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lunes, 18 de julio de 2011

Orgullo en una leyenda guaraní



La flor del Irupé
Entre los jóvenes de la tribu, Pitá era el más valiente, el m
ás fuerte, el más audaz. Y el más enamorado. Todo su coraje se rendía a los pies de la hermosa Morotí.

La muchacha estaba muy orgullosa del amor de Pitá y del poder que tenía sobre él. Se jactaba de la pasión que había inspirado, capaz de transformar al joven guerrero en juguete de sus caprichos.
Cierto día paseaba con sus amigas por las orillas del Paraná. Los vientos y las lluvias recientes habían provocado una peligrosa crecida y las aguas del río bajaban torrenciales. En ese momento Morotí vio que se acercaba su fiel Pitá y quiso demostrar ante las otras muchachas todo lo que el guerrero estaba dispuesto a hacer por ella.

Sin pensarlo dos veces, Morotí se sacó el brazalete y lo a
rrojó a las aguas enfurecidas y turbias.
-¡Pitá, mi brazalete! -dijo.
Y fue suficiente para que el muchacho se lanzara al río detrás del objeto brillante. Pitá podría haber salido airoso de la prueba. Como cualquier guerrero guaraní, era un excelente nadador, conocía muy bien los riesgos y las jugarretas del Paraná y sus aguas traicioneras. Pero Ñandé Yará, el Gran Espíritu, había dispuesto castigar la coquetería de Morotí. Por un momento se vio asomar de las aguas la cabeza de Pitá y después, atrapado por un remolino, volvió a desaparecer. Esta vez, para siempre.
Morotí y sus amigas no podían creer lo que habían visto con sus propios ojos. Recorrieron la orilla río abajo y río arriba, convencidas de que Pitá les estaba hacien
do una broma. Gritaron su nombre con todas sus fuerzas. Después gritaron con desesperación.

Pero no era un juego. Cayó la noche y Pitá no volvió a la tribu.
Morotí estaba enloquecida de dolor. Por su capricho y su tonto orgullo, Pitá había muerto ahogado.

Sin embargo, el chamán de la tribu consultó a los dioses y obtuvo otra respuesta. Pitá no estaba muerto. I Cuñá Payé, la hechicera de las aguas, lo retenía en su palacio del fondo del río, envuelto en sus redes de amor brujo.
Desesperada, arrepentida, Morotí se ató al cuello una
enorme piedra y llevando esa carga se arrojó al río antes del amanecer, cuando nadie podía retenerla. Una de sus amigas la había seguido y alcanzó a verla hundiéndose en el agua revuelta del Paraná. A gritos pidió ayuda.

Los hombres y mujeres del pueblo guaraní vieron entonces salir de las aguas una enorme y extraña flor que jamás habían visto antes. Era hermosa y su perfume, delicioso. Los pétalos del centro eran blancos, como la pureza de la linda Morotí, y los del borde eran rojos, como la sangre bravía y enamorada de Pitá. El Gran Padre Tupá había perdonado su locura de jóvenes y había unido para siempre el alma de los dos enamorados en la flor del irupé.
La leyenda de la flor del irupé es una variante de un motivo que aparece en las culturas más diversas. Se trata del juego entre el Valiente y la Bella, en que la Bella (a v
eces su padre o su captor) impone condiciones al Valiente para conquistar o retener su amor, o para salvarla de un peligro mágico o real. Estas condiciones suelen dar lugar a largas aventuras.

El Valiente es un personaje que aparece siempre igual a sí mismo, sin grandes variantes. Siempre es joven, fuerte, valeroso, esforzado y dispuesto a soportarlo todo. Es casi el mismo personaje que pasa de un cuento al otro. En cambio, de la Bella se puede esperar cualquier cosa. Hay algunas francamente malvadas, como las que mandan a cortar la cabeza de sus pretendientes si fracasan en pasar ciertas pruebas. Otras permanecen a lo largo de la historia dormidas o sentadas en su trono (tal vez un p
oco aburridas) hasta que llega el momento de unirse al Valiente.
Pero también, en historias y leyendas de todos los pueblos y de todas las épocas, hay Bellas tan aventureras como los Valientes, que comparten los riesgos y las emociones. Este es el caso de la Bella Morotí que, arrepentida de su cruel exigencia, participa en la aventura para salvar a su Valiente Pitá.



Egoísmo en una leyenda de la Isla de Pascua


Cómo cayeron las estatuas de Rapa Nui
Las enormes estatuas de la Isla de Pascua, con la intervención del hombre blanco, han vuelto a mirar hoy hacia el mar. Pero durante tantos siglos estuvieron abatidas en tierra que su caída forma parte de la leyenda, tanto como su construcción.
Se cuenta que los primeros intentos de esculpir los moai, las grandes estatuas de piedra, habían fracasado. Solo un anciano escultor guardaba el secreto de la buena escultura. Los jóvenes que intentaban trabajar en los moai fueron a verlo.
Kave Heke, el anciano poseedor del secreto, les dijo que para poder esculpir hermosas estatuas en la piedra debían controlar su deseo sexual durante todo el tiempo que tuvieran que dedicar al trabajo.
Así lograron por fin tener éxito y esculpieron muchas y enormes y bellas estatuas de piedra.

La comida para los escultores de los moai estaba a cargo de una vieja a la que nadie prestaba mucha atención, a pesar de la importancia de su tarea. Preparaba el típico curanto de la isla, que se cocina en un pozo cavado en la tierra, protegiendo la comida en un envoltorio de hojas y cubriéndola con brasas. Los trabajadores eran muchos y día tras día la vieja cocinera trabajaba para alimentarlos.
Un día la buena anciana no llegó a tiempo con su gente para servir la comida. Los hombres abrieron el curanto, que esta vez era de langostas y se lo comieron todo, sin dejarle nada.

Cuando ella se acercó al pozo, vio que había sido abierto y que no sobraba ni un pedacito de langosta. Los hombres habían comido todo sin pensar en su hambre, sin que les importara su esfuerzo de todos los días.
Entonces, la furia le dio fuerzas mágicas. Lloró y gritó hacia los moais:

-¡Muchachos, con todo su peso, caigan al suelo! Y así cayeron las estatuas. Y así permanecieron en tierra por los siglos de los siglos.
El misterio de las enormes estatuas de piedra de Rapa Nui, en la Isla de Pascua, que la llegada del hombre blanco encontró caídas en tierra, no ha sido resuelto todavía. No fue sencillo, aun con los medios de los que se dispone en la actualidad, levantar el peso de los gigantes de piedra y lograr que se mantengan verticales, mirando el mar. Nadie sabe exactamente cómo una cultura primitiva y tan aislada como la de los polinesios que habitaban y habitan la isla (hoy perteneciente a Chile) consiguió en su momento levantar las estatuas o bien las enormes piedras en las que fueron esculpidas. El secreto se perdió con las sucesivas generaciones, y ya no se esculpieron otras.

sábado, 2 de julio de 2011

El ruiseñor


En la China, como muy bien sabes, el Emperador es chino, y chinos son todos los que le rodean. Hace ya muchos años de lo que voy a explicar, más por eso precisamente vale la pena que lo oigais, antes de que la historia se haya olvidado.
El palacio del Emperador era el más espléndido del mundo entero, todo él de la más delicada porcelana. Todo en él era tan precioso y frágil, que había que ir con mucha atención antes de tocar nada. El jardín estaba lleno de flores maravillosas, y de las más bellas colgaban campanillas de plata que sonaban para que nadie pudiese pasar de largo sin fijarse en ellas.

Sí, en el Jardín Imperial todo estaba muy bien pensado, y era tan extenso, que el propio jardinero no tenía idea de donde acababa. Si seguías caminando, te encontrabas en el bosque más espléndido que se pudiese imaginar, lleno de altos árboles y profundos lagos.

Aquel bosque llegaba hasta el mar, hondo y azul; grandes embarcaciones podían navegar por debajo de las ramas, y allí vivía un ruiseñor que cantaba tan primorosamente, que incluso el pobre pescador, a pesar de sus muchas ocupaciones, cuando por la noche salía a retirar las redes, se paraba a escuchar sus trinos.

- Dios santo, y qué bello! -exclamaba; pero después debía de atender sus redes y olvidarse del pájaro; hasta la noche siguiente, que, al llegar de nuevo al lugar, repetía: - Dios santo, y qué bello!

De todos los países llegaban viajeros a la ciudad imperial, y admiraban el palacio y el jardín; pero en cuando oian el ruiseñor, exclamaban: - Eso es el mejor de todo!

De vuelta a sus tierras, los viajeros hablaban de él, y los sabios escribían libros y más libros sobre la ciudad, del palacio y del jardín, pero sin olvidarse nunca del ruiseñor, a quien ponían por las nubes; y los poetas componían poemas inspiradísimos sobre el pájaro que cantaba en el bosque, al lado del profundo lago.

Aquellos libros se difundieron por todo el mundo, y algunos llegaron a manos del Emperador. Se encontraba sentado en su butaca de oro, leyendo y leyendo; de vez en cuando hacía con la cabeza un gesto de aprobación, porque le satisfacía leer aquellas magníficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jardín. «Pero lo mejor de todo es el ruiseñor», decía el libro.

«Qué es eso? - pensó el Emperador-. El ruiseñor? Nunca he oido hablar de él. Es posible que haya un pájaro así en mi imperio, y precisamente en mi jardín? Nadie me ha informado. Está bien que uno se tenga que enterar de estas cosas por los libros!»

Y mandó gritar el mayordomo de palacio, un personaje tan importante, que cuando una persona de rango inferior se atrevía a dirigirle la palabra o hacerle una pregunta, se limitaba a contestar: «P!». Y eso no significa nada.

- Según parece, hay aquí un pájaro de lo más notable, nombrado ruiseñor - dijo el Emperador-. Se dice que es el mejor que existe en mi imperio; por qué no se me ha informado de este hecho?

- Es la primera vez que oigo hablar de él -se justificó el mayodomo -. Nunca ha sido presentado en la Corte.

- Pues ordeno que acuda esta noche a cantar delante mi presencia - dijo el Emperador-. El mundo entero sabe lo que tengo, menos yo.

- Es la primera vez que oigo hablar de él - repitió el mayordomo-. Lo buscaré y lo encontraré.

¿Encontrarlo?, ¿donde? El dignatario se cansó de subir y bajar escalas y de recorrer salas y corredores. Nadie de todos cuantos preguntó había oido a hablar del ruiseñor. Y el mayordomo, volviendo al Emperador, le dijo que se trataba de una de esas fábulas que suelen imprimirse en los libros.

- Vuestra Majestad Imperial no debe creer todo lo que se escribe; son fantasías y una cosa que nombran magia negra.

- Pero el libro en que lo he leido me lo ha mandado el poderoso Emperador del Japón - replicó el Soberano-; por lo tanto, no puede ser un mentiroso. Quiero oir el ruiseñor. Que acuda esta noche,delante de mi presencia, para cantar bajo mi especial protección.Si no se presenta, mandaré que todos los cortesanos sean golpeados al estómago después de cenar.

- Tsing-pe! - dijo el mayordomo; y vuelve a subir y bajar escalas y a recorrer salas y corredores, y media Corte con él, porque a nadie le hacía gracia que le golpeasen el estómago. Y todo era preguntar por el notable ruiseñor, conocido por todo el mundo menos por la Corte.

Finalmente, encontraron en la cocina con una pobre chica, que exclamó: - ¡Dios mío! ¿El ruiseñor? Se claro que le conozco! ¡qué bien canta! Todas las noches me dan permiso porque llevo algunas sobras de comer a mi pobre madre que está enferma. Vive allá en la playa, y cuando estoy de vuelta, me paro a descansar en el bosque y oigo cantar al ruiseñor.Y oyendolo me vienen las lágrimas a los ojos, como si mi madre me besase. Es un recuerdo que me estremece de emoción y dulzura.

- Niña friegaplatos - dijo el mayordomo-, te daré un lugar fijo en la cocina y permiso para presenciar la comida del Emperador, si puedes llevarnos al ruiseñor; está citado para esta noche.

Todos se dirigieron al bosque, en el lugar donde el pájaro solía situarse; media Corte tomaba parte en la expedición. Avanzaban con mucha prisa, cuando una vaca se puso a mugir.

- Oh! - exclamaron los cortesanos-.Ya le tenemos! ¡Quanta fuerza para un animal tan pequeño! Ahora que caigo en eso, no es la primera vez que lo oimos.

- No, eso es una vaca que muge - dijo la frriegaplatos. Aún debemos caminar mucho.

Después oyeron las ranas croando en un charco.

- Magnífico! - exclamó un cortesano-. Ya lo oigo, suena como las campanillas de la iglesia.

- No, eso son ranas - contestó la chica-. Pero creo que no tardaremos en oirlo.

Y en seguida el ruiseñor se puso a cantar.

- Es él! - dijo la chica-. Escucháis, escucháis! Allí está! - y señaló un pajarito gris puesto en una rama.

- Es posible? - dijo el mayordomo-. Nunca lo habría imaginado así. Que vulgar! Seguramente habrá perdido el color, acogotado por unos visitantes tan distinguidos.

- Mi pequeño ruiseñor - dijo en voz alta la chica-, nuestro gracioso Soberano quiere que cante en su presencia.

- Con mucho gusto! - respondió el pájaro, y reanudó su canto, que daba gloria oirlo.

- Parecen campanillas de cristal! - observó el mayordomo.

- Mirad como se mueve su garganta! Es extraño que nunca el hubiésemos visto. Causará sensación a la Corte.

- Queréis que vuelva a cantar para el Emperador? - preguntó el pájaro, porque creía que el Emperador estaba allí.

- Mi pequeño y excelente ruiseñor - dijo el mayordomo ­tengo el honor de invitarle a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podrá regodear con su magnífico canto a su Imperial Majestad.

- Suena mejor en el bosque - objetó el ruiseñor; pero cuando le dijeron que era un deseo del Soberano, los acompañó gustoso.

A palacio todo había estado aseado y rozado. Las paredes y la tierra, que eran de porcelana, brillaban a la luz de miles de luces de oro; las flores más exquisitas, con sus campanillas, habían estado colocadas en los corredores; las idas y venidas de los cortesanos producían tales corrientes de aire, que las campanillas no cesaban de sonar, y un no sentía ni su propia voz.

En medio del gran salón donde el Emperador estaba, habían puesto una percha de oro para el ruiseñor. Toda la Corte estaba presente, y la chica friegaplatos había recibido autorización para situarse detrás de la puerta, porque tenía ya el título de cocinera de la Corte. Todo el mundo llevaba sus vestidos de gala, y todos los ojos estaban fijos en el pajarito gris, en el momento que el Emperador hizo signo que podía empezar.

El ruiseñor cantó tan deliciosamente, que las lágrimas acudieron a los ojos del Soberano; y cuando el pájaro las vio rodar por sus mejillas, volvió a cantar mejor aún, hasta llegarle a la alma. El Emperador quedó tan complacido, que dijo que regalaría su chinela de oro al ruiseñor para que se la colgase en el cuello. Más el pájaro le dio las gracias, diciendole que ya se consideraba bastante recompensado.

- He visto lágrimas en los ojos del Emperador; este es para mi el mejor premio. Las lágrimas de un rey poseen una virtud especial. Dios sabe que he quedado bien recompensado -y reanudó su canto, con su dulce y melodioso voz.

- Es la adulación más amable y graciosa que he escuchado en mi vida! - exclamaron las damas presentes; y todas se fueron a llenarse la boca de agua para gargarizar cuando alguien hablase con ellas; porque creían que también ellas podían ser ruiseñores. Sí, hasta los lacayos y camareras expresaron su aprobación, y eso es decir mucho, porque son siempre más difíciles de contentar. Realmente, el ruiseñor causó sensación.

Se quedaría en la Corte, en una jaula particular, con libertad para salir dos veces durante el día y una durante la noche. Pusieron a su servicio diez criadas, a cada una de las cuales estaba sujeto por medio de una cinta de seda que le ataron alrededor de la pierna. La verdad es que no eran precisamente de placer aquellas excursiones.

La ciudad entera hablaba del notabilísimo pájaro, y cuando dos personas se encontraban, se saludaban diciendo el un: «Rui», y respondiendo el otro: «Señor»; después exhalaban un suspiro, indicando que se habían comprendido. Hubo incluso once verduleras que pusieron su nombre a sus hijos, pero ni uno de ellos resultó capaz de dar una nota.

Un buenos días el Emperador rebién un gran paquete rotulado: «El ruiseñor».

- He aquí un nuevo libro sobre nuestro famoso pájaro - exclamó el Emperador.
Pero resultó que no era un libro, sino un pequeño ingenio situado en una jaula, un ruiseñor artificial, imitación del vivo, pero cubierto materialmente de diamantes, rubíes y zafiros. Solo había que darle cuerda, y se ponía a cantar una de las melodías que cantaba el de verdad, alzando y bajando la cola, todo él un brasa de plata y oro.
Llevaba una cinta atada en el cuello y en ella estaba escrito: «El ruiseñor del Emperador del Japón es pobre en comparación con el del Emperador de la China».

- Soberbio! - exclamaran todos, y el emisario que había llevado el ave artificial recibiendo inmediatamente el título de Gran Portador Imperial de Ruiseñores.

- Ahora cantarán juntos. ¡Cuál dúo harán!

Y los hicieron cantar a dúo; pero la cosa no iba, porque el ruiseñor auténtico lo hacía a su modo, y el artificial iba con cuerda.

- No se le puede reprochar - dijo el Director de la orquesta Imperial-; mantiene el compás exactamente y sigue mi método al pie de la letra.

De este momento en adelante, el pájaro artificial debió cantar solo. Consiguió tanto éxito como el otro, y, además, era mucho más bonito, porque brillaba como un puñado de pulseras y pasaderos.

Repitió treinta-tres veces la misma melodía, sin cansarse, y los cortesanos querían volver a oirla de nuevo, pero el Emperador opinó que también el ruiseñor verdadero debía cantar algo. Sin embargo, ¿donde se había metido? Nadie se había dada cuenta que, saliendo por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque.

- ¿Qué significa esto? - preguntó el Emperador. Y todos los cortesanos se deshicieron en reproches e improperios, tratando el pájaro de desagradecido.

- Por suerte nos queda el mejor - dijeron, y el ave mecánica debió cantar de nuevo, repitiendo por trigesimocuarta vez la misma canción; pero como era muy difícil, no había forma que los oyentes se lo aprendiesen. El Director de la orquesta Imperial ensalzaba el arte del pájaro, asegurando que era muy superior al verdadero, no solos en cuanto al plumaje y la cantidad de diamantes, sino también interiormente.

- Porque fígense Vuestras Señorías y especialmente su Majestad, que con el ruiseñor de carne y hueso nunca se puede saber qué es lo que va a cantar. En cambio, en el artificial todo está determinado por adelantado. Se oirá tal cosa y tal otra, y nada más. En él todo tiene su explicación: se puede abrir y poner de manifiesto como obra la inteligencia humana, viendo como están dispuestas las ruedas, como se mueven, como una se engrana con la otra.

- Eso pensamos todos - dijeron los cortesanos, y el Director de la orquesta Imperial, fue autorizado para que el domingo siguiente mostrase el pájaro al pueblo. - Todos tienen que oirlo cantar - dijo el Emperador; y así se hizo, y quedó la gente tan satisfecha como si se hubiesen emborrachado con té, porque así es como lo hacen los chinos; y todos gritaron: «Oh!», y, alzando dicho índice, se inclinaron profundamente. Pero los pobres pescadores que habían oido el ruiseñor auténtico, dijeron:

- No está mal; las melodías se parecen, pero le falta algo, no sé qué.
..
El ruiseñor de verdad fue desterrado del país.

El pájaro mecánico estuvo se entonces acà al lado de la cama del Emperador, sobre una almohada de seda; todos los regalos con que había sido obsequiado - oro y piedras preciosas - estaban dispuestos a su alrededores, y se le había conferido el título de Primero Cantor de Cabecera Imperial, con categoría de número uno al lado izquierdo. Porque el Emperador consideraba que este lado era el más noble, por ser el del corazón, que hasta los emperadores tienen a la izquierda. Y el Director de la orquesta Imperial escribió una obra de veinticinco tomos sobre el pájaro mecánico; tan larga y erudita, tan llena de las más difíciles palabras chinas, que todo el mundo afirmó haber leído y entendido, porque de otro modo habrían pasado por panolis y recibo patadas al estómago.

Así transcurrieron las cosas durante un año; el Emperador, la Corte y todos los otros chinos se sabían de memoria el trino de canto del ave mecánica, y precisamente por eso les gustaba más que nunca; podían imitarlo y lo hacían. Los golfillos de la calle cantaban: «tsitsii, cluclucluk!», y hasta el Emperador hacía corazón. Era de verdaderas divertido.

Pero he aquí que una noche, estando el pájaro en pleno canto, el Emperador, que estaba ya dormido, oyó de repente un «crac!» en el interior del mecanismo; algo había saltado. «Schnurrrr!», escapóse la cuerda, y la música cesó.

EL Emperador saltó de la cama y mandó gritar a su médico de cabecera; sin embargo, ¿qué podía hacer el hombre? Entonces fue gritado el relojero, quien, tras largos discursos y manipulaciones, arregló un poco el ave; pero manifestó que debían ir con mucho cuidado con ella y no hacerla trabajar en demasía, porque los pernos estaban gastados y no era posible sustituirlos por otros nuevos que asegurasen el funcionamiento de la música. ¡Qué desolación! Desde entonces solo se pudo hacer cantar al pájaro una vez al año, e incluso eso era una imprudencia; pero en tales ocasiones el Director de la orquesta Imperial pronunciaba un breve discurso, empleando aquellas palabras tan intrincadas, diciendo que el ave cantaba tan bien como antes, y ni que decir tiene que todo el mundo se mostraba de acuerdo.

Pasaron cinco años, cuando he aquí que una gran desgracia cayó sobre el país. Los chinos estimaban mucho a su Emperador, el cual estaba ahora enfermo de muerte. Ya había sido elegido su sucesor, y el pueblo, en la calle, no cesaba de preguntar al mayordomo de Palacio por el estado del anciano monarca.

- P! -respondía este, sacudiendo la cabeza.

Frío y pálido yacía el Emperador en su gran y suntuosa cama. Toda la Corte le creía ya muerto, y cada uno se apresuraba en ofrecer sus respetos al nuevo soberano. Los camareros de palacio salían precipitadamente para hablar del suceso, y las camareras se reunieron en un té muy concurrido. En todos los salones y corredores habían extendido paños para que no se oyese el paso de nadie, y así reinaba un gran silencio.

Pero el Emperador no había expirado aún; permanecía rígido y pálido en la lujosa cama, con sus largas cortinas de terciopelo y macizas borlas de oro. Por una ventana que se abría en lo alto de la pared, la luna enviaba sus rayos, que iluminaban el Emperador y al pájaro mecánico.

El pobre Emperador resoplaba, con gran dificultad; era como si alguien se le hubiese sentado sobre el pecho. Abrió los ojos y vio que era La Muerte, que se había puesto su corona de oro en la cabeza y sostenía en una mano el dorado sable imperial, y en la otra, su magnífico estandarte. Alrededor, por los pliegues de los cortinajes miraban extrañas cabezas, algunas horriblemente feas, otras, de expresión dulce y plácida: eran las obras buenas y malas del Emperador, que le miraban en aquellos momentos en que la muerte se había sentado sobre su corazón.

- ¿Te acuerdas de tal cosa? -murmuraban una tras otra-. ¿Y de tal otra?-. Y le recordaban tantas, que al pobre le manaba el sudor de la frente.

- ¡Yo no lo sabía! -se excusaba el Emperador-. ¡Música, música! Que suene el gran tambor chino - gritó- para no oír todo eso que dicen!

Pero las cabezas seguían hablando, y La Muerte asentía con la cabeza, al modo chino, a todo lo que decían.

-¡Música, música! -gritaba el Emperador-. Oh tú, pajarito de oro, canta, ¡canta! Te di oro y objetos preciosos, con mi mano te colgué del cuello mi chinela dorada. Canta, ¡canta ya!

Pero el pájaro seguía mudo, porque no había nadie para darle cuerda, y La Muerte seguía mirando el Emperador con sus grandes órbitas vacías; y el silencio era lúgubre.

De repente resonó, procedente de la ventana, un canto maravilloso. Era el pequeño ruiseñor vivo, puesto en una rama. Enterado de la desesperada situación del Emperador, había acudido a llevarle consuelo y esperanza; y cuanto más cantaba, más palidecían y se esfumaban aquellos fantasmas, la sangre afluía con más fuerza a los debilidades miembros del enfermo, e incluso La Muerte acercó la oreja y dijo:

- Sigue, bonito ruiseñor, sigue.

- Sí, sin embargo, ¿me darás el magnífico sable de oro? ¿Me darás la rica bandera? ¿Me darás la corona imperial?

Y La Muerte le fué donando aquellos tesoros a cambio de otras tantas canciones, y el ruiseñor siguió cantando, cantando del silencioso cementerio donde crecen las rosas blancas, donde las lilas exhalan el aroma y donde la hierba saludable es humedecida por las lágrimas de los supervivientes. La Muerte sintió entonces nostalgia de su jardín y salió por la ventana, flotando como una niebla blanca y fría.

- ¡Gracias, gracias! - dijo el Emperador-. Bien te conozco, pajarito celestial! Te desterré de mi reino, y, no obstante, con tus canto has alejado de mi cama los malos espíritus, has ahuyentado de mi corazón La Muerte.¿Como podré recompensarte?

- Ya me has recompensado - dijo el ruiseñor-. Arranqué lágrimas de tus ojos la primera vez que canté para tí; eso no le olvidaré nunca, porque son las joyas que contentan el corazón de un cantor. Pero ahora duerme y recupera las fuerzas, que yo seguiré cantando.

Así lo hizo, y el Soberano quedó sumido en un dulce sueño; ¡qué sueño tan dulce y tan reparador!

El sol entraba por la ventana cuando el Emperador se despertó, sano y fuerte. Ningúno de sus criadas había vuelto aún, porque todos le creían muerto. Solo el ruiseñor seguía cantante en la rama.

- ¡Nunca te separares de mi lado! -le dijo el Emperador-. Cantarás cuando te apetezca; y en en cuanto al pájaro mecánico, lo romperé en mil trozos.

- No lo hagas - suplicó el ruiseñor-. Él cumplió su misión mientras pudo; guárdalo como hasta ahora. Yo no puedo anidar ni vivir en palacio, pero permíteme que venga cuando pueda; entonces me pondré en el lado de la ventana y te cantaré porque estés contento y reflexiones. Te cantaré de los felices y también de los que sufren; y del mal y del bien que se hace a tu alrededores sin tú saberlo. Tu pajarito cantor debe volar en la lejanía, hasta la cabaña del pobre pescador, hasta el tejado del labrador, hacia todos los que residen apartados de tí y de tu Corte. Prefiero tu corazón a tu corona... aunque la corona exhala cierto olor de cosa santa. Volveré a cantar para tí. Pero debes prometerme una cosa.

- ¡Lo que quieras! - dijo el Emperador, incorporándose con su vestidura imperial, que ya se había puesto, y oprimiendo contra su corazón el pesado sable de oro.

- Una cosa te pido: que no digas a nadie que tienes un pajarito que te cuenta todas las cosas. Saldrás ganando!

Y se puso a volar.

Entraron los criadas a ver a su difunto Emperador. Entraron, sí, y el Emperador los dijo: ¡Buenos días!

martes, 18 de mayo de 2010

La fe en un cuento popular de los mapuches

La bolsa de plata
Este es el cuento de un hombre muy pobre. Su señora trabajaba y se esforzaba mucho: lavaba, buscaba leña, ¡qué no hacía! El hombre pasaba la vida sentado, muy tranquilo, sin hacer nada, ni el menor esfuerzo por ganarse un peso.
-Ya estoy cansada de esto -le dijo un día su mujer.
-Qué le vamos a hacer -contestó el hombre-. Para qué vamos a trabajar. Si Dios nos quiere dar, que nos dé. Somos hijos de Dios y Él nos va a cuidar.
-¿Cómo nos va a dar sin trabajar? -dijo la señora. -Eso no lo puede decir usted -dijo el hombre-. Si Dios quiere darme, me va a dar.
Un día el hombre agarró el hacha y se fue a cortar un chacay, un arbusto muy grande.

La mujer, muy contenta, pensó que él había estado considerando lo que hablaron y se había decidido a trabajar.
Cuando estaba por empezar a hachar, el hombre vio una bolsa tirada al pie del árbol. Abrió la bolsa y se la encontró llena de monedas de plata. Inmediatamente se volvió a su casa y le contó a su mujer lo que había pasado.
-¿Y dónde está la bolsa? -preguntó ella-. La habrás traído.
-No, cómo la voy a traer. Si Dios quiere que sea para mí, que me la traiga acá -dijo el hombre, que era muy creyente.
-Vamos, viejo, vamos ya mismo a buscarla. ¿Cómo pretendes que te la traiga acá? Si no te animas, busco al compadre para que me ayude a traerla.
Y dicho y hecho, se fue a buscar al compadre, arreglaron dividir la plata entre los dos y se pusieron en camino. Cuando llegaron al y (chacay), la bolsa estaba, pero en vez de monedas de plata estaba llena de culebras.

-¡Qué porquería! Su marido es un mentiroso -dijo el compadre-. Yo lo voy a fastidiar, para que aprenda.
Como pudo, arrastró la bolsa y a la noche fue y la puso en la cabecera del hombre creyente, que dormía muy tranquilo.
Cuando amaneció, el hombre se despertó, encontró la bolsa, la abrió y estaba otra vez llena de plata. -Te lo dije, mujer. Si Dios quiere, la va a traer -dijo el hombre.

Y con esa bolsa de plata fueron ricos. Por eso, es bueno creer en Dios y si Él nos quiere dar, dondequiera que estemos lo hará.
Los araucanos o mapuches fueron temibles guerreros, los últimos indígenas de América en ser controlados por el así llamado hombre blanco, ya avanzado el siglo XX. Hoy están confinados a ciertas zonas de la Patagonia, en Argentina y Chile.

Esta historia, cuyo original fue tomado en 1992 de boca de un narrador mapuche, expresa el sincretismo cultural que combina elementos del cristianismo con un fatalismo digno del Islam. Es posible que de mapuche solo le quede el paisaje. Muchos cuentos de Las mil y una noches exhiben esta forma de fe absoluta a la que el pensamiento occidental suele llamar pereza, todo lo contrario del "Ayúdate que Dios te ayudará".


viernes, 16 de abril de 2010

El rey que no quería bañarse

Hace muchísimo tiempo, cuando la guerra era un oficio de reyes, salían a pelear y volvían años más tarde, sucios y cansados. Esto le sucedió al rey Vigildo, que una mañana partió para la batalla y regresó veinte años más tarde, cansado y adolorido.
La reina Inés lo recibió con el baño pronto, pero cuando llegó el momento de bañarse, el rey no quiso saber nada.
Todos quedaron petrificados ante la negativa.
- ¿Cuál es el problema, Majestad?- preguntó el chambelán- ¿El agua está muy caliente, el jabón frío, la bañera muy profunda?
- No, que no. Pero no me voy a bañar.- contestó el rey.
No hubo manera de convencerlo. Intentaron forzarlo, pero hizo un gran escándalo.
La reina intentó que al menos, se cambiara las medias. Era buena hora, luego de veinte años.
Todos estaban intrigados y deseaban saber qué ocurría. Lo acosaron con preguntas durante días. Hasta que finalmente, el rey confesó:
- Extraño el campo de batalla. Estuve demasiado tiempo de guerra, me sentiría ridículo y aburrido dentro de una bañera. ¿Qué clase de rey guerrero sería? Más bien, parecería un guisante remojado.
La familia se puso a buscar una solución, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una buena idea. Mandaron fabricar una fortaleza, barcos, soldaditos y algunos dragones, para poner en la bañera del rey.
Vigildo estaba encantado y no dudó en meterse al agua. Comandaba sus ejércitos de juguete a viva voz. Daba órdenes y planeaba estrategias, mientras su campo de batalla flotaba sobre el jabón.
Eso es lo que cuenta la esponja. También dice, que desde esa época, quedó la costumbre de colocar juguetes en la bañera, para que los niños tengan con qué entretenerse a la hora del baño, para que nunca se aburran.
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