apresuraron su retiro.
Y allí pareció cerrarse la proficua y exitosa campaña del noble pegador chaqueño, uno de los campeones argentinos y sudamericanos más brillantes que hayamos tenido.
Lo encontré un par de veces más luego de su retiro y hallé a un hombre conforme con su destino, habituado a la comodidad de la vida de hogar, lejos de los fragores del combate y la exigencia desmedida de los gimnasios. En un pequeño negocio de su barrio, vendía esponjas, vendas y hasta aserrín que su espíritu previsor lo había llevado a recolectar durante su prolongado paso por los rings del mundo.
Pero de pronto estalló la noticia: “Félix Durán Iguri vuelve a pelear”, “El sibarita de Villa Ángela regresa al ring”. Confieso que me resistí a creerlo y hasta llegué a pensar que se trataba sólo de alguna delirante versión sin asidero lanzada por alguna publicación sensacionalista. Recurrí al medio más directo para confirmar tal especie: llamé a Félix.
–Es verdad, Gordo, vuelvo –me saludó desde el otro extremo de la línea telefónica–. Tenés que comprenderme, extraño el olor a aceite verde, los ruidos del gimnasio, el salto de la soga y aquellos trompadones fulminantes que solían pegarme en la ceja izquierda.
Corté sin contestarle. Intuí que Félix también añoraba, aun ocultándolo, el clamor de las multitudes gritando su nombre, su apellido en letras de molde, la gloria tras cada victoria sobre el cuadrilátero. Para colmo, otros púgiles, por esos días, habían regresado a la lid tras largo ostracismo con evidente éxito, y cito los casos de Ray “Sugar” Leonard, Juan Domingo “Martillo” Roldán, Esteban “Neófito” Higgams y Santos Benigno Laciar.
El periodismo todo se hizo eco de la decisión de Durán Iguri, saludando su pronta vuelta. Sólo la revista católica Esquiú puso algún reparo a su intento, publicando una plegaria extensa bajo el título de “Ofrenda adelantada por quien volará a tus manos, Señor”. Y también el quincenario médico Tiroides arriesgó una crítica sutil, advirtiendo sobre los riesgos ciertos que corren las personas empecinadas en acusar el peso correcto en la báscula, procurando dar la categoría. Pero, en líneas generales, el ambiente deportivo celebró el retorno del ídolo.
Mi preocupación se tornó completo malestar cuando me enteré de que la Asociación de Box había elegido como rival de Félix en su combate de reaparición a Inolfo “Carpincho” Soroeta, un joven famélico de fama y con dos puños que encerraban la potencia destructiva de los proyectiles antitanques.
No quise asistir a los entrenamientos de Durán Iguri, previos al combate. Supe, eso sí, que en los primeros días de gimnasio, sus articulaciones rechinaban con sonidos que hacían mal a los dientes y que sus flexiones de cintura consistían en agacharse y luego agacharse un poco más, dado que le era imposible recuperar la vertical. Que se había mostrado desenvuelto, sin embargo, cuando gateaba hacia las duchas. Tampoco quise leer los diarios anticipando el encontronazo. Pero no pude evitar ir a ver la pelea, la noche del evento, ese 15 de mayo de 1978. Y aguzaré mi memoria para contar con la mayor precisión posible los detalles que fueron conduciendo los hechos a ese final imprevisible.
El Luna, recuerdo, tenía el aspecto de los grandes acontecimientos y vino a mi mente, repetidas veces, aquella otra inolvidable velada de la pelea Gatica Prada, cuando Alfredo fracturó la mandíbula del recordado Mono. Y también aquella noche de la presentación de “Holiday on Ice” cuando la primera patinadora se estrelló contra la valla de contención.
Yo estaba prácticamente sobre el ring, ya que me había agenciado una cámara fotográfica para poder acercarme a los gladiadores. Pude apreciar, entonces, el rostro imberbe y reconcentrado de Inolfo “Carpincho” Soroeta, aguardando la llegada al tapiz del antiguo campeón. En su bailoteo, no dejaba de observar el pasillo que traería los pasos de Durán Iguri, el hombre que ya era una leyenda para el boxeo latinoamericano, el púgil sobre quien él seguramente había escuchado hablar desde la primera vez que entrara a un gimnasio. Para colmo, Félix Durán Iguri tardó una eternidad en llegar al ring. Saludado por una ovación impresionante, se demoró estrechando manos dejando un saludo acá y un frase allá, a todo aquel que quisiera verlo de cerca, tocarlo, darle su voz de aliento en el trayecto hacia el encordado. Allí pensé que quizás ese solo hecho, ese cálido recibimiento al ídolo de otrora, podría justificar el esfuerzo sobrehumano de Félix por recuperar la gloria de otros tiempos. Lo cierto es que Félix Durán Iguri llegó a pisar la lona, no sin dificultad, y se encaminó hacia el centro del ring. A la luz despiadada de los focos pude apreciar su cutis ajado, la calvicie que iba descubriendo un cabello frágil y un ligero temblequeo de su barbilla, producto, quizá, de los nervios.
De cualquier modo, Félix no dio tiempo a nada y sucedió lo que yo tanto temía. Se acercó a su joven oponente que lo miraba con una mezcla de respeto y reverencia, lo tomó del brazo y le dijo:
–En este mismo ring, pibe, cuando yo tenía tu edad, me acuerdo que peleé con Tito “Azafrán” Piacenza, pobrecito, que ya murió. Mirá, tendría más o menos tu mismo físico, algo más retacón, pero rubio, porque era rubio Piacenza. ¿Sabés cómo le decían a Piacenza? “El cartucho de Las Varillas”, porque parecía un cartucho de municiones cuando golpeaba. Tiraba en todas direcciones y sin embargo, esa noche a mí no me llegó a pegar una sola trompada. Mirá, acá está el Gordo Santamaría que no me deja mentir. ¿No es cierto, Gordo? Mi manager, que en ese entonces era don Eusebio Colomina, me dijo en el descanso del cuarto round: “Dejá que te pegue alguna trompada, porque tira tanto aire cuando erra que ya me lo resfrió al Juancito”. Juancito era Juancito Etcheverría, un pan de Dios Juancito, que siempre nos ayudaba en el rincón. Acá, don Ismael, se debe acordar. Ismael Arias, el árbitro del encuentro, asintió con la cabeza.
–Y también solía venir Luisito Higueras –siguió Félix–, el pibe que me hacía de esparring, hoy finado también, pobrecito Luis, tan buen chico. Y me acuerdo que Luisito se iba al almacén que había al lado de “La Triunfal” y se aparecía con un paquetón de galletitas “La Violeta”. Todas las tardes se aparecía con un paquete de galletitas, Luisito. Eran unas galletitas medias ovaladas, dulces, muy ricas con manteca o mermelada. No había tarde en que no apareciera con las galletitas “La Violeta” cuando todavía Venezuela era mano para acá, no como ahora. Y en el gimnasio estaban Corpúsculo Beitía, Armandito Lucchón, Isidro Soroeta... ¿no era nada tuyo ese Soroeta, pibe?
–Mi viejo.
Pude ver cómo se transfiguraba de emoción el rostro de Félix.
–¡¿Tu viejo?! ¿Isidro era tu viejo, pibe? –repetía incrédulo, mirándolo con mayor detención, a su rival–. ¿Vos sos hijo de Isidro Soroeta? ¡Pero mirá lo que son las cosas! Con tu viejo fuimos grandes, pero grandes amigos. ¡Isidro Soroeta! Gran muchacho, un caballero del deporte... ¡Mirá pibe... –Félix, siempre tomando al muchacho por el brazo, señaló hacia un rincón del Luna–. Tu viejo siempre se sentaba allá, en aquella punta; cuando no peleaba, lógicamente, ahí donde está ese cartel de zapatillas que en aquel entonces era de “Bragueros Patria”. Y, desde ahí, yo lo escuchaba gritar, alentándome “¡Vaaaamos Félix!”, porque él me decía Félix, con ese vozarrón que tenía...
–Sí, tenía voz fuerte.
–Un vozarrón tenía tu viejo. ¡Pero mirá vos que alegría! ¡El pibe Soroeta! Y había días que, con tu viejo... Vení, vení sentate...
Todos, con una confusión de sentimientos, vimos cómo Félix Durán Iguri conducía a “Carpincho” Soroeta hasta su propio rincón y lo sentaba en el banquito. Luego, se ponía en cuclillas junto a él y continuaba el relato.
–...y con el Vasco Miguelito... ¿lo alcanzaste a conocer al Vasco Miguelito?
–Sí, sí, ¿cómo no?... Nos íbamos a cenar, después de las peleas, a “El Fideo Fino”, de Pasco y Roca, que ya no está más, y fijate, pibe, que el Vasco no nos dejaba pagar, porque decía que guardáramos la guita para nuestras viejas, mirá vos la bondad de ese hombre... ¡Se murió el vasquito! Una tarde me llamó y lo fui a ver al hospital Centenario y me dijo “Félix –porque me decía Félix– Félix, cuidalo al Tolo.
Cuidalo al Tolo”. El Tolo era un perro que él tenía, un salchicha. Y se estaba muriendo el vasquito, pobrecito, de leucemia. Y fijate vos que tu viejo, pibe, tu viejo, Isidro, tu Isidro, nuestro Isidro, fue el que le sacó al Vasco, ya muerto, el protector bucal para conservarlo de recuerdo. Ese era tu padre, pibe. Había tardes en que nos íbamos al cine a ver tres de cowboys...
Fue a esa altura del relato que Inolfo “Carpincho” Soroeta rompió a llorar, estrujado su corazón por aquella catarata de recuerdos y memorias. No nos sorprendió ya que, desde casi cuarto de hora atrás, lloraban el árbitro, los jurados, quien esto les cuenta y hasta gente que había parado la oreja desde el ring-side.
Cuando la campana llamó para el primer round, todavía Félix estaba evocando la figura de “Chamuyito”, un canillita que fuera amigo de todos los púgiles de entonces, hasta la negra noche en que lo atropelló un trolebús. Y ambos, Félix y el pibe Soroeta, lloraban como dos niños, como si no tuvieran nada que ver con los dos combatientes, los dos gladiadores, los dos leones que todos reconocíamos en la pelea.
Roberto Fontanarrosa, en El mayor de mis defectos y otros cuentos,
©1990 by Ediciones de la Flor S.R.L. Buenos Aires, Ediciones de La Flor, 1990.
Debo reconocer, ahora, que yo no estaba muy convencido de la vuelta al ring de Félix Durán Iguri “El sibarita del cuadrilátero”. Había pasado mucho tiempo desde que el muchacho de Villa Ángela decidiera abandonar el boxeo, para ser más precisos, desde aquella noche en que, combatiendo con el panameño naturalizado irlandés Dely McNally, no lograra visualizar los números que marcaban el paso de los rounds.
–Los números eran bien grandes –me reconocería Félix años después– para que pudieran ser vistos desde las últimas filas cuando los mostraban desde el ring las pibas. Pero yo no alcanzaba a divisarlos.
Comprendí, allí, que mi visión no era la mejor para un pugilista.
Esa disminución óptica, sumada al golpe que sufrió Félix al enredarse en la primera cuerda cuando subió al cuadrilátero, apresuraron su retiro.
Y allí pareció cerrarse la proficua y exitosa campaña del noble pegador chaqueño, uno de los campeones argentinos y sudamericanos más brillantes que hayamos tenido.
Lo encontré un par de veces más luego de su retiro y hallé a un hombre conforme con su destino, habituado a la comodidad de la vida de hogar, lejos de los fragores del combate y la exigencia desmedida de los gimnasios. En un pequeño negocio de su barrio, vendía esponjas, vendas y hasta aserrín que su espíritu previsor lo había llevado a recolectar durante su prolongado paso por los rings del mundo.
Pero de pronto estalló la noticia: “Félix Durán Iguri vuelve a pelear”, “El sibarita de Villa Ángela regresa al ring”. Confieso que me resistí a creerlo y hasta llegué a pensar que se trataba sólo de alguna delirante versión sin asidero lanzada por alguna publicación sensacionalista. Recurrí al medio más directo para confirmar tal especie: llamé a Félix.
–Es verdad, Gordo, vuelvo –me saludó desde el otro extremo de la línea telefónica–. Tenés que comprenderme, extraño el olor a aceite verde, los ruidos del gimnasio, el salto de la soga y aquellos trompadones fulminantes que solían pegarme en la ceja izquierda.
Corté sin contestarle. Intuí que Félix también añoraba, aun ocultándolo, el clamor de las multitudes gritando su nombre, su apellido en letras de molde, la gloria tras cada victoria sobre el cuadrilátero. Para colmo, otros púgiles, por esos días, habían regresado a la lid tras largo ostracismo con evidente éxito, y cito los casos de Ray “Sugar” Leonard, Juan Domingo “Martillo” Roldán, Esteban “Neófito” Higgams y Santos Benigno Laciar.
El periodismo todo se hizo eco de la decisión de Durán Iguri, saludando su pronta vuelta. Sólo la revista católica Esquiú puso algún reparo a su intento, publicando una plegaria extensa bajo el título de “Ofrenda adelantada por quien volará a tus manos, Señor”. Y también el quincenario médico Tiroides arriesgó una crítica sutil, advirtiendo sobre los riesgos ciertos que corren las personas empecinadas en acusar el peso correcto en la báscula, procurando dar la categoría. Pero, en líneas generales, el ambiente deportivo celebró el retorno del ídolo.
Mi preocupación se tornó completo malestar cuando me enteré de que la Asociación de Box había elegido como rival de Félix en su combate de reaparición a Inolfo “Carpincho” Soroeta, un joven famélico de fama y con dos puños que encerraban la potencia destructiva de los proyectiles antitanques.
No quise asistir a los entrenamientos de Durán Iguri, previos al combate. Supe, eso sí, que en los primeros días de gimnasio, sus articulaciones rechinaban con sonidos que hacían mal a los dientes y que sus flexiones de cintura consistían en agacharse y luego agacharse un poco más, dado que le era imposible recuperar la vertical. Que se había mostrado desenvuelto, sin embargo, cuando gateaba hacia las duchas. Tampoco quise leer los diarios anticipando el encontronazo. Pero no pude evitar ir a ver la pelea, la noche del evento, ese 15 de mayo de 1978. Y aguzaré mi memoria para contar con la mayor precisión posible los detalles que fueron conduciendo los hechos a ese final imprevisible.
El Luna, recuerdo, tenía el aspecto de los grandes acontecimientos y vino a mi mente, repetidas veces, aquella otra inolvidable velada de la pelea Gatica Prada, cuando Alfredo fracturó la mandíbula del recordado Mono. Y también aquella noche de la presentación de “Holiday on Ice” cuando la primera patinadora se estrelló contra la valla de contención.
Yo estaba prácticamente sobre el ring, ya que me había agenciado una cámara fotográfica para poder acercarme a los gladiadores. Pude apreciar, entonces, el rostro imberbe y reconcentrado de Inolfo “Carpincho” Soroeta, aguardando la llegada al tapiz del antiguo campeón. En su bailoteo, no dejaba de observar el pasillo que traería los pasos de Durán Iguri, el hombre que ya era una leyenda para el boxeo latinoamericano, el púgil sobre quien él seguramente había escuchado hablar desde la primera vez que entrara a un gimnasio. Para colmo, Félix Durán Iguri tardó una eternidad en llegar al ring. Saludado por una ovación impresionante, se demoró estrechando manos dejando un saludo acá y un frase allá, a todo aquel que quisiera verlo de cerca, tocarlo, darle su voz de aliento en el trayecto hacia el encordado. Allí pensé que quizás ese solo hecho, ese cálido recibimiento al ídolo de otrora, podría justificar el esfuerzo sobrehumano de Félix por recuperar la gloria de otros tiempos. Lo cierto es que Félix Durán Iguri llegó a pisar la lona, no sin dificultad, y se encaminó hacia el centro del ring. A la luz despiadada de los focos pude apreciar su cutis ajado, la calvicie que iba descubriendo un cabello frágil y un ligero temblequeo de su barbilla, producto, quizá, de los nervios.
De cualquier modo, Félix no dio tiempo a nada y sucedió lo que yo tanto temía. Se acercó a su joven oponente que lo miraba con una mezcla de respeto y reverencia, lo tomó del brazo y le dijo:
–En este mismo ring, pibe, cuando yo tenía tu edad, me acuerdo que peleé con Tito “Azafrán” Piacenza, pobrecito, que ya murió. Mirá, tendría más o menos tu mismo físico, algo más retacón, pero rubio, porque era rubio Piacenza. ¿Sabés cómo le decían a Piacenza? “El cartucho de Las Varillas”, porque parecía un cartucho de municiones cuando golpeaba. Tiraba en todas direcciones y sin embargo, esa noche a mí no me llegó a pegar una sola trompada. Mirá, acá está el Gordo Santamaría que no me deja mentir. ¿No es cierto, Gordo? Mi manager, que en ese entonces era don Eusebio Colomina, me dijo en el descanso del cuarto round: “Dejá que te pegue alguna trompada, porque tira tanto aire cuando erra que ya me lo resfrió al Juancito”. Juancito era Juancito Etcheverría, un pan de Dios Juancito, que siempre nos ayudaba en el rincón. Acá, don Ismael, se debe acordar. Ismael Arias, el árbitro del encuentro, asintió con la cabeza.
–Y también solía venir Luisito Higueras –siguió Félix–, el pibe que me hacía de esparring, hoy finado también, pobrecito Luis, tan buen chico. Y me acuerdo que Luisito se iba al almacén que había al lado de “La Triunfal” y se aparecía con un paquetón de galletitas “La Violeta”. Todas las tardes se aparecía con un paquete de galletitas, Luisito. Eran unas galletitas medias ovaladas, dulces, muy ricas con manteca o mermelada. No había tarde en que no apareciera con las galletitas “La Violeta” cuando todavía Venezuela era mano para acá, no como ahora. Y en el gimnasio estaban Corpúsculo Beitía, Armandito Lucchón, Isidro Soroeta... ¿no era nada tuyo ese Soroeta, pibe?
–Mi viejo.
Pude ver cómo se transfiguraba de emoción el rostro de Félix.
–¡¿Tu viejo?! ¿Isidro era tu viejo, pibe? –repetía incrédulo, mirándolo con mayor detención, a su rival–. ¿Vos sos hijo de Isidro Soroeta? ¡Pero mirá lo que son las cosas! Con tu viejo fuimos grandes, pero grandes amigos. ¡Isidro Soroeta! Gran muchacho, un caballero del deporte... ¡Mirá pibe... –Félix, siempre tomando al muchacho por el brazo, señaló hacia un rincón del Luna–. Tu viejo siempre se sentaba allá, en aquella punta; cuando no peleaba, lógicamente, ahí donde está ese cartel de zapatillas que en aquel entonces era de “Bragueros Patria”. Y, desde ahí, yo lo escuchaba gritar, alentándome “¡Vaaaamos Félix!”, porque él me decía Félix, con ese vozarrón que tenía...
–Sí, tenía voz fuerte.
–Un vozarrón tenía tu viejo. ¡Pero mirá vos que alegría! ¡El pibe Soroeta! Y había días que, con tu viejo... Vení, vení sentate...
Todos, con una confusión de sentimientos, vimos cómo Félix Durán Iguri conducía a “Carpincho” Soroeta hasta su propio rincón y lo sentaba en el banquito. Luego, se ponía en cuclillas junto a él y continuaba el relato.
–...y con el Vasco Miguelito... ¿lo alcanzaste a conocer al Vasco Miguelito?
–Sí, sí, ¿cómo no?... Nos íbamos a cenar, después de las peleas, a “El Fideo Fino”, de Pasco y Roca, que ya no está más, y fijate, pibe, que el Vasco no nos dejaba pagar, porque decía que guardáramos la guita para nuestras viejas, mirá vos la bondad de ese hombre... ¡Se murió el vasquito! Una tarde me llamó y lo fui a ver al hospital Centenario y me dijo “Félix –porque me decía Félix– Félix, cuidalo al Tolo.
Cuidalo al Tolo”. El Tolo era un perro que él tenía, un salchicha. Y se estaba muriendo el vasquito, pobrecito, de leucemia. Y fijate vos que tu viejo, pibe, tu viejo, Isidro, tu Isidro, nuestro Isidro, fue el que le sacó al Vasco, ya muerto, el protector bucal para conservarlo de recuerdo. Ese era tu padre, pibe. Había tardes en que nos íbamos al cine a ver tres de cowboys...
Fue a esa altura del relato que Inolfo “Carpincho” Soroeta rompió a llorar, estrujado su corazón por aquella catarata de recuerdos y memorias. No nos sorprendió ya que, desde casi cuarto de hora atrás, lloraban el árbitro, los jurados, quien esto les cuenta y hasta gente que había parado la oreja desde el ring-side.
Cuando la campana llamó para el primer round, todavía Félix estaba evocando la figura de “Chamuyito”, un canillita que fuera amigo de todos los púgiles de entonces, hasta la negra noche en que lo atropelló un trolebús. Y ambos, Félix y el pibe Soroeta, lloraban como dos niños, como si no tuvieran nada que ver con los dos combatientes, los dos gladiadores, los dos leones que todos reconocíamos en la pelea.
Roberto Fontanarrosa, en El mayor de mis defectos y otros cuentos,
©1990 by Ediciones de la Flor S.R.L. Buenos Aires, Ediciones de La Flor, 1990.
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