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lunes, 7 de mayo de 2012

Aquel Cuadro


Elsa Bornemann

Arriba del ropero del dormitorio de sus padres. En el mismo sitio adonde había ido a parar una variedad de objetos en desuso. Debajo de la sábana de polvo y pelusas que los cubría. Ahí encontró Hilario Cuevas aquel cuadro, cuidadosamente empaquetado y lo único rescatable del montón de cosas que su madre había ido colocando sobre el ropero a lo largo de su matrimonio. (¿Quién —que tenga o haya tenido un ropero— no lo usa o lo usó como una suerte de depósito de objetos que no se decide a tirar, aunque intuye que jamás volverá a necesitarlos?)
Aquel cuadro era un óleo de mediana proporción, enmarcado. Sobre el ángulo inferior derecho de la tela, la querida letra y la firma que el joven conocía bien: Irenita. Junto a la firma, una fecha que indicaba que esa pintura había sido hecha por su madre cincuenta años atrás, como las otras que decoraban una pared de la cocina y que pertenecían a la época de la niñez de Irene, cuando fantaseaba con ser artista plástica. Nunca lo había visto antes. Por eso, Hilario se conmovió doblemente y —durante un rato— permaneció sentado sobre la cama de los padres, abrazado al cuadro y con la mirada perdida en sus recuerdos. La campanilla del teléfono lo volvió al presente. Ya habían cortado cuando atendió. Ahora estaba en su cuarto y aún cargaba —amorosamente— el óleo cuando se le ocurrió que esa pared desnuda frente a su propia cama era el lugar ideal para colgarlo.—Así lo voy a contemplar todas las noches... —pensaba, mientras que a golpe de martillo, colocaba un clavo en el espacio elegido—. Es como si mamá hubiera querido hacerme un regalo postrero... Pobrecita... ¡ya un mes que no está más...! E Hilario dedicó la última hora de aquel viernes a mirar el cuadro con enternecido detenimiento. Su mamá había pintado una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impedían ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas...Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de aquella residencia, tal vez? Durante las semanas que siguieron al encuentro de aquel cuadro, Hilario destinó sus momentos libres a contemplarlo. Emocionado como estaba por ese hallazgo inesperado, cada día le parecía más hermoso y no lograba explicarse por qué su madre lo habría guardado, casi oculto se hubiera dicho.
Una noche —a punto de dormirse a la par que escuchaba la radio y con la vista distraída en el óleo— Hilario creyó observar que una de las cortinas del primer piso de la casa pintada se descorría lentamente.—El sueño me hace ver visiones... —pensó de inmediato y apagó el velador, dispuesto a descansar.—Todas las cortinas de esa casa están corridas —se dijo, antes de caer profundamente dormido. Y esa madrugada soñó con sus padres y se sintió pequeño y mimado como cuando los dos vivían y le decían "Lari". Se despertó de buen humor. Se estaba vistiendo para salir a hacer su acostumbrada caminata de los sábados, cuando recordó el asunto de la cortina del cuadro. Se volvió hacia el óleo y sonreía por lo que —en ese momento—consideraba una visión producto del cansancio nocturno, pero vio que la cortina del primer piso de la casa pintada estaba —realmente— descorrida. Se inquietó. Y más aún cuando una nena que aparentaba pedir auxilio se asomó a esa ventana y le hizo señas desesperadas. Enseguida —y por detrás de la niña— una mujer —que se le parecía notablemente— hizo lo mismo. Hilario creyó que se estaba volviendo loco.—Esto me pasa por pasar tantas horas mirando el cuadro de mamá —supuso—. Estoy sugestionado como una criatura y —muy molesto consigo mismo—terminó de abrocharse las zapatillas y abandonó su cuarto, sin volver a mirar el óleo. Esa noche —ya de regreso a su casa— decidió que dormiría en la sala. Se ubicó —entonces— en un sofá, prometiéndose que no volvería a mirar el cuadro hasta la mañana siguiente. Sin embargo, cerca de la madrugada se despertó de repente. Transpirando— a pesar de la baja temperatura ambiente—y con la necesidad impostergable de contemplar el óleo. Se dirigió a su cuarto y así lo hizo. ¡Para qué! Ahora eran dos las cortinas descorridas. Tres de las ventanas del primer piso de la casa pintada lo estaban y — detrás de ellas, la niña y la mujer en una, un niño en la otra y un hombre en la restante—. Todos pedían auxilio y le hacían señas desesperadas. En sus caras, el espanto. En la de Hilario, también.
Temblando, descolgó —entonces— el cuadro y lo colocó —bruscamente— sobre su cama, de pintura contra el acolchado, para no ver esas imágenes que tanto lo estaban perturbando. ¿Cómo era posible? En un impulso, se abrigó para salir a la calle:—Debo averiguar si esa casa que pintó mamá existe o existió y a quién pertenece —pensaba—, y la primera idea que tuvo al recorrer la cuadra de su domicilio fue la de encaminarse hacia el barrio donde ella había pasado su infancia y su adolescencia y del que había partido para casarse con su padre.—Seguramente, esa pintura —como las otras que hizo— fue inspirada en algún paisaje vecino...Hilario estaba tan nervioso que las aproximadamente ochenta cuadras que lo separaban de aquella zona las atravesó casi sin darse cuenta. El sol del domingo ya acariciaba los árboles cuando llegó al barrio donde su mamá había sido "Irenita".
Recién después de haberlo recorrido sin parar, Hilario se halló —de pronto— frente a la casa que la madre había pintado en el cuadro. Dos veces había pasado a lo largo de ella y sin reconocerla. Claro, cincuenta años no habían transcurrido en vano: era la misma casa, pero lógicamente envejecida por la acción del tiempo y bastante transformada a fuerza de refacciones. El jardín delantero no existía ya, por ejemplo. Un desierto patio ocupaba el espacio que antes había pertenecido a césped y plantas. Sobre la verja de la entrada, un cartel anunciaba: "Jardín de Infantes Tulipán".

Como tantas otras antiguas casonas, a esa también la habían convertido en una escuela. Muy excitado, Hilario pulsó el timbre sobre el que se leía: "Portería". Ya estaba por irse —después de tocar varias y prolongadas veces— cuando una viejita salió desde una de las puertas laterales de la residencia. —Sí... ya va... Ya va... —decía, mientras se le aproximaba a Hilario alisándose el pelo y acomodándose una chaqueta que terminaba de ponerse.
 —¿Qué desea, señor?
—Esteee... Buenos días... Disculpe la molestia... pero...
—¿Qué pasa? A usted no lo tengo visto por aquí. ¿En qué puedo serle útil?

Entonces, Hilario le contó una historia que se le iba ocurriendo a medida que la desarrollaba. No podía decirle la verdad. El caso es que se las ingenió tan bien que la viejita le dio —exactamente— la información que el muchacho ansiaba. Entre otros detalles que no le interesaban en absoluto supo —por ejemplo— que esa casa había pertenecido —cincuenta años atrás— a una tal familia Dubatti... que sus cuatro integrantes habían muerto asesinados... que nunca se había descubierto al criminal... que la finca había permanecido cerrada durante mucho tiempo... y que ella era la encargada desde el mes en que se había inaugurado el Jardín de Infantes, hacía once años. La viejita seguía hablando y hablando cuando Hilario pensó que ya tenía datos suficientes como para empezar a comprender el secreto que el cuadro encerraba.

Casi sin despedirse de la anciana, llamó a un taxi y volvió a su casa, hecho un relámpago. Corrió a su cuarto y tomó el cuadro. Lo observó con atención. El miedo le picoteó el corazón. ¡Las cortinas del primer piso de la casa pintada continuaban descorridas pero ningún rostro desesperado volvió a dibujarse detrás de ellas! Aunque lo más impresionante era que.... ¡la silueta del jardinero había desaparecido del óleo! Fuera de control, Hilario arrojó el cuadro al aire. Al estrellarse contra el suelo, el marco quedó por un lado, el óleo por otro y el cartón que lo protegía por detrás fue a parar abajo de su cama. Cuando —dolorido por su actitud de haber intentado romper una pintura de su madre—, Hilario se empezó a recomponer y a recoger las partes dispersas del cuadro, encontró aquel papel doblado en varios cuadraditos. Era un papel de carta fino, tipo Biblia y —sin dudas— había saltado del interior del cuadro cuando se había descuajeringado debido al golpe contra el piso. Con el corazón fruncido, el joven lo desdobló. Era un mensaje manuscrito. La letra infantil de su madre y esta confesión:

ME LLAMO IRENE DEL PINO Y TENGO DOCE AÑOS. AYER MISMO —ANTES DE QUELLEGARA LA POLICÍA— DESCUBRÍ —POR CASUALIDAD— QUIÉN ES EL ASESINO DE LOSDUBATTI. PERO ÉL LO SABE Y ME AMENAZÓ DICIÉNDOME QUE SI SE ME OCURRECONTAR LO QUE VI, ME VA A MATAR. ME DIJO TAMBIÉN:—ESTÉS DONDE ESTÉS Y SEA CUANDO FUERE, SI ALGUIEN SE ENTERA DE LO QUE PRESENCIASTE, YO ME LAS ARREGLARÉ PARA MATARTE APENAS ME DELATES. Y CON LA MISMA ARMA CON QUE ASESINÉ A TU AMIGA ANDREA Y AL RESTO DE SUFAMILIA: A SUS PADRES Y A SU HERMANO LORENZO, POR SI DEBO RECORDÁRTELO. CON ESA MISMA ARMA QUE ME SORPRENDISTE LAVANDO, VOY A ACARICIAR—ENTONCES— TU COGOTE.YA TE ESTOY ODIANDO COMO A LOS DUBATTI, ASÍ QUE NO LO OLVIDES Y BOCA CERRADA. ¿ENTENDISTE? TENGO PÁNICO Y ESCRIBO PARA ALIVIARME UN POCO DEL PESO DE ESTE SECRETO TERRORÍFICO. LE PIDO A DIOS QUE ME AYUDE A CALLAR Y ESPERO QUE SE HAGA JUSTICIA ALGÚN DÍA. EN EL CUADRO QUE ACABO DE PINTAR Y DENTRO DE CUYO MARCO VOY A OCULTARESTE MENSAJE, APARECE EL ASESINO CON SU ARMA, EN LA MISMA CASA EN LA QUE COMETIÓ SUS CRÍMENES. OJALÁ RECIBA SU MERECIDO CASTIGO. IRENITA

Un grito arañó la garganta de Hilario:—¡El jardinero! ¡El jardinero fue el asesino de la familia Dubatti! En el mismo instante en que pronunciaba aquellas palabras, recordó que ya no estaba en el óleo. ¿Dónde entonces? Hilario se lanzó sobre el teléfono. Comenzaban discar el número de la policía —por más que se le antojaba absurdo todo lo que le estaba ocurriendo— cuando la sombra de una hoz —proyectada sobre la pared que tenía al frente— lo paralizó. ¡El jardinero del cuadro! Se dio vuelta con el tiempo justo como para ver lo que mejor no: erguido a sus espaldas y barajando la hoz, un viejo. Durante un instante, Hilario creyó que estaba a salvo. ¡El jardinero del cuadro era un muchacho y no ese hombre de barba y pelos blancos! Durante el instante siguiente, Hilario entendió que estaba perdido:¡Ese hombre era el jardinero, con cincuenta años más sobre su piel!—¡Piedad —por favor— no me mate! —aulló entonces. El viejo seguía haciendo bailar su hoz mientras le decía:—Ja. Yo no cometo dos veces el mismo error. Voy a degollarte como tendría que haberlo hecho con Irenita, tu estúpida madre...—¡Le ruego; déjeme vivir y juro que no voy a delatarlo! ¡Mire, mire lo que hago con este mensaje de mi mamá! —e Hilario rompió el papel de la confesión en mil pedacitos y —haciendo un bollito con ellos— se los tragó.

El jardinero estaba a punto de descargar su hoz contra el cuello de Hilario pero el rostro y el cuerpo del muchacho le indicaron que no hacía falta: era evidente que acababa de sufrir un ataque al corazón. Pocos minutos después, expiraba.—Indudablemente, este muchacho se trastornó debido al fallecimiento de su madre... —opinó, días después, el jefe de policía en una conferencia de prensa. Y vean si no: la autopsia reveló que su última cena fue... papel... Un loco manso, eso es todo... No, su habitación estaba en perfecto orden. Un síncope. ¿El cuadro que encontramos junto a su cadáver y todo roto? Ah, sí. Una pintura hecha por su mamá durante la infancia... Nada de valor...Afectivo sí, por supuesto. ¿Qué representa? Una casa. Una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impiden ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas... Al frente, un jardín florido y—medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de la residencia, tal vez? Pero ya me están haciendo ir por las ramas: ¿Qué tiene que ver el óleo con la muerte, señores periodistas? Y aquel cuadro —pintado por inexpertas manos infantiles y al que— por lo mismo —no se le otorgó ninguna importancia—, fue a parar a uno de los tantos camiones que recolectan desperdicios, junto con todos los demás que había hecho Irenita

miércoles, 29 de junio de 2011

Un Elefante Ocupa Mucho Espacio


-por Elsa Bornemann-

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar "en elefante", esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.
-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas...
- ¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
- Tú has nacido bajo la lona del circo... -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad...
- ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
- ¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general...)
- Bah... Pamplinas... -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
- Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!
Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas... (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped...)
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
- Los animales están sueltos!- gritaron acoro, antes de correr en busca de sus látigos.
- ¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
- ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!
- ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.
- ¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.
Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:
- ¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
- ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!

- ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! - gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
- ... Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a nuestras selvas... o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.
Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor... porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio...

NOTA:Este cuento, junto con todos los incluidos en el libro titulado "Un elefante ocupa mucho espacio" fue prohibido en la época del proceso militar.
Saludos!

jueves, 1 de julio de 2010

Cuento con caricia - Elsa Bornemann

No sabía lo que era una caricia. Nunca lo habían acariciado antes. Por eso, cuando el changuito rozó su plumaje junto a la laguna –alisándoselo suavemente con la mano–, el tero se voló. Su alegría era tanta que necesitaba todo el aire para desparramarla.
– ¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! –se alejó chillando.
El changuito lo vio desaparecer, sorprendido. La tarde se quedó sentada a su lado sin entender nada.
– ¡Hoy me han acariciado! ¡La caricia es hermosa! – seguía diciendo con sus teru-teru...
– ¡Eh, tero! ¡Ven aquí! ¡Quiero saber qué es una caricia! –le gritó una vaca al escucharlo.
El tero se dejó caer: un planeador blanco, negro y pardo, de gracioso copete, aterrizando junto a la vaca...
–Esto es una caricia... –le dijo el tero, mientras que con el ala izquierda rozaba una y otra vez una pata de la vaca–. Me gusta tu cuero, ¿sabes? No imaginaba que fuera tan distinto de mi plumaje...
La vaca no lo escuchaba ya. Pasto y cielo se iban mezclando en una cinta verde azul con cada aleteo del ave. Ni siquiera sentía las fastidiosas moscas... Con varios felices muuu... muuu... se despidió entonces del tero.
¿Caminaba o flotaba? ¿Soñaba? No. Era tan cierto como el sol del atardecer, bostezando sobre el campo. Era verdad: ella sabía ahora lo que era una caricia...
Distraída, atropelló un armadillo que descansaba entre unos matorrales:
–Cuidado, vaca, ¿no ves que casi me pisas? ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?
–Este quirquincho no puede entender... –pensó la vaca–. Es tan tonto... –y continuó caminando o flotando, mugiendo o cantando... Pero el animalito peludo la siguió curioso, arrastrándose lentamente sobre sus patas.
Finalmente, la chistó:
–Shh... Shhh... ¿No vas a decirme qué te pasa?
Suspirando, la vaca decidió contarle:
–Hoy he aprendido lo que es una caricia... Estoy tan contenta...
– ¿Una caricia? – repitió el armadillo, tropezando con el nudo de una raíz–.
¿Qué gusto tiene una caricia?
La vaca mugió divertida:
–No, no es algo para comer... Acércate que te voy a enseñar... –y la vaca rozó con su cola el duro y espeso pelo del animalito. Su coraza se estremeció. Tampoco a él lo habían acariciado antes...
¿De modo que ese contacto tan lindo era una caricia? Para ocultar su emoción, cavó rápidamente un agujero en la tierra y desapareció en él.
La noche taconeaba ya sobre los pastos cuando el armadillo decidió salir.
La vaca se había ido, dejándole la caricia... ¿A quién regalarla? De pronto, un puercoespín se desperezó en la puerta de su grieta. Era la hora de salir a buscar alimentos.
– ¡Qué mala suerte tengo! –exclamó el armadillo–. ¡Encontrarte justamente a ti!
– ¿Se puede saber por qué dices esa tontería? –gruñó el puercoespín, dándose vuelta enojado.
–Pues... porque tengo ganas de regalar una caricia... pero con esas treinta mil púas que tienes sobre el cuerpo... voy a pincharme...
– ¿Una caricia? –le preguntó muy interesado el roedor–. ¿Te parece que mis dientes serán lo suficientemente fuertes para morderla? ¿Es dulce o salada?
–No, amigo, una caricia no es una madera de las que te gustan tanto...ni una caña de azúcar... ni un terroncito de sal... Una caricia es esto...–y frotando despacito su caparazón contra la única parte sin púas de la cabeza del puercoespín, el armadillo se la regaló.
¡Qué cosquilleo recorrió su piel! Un gruñido de alegría se paró en la noche.
Su primera caricia...
– ¡No te vayas! ¡No te vayas! –alcanzó a oír que el armadillo le gritaba riendo. Pero él necesitaba estar solo... Gruñendo feliz, se zambulló en la oscuridad de unas matas.
La mañana lo encontró despierto, aún sin desayunar y murmurando:
–Tengo una caricia... Tengo una caricia... ¿A quién podré dársela? Ninguno me la aceptará... Tengo tantas púas...
– ¿Estás loco? –le dijo una perdiz.
– ¡Se ha emborrachado! –aseguró una liebre. Y ambas dispararon para no pincharse. El puercoespín se enroscó. Su soledad de púas lo molestaba por primera vez...
Ya era tarde cuando lo vio, recostado sobre un tronco, junto a la laguna.
El changuito sostenía con sus piernas la caña de pescar. Un sombrero de paja le entoldaba los ojos. Dormitaba...
El puercoespín no lo pensó dos veces y allá fue, llevándole su caricia.
Su hociquito se apretó un momento contra la rodilla del chango antes de escapar –temblando– hacia el hueco de un árbol. El muchachito ni siquiera se movió, pero a través de un agujerito de su sombrero lo vio todo.
–¡El puercoespín me acarició! –se dijo por lo bajo, mirando de reojo su rodilla curtida–. Esto sí que no lo va a creer mi tata... –y su silbidito de alegría rebotó en la laguna.
–¿Dormita el chango? ¿Sonríe? ¿Pesca o silba? –se preguntó la tarde.
Y siguió sentada a su lado sin entender nada.

© Elsa Bornemann, 1975, tomado de Un elefante ocupa mucho espacio,
Alfaguara, Buenos Aires, 2004
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