domingo, 12 de septiembre de 2010

Las moscas

Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.

¡Oh, viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela,

-que todo es volar-, sonoras
rebotando en los cristales
en los días otoñales...
Moscas de todas las horas,

de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da en no creer en nada,

de siempre... Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado

sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.

Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El otro yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando.Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

sábado, 4 de septiembre de 2010

No ha claudicado

Muchas noches había cumplido en sueños esto que ahora hacía: apretar el botón del timbre en la vieja casa de Millán. Siempre se despertaba rencoroso, fastidioso consigo mismo por esa debilidad del subconsciente, dispuesto a reintegrarse cuanto antes al odio de veinticinco años, a la rabia con que, sin poderlo evitar, solía murmurar el nombre de su hermano. Cierto que había evitado las explicaciones -¿de qué sirven en un caso así?- para no enturbiar el recuerdo de la madre con tanta sordidez. Tal vez alguien creyese que él había hecho números sobre el probable valor del anillo todo brillantes, el collar de perlas legítimas, las caravanas de topacios. Mentira. A Pascual sólo le importaba que hubieran pertenecido a la madre, saber que efectivamente la habían acompañado en su época buena, cuando vivía el padre y ella tenía aún color en las mejillas. Hubiera ofrecido en cambio la chacra de Treinta y Tres que le había tocado en el reparto y a la que ni siquiera visitaba.

No había querido pedir explicaciones. Simplemente había cortado el diálogo con Matías. Que se las guardara. Que las vendiese si quería. Y que entregase su alma al diablo también. Había sido una decisión relativamente fácil, no hablar más del asunto; después de todo se sentía cómodo, casi complacido en su silencio.

¿Y Matías? Matías, por supuesto, había aceptado la situación sin buscar la oportunidad de aclararla. Pascual no recordaba quién había evitado a quién. Sencillamente, no se habían hablado más y ninguno de ellos había buscado al otro. Pascual creía entenderlo: «Hace bien, se cura en salud. »

Desde muy temprano se había preparado para esto. Pascual se acordaba con nitidez de la época de la glorieta. Matías tenía entonces catorce y él doce años. A la hora de la siesta, mientras los padres descansaban y llegaba de la cocina el ruido de platos y de ollas y el runrún de las negras que durante el fregado intercambiaban los chismes del día, mientras el aire desidioso y caliente empujaba las hojas y de vez en cuando desprendía de ellas un bichopeludo repugnante y sedoso, Matías y él se tendían sobre los bancos de la glorieta a leer sus libros de vacaciones. Matías -arrollado, menudo, nervioso- miraba con desprecio las lecturas de Pascual (preferentemente, Buffalo Bill y Sandokan).

Pascual, por su parte dirigía algún vistazo reprobatorio a los títulos de ominosa sensiblería que exhibían los libros de su hermano (La hija del vi zconde, Madre y destino, La jíltima lágrima).

Entonces no coincidían en las lecturas; tampoco coincidieron luego en los amigos. Los compañeros de Pascual, que habían llegado trabajosamente hasta segundo de medicina, eran bromistas, enérgicos, desaforados. Los de Matías, que se aburrieron durante años en la misma mesa de café, eran desocupados de vagarosa abulia, tirando flojamente a intelectuales.

También Susana, la parienta pobre, los había separado. Matías fue el primero en enamorarse, y Pascual, que hasta ese momento se había fijado poco o nada en la primita, decidió impresionarla con sus torpes requiebros. Después de todo, un doble fracaso, ya que sorpresivamente Susana atrapó a un vejestorio adinerado y decidió confinarse en un hogar respetable, con razonables miras a una holgada viudez.

En una oportunidad, es cierto, los hermanos se habían unido y hasta regodeado en el asombro de sentirse solidarios: militaron en el mismo partido político y hasta figuraron en la lista del club. A menudo se encontrar ' on discutiendo, hombro a hombro, contra algún descreído, contra algún candidato a tránsfuga que registraba las promesas incumplidas, las fallas individuales de los pronombres. Pascual había pensado que, pese a sus disensiones, acaso no fuera demasiado tarde para sentir un arranque fraterno.

El padre ya había buscado y encontrado su síncope, de modo que noche a noche se quedaban a acompañar a la madre para distraería en lo posible de ese farragoso quebranto que iba a oprimir sin remedio sus últimos años. Después Matías se casó, y Pascual, que todavía hoy se aferraba a su paz de soltero, había dejado que se extinguiera esa modesta camaradería de la que, sin embargo, conservaron ambos un recuerdo agridulce.

Pero llegó la muerte de la madre, el único afecto estable que habían sostenido y del que Pascual no convalecería tan fácilmente. No hubo, en ninguno de sus frecuentes sueños, pesadilla más oprimente que esa visión de la pobre vieja queriendo desesperadamente irse de este mundo, con los gastados ojos llenos de zozobra cada vez que un bienintencionado le inventaba esperanzas. Pascual hubiera preferido una enfermedad con un síndrome y un foco precisos; no podía sobreponerse a la idea de que ella se hubiera muerto pura y exclusivamente de ganas de morir, de enrarecido hastío, de no querer aferrarse a noa. Sin embargo, a la compungiva sensación de no haberse hecho indispensable, de no haber conseguido que la madre desease, por lo menos, vivir por él, Pascual no podía, empero, rodearla de vergüenza. En él pesaba más la piedad, forzosamente deslumbrada por aquellos labios que no querían hablar, por aquellos ojos que no tenían ni siquiera tristeza.

Cuando ella terminó de morir, Matías y Susana tuvieron que ocuparse de todo, porque él estaba desquiciado, en un estado de semipostración y de sorpresa que no le dejaba mirarse a sí mismo sin compadecerse. Durantt- muchos días tuvo horror de que le hablaran de cifras, de intereses, de títulos. Una sola pregunta esperaba con ansia. Si Matías le hubiera ofrecido las joyas, las habría aceptado. Estaba dispuesto a entregar todo en cambio; se le había convertido en una estéril obsesión el guardar para sí aquel tesoro que cabía en una mano. No sabía exactamente por qué, pero le parecía lo más cercano a la madre, lo único que podía contenerla con mayor propiedad que aquel pobre cuerpo de los últimos meses. Ese collar, ese anillo, esos pendientes, eran aún la madre que sonreía, que todavía iba a fiestas, que daba el brazo al padre y lo invitaba a recorrer el jardín en remotas tardes de sombra vacilante.

Pero Matías no tocaba el tema. Intentó hablar de acciones; de tierras, de depósitos. Nada de las joyas. Pascual asentía: «Arreglalo corno quieras. Me da lo mismo.» Un pudor infrangible le vedaba extorsionar a Matías con su propio desamparo. Se sentía toscamente un pobre huérfano, tan desvalido como si hubiera tenido siete años, pero con la tediosa sensación de su chocante madurez, de que en adelante el llanto sólo iba a valer como un débil con uro de la piedad ajena.

Un día el hermano no vino a la entrevista concertada. «No quiere hablar. Mejor. Todo está claro.» En la conciencia de Pascual quedó definitivarnente confirmada la trampa de Matías, y cuando, dos meses más tarde, se cruzó con él en Mercedes y Piedad, ignoró provocativamente el pasito corto, la galera impecable, el habano legítimo, detalles que conocía tan bien como sus propios tics, como sus opacos y metódicos vicios.

No obstante, algo había que admitir. Gracias a la tenacidad de ese odio flamante, lleno en verdad de posibilidades, Pascual había logrado sobreponerse a la parálisis en que tendió a sumirle su autolástima. El odio a Matías lo había revivido, había dado pábulo a su diaria cavilación, creado el impulso útil para reintegrarle a su mundo de pocos estallidos, de esperadas y lentas repeticiones. Las joyas y su anhelada posesión terminaron por retroceder, por hacerse recuerdo, por conformarse con exaltar la bilis y apuntalar aquel ritual de abominación y de desprecio.

El collar, el anillo, los pendientes, que constituían el último nexo con la madre, y que, de todos modos, parecían afirmar su recuerdo, habían pasado a ser la imagen prócer que sostenía una oscura tradición, tan sólo eso.

Pascual soportaba la integridad de sus rencores. Reconocía que eran cuenta pendiente entre él y su hermano, nada más. No tenía por qué hablarlo con sienta, el abogado de Matías, ni con Sus cada vez menos amigos personales, ni siquiera con Susana, que una o dos veces por mes venía a tomar el té a, su apartamento de soltero (él la dejaba invitarse) y soltaba siempre, como al descuido, alguna preguntita destinada a averiguar qué misteriosa afrenta había ocasionado la ruptura. La confianza de tantos años autorizaba a Pascua¡ a contener la arremetedora curiosidad de la prima con un «qué te importa», que, sin llegar a molestarla, estaba visto que tampoco la saciaba, ya que en el té siguiente volvía a la carga con renovados bríos.

Susana se había convertido en una cincuentona costosamente vestida, pero el buen pasar de su viudez no había alcanzado para aligerarla de grasas ni menos aún para postergar una vejatorio y hombruna calvicie que, fuera de toda duda y bajo cualquier peluca, constituía el infranqueable martirio, la compensación abyecta de su buena vida. A veces Pascua¡, hombre de pocas y olvidadas pasiones, la contemplaba atento, como si no pudiera dar crédito a sus ojos, que inevitablemente tendían a compararla con la agradable coqueta de otrora, aquella buena pieza que en bailes y paseos, en carnavales de carruajes y flores, los había hecho suspirar a Matías y a él, por la posesión de su adorable cuerpecito.

Pero, francamente, ¿por qué iba a hablar con ella? Susana visitaba también a Matías y a su mujer. Los domingos generalmente almorzaba con ellos, después iban al Parque Rodó, a caminar por el borde del lago, a soportar sin comentarios el escándalo de los chicos en la calesita, para volver a eso de las siete, llenos de buen aire, sobre el vaivén del mismo tranvía. Susana no hallaba palabras para encarecerle a Pascual los deliciosos platos de Isoldita, la mujer de Matías, que hasta los cincuenta y tres años se había indignado puntualmente cada vez que alguien la llamaba con el diminutivo, pero que luego, cansada de su propia defensa, se había resignado -ya con dentadura postiza y reumatismo- a sentirse Isoldita.

Pascual no se conocía demasiado a sí mismo; en cambio conocía por experiencia los sorpresivos arranques de su prima. Una sola vez que hubiera hablado con ella de las joyas, habría bastado para asegurar la inmediata trasmisión a Matías de la equívoca, casi hedionda querella. En resumidas cuentas, Pascual había cortado el diálogo cori su hermano y no tenía intención de renovarlo.

¿No tenía esa intención? Muchas. veces había cumplido en sueños esto que ahora hacía: apretar el botón del timbre en la vieja casa de Millán. Siempre se había despertado rencoroso, pero ahora... ahora estaba implacablemente despierto, ahora no claudicaba sólo en el subconsciente, ahora estaba creando, en la realidad y con sus manos, su propia y necesaria humillación.

Todavía no podía creerlo. No lo había creído la tarde en que, al regresar del sepelio de Susana, se encontró con la notita de Sienta. No lo había creído una semana más tarde, cuando decidió llamar al abogado y éste le dijo que Matías quería hablarle, que (palabras de Matías) se trataba de algo impostergable, que fuera en seguida por la casa de Millán, porque él no podía salir, estaba enfermo. No lo había creído en el momento en que Sienta le arrancó la promesa y ahora, sin embargo, estaba aquí, desorientado, todavía indeciso, cuando en rigor ya de nada servía la indecisión. Había cedido, el timbre sonaba adentro y su corazón estaba viejo. Susana, la pobre y cargante Susana, se había ido, con peluca y todo, al fondo de la tierra. A Pascual le parecía sentir que en toda existencia, como en la diaria jornada, también llegaba una hora del Angelus, y que él estaba viviendo esa hora. Susana era ya un recuerdo inescrutable, que él no amaba ni nunca hubiera podido amar, pero que había dejado un módico vacío circundante.

Tanteó la puerta de hierro, sabiendo lo que hacía, y comprobó que estaba abierta. La empujó suavemente para que no rechinara, y penetró, después de veinticinco años, en el jardín de siempre. A la derecha, el cantero de malvones blancos y la estatua con los tres angelitos que seguían orinando. Después la piedra larga, donde en las mañanas de verano había jugado interminables solitarios de payana. Luego el abeto del Cáucaso, que había llegado en su cajoncito de procedencia europea, aunque no precisamente del Cáucaso, y que todos anunciaron que se iba a secar. Allá atrás, medio oculta por la casa, la glorieta; uno de los bancos se había roto, y las hojas -quién sabe- parecían más débiles y oscuras.

Entonces la puerta se abrió y Pascual vio algo así como la madre de Isoldita, o la tía, o acaso una parienta vieja, que no sabía exactamente qué decir. Pero la sonrisa conservaba su nombre. «¿Cómo le va, Isoldita?», dijo con cierta vergüenza. Ella le tendió la mano y él sintió la obligación de entrar, la horrible curiosidad de intrc>ducirse en la sala y enfrentarse al gran retrato al óleo de la madre, hecho por aquel pintor vasco que había cobrado trescientos pesos por olvidar el tiempo y las arrugas. No se detuvo allí, pasó rápidamente siguiendo a Isoldita, pero la ojeada le bastó para comprobar qué poco recordaba de aquel rostro. La cuñada llevaba luto, por Susana, claro, y toda la casa estaba a oscuras, las persianas cerradas y hasta un toldo corrido. «Matías está arriba», dijo ella, como disculpándose. Pascual se sintió levemente mareado. En rigor le vino una bocanada de asco al sentir un dolor agudo en las coyunturas por el esfuerzo de subir esa misma escalera que antes había trepado en cuatro saltos.

Isoldita abrió la puerta y con las cejas le indicó que entrara. Era el antiguo dormitorio de la madre pero estaba él -¿era «eso» Matías?- en el lado izquierdo de la cama con una bufanda grisácea, los ojos abo;agados y el cabello en mechones. Pascual se acercó, cada paso costándole una,vida, y Matías dijo, sin esfuerzo aparente: «Sentate allí, por favor. » Se sentó, no había abierto la boca y el otro ya agregaba: «Mirá, tenía que hablarte. Ha habido un mal entendido ¿sabés?» Pascual sintió un repentino calor en las sienes y movió los labios: « ¿Te parece?» Matías estaba nervioso, con las manos estrujaba la colcha y no hallaba acomodo.

De pronto empezó a hablar, lo dijo todo casi de un tirón. Más tarde Pascual iba a recordar confusamente que él había querido interrumpir la explicación, pero que de nada había servido. Matías, aflebrado, incrustando las palabras en su propia tos, gritando a veces, acomodando maquinalmente la almohada que siempre tendía a resbalársele detrás de la cabeza, parecía afanoso por llegar al final, por convencerse de que el otro entendía: «Voy a serte franco. Claro, quizás ya no sea tiempo de ser franco. Pensarás así y tendrás razón, toda la razón del mundo. Lo cierto es que cuando murió mamá... el quince hizo veinticinco años, parece mentira... yo dejé de verte, de hablarte... te juro que habías terminado para mí... Sí, ya sé, no viniste a verme, me negaste el saludo, eso fue lo peor, porque yo creía que no querías hablarme de las joyas... Claro, claro... Ya sé que no, pero entonces lo ignoraba todo. Sólo comprendía que no querías-hablarme porque te habías llevado el collar, los anillos, los pendientes... Para mí eso era indiscutible, porque habían desaparecido y vos no hablabas de ese tema prohibido. Yo no sé qué habrán representado para vos; para mí, al ínenos, eran la presencia de mamá. Por eso no podía perdonarte, ¿me entendés? No podía perdonarte que no quisieras hablar del asunto, y, a la vez (aquí está mi necedad), no quería hablarte yo. Comprendé que yo no podía pedirte nada. Esperé que vinieras, no sabés con qué ansia esperé que vinieras. ¡Pero cómo te odiaba! Durante veinticinco años, día por día, ¿no te parece francamente horrible? Quién sabe hasta cuándo se hubiera estirado ese rencor si no muere Susana... Nos llamó hace unos días, ¿sabés? Apenas podía hablar, pero nos dio las joyas. Era ella, la cretina. Se las había llevado cuando la muerte de mamá. Ella, la inmunda Isoldita la miraba y no podía creerlo. Veinticinco años... ¿te das cuenta? Y yo sin hablarte... yo sin verte ... »

Sólo entonces parece aflojarse y relajar un poco músculos y nervios. Pero en seguida recuerda lo demás y se apoya en la mesita de noche. Las manos le tiemblan un poco, pero abre ruidosamente uno de los cajones y saca un paquete verde y alargado. «Tomá», dice, y lo tiende a Pascual. «Tomá, te digo. Quiero castigarme por mi necedad, por mi desconfianza. Ahora que al fin tengo las joyas, quiero que te las lleves. ¿Entendés?»

Pascual no dice nada. Tiene sobre las rodillas el paquetito verde y se siente como nunca ridículo. Trata de pensar: «De modo que Susana ... », pero ya Matías ha arrancado de nuevo y habla a los tirones: «Hay que recuperar el tiempo perdido. Quiero tener otra vez un hermano. Quiero que vengas a vivir con nosotros, aquí, en tu casa. Isoldita también te lo pide. »

Pascual balbucea que lo va a pensar, que ya habrá tiempo para discutirlo con calma. No puede más, eso es lo grave. Quiere salir de la sorpresa, saber a ciencia cierta qué piensa de esto, pero la voz del otro lo acorrala, le exige -como el más adecuado recibo de las joyas- el fétido perdón.

Matías tiene ahora otro acceso de tos, mucho más violento que los anteriores, y Pascual aprovecha la tregua para ponerse de pie, murmurar cualquier evasiva, prometiendo volver, y estrechar el sudor de aquella mano que parece gemela de la suya. " cuñada que ha asistido, sin pronunciarse, a todo el arrepentimiento, lo acompaña otra vez hasta la puerta. «Adiós, Isolda», dice, y ella, agradecida, no le exige que vuelva.

Mira sin nostalgia la piedra larga y los angelitos, cierra la puerta de hierro de modo que rechine, y de nuevo se encuentra en la calle. A decir verdad, no ha claudicado. La mano izquierda sigue apretando el paquete y él siente de pronto unas ganas irrefrenables de fumar. Entonces se detiene en la esquina, enciende un cigarrillo, y al sentir en el paladar la vieja fruición del humo, ve repentinamente todo claro. Ahora las joyas ya no importan, el odio hacia Matías sigue intacto; la prima Susana que en paz descanse.

La higuera

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos, que nunca
de apretados capullos se viste...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
"Es la higuera el mas bello
de los árboles todos del huerto".

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡Que dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
"Hoy a mí me dijeron hermosa".

viernes, 3 de septiembre de 2010

Lingüistas

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del congreso internacional de lingüítica y afines, la hermosa taquígrafa regogió sus lápices y sus papeles y se dirigó a la salida abiéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, eniólogos, críticos estructuralistas y deconstruccionalistas, todos los cuales siguieron su barboso desplazamiento con una admiración rallana en la grosemática. De pronto, las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica: ¡Qué sintagma, qué polisemia, qué significante, qué diacronía, qué centrar ceterorum, qué zungespitze, qué morfema! La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonémas. Solo se la vió sonreír, alagada y, tal vez, vulnerable, cuando el jóven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: ¡Cosita linda!

viernes, 27 de agosto de 2010

El Tigre de Horacio Quiroga

Nunca vimos en los animales de casa orgullo mayor que el que sintió nuestra gata cuando le dimos a amamantar una tigrecita recién nacida.

La olfateó largos minutos por todas partes hasta volverla de vientre; y por más largo rato aún, la lamió, la alisó y la peinó sin parar mientes en el ronguido de la fierecilla, que, comparado con la queja maullante de los otros gatitos, semejaba un trueno.

Desde ese instante y durante los nueve días en que la gata amamantó a la fiera, no tuvo ojos más que para aquella espléndida y robusta hija llovida del cielo.

Todo el campo mamario pertenecia de hecho y derecho a la roncante princesa. A uno y otro lado de sus tensas patas, opuestas como vallas infranqueables, los gatitos legítimos aullaban de hambre.

La tigre Abrió, por fin. Los ojos y, desde ese momento, entró a nuestro cuidado. Pero, qué cuidado! Mamaderas entiabas, dosificadas y vigiladas con atención extrema; imposibilidad para incorporarnos libremente, pues la tigrecilla estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela, más tarde, para
atender los dolores de vientre de nuestra pupila, que se revolcaba con atroces calambres y sacudía las patas con una violencia que parecía iba a romperlas. Y, al final, sus largos quejidos de extenuación, absolutamente humanos. Y los paños calientes, y aquellos minutos de mirada atónita y velada por el aplastamiento, durante los cuales no nos reconocía.

No es de extrañar, así, que la salvaje criatura sintiera por nosotros toda la predilección que un animal siente por lo único que desde nacer se vio a su lado.

Nos seguía por los caminos, ente los perros y un coatí, ocupando siempre el centro de la calle.

Caminaba con la cabeza Baja, sin parecer ver a nadie, y menos todavía a los peones, estupefactos ante su presencia bien insólita en una carretera pública.

Y mientras los perros y el coatí se revolvían por las profundas cunetas del camino, ella, la real fiera de dos meses, seguía gravemente a tres metros detrás de nosotros, con su gran lazo celeste al cuello y sus ojos del mismo color.

Con los animalitos de presa se suscita, tarde o temprano, el problema de la alimentación con carne viva.

Nuestro problema, retardado por una constante vigilancia, estalló un día, llevándose la vida de nuestra predilecta con él.

La joven tigre no comía sino carne cocida. Jamás había probado otra cosa. Aún más; desdeñaba la carne cruda, según lo verificamos una y otra vez. Nunca le notamos interés alguno por las ratas del campo que de noche cruzaban el patio y, menos aún, por las gallinas, rodeadas entonces de pollos.

Una gallina nuestra, gran preferida de la casa, criada al lado de las tazas de café con leche, sacó en esos días pollitos. Como madre, era aquella gallina única; no perdía jamás un pollo. La casa, pues, estaba de parabienes.

Un mediodía de ésos, oímos en el patio los estertores de agonía de nuestra gallina, exactamente como si la estrangularan. Salté afuera y vi a nuestra tigre, erizada y espumando sangre por la boca, prendida con garras y dientes del cuello de la gallina.

Más nervioso de lo que yo hubiera querido estar, cogí a la fierecilla por el cuello y la arrojé rodando por el piso de arena del patio y sin intención de hacerle daño.

Pero no tuve suerte. En un costado del mismo patio, entre dos palmeras, había ese día una piedra. Jamás había estado allí. Era en casa un rígido dogma el que no hubiera nunca piedras en el patio. Girando sobre sí misma, nuestra tigre alcanzó hasta la piedra y golpeó contra ella la cabeza. La fatalidad procede a veces así.

Dos horas después nuestra pupila moría. No fue esa tarde un día feliz para nosotros.

Cuatro años más tarde, hallé entre los bambúes de casa, pero no en el suelo, sino a varios metros de altura, mi cuchillo de monte con que mis chicos habían cavado la fosa para la tigresita y que ellos habían olvidado de recoger después del entierro.

Había quedado, sin duda, sujeto entre los gajos nacientes de algún pequeño bambú. Y, con su crecimiento de cuatro años, la caña había arrastrado mi cuchillo hasta allá.

Calidoscopio - Ray Bradbury

El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

-¡Woode, Woode!

-¡Capitán!

-Hollis, Hollis, aquí Stone.

-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

-Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

-Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

-Depende de tu velocidad y la mía.

-Una hora, supongo.

-Algo así -dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

-¿Qué sucedió? -preguntó Hollis al cabo de un minuto.

-El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

-¿Hacia dónde caes?

-Creo que me estrellaré en el Sol.

-Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

-¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! -exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

-¿Quién habla?

-No lo sé.

-Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

-Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

-Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

-¿Stimson?

-Sí -replicó por fin.

-Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

-No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

-Hay una posibilidad de que nos encuentren.

-Si, sí, seguro -dijo Stimson-. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

-Es una pesadilla -dijo alguien.

-¡Cállate! -ordenó Hollis.

-Ven y hazme callar -contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria-. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo..., y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

-¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

"Da lo mismo -pensó Hollis-. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?"

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

-Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

-Aquí Applegate otra vez.

-¿Qué hay, Applegate?

-Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

-Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

-Capitán, ¿por qué no se calla?

-¿Qué?

-Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

-¡Compórtese, Applegate!

-No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

-¡Le ordeno que se calle!

-Adelante, vuelva a ordenarlo. -Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más-. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

-Quiero confesarte algo -prosiguió Applegate-. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

-¿Estás enfadado, Hollis?

-No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

-Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

-No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombros estaba hablando.

-Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

"Pero ahora estás aquí -pensó Hollis-. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca."

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

-¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

-¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

-¿Quién habla? -preguntó Lespere temblorosamente.

-Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

-Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

-No.

-Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

-¡Sí, es mejor!

-¿Por qué?

-Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! -gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

-¿Y para qué te sirve eso? -gritó a Lespere-. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

-Estoy tranquilo -contestó Lespere-. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

-¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. "Perverso". La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

-Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson... Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la "serenidad", que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

-Sé lo que sientes, Hollis -dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada-. No me has ofendido.

"Pero, ¿no somos iguales? -se preguntó un aturdido Hollis-. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra."

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

-¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

-Aquí Applegate de nuevo -dijo la voz.

-Sí.

-He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

-Sí

-Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

-Gracias, Applegate.

-No hay de qué. Y anímate, bobo.

-¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

-¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

-Debe de haber muerto.

-No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta...

-Es él. Escuchad.

-¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

-No contestará.

-Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.

-Es él, escuchen.

Una respiración apenas audible, el silencio.

-Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.

-¡Eh! -dijo Stone.

-¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

-Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

-¿Meteoritos?

-Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!

Silencio.

-Me voy con ellos -prosiguió Stone-. Me llevan con ellos. Estoy condenado. -Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

-Adiós, Hollis. -La voz de Stone, ya muy debilitada-. Adiós.

-Buena suerte -gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

-No te hagas el gracioso -dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

-Adiós.

-Tómatelo con calma.

-Adiós, Hollis -dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood... Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

"¿Y yo? -pensó Hollis-. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta... Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra."

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz... Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

"Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro."

-Me pregunto si alguien me verá -dijo en voz alta.

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

-¡Mira, mamá! ¡Mira! -gritó-. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

-Pide un deseo -dijo la madre del niño-. Pide un deseo.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...