martes, 3 de agosto de 2010

Todo lo contrario

Veamos, dijo el profesor:
- ¿Alguno de ustedes sabe que es lo contrario de "in"?
- "¡Out!", respondío prestamente un alumno.
- No es obligatorio pensar en inglés. En español, lo contrario de "in", como prefijo privativo, claro, suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.
- Sí ya sé, profesor: Insensato - senato, indocil y docil.
- Parcialmente correcto; no olviden muchachos que lo contario del invierno no es el vierno, sino el verano.
- No se burle, profesor...
- Vamos a ver... ¿Sería Ud. capaz de formar una frase más o menos coherente con palabras que si son despojadas del prefijo "in" no confirman la ortodoxia gramatical?
- Probaré.... Aquel dividuo me molesó sus cóginitas. Se sintió dulgente, pero dómito. Hizo ventario de las famias, con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse columne, así todo en las noches padecía de somnios ya que le preocupaban la flación y su cremento.
El profesor admitió sin euforia:
- Sulzo, pero pecable.

sábado, 24 de julio de 2010

Ahora


Ahora como un ángel apareces
y me rodeas sin decirme nada.
Ángel que yo cuidara tantas veces
sin saberlo, callada.
En todo lo que miro permaneces
como el aire feliz de la mirada.
Me parezco a tu ausencia y te pareces
a mí resucitada.
Porque viniste cuando me moría
a devolverme a vivas caridades;
porque mi noche muda se hizo día
por gracia de tu voz iluminada,
en esta eternidad con que me invades
yo que no era, soy tu enamorada.

Lunita Tucumana

Yo no le canto a la luna
Porque alumbra nada mas
Le canto porque ella sabe
De mi largo caminar.
Ay lunita tucumana
Tamborcito calchaquí
Compañera de los gauchos
En la senda del tafí.
Perdido en las cerrasones
Quien sabe vidita por donde andaré
Más cuando salga la luna
Cantaré, cantaré
A mi tucumán querido
Cantaré, cantaré, cantaré.
Con esperanza o con pena
En los campos de Acheral
Yo he visto a la luna buena
Besando el cañaveral.
En algo nos parecemos
Luna de la soledad
Yo voy andando y cantando
Que es mi modo de alumbrar.
Perdido en las cerrasones
Quien sabe vidita por donde andaré
Más cuando salga la luna
Cantaré, cantaré
A mi tucumán querido
Cantaré, cantaré, cantaré.

jueves, 22 de julio de 2010

Buenoas Aires se vive...


Anécdotas de mis días en Subte



Como asumir que soy una boluda en apenas 5 minutos

Hipótesis: Soy una boluda

1-Bajo a la estación de Acoyte, miro como una despavorida para todos lados porque no sé donde se saca el boleto… (Ticket, cospel o como se llame). Al fin lo encuentro:
- Uno hasta Puan
A lo que la señora de la boletería me responde:
- El valor del boleto abarca todo el recorrido. (Primera insinuación de un tercero a que soy una BOLUDA)
2-Le pregunto a la señora: ¿Cuánto es? (Bruto cartel delante de mí que dice: $1.10)
3-Empiezo a buscar las moneda, mientras la señora me mira con cara de desconcierto, claro, se estará preguntando: ¿porque carajo no le pago con un billete? (Segunda insinuación: sos una BOLUDA)
Finalmente, después de revolver bolsillos, monedero, mochila, etc., le digo:
- No tengo monedas.
- El subte no es con monedas. –Me contesta la mujer e implícitamente se leía en su rostro: ¿Sos Pelotuda, vivís en un Tuper o desayunaste con Whisky? (Tercera insinuación)
4-Finalmente consigo el boleto, obstáculo número 2: El molinete
Sospechosamente tecnológico, un aparato lleno de agujeritos y hendiduras con un cartelito en llamativas letras rojas digitales que dice: “INSERTE TARJETA AQUÍ”
Inserto la tarjeta, empujo el molinete… NADA
Otra vez… Nada
Se acerca el guarda…y me dice:
- Acá señorita… ( y me señala la hendidura de abajo, por donde ENTRA la tarjeta, no donde SALE como intentaba yo)
O yo estaba muy suspicaz esa mañana o la gente era muy obvia, porque también pude deducir que el “acá señorita” lleva implícito un “¿Y esta tarada es maestra? (Iba con guardapolvo) (Cuarta insinuación)
5-Al fin subo al subte, me siento y me doy cuenta (OH! MI DIOS!) Estoy yendo para Plaza de Mayo!
Aunque no lo crean… fui a Plaza de Mayo… para volver en el mismo coche a mi destino real que era “PUAN”
Conclusión: Hipótesis CONFIRMADÍSIMA! SOY UNA BOLUDA!

viernes, 9 de julio de 2010

José nomás

1.

A las diez de la mañana, Isabel Ríos abre un solo ojo. Enseguida lo cierra para convencerse de que duerme aún. Tuvo una madnigada embarazosa, con alcohol, boogies, guarangos y sexo. Necesita reponerse. Necesita estar bien, completamente bien para esta noche. Pero su cuerpo de veintitrés años, redondeado, tibio, fatigado, se niega a obedecer.

A las diez de la mañana, Isabel Ríos no se ha incorporado al día, vive porfiadamente en la atmósfera de ayer, oye aún las bromas indecentes de Juan Pedro, siente los manoseos del menor de los Fuentes -un niño prodigio, verdaderamente una ricura-, baila con todos, salta con todos, está en el torbellino como la mejor pieza de una máquina enloquecida, que no puede arrepentirse ni sabe detenerse.

Cuando estaban en la séptima vuelta, es decir, casi frescas, María Recalde la llevó al balcón y le dijo muy seria: «¿Te parece que hacemos bien?» La idiota. Siempre se preocupa hasta la octava copa, después goza como todas, como todas se deja besuquear, los deja propasarse. Juan Pedro lo sabe y le ofrece más: «Hay que emborrachar esos escrúpulos, mi hijita.» Pero ella no lo dice por sí misma. Piensa en los novios que le ha hecho perder a su hermana, la decente.

Isabel sabe por experiencia que si se pone a pensar de veras, inevitablemente llora. Por eso no le gusta María. ¡Como si no se hubiera decidido! Todas se han decidido alguna vez, aun la primera. Ella sabe que no existen las «engañadas», las «pobres inocentes». Así que reconoce su culpa y sigue. ¿Acaso es posible detenerse? Hubiera preferido la vi-da buena, claro. Pero una vez en el baile, hay que bailar. ¡Y cómo baila! Que lo digan ellos. Después de todo, ¿hubiera preferido otra existencia? El matrimonio con casita y suegra, con hijos y abortos altemativamente, le produce a la vez asco y envidia. Quién puede saberlo.

Ahora está despierta. Entre el ropero y la pared cuelga una telaraña. El vestido gris está hecho una pelota sobre la silla, pero no necesita plancharlo. Esta noche se pondrá el verde.

Eso la deja momentáneamente tranquila, pero los dedos de la mano izquierda reconocen el papel que han estrujado durante el sueño. Usted no me conoce, no me ha visto nunca. Hace un mes que no me ha visto nunca, ni siquiera para tener el derecho de olvidarme. Usted no me ha olvidado, usted me ignora. Yo puedo seguiría, en cambio, diariamente. Sólo dos cuadras. No quiero, no quise perseguirla, penetrar en zonas que no son usted. Pero la vi hablar con su amiga y pude seguirla a ella, recibir de ella sus señas. Mañana de noche, a las once yo estaré en la esquina. Usted vendrá o no. ¿Su amiga? Claro: Julieta. ¿A qué se meterá? Éste, naturalmente, está loco. Que se pierda la noche por él. Está chiflado. Pero qué estilo, señor. Qué telegrama. Usted vendrá o no. Menos mal que le da permiso. Claro que no. Algún vivo.

Entonces decide ordenar la jornada. Desayuno. Almuerzo y siesta con Gonella. Después, el dentista. Dios mío, el dentista. El doctor Valles. Verlo ahora como profesional. Buen chismoso el tipo. De soltero era más simpático. Pensándolo bien, hace lo menos dos años que no se acuesta con él.

2.

Isabel miró detenidamente la calva del diputado Gonella. El munífico amo la ofrecía a su contemplación, mientras intentaba liberar de su hueso el último trozo de patito asado. Era de un rosa subido, con un magnífico golfo central, y dos discretos fiordos laterales.

El diputado Gonella almorzaba con Isabel todos los miércoles, porque era el único día en que tenía libre la siesta: su mujer almorzaba con la madre, en Pueblo Soca. Se podía decir que era un tipo generoso. Isabel le había cobrado cierta despectiva afección, porque se portaba bastante bien, y, después de todo, no era demasiado exigente.

-¿Ayer hubo sesión? -preguntó ella, con un módico interés. -Hasta las dos de la madrugada.

-Pobre Ramiro.

-Imaginate. Desde las doce hasta la una y media, un discurso de Ortega.

El mozo se acercó lentamente, puso su vieja cara de perro humilde, y balbuceó: «¿Qué postrecito traemos?» Lo exasperante era el diminutivo. Isabel prefería aquel cordobés del Hotel Carena (había ido allí con Gonella en 1949) que invariablemente, sin cambiar la cantinela, interrogaba: «Siendo el último platito de cocina, ¿qué se van a servir?»

-Dos flanes --dijo Gonella.

Nunca la consultaba. Pedía su menú. Ella deseaba rabiosamente un helado, alguna de esas copas en equilibrio que no terminaban de pasar frente a ella. Pero debía comer flan, como Gonella.

Sin duda pasaba algo. Gonella estaba un poco cohibido. Lo había notado desde el comienzo. Pero siempre que él llevaba algo oculto, estallaba en el postre.

-Che, pichona... -pero llegaron los flanes. Isabel estaba segura. Cuando él decíapichona era que había traído algún estuche.

Ella empezó a comer, despacito. Pero Gonella estaba nervioso. Su pequeño, inocente flan, desapareció al segundo bocado. Posibles candidatos: el collar de ciento veinte, la pulsera de doscientos, el anillo de doscientos treinta y cinco.

-Mirá, nena, quería decirte...

-Desembuchá.

-Sabés, con estas sesiones hasta la madrugada, uno se siente algo...

-Sí.

-Bueno, mirá, pensaba invitarte, no sé si te parece bien, a que hoy realmente durmiéramos la siesta.

3.

Gonella dormía ruidosa, apasionadamente, como si se jugara entero en esa siesta, como si se destruyese en los ronquidos. Los párpados enrojecidos le temblaban a veces y también le temblaba una zona limitada de la mejilla. Isabel no sabía qué recuerdo le traía todo aquello. Él dormía sudando, con las varicosas piernas abiertas. Bajo la rodilla derecha tenía una mancha amarilla, sin vello, repugnante. Había también un vientre relleno, estirado, que excedía los calzoncillos, y un pecho hundido, como de asmático. A Isabel le llegaba con intermitencia el aliento cálido de aquella mole, y le producía una felicidad vergonzante, insatisfecha, el solo hecho de saberse despierta, precariamente a salvo. Claro, ahora sí, el temblor de la mejilla parece el de un caballo cuando se espanta las moscas. Él se pasó el puño por la nariz, sin piedad, como intentando aplastarla para siempre, y ella se incorporó sobre un cc>do, con un aire huidizo, defensivo. Pero Gonella hoy no quería guerra, simplemente quería dormir la siesta. Su infidelidad conyugal de este miércoles consistía en hacer la digestión junto a su querida en lugar de hacerla junto a su ríiujer.

Isabel cerró los ojos y volvió a ver la carta. Quedó más bien atónita, porque la había olvidado y ahora de pronto sabía que iría. Apretó bien los ojos, obstinadamente, para verla mejor, con su letra vigorosa y abierta, como si todo lo que se podía decir, estuviera allí. Hace un mes que no me ha visto nunca. Gonella levantó trabajosamente una pierna con los dedos doblados hacia abajo, en un violento calambre. Luego emitió dos gruñidos sordos, como parodiando la queja que efectivamente referían. Usted no me ha olvidado, usted me ignora. Gonella se restregaba Curiosamente el pie, sin desprenderse de su sueño. De golpe se sintió impulsada hacia aquel otro que ignoraba.

Pero Gonella empezaba a despertarse e Isabel pensó rápidamente que sí, a las once, para dejar las cosas resueltas antes de que éste dijera algo, antes de vestirse para ir al dentista. « ¡La puta! », dijo Gonella, «iqué calambre!». Ella no se dio por aludida y dejó los ojos bien cerrados, procurando que los párpados no le temblaran como la piel de un caballo que rechaza las moscas.

4.

Era irrisorio que se conmoviera por alguien totalmente desconocido, pero en verdad no era un rostro especial, ni siquiera un rostro imaginado, sino cierta frescura sin trabas que pugnaba en la carta, cierta torva franqueza de visionario, inhábil pero orgullosa, y eso bastaba, porque después de todo cuánto hacía que no hallaba sino puercos, que hacían el amor increíblemente tranquilos, como si no hubiera necesidad de destruirse, como si fuese un negocio solitario y no algo atrozmente dual en el que nada se rehusaba, como tampoco se rehusaba en la infancia, que es lo más parecido al amor, porque allí también las resoluciones eran solemnes, vitalicias, allí también era todo decisivo (la muñeca negra, los recreos, las palizas del padre) y varias veces una hubiera preferido la muerte, pero, naturalmente, nadie tiene la culpa, y si lo perdió todo o casi todo cuando se echó en el altillo con el primo y él le dijo que eso era lo mejor y lo principal (lo principal y lo mejor para él, claro, y efi ese único momento) y ella dejó de oponer resistencia, no porque él -semejante idiota- la convenciera sino porque en ese instante lo decidió todo y vio que no le interesaba reprimir el deseo, y si allí lo perdió todo o casi todo, tampoco nadie tuvo la culpa, ni siquiera el primo, ni siquiera ella, porque fue consciente y obedeció a un destino rudimentario y también eficaz, ya que allí quedó prefigurado lo que iba a ser en adelante su inconfundible vida de sexo, y aunque ella en su infrecuente soledad estuviera decidida a rechazarla o, por lo menos, a cambiarla por otra de sexo y sentimiento, de cualquier modo era irrisorio que se conmoviera por un desconocido, ni siquiera por un rostro especial,, sólo por un dudoso, imponderable carácter que la llamaba a señas, a palabras aisladas, como podría llamarse a un perro o a un caballo, como en efecto se la podía llamar a ella, ya que sólo ante eso ella quería acudir.

5.

Bajaron la escalera. Ella depositó el bolso sobre la arena húmeda. Él se quitó la gabardina y la extendió para que Isabel se sentara.

Era una noche ofensivamente templada y transparente, sin viento, ni neblina, en perfecto equilibrio.

-¿No es esto magnífico? --dijo él. Ella asintió con desconcierto y se pasó las manos por las piernas encogidas.

-¿O no le gusta la paz? -agregó él.

-Francamente, no.

Ella lo miró con atención. Era un tipo flaco, nervioso, inteligente, con un rostro de veinte años bajo la barba cerrada. Desde allí abajo sólo lo veía a medias, pero le gustaba.

-Usted mantiene una máscara antisentimental.

-Actualmente no. Pero los mimos me dan asco.

-Yo no pienso tocarla.

-Mejor entonces.

Él se inclinó y le puso la mano sobre el hombro. Eso no era tocarla.

-¿De dónde sale usted? -preguntó ella.

-Oh, de cualquier parte. Pongamos que soy estudiante.

-Ah.

-O marinero.

-No.

-O taquígrafo.

-¿Qué más?

-Imaginemos provisoriamente cualquier estado. Yo por ejemplo imagino que usted es...

-Virgen.

-No. Ingenua. No puede recuperar su virginidad, su virginidad espiritual, claro.

-Ni la otra, felizmente.

-Pero puede no obstante ser ingenua. Una prueba a favor: usted vino esta noche.

-Yo diría que es una prueba en contra.

-No tiene importancia. Además de éste, usted dice al cabo del día también otros disparates. Y los demás los creen.

-Por favor, no quiero que me ofenda. No quiero que lo pasemos mal.

-No podríamos nunca pasarlo mal. Usted es demasiado...

-Le dije que no me ofenda. No quiero tomarle fastidio.

-¿No quiere? Entonces deje que la comprenda. Lo que sucede es que no resulta agradable comprenderla. Ni para usted ni para mí. Supongo que no podría creerme si le digo que preferiría que se pusiera a llorar.

-No, no podría.

Desde la rambla una pareja se detuvo a mirarlos. Como eran los únicos, imperdonables habitantes de la arena.

-Dígame ahora cómo se llama.

-¿Para qué?

-Diga.

-Alberto.

La mujer de la rambla condensó su excitación en una carcajada áspera, de hembra turbada pero arisca.

-Alberto.

-¿Eh?

-Creo que sí, que podría.

-¿Qué podría creerme si le digo ... ?

-No. Que podría llorar.

-¿Y por qué?

-Soy una idiota.

-Sí. Yo también.

-Lloro sólo por eso. Porque usted no me manosea, porque no me toca.

-Sí, por eso mismo es que soy un idiota. El hombre de la rambla también se ríe. Pero no está turbado. Con el brazo derecho oprime la cintura de la mujer y la anima a seguir. Evidentemente, tiene prisa.

-Alberto.

-Sí.

-Nada. Sólo decirlo. Alberto. Alberto. Alberto.

-¿Juega a quererme?

-No. Alberto. Alberto.

6.

Subieron la escalera. Dos cuadras más allá estaba el ómnibus, sin luz, en la terminal.

-Pobre querido -dijo ella. Él arrugó y desarrugó el entrecejo. como haciéndose a sí mismo una señal de inteligencia.

-Y no ibas a tocarme.

-Te juro que no.

-Oh, te creo.

-Parece que dejamos de ser idiotas. -Ahora somos dos tranquilos herejes. -Dos herejes nomás.

-¿Por qué será?

-¿Por qué será qué?

-Que hubiera preferido no hacerlo contigo. Estaba segura de que no debíamos.

-Yo también. Pero fue más fuerte. No te aflijas ahora.

-Alberto.

-¿Cómo?

-Qué imbécil me siento. Nunca estuve tan triste. Como si hubiera perdido la oportunidad, la única.

Él la miró indeciso, como si fuera a decir algo. Pero el ómnibus se movió lentamente.

-Mirá, ya sale.

-¿Te quedás?

-Sí.

-¿Puedo llamarte a algún sitio?

-No. No me llames.

-¿No querés?

-No sé si quiero. Pero no me llames.

-Alberto.

-Mirá, no me llames Alberto. Me llamo José. José nomás.

-Sí, Alberto.

domingo, 4 de julio de 2010

Corazonada

Apreté dos veces el timbre y en seguida supe que me iba a quedar. Heredé de mi padre, que en paz descanse, estas corazonadas. La puerta tenía un gran barrote de bronce y pensé que iba a ser bravo sacarle lustre. Después abrieron y me atendió la ex, la que se iba. Tenía cara de caballo y cofia y delantal. «Vengo por el aviso», dije. «Ya lo sé», gruñó ella y me dejó en el zaguán, mirando las baldosas. Estudié las paredes y los zócalos, la araña de ocho bombitas y una especie de cancel.

Después vino la señora, impresionante. Sonrió como una Virgen, pero sólo como. «Buenos días.» «¿Su nombre?» «Celia.» «¿Celia qué?» «Celia Ramos.» Me barrió de una mirada. La pipeta. «¿Referencias?» Dije tartamudeando la primera estrofa: «Familia Suárez, Maldonado 1346, teléfono 90948. Familia Borrello, Gabriel Pereira 3252, teléfono 413723. Escribano Perrone, Larraiíaga 3362, sin teléfono.» Ningún gesto. «¿Motivos del cese?» Segunda estrofa, más tranquila: «En el primer caso, mala comida. En el segundo, el hijo mayor. En el tercero, tíabajo de mula.» «Aquí», dijo ella, «hay bastante que hacer». «Me lo imagino. » « Pero hay otra muchacha, y además mi hija y yo ayudamos. » «Sí señora. » Me estudió de nuevo. Por primera vez me di cuenta que de tanto en tanto parpadeo. «¿Edad?» «Diecinueve.» «¿Tenés novio?» «Tenía.» Subió las cejas. Aclaré por las dudas: «Un atrevido. Nos peleamos por eso.» La Vieja sonrió sin entregarse. «Así me gusta. Quiero mucho juicio. Tengo un hijo mozo, así que nada de sonrisitas ni de mover el trasero.» Mucho juicio, mi especialidad. Sí, señora. «En casa y fuera de casa. No tolero porquerías. Y nada de hijos naturales, ¿estamos?» «Sí señora. » ¡Ula Marula! Después de los tres primeros días me resigné a soportarla. Con todo, bastaba una miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran los nervios de punta. Es que la vieja parecía verle a una hasta el hígado. No así la hija, Estercita, veinticuatro años, una pituca de oca¡ y nuni que me trataba como a otro mueble y estaba muy poco en la casa. Y menos todavía el patrón, don Celso, un bagre con lentes, más callado que el cine mudo, con cara de malandra y ropas de Yriart, a quien alguna vez encontré mirándome los senos por encima de Acción. En cambio el joven Tito, de veinte, no precisaba la excusa del diario para investigarme como cosa suya. juro que obedecí a la Señora en eso de no mover el trasero con malas intenciones. Reconozco que el mío ha andado un poco dislocado, pero la verdad es que se mueve de moto propia. Me han dicho que en Buenos Aires hay un doctor japonés que arregla eso, pero mientras tanto no es posible sofocar mi naturaleza. 0 sea que el muchacho se impresionó. Primero se le iban los ojos, después me atropellaba en el corredor del fondo. De modo que por obediencia a la Señora, y también, no voy a negarlo, porinigo misma, lo tuve que frenar unas diecisiete veces, pero cuidándome de no parecer demasiado asquerosa. Yo me entiendo. En cuanto al trabajo, la gran siete. «Hay otra muchacha» había dicho la Vieja. Es decir, había. A mediados de mes ya estaba solita para todo rubro. «Yo y mi hija ayudamos», había agregado. A ensuciar los platos, cómo no. A quién va a ayudar la vieja, vamos, con esa bruta panza de tres papadas y esa metida con los episodios. Que a mí me gustase Isolina o la Burgueño, vaya y pase y ni así, pero que a ella, que se las tira de avispada y lee Selecciones y Lifenespañol, no me lo explico ni me lo explicaré. A quién va a ayudar la niña Estercita, que se pasa reventándose los granos, jugando al tenis en Carrasco y desparramando fichas en el Parque Hotel. Yo salgo a mi padre en las corazonadas, de modo que cuando el tres de junio (fue San Cono bendito) cayó en mis manos esa foto en que Estercita se está bañando en cueros con el menor de los Gómez Taibo en no sé qué arroyo ni a mí qué me importa, en seguida la guardé porque nunca se sabe. ¡A quién van ayudar! Todo el trabajo para mí y aguantase piola. ¿Qué tiene entonces de raro que cuando Tito (el joven Tito, bah) se puso de ojos vidriosos y cada día más ligero de manos, yo le haya aplicado el sosegate y que habláramos claro? Le dije con todas las letras que yo con ésas no iba, que el único tesoro que tenemos los pobres es la honradez y basta. Él se rió muy canchero y había empezado a decirme: «Ya verás, putita», cuando apareció la señora y nos miró como a cadáveres. El idiota bajó los ojos y mutis por el foro. La Vieja puso entonces cara de al fin solos y me encajó bruta trompada en la oreja, en tanto que me trataba de comunista y de ramera. Yo le dije: «Usted a mí no me pega, ¿sabe?» y allí nomás demostró lo contrario. Peor para ella. Fue ese segundo golpe el que cambió mi vida. Me callé la boca pero se la guardé. A la noche le dije que a fin de mes me iba. Estábamos a veintitrés y yo precisaba como el pan esos siete días. Sabía que don Celso tenía guardado un papel gris en el cajón del medio de su escritorio. Yo lo había leído, porque nunca se sabe. El veintiocho a las dos de la tarde, sólo quedamos en la casa la niña Estercita y yo. Ella se fue a sestear y yo a buscar el papel gris. Era una carta de un tal Urquiza en la que le decía a mi patrón frases como ésta: «Xx xxx x xx xxxx xxx xx xxxxx».

La guardé en el mismo sobre que la foto y el treinta me fui a una pensión decente y barata de la calle Washington. A nadie le di mis señas, pero a un amigo de Tito no pude negárselas. La espera duró tres días. Tito apareció una noche y yo lo recibí delante de doña Cata, que desde hace unos años dirige la pensión. Él se disculpó, trajo bombones y pidió autorización para volver. No se la di. En lo que estuve bien porque desde entonces no faltó una noche. Fuimos a menudo al cine y hasta me quiso arrastrar al Parque, pero yo le apliqué el tratamiento del pudor. Una tarde quiso averiguar directamente qué era lo que yo pretendía. Allí tuve una corazonada- «No pretendo nada, porque lo que yo querría no puedo pretenderlo. »

Como ésta era la primera cosa amable que oía de mis labios se conmovió bastante, lo suficiente para meter la pata. «¿ Por qué? », dijo a gritos, «si ése es el motivo, te prometo que ... » Entonces como si él hubiera dicho lo que no dijo, le pregunté: «Vos sí... pero, ¿y tu familia? » «Mi familia soy yo», dijo el pobrecito.

Después de esa compadrada siguió viniendo y con él llegaban flores, caramelos, revistas. Pero yo no cambié. Y él lo sabía. Una tarde entró tan pálido que hasta doña Cata hizo un comentario. No era para menos. Se lo había dicho al padre. Don Celso había contestado: «Lo que faltaba. » Pero después se ablandó. Un tipo pierna. Estercita se rió como dos años, pero a mí qué me importa. En cambio la Vieja se puso verde. A Tito lo trató de idiota, a don Celso de cero a la izquierda, a Estercita de inmoral y tarada. Después dijo que nunca, nunca, nunca. Estuvo como tres horas diciendo nunca. «Está como loca», dijo el Tito, «no sé qué hacer». Pero yo sí sabía. Los sábados la Vieja está siempre sola, porque don Ceiso se va a Punta del Este, Estercita juega al tenis y Tito sale con su barrita de La Vascongada. 0 sea que a las siete me fui a un monedero y llamé al nueve siete cero tres ocho. «Hola», dijo ella. U misma voz gangosa, impresionante. Estaría con su salto de cama verde, la cara embadurnada, la toalla como turbante en la cabeza. «Habla Celia», y antes de que colgara: «No corte, señora, le interesa.» Del otro lado no dijeron ni mu. Pero escuchaban. Entonces le pregunté si estaba enterada de una carta de papel gris que don Celso guardaba en su escritorio. Silencio. «Bueno, la tengo yo.» Después le pregunté si conocía una foto en que la niña Estercita aparecía bañándose con el menor de los Gómez Taibo. Un minuto de silencio. «Bueno, también la tengo yo.» Esperé por las dudas, pero nada. Entonces dije: «Piénselo, señora» y corté. Fui yo la que corté, no ella. Se habrá quedado mascando su bronca con la cara embadurnada y la toalla en la cabeza. Bien hecho. A la semana llegó el Tito radiante, y desde la puerta gritó: « ¡La vieja afloja! ¡La vieja afloja! » Claro que afloja. Estuve por dar los hurras, pero con la emoción dejé que me besara. «No se opone pero exige que no vengas a casa. » ¿Exige? ¡las cosas que hay que oír! Bueno, el veinticinco nos casamos (hoy hace dos meses), sin cura pero con juez, en la mayor intimidad. Don Celso aportó un chequecito de mil y Estercita me mandó un telegrama que -está mal que lo diga- me hizo pensar a fondo: «No creas que salís ganando. Abrazos, Ester.»

En realidad, todo esto me vino a la memoria, porque ayer me encontré en la tienda con la Vieja. Estuvimos codo con codo, revolviendo saldos. De pronto me miró de refilón desde abajo del velo. Yo me hice cargo. Tenía dos caminos: o ignorarme o ponerme en vereda.

Creo que prefirió el segundo y para humillarme me trató de usted. «¿Qué tal, cómo le va?» Entonces tuve una corazonada y agarrándome fuerte del paraguas de nailon, le contesté tranquila: «Yo bien, ¿y usted, mamá? »

sábado, 3 de julio de 2010

El hombre que aprendió a ladrar

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: "La verdad es que ladro por no llorar". Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendian, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre tenas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: "Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?". La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: "Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano."
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