miércoles, 7 de abril de 2010

Correos y telecomunicaciones

Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, nos arreglamos para que nombrase a buena parte de la familia en la sucursal de Correos de la calle Serrano. Duró poco, eso sí. De los tres días que estuvimos, dos los pasamos atendiendo al público con una celeridad extraordinaria que nos valió la sorprendida visita de un inspector del Correo Central y un suelto laudatorio en La Razón. Al tercer día estábamos seguros de nuestra popularidad, pues la gente ya venía de otros barrios a despachar su correspondencia y a hacer giros a Purmamarca y a otros lugares igualmente absurdos. Entonces mi tío el mayor dio piedra libre, y la familia empezó a atender con arreglo a sus principios y predilecciones. En la ventanilla de franqueo, mi hermana la segunda obsequiaba un globo de colores a cada comprador de estampillas. La primera en recibir su globo fue una señora gorda que se quedó como clavada, con el globo en la mano y la estampilla de un peso ya humedecida que se le iba enroscando poco a poco en el dedo. Un joven melenudo se negó de plano a recibir su globo, y mi hermana lo amonestó severamente mientras en la cola de la ventanilla empezaban a suscitarse opiniones encontradas. Al lado, varios provincianos empeñados en girar insensatamente parte de sus salarios a los familiares lejanos, recibían con algún asombro vasitos de grapa y de cuando en cuando una empanada de carne, todo esto a cargo de mi padre que además les recitaba a gritos los mejores consejos del viejo Vizcacha. Entre tanto mis hermanos, a cargo de la ventanilla de encomiendas, las untaban con alquitrán y las metían en un balde lleno de plumas. Luego las presentaban al estupefacto expedidor y le hacían notar con cuánta alegría serían recibidos los paquetes así mejorados. «Sin piolín a la vista», decían. «Sin el lacre tan vulgar, y con el nombre del destinatario que parece que va metido debajo del ala de un cisne, fíjese». No todos se mostraban encantados, hay que ser sincero.

Cuando los mirones y la policía invadieron el local, mi madre cerró el acto de la manera más hermosa, haciendo volar sobre el público una multitud de flechitas de colores fabricadas con los formularios de los telegramas, giros y cartas certificadas. Cantamos el himno nacional y nos retiramos en buen orden; vi llorar a una nena que había quedado tercera en la cola de franqueo y sabía que ya era tarde para que le dieran un globo.

Instrucciones para dar Cuerda al Reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Atelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

"La sentencia" de Wu Ch'eng-en

Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.

Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.

Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:

-¡Cayó del cielo!

Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó:

-Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.

domingo, 4 de abril de 2010

Como siempre

1.

A María Luisa no le agradaba que la interrumpieran. Por lo demás, a nadie le agradaba interrumpirla. Sin embargo, cuando esta vez descendió a referirse a «esa tonta de Clara», y, empuñando el cigarrillo como una batuta, quiso comentar con grosería sutil y llevadera, el apasionamiento con que aquélla defendía su tranquilidad, Roberto no pudo contenerse.

-No la imagino a Clara apasionada -dijo-. Por lo general, los que defienden su tranquilidad, son los que están lejos de su propia furia. Ya sé, no estás de acuerdo. Pero yo considero que si existe un reducto feliz sobre la tierra, no debe ser de los inquietos.

-Oh, querido, naturalmente... Cuanto más lejos de la tormenta, mejor. Se aprecia el espectáculo sin abrir el paraguas. Nunca saldrás de ese centro tranquilo, a menos que halles la bomba debajo de tu silla.

Aún sobrevivía en María Luisa un rito adolescente. Siempre que reaccionaba como ahora, recurría a imágenes de alguna estridencia, hechas para una acústica más que familiar. Allí, sin embargo, donde las paredes merecían sus libros, donde los pocos cuadros no eran cansadores y uno podía, sumergiéndose en los tímidos sillones, quedarse del otro lado del bullicio, esas palabras se tornaban gritos, y todos -mobiliario y personas- se miraban con un poco de pánico.

-Posiblemente en mi quietud -dijo Roberto-, en mi centro tranquilo, haya más actividad que en todas tus inquietudes. Te movés siempre. ¿Nunca te hace falta un apaciguamiento?

Había estado a punto de decir: «¿Nunca te pide el alma un apaciguamiento? », pero sabía que María Luisa tenía reacciones particulares frente a algunas palabras. En cambio, agregó:

-Además, no deja de dolerme que trates tan poco amablemente a Clara, que aunque te parezca irremediablemente estúpida, tiene mucho de lista en eso de no discutir contigo.

-Más que vos, por lo visto.

Él la miró entristecido, como buscando en ella algo a que asirse, algo en que confiar para -tan sólo eso- apostarse a la espera.

-Más que yo, por lo visto.

Roberto no tenía interés especial en defender a Clara. La apreciaba, sin duda, porque era muy callada, pasablemente música, bastante sincera. No era bonita ni -a primera o segunda vista- tampoco simpática. Lo mejor que podía conocerse de ella, aparecía recién a los varios meses de trato cauteloso. Roberto, que así la había tratado, reconocía en ella cierta impermeabilidad al enojo, cierto gusto de ampararse en su ambiente interior y una evidente atracción por el estudio racionado y severo. El reconocimiento de tales cualidades no había bastado, empero, para acercar a Roberto. Se sentía mejor si había entre ambos, cuando menos, alguna habitación de por medio.

Tampoco tenía Roberto un interés especial en atacar a los inquietos. Ni -en el caso de atacarlos- de incluir entre éstos a los famosos inquietos de espíritu. La inquietud del espíritu, así, como frase, como lugar común, era algo que no llegaba a comprender del todo ni se esforzaba en ello. Le parecía que para que su parte anímica funcionara normalmente, el individuo debía llegar a la paz interior. La paz interior y, de ser posible, también exterior, es decir, lisa y ecuménicamente, la tranquilidad, constituía para Roberto un esbozo tal de lo feliz, que se hubiera sorprendido de alcanzarlo algún día. Así de lejana llegaba a parecerle la aquiescencia del destino para semejante anhelo. Creía, como decía uno de sus ingleses preferidos, que las libertades particulares se gozan a condición de cierta forma de esclavitud general, y, sin que pudiera evitarlo, notaba cierta bambolla en el lujo de libertad con que se abrían paso los inquietos. Al fin de cada historia, se hallaba con que todos caían en un cogollito y comenzaban paulatinamente a suspender sus explosiones aisladas, espontáneas y particulares, para integrar alguno de los muchos coros disponibles. Y desde el momento en que el armatoste social se organizaba como ópera italiana, la libertad pasaba a ser un estribillo que quedaba muy bien en la voz del tenor ligero, y arrancaba alaridos, aplausos y pataditas de delirio allá en la galería.

Por eso le parecía preferible soportar la esclavitud general y defender su libertad particular, a tolerarse reclamando una libertad sin límites ni aplomo, demasiado general para ser asequible, demasiado altruista para no ser armada egoístamente. Como libertad particular, la tranquilidad era un estado ideal, el único, finalmente, en que el espíritu tenía derecho a revelarse inquieto.

Esta vez, su estallido mental había sido contemporáneo de otro intuitivo y ambos habían tenido por objeto a María Luisa. Pero ni durante el brevísimo, casi instantáneo proceso de intumescencia, ni durante la apenas esbozada discusión, tuvo Roberto tiempo y serenidad suficientes como para darse cuenta de cuánto se le había revelado. Ahora sí lo sabía. Había deseado que María Luisa lo traicionara.

2.

Hubo un silencio de tres horas. Después de la cena, María Luisa, ya no tan convencida de su indignación, se demoró tejiendo. Pero Roberto se fue al café.

El café, como ritual, como misterio masculino, tenía para Roberto dos colores de atracción. El de sus momentos solitarios (cuando, aislado en la niebla perfimiada que despeclía el pocillo, llegaba inconscientemente a conquistar cierto aspecto de visionario beatífico) y el de sus espaciados encuentros con Asdrábal y Jaime, prolongados por lo común hasta la madrugada, cuando, cada vez más desvelados, cada vez más despiertos, se aventuraban -sin método y sin meta- hacia temas elásticos, limpios, potenciales.

Veinte años atrás, se habían reunido allí durante una huelga de estudiantes, mientras los otros derrochaban inútilmente la valentía del asueto en una grita empalagoso. Tuvieron épocas malas y épocas peores, en las que debían hacer treinta cuadras a pie (cuarenta, en el caso de Jaime) para ganar, con el ahorro del tranvía, el derecho de permanencia en el local. Tres cafés. Durante años, tres cafés. A poco de casarse, Roberto y Asdrúbal dejaron de estudiar. Jaime se doctoró en derecho. No obstante, siguieron viniendo dos o tres noches al mes.

Las diez y media. Todavía quince minutos de soledad. Hay que aprovecharlos. Aprovecharlos es sacarles el menor provecho. Dejarse estar. Ver. Escuchar. Al mirar hacia la izquierda, cierta presencia física le provoca un choque. A los treinta y cinco años no alcanza a recordar que él, a los veinte, haya sido tan ridículo como ése, tan inconsciente fantoche. (Alto, pelirrojo. Ojitos de ternero y patillas largas, color zanahoria. El pelo levantado en una instantánea de gomina, desafiante como un gorro ftigio. No está solo. Tiene su corte. Él y la corte hablan de automóviles. De la cuarta para carreteras, del faro piloto, de la banda blanca, del neblero, de las espigas en el paragolpe, del buscahuellas, del ... )

Roberto fuma y piensa en María Luisa. Busca referencias sobre la historia de este enfriamiento. Nada. Aquello se hizo solo. Empezó un poco antes de la muerte del chico. Como si desde entonces ya lo vislumbraran. Que ese puente nada unía. Después del accidente, las cosas empeoraron. No era dolor. En el caso de Roberto, debido a que el hijo había sido absorbido por la madre y él se encontraba fuera de su mundo. En el de ella, porque no podía ni quería evitar un estremecimiento de egoísmo al hallarse sola frente al posible amor de Roberto. Naturalmente que al sentirse sola, sin el auxilio de la competencia que había representado el pequeño Andrés, aquel amor había dejado de interesarle, porque en la puja de. sentimientos sus propios celos le servían de estímulo.

Cuando la encontró, hacía once años, ella era novia de Jaime. No exactamente novia. En ese entonces, ellos no tenían -ni podían tener- novias. Apenas si disponían de lo suficiente para sobrellevarse a sí mismos. Pero algunos tenían amigas. Desde el más restringido significado sexual hasta el otro más amplio y afectivo. María Luisa era amiga de Jaime. De parte de éste, en el sentido amplio y afectivo. De parte de ella, ni ella misma sabía en qué sentido. Simpatizaba con Jaime, lo deseaba moderadamente. Leían a Baudelalre, festejaban a Nietzsche, se burlaban de Dios y de Renan. Se les veía juntos bastante a menudo. Recorrían la Rambla, iban a la Biblioteca, entraban por un rato en la iglesia del Cordón. Roberto'lo sabía.

(El de las patillas zanahoria y el gorro frigio lleva a su grey por otras sendas. Diez minutos de fútbol, diez de cine, diez de política, diez de cualquier cosa.)

Ahora volvía a paladear su culpabilidad. Siempre que veía a Jaime, eso se le renovaba. Se le renovaba también la duda. No quería ser injusto consigo mismo, pero dudaba. Por aquel entonces tenía pensado no casarse con ninguna mu'er a la que deseara demasiado. Le parecía poca garantía y -sobre todo- poca previsión. No obstante, desde el momento en que vio a Jaime con María Luisa, se dio cuenta de lo que empezaba a madurar. A madurar en él, naturalmente. Se dio cuenta, se estudió durante un cuarto de hora y se dijo: «Eso nunca.» Después se descuidó. Cuando el «eso nunca» se transformó en «eso no», pudo apreciar la diferencia que va de la negación total a la simple negación. Suave, torpemente, comenzó a sorprenderse acechándola. Como ella, en cambio, no se sorprendió en absoluto, Jaime renunció sin lucha ni vergüenza. Roberto estaba casi seguro de que Jaime no le guardaba rencor. En realidad, entre éste y María Luisa no había mediado nada, ni siquiera palabras comprometedoras, que después de todo son el nudo más fácil. Jaime renunció, dio su enhorabuena y siguió estudiando. Cuando se puso su tristeza, vio que le quedaba un poco grande. A los veinte días estaba otra vez leyendo a Baudelaire, festejando a Nietzsche. Pero sólo se burlaba de Renan.

(Silencio. El guía sonríe. Los demás esperan. Uno, por decir algo, pide el cuarto café. Otro, que reforma la ajena inspiración y la aprovecha, pide un «cortado». La reunión se desmaya. Ya nadie tiene nada que decir. Pero como se quedan siempre hasta las doce ... )

3.

Hacía ya mucho tiempo que el amor había quedado en tontería, y bastante también, aunque no tanto, que la tontería había quedado en frialdad. El paso siguiente podía llegar al odio. Ahora mismo, sin arraigo aún y sin motivo, el odio hacía visitas tímidas, espaciadas, pero suficientes para ir formando el hábito de retirar a medias la confianza.

María Luisa no había cambiado mucho. ¿Qué pasaba entonces? Todos -¿cuántos eran todos?- la encontraban tan alegre, tan completa, tan valiente, tan sencilla, en fin y concretando, tan ricura como antes. Ni ella se creía ingenua ni los otros la creían tal. Ni demasiado doméstica ni demasiado intelectual. Había cambiado los ídolos siempre que fue oportuno. De Baudelaire había llegado a Valéry, de Nietzsche a Camus. Estrictamente al día. ¿Dónde quedaba el pobre Roberto, con su entusiasmo por los tartamudos en la novela inglesa, desde el Brian de Huxley hasta el Anthony de Waugh?

En el orden doméstico, hoy trabajaba tan poco como antes, y si sus relaciones con la' servidumbre eran de menor tirantez, eso era debido en buena parte a la filosofía solapadamente jocosa con que las últimas chicas habían encarado el asunto. Daba gusto verlas trabajar, obedecer, divertirse y robar.

Todo eso no llegaba a fastidiar a Roberto. Pero, en rigor, ¿qué le fastidiaba? Le fastidiaba, por ejemplo, una discusión insulsa como la de esta tarde, una discusión como ésa, pesadamente familiar. Lo que había dicho sobre los libres y los inquietos, representaba sólo aproximadamente lo que había pensado, pero aun así lo representaba bastante bien. En realidad, lo mismo habría sido decir: «Estoy descontento», que discutir sobre furias a propósito de Clara. Sí, estaba descontento, confusamente descontento. Con María Luisa, consigo mismo. Letparecía haberse vuelto demasiado respetable y carecer de los medios legítimos para quitarle empaque a ese respeto. Por lo demás, estaba poco acorazado para habérselas con sus propias reacciones. De ahí que la sola presencia de María Luisa le provocara una especie de calambre mental. En el subsuelo de su vida matrimonial debía haber sin duda un desperdicio de conciencia del que a veces le llegaba alguna oleada fétida.

-Hola.

Tuvo que sonreír cuando, intimidado, sintió la mano de Jaime sobre el hombro.

-Hola. ¿Y Asdrúbal?

Era la última esperanza. Podía haber pestañeado, pedido otro café, complicado las cosas. Pero quería salvarse de una entrevista a solas con Jaime. 0, por lo menos, saber a qué atenerse.

-Asdrúbal me avisó que no viene.

Que no viene. Ah. Siempre había pensado que algún día tendría que faltar Asdrúbal. Pero ahora...

-Es la primera vez que falla uno.

-O que fallan dos...

Eso lo dijo por algo. Entonces él también esperaba la oportunidad. Eso lo dijo por algo. Tenía los ojos demasiado brillantes, los labios demasiado firmes.

Jaime se puso a hablar de política. Mejor. No era un tema embarazoso. Pero al cabo de una media hora de escuchar las opiniones de Jaime sobre la libertad de prensa, la situación en los Balcanes, y el voto femenino, Roberto se escuchó diciendo: «Parece increíble. Ni remotamente podés imaginarte con qué pensamiento avergonzado estoy jugando. » Hipócrita. Uno respira y se siente hipócrita.

-Oh, no es tan difícil. Siempre te has sentido culpable frente a mí. -¿Frente a vos?

-Sí. Te imaginas que me la quitaste.

Insoportable. Que lo diga así, sin preámbulos, sin asco, sin enojo. -¿A María Luisa? Estás loco. No pensé qué... -Podés estar tranquilo. No había nada.

-Ya lo sé, ya lo sé. Por eso te digo que estás loco.

Llegó la sonrisa de Jaime y Roberto se sintió inesperadamente ridículo. Tenía la boca con saliva amarga. Cuando empezó a hablar, era ya de otra cosa.

(El grupito se levantó a las doce en punto. Primero pasó el guía, luego los seis discípulos. Ceñidos, bostezantes, intercambiando mimos.)

4.

Era humillante pensarlo. Cuando el chico había muerto, ellos se habían encontrado por primera, por única vez, tal como eran, tal como no predicaban ser. Roberto se imponía ahora el recuerdo del rostro de María Luisa, de aquel sin cólera y sin dolor, sitiado en sus contornos por los corderitos del empapelado. La mueca de indiferencia, de ganas contenidas, de seriedad en hilvanes, había sido insufrible y compacta, sin un solo resquicio para la duda en ciernes, ara la duda mansa, vulgar, salvadera. ¿Y eso era un rostro de mujer? El, que era el hombre y por lo tanto no debía traicionar su abolengo de ojos secos, él, que había sufrido derrotándose, sintiendo -no sabía dóndechasquear el dolor como un látigo, él había condensado su angustia caudal en un tibio y constante hilo de lágrimas. Y nadie había sabido el consternado fastidio, el fastidio sin cálculo, irresistiblemente agudo, con que obtuvo la serenidad indispensable y repasó, enumerándolas, sus decisiones. Una cosa era cierta. Ese mismo día o más adelante, no importaba la fecha, dejaría a María Luisa. No exigía nada en el presente, pero necesitaba a toda costa un futuro sin ella. Un futuro sin ella. Consigo mismo.

Aún mucho tiempo después, aquel rostro de María Luisa rodeado de corderitos, en el cuarto del hijo, había permitido la evolución normal de su fastidio. Necesitaba representárselo para animarse. Hoy había deseado que María Luisa le traicionara. Con cualquiera. No era virtud de cornudo magnífico; era, simplemente, su egoísmo. Sobornar al examinador para terminar antes la carrera. Pero a la vez se había sentido generoso como un proveedor de futuros. Ningún accidente, ninguna enfermedad, ni siquiera la muerte. Sólo verse libre.

5.

Roberto contemplaba sus propios pasos. Siempre había tenido la supersticiosa diversión de esquivar determinadas baldosas, a las que iba señalando inconvenientes, improvisando augurios. Pero ahora no ponía ningún esmero. Pisó una de las prohibidas y ella dio un grito delicioso, pero corto, sin ecos.

La calle estaba sola. Se puso a pensar en las cosas ridículas que había leído sobre las aceras solitarias, sobre la medianoche, sobre los faroles, y se sintió capaz de avergonzarse por ellas. La calle estaba quieta como en un cuadro. Acaso estaba orando, acaso estaba arrepintiéndose de todos los automóviles, de todos los caballos, de todos los tranvías con que había pecado en la jornada. Cuando iba pensando el tercer disparate, su otra memoria reconoció la puerta. Halló que su casa -además de la verja con encaje, del patético jardín de cámara, de los balcones como palcos, de todos los otros síntomas de su actual y embarazoso prosperidad económica-, halló que su casa era asimismo una idea poco satisfactoria. ¿Qué le esperaba? Ni siquiera el hijo. Ni siquiera el hogar.

La actitud de Jaime había sido un obstáculo. Él había querido, a la vez que darle una oportunidad de perdonar, darse también una oportunidad de quedar al día con los escrúpulos. Pero el otro no había querido reconocerle la culpa. Sencillamente, le había tornado el pelo.

A él le quedaba el problema de qué hacer ahora con el pasado. No era cosa de alimentarlo en silencio ni de estrangularlo. En el café se había sentido bruscamente sin amistad. Quedaba Asdrúbal. Sí. Pero la certidumbre aminoró el deleite. Quedaba Clara, con sus lamentables y místicas virtudes. No. Ni siquiera estaba seguro de quedar él mismo para la amistad o para el amor.

Su iricomunicable silencio se estiraba en la calle. Cuando escogió la llave, se sintió cobarde y desatinado. Y, a pesar de todo, indiferente. Recordó al grupito del café. Ellos se asían por lo menos a un vínculo, precario, estúpido, pero casi feliz en su medianía; ellos no estaban solos. ¿Para eso había sostenido exigencias? ¿Para ser menos feliz que un fantoche? ¿Dónde estaba la intimidad en que refugiarse, la vida ajena- que justificara la propia?

Como siempre, cerró la puerta con cuidado. Había luz en el comedor. Había, como siempre, sobre la mesa, queso y dulce, galletas, leche fría. Comió sin recompensa y sin hambre. Miró los avisos del diario de la noche, recorrió las noticias. Bostezó en tres etapas, triste de desaliento.

Cuando entró al dormitorio, María Luisa dormía. Los ronquidos la sacudían a veces como una carcajada incontenible. Roberto comenzó a desvestirse. Como siempre, puso la corbata sobre el saco, los gemelos junto al vaso con agua. Fue la impremeditado caída del segundo zapato lo que la despertó. El último ronquido tuvo cierta emoción. Luego, abarcando la escena desde un solo ojo, murmuró: «¿Qué tal, querido?» No esperó la respuesta. Salió al encuentro de la próxima modorra.

Como siempre. «¿Qué tal, querido?» o la reconciliación. Por un momento sintió envidia de los pobres diablos que hablan de la patrona y le llevan cada sábado una torta con merengue.

Cuando estalló en el reloj del comedor la acostumbrada campanada, comprobó -como siempre- la exactitud de su reloj. Entonces notó que era demasiado tarde. Como siempre.

sábado, 3 de abril de 2010

Mucho gusto

Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio, como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis, luego, de temas varios, y no siempre racionalemente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir.
- No crea que es algo tan estupendo -dijo el Flaco-, también a momentos de profundo desamparo en lo que se llaga a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos, no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor y le dije: Mira, esto no sirve, pero comprenderás que para mi es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que lo vas a quemar y me lo juró.
El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.
- Oiga, don -dijo sin pestañear-, hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chavez, viajante de comercio y le tendío la mano.
- Mucho gusto -dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos-, Franz Kafka para servirle.

El traje nuevo del emperador

Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.
No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.

-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.

-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».

-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.

El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.

-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?

Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle - anunció el maestro de Ceremonias.

-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? - y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:

-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

jueves, 1 de abril de 2010

La leyenda de Igua y Porá Sí

Para Iguá, joven guerrero de una tribu guaraní, la selva y el monte no tenían secretos. Conocía sus peligros y no les temía. Con el corazón repleto de aventuras, se internaba más y más en la espesura, deseoso de explorar lo desconocido.
Un día, su espíritu aventurero lo llevó hasta muy lejos de su tribu. Ahí, cerca de la ribera de un caudaloso río que no había visto antes, conoció a Porá-Sí, una hermosa y dulce joven. La belleza de la muchacha lo hechizó de tal forma que desde ese día, Iguá, transitó aquel camino que lo llevaba junto a ella. Así fue que se enteró de que Porá-sí era hija de un cacique y que éste jamás consentiría en la unión de los jóvenes, ya que deseaba casarla con uno de sus mejores guerreros. A pesar de eso, los muchachos, muy enamorados, no dejaron de verse un solo día y a toda hora.
Pasó el tiempo, v una tarde Iguá encontró a Porá - Sí llorando desesperada: su padre había decidido que, para la próxima luna llena, se casara con el guerrero elegido. Entonces planearon huir juntos del lugar... ¿Pero hacía donde?
Iguá sabía muy bien que llevar a Porá ­Sí a su tribu pondría en peligro a su gente, porque el padre no la perdería sin luchar. Internarse en la selva no era cosa que él temiera, pero su amada tal vez no soportaría los pesados días de marcha. Solo quedaba tratar de cruzar el caudaloso río que se extendía frente a ellos, y tomados de la mano se pusieron a buscar el lugar de menos correntada y peligro.
De pronto, escucharon gritos a sus espaldas. Habían sido descubiertos y los guerreros se acercaban hasta rodearlos.
Desesperado, lguá, temiendo por la vida de Porá-Si, la subió a un grueso tronco que estaba en la orilla y lo arrastró con todas sus fuerzas hasta el centro del rio. Ya las primeras flechas empezaban a caer junto a ellos. Muy pronto, Iguá perdió pie y el tronco comenzó a tambalearse de un lado a otro, arrastrado por la corriente. Una lluvia de flechas caía sobre ellos. El joven buscó la mirada de Porá -Sí y encontró la respuesta a su pregunta: “Mejor morir juntos que vivir separados”.
Por suerte, Tupa estaba observando y, compadecido de los jóvenes, guió el tronco con mano firme sobre el turbulento rio y formó grandes barrancos por los que el agua caía a torrentes cortando el paso de los guerreros, que no se atrevieron a seguir adelante.
Cuando Iguá y Porá-Sí llegaron a la otra orilla, vieron que detrás de ellos se habían formado enormes cataratas por donde era imposible pasar. Entonces se arrodillaron y agradecieron a Tupa por haberlos salvado.


Martínez, Paulina; Eva Rey y Pirucha Romero, “Iguá y Porá-Sí” en Leyendas argentinas, "Colección Leyendas", Buenos Aires, Sigmar,1994
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