Conviene que te prepares para lo peor.
Así, en la entonación preocupada y amiga de Octavio, no sólo médico sino sobre todo ex compañero de liceo, la frase socorrida, casi sin detenerse en el oído de Marlano, había repercutido en su vientre, allí donde el dolor insistía desde hacía cuatro semanas. En aquel ins~ tante había disimulado, había sonreído amargamente, y hasta había dicho: «no te preocupes, hace mucho que estoy preparado». Mentira, no lo estaba, no lo había estado nunca. Cuando le había pedido encarecidamente a Octavio que, en mérito a su antigua amistad («te juro que yo sería capaz de hacer lo mismo contigo»), le dijera el diagnóstico verdadero, lo había hecho con la secreta esperanza de que el viejo camarada le dijera la verdad, sí, pero que esa verdad fuera su salvación y no su condena. Pero Octavio había tomado al pie de la letra su apelación al antiguo afecto que los unía, le había consagrado una hora y media de su acosado tiempo para examinarlo y reexaminarlo, y luego, con los ojos inevitablemente húmedos tras los gruesos cristales, había empezado a dorarle la píldora: «Es imposible decirte desde ya de qué se trata. Habrá que hacer análisis, radiografías una completa historia clínica. Y eso va a demorar un poco. Lo único que podría decirte es que de este primer examen no saco una buena impresión. Te descuidaste mucho. Debías haberme visto no bien sentiste la primera molestia.» Y luego el anuncio del primer golpe directo: «Ya que me pedís, en nombre de nuestra amistad, que sea estrictamente sincero contigo, te diría que, por las dudas ... » Y se había detenido, se había quitado los anteojos, y los había limpiado con el borde de la túnica. lJn gesto escasamente profiláctico, había alcanzado a pensar Marlano en medio de su desgarradora expectativa. «Por las dudas ¿qué?», preguntó, tratando de que el tono fuera sobrio, casi indiferente. Y ahí se desplomó el cielo: «Conviene que te prepares para lo peor. »
De eso hacía nueve días. Después vino la serie de análisis, radiografias, etc. Había aguantado los pinchazos y las propias desnudeces con una entereza de la que no se creía capaz. En una sola ocasión, cuando volvió a casa y se encontró solo (Agueda había salido con los chicos, su padre estaba en el Interior), había perdido todo dominio de sí mismo, y allí, de pie, frente a la ventana abierta de par en par, en su estudio inundado por el más espléndido sol de otoño, había llorado como una criatura, sin molestarse siquiera por enjugar sus lágrimas. Esperanza, esperanzas, hay esperanza, hay esperanzas, unas veces en singular y otras en plural; Octavio se lo había repetido de cien modos distintos, con sonrisas, con bromas, con piedad, con palmadas amistosas, con semiabrazos, con recuerdos del liceo, con saludos a Agueda, con ceño escéptico, con ojos entornados, con tics nerviosos, con preguntas sobre los chicos. Seguramente estaba arrepentido de haber sido brutalmente sincero y quería de algún modo amortiguar los efectos del golpe. Seguramente. Pero ¿y si hubiera esperanzas? 0 una sola. Alcanzaba con una escueta esperanza, un a diminuta esperancita en mínimo singular. ¿Y si los análisis, las placas, y otros fastidios, decían al fin en su lenguaje esotérico, en su profecía en clave, que la vida tenía permiso para unos años más? No pedía mucho: cinco años, mejor diez. Ahora que atravesaba la Plaza Independencia para encontrarse con Octavio y su dictamen final (condena o aplazamiento o absolución), sentía que esos singulares y plurales de la esperanza habían, pese a todo, germinado en él. Quizá ello se debía a que el dolor había disminuido considerablemente, aunque no se le ocultaba que acaso tuvieran algo que ver con ese alivio las pastillas recetadas por Octavio e ingeridas puntualmente por él. Pero, mientras tanto, al acercarse a la meta, su expectativa se volvía casi insoportable. En determinado momento, se le aflojaron las piernas; se dijo que no podía llegar al consultorio en ese estado, y decidió sentarse en un banco de la plaza. Rechazó con la cabeza la oferta del lustrabotas (no se sentía con fuerzas como para entablar el consabido diálogo sobre el tiempo y la inflación), y esperó a tranquilizarse. Agueda y Susana. Susana y Agueda. ¿Cuál sería el orden preferencial? ¿Ni siquiera en este instante era capaz de decidirlo? ÿgueda era la comprensión y la incomprensión ya estratificadas; la frontera ya sin litigios; el presente repetido (pero también había una calidez insustituible en la repetición); los años y años de pronosticarse mutuamente, de saberse de memoria; los dos hijos, los dos hijos. Susana era la clandestinidad, la sorpresa (pero también la sorpresa iba evolucionando hacia el hábito), las zonas de vida desconocida, no compartidas, en sombra; la reyerta y la reconciliación conmovedoras; los celos conservadores y los celos revolucionarios; la frontera indecisa, la caricia nueva (que insensiblemente se iba pareciendo al gesto repetido), el no pronosticarse sino adivinarse, el no saberse de memoria sino de intuición. Agueda y Susana, Susana y ÿgueda. No podía decidirlo. Y no podía (acababa de advertirlo en el preciso instante en que debió saludar con la mano a un antiguo compañero de trabajo), sencillamente porque pensaba en ellas como cosas suyas, como sectores de Mariano Ojeda, y no como vidas independientes, como seres que vivían por cuenta y propios. Agueda y Susana, Susana y Agueda, eran en este instante partes de su organismo, tan suyas como esa abyecta, fatigada entraña que lo amenazaba. Además estaban Coco y sobre todo Selvita, claro, pero él no quería, no, no quería, no, no quería ahora pensar en los chicos, aunque se daba cuenta de que en algún momento tendría que afrontarlo, no quería pensar porque entonces sí se derrumbaría y ni siquiera tendría fuerzas para llegar al consultorio. Había que ser honesto, sin embargo, y reconocer de antemano que allí iba a ser menos egoísta, más increíblemente generoso, porque si se destrozaba en ese pensamiento (y seguramente se iba a destrozar) no sería pensando en sí mismo sino en ellos, o por lo menos más en ellos que en sí mismo, más en la novata tristeza que los acechaba que en la propia y veterana noción de quedarse sin ellos. Sin ellos, bah, sin nadie, sin nada. Sin los hijos, sin la mujer, sin la amante. Pero también sin el sol, este sol; sin esas nubes flacas, esmirriadas, a tono con el país; sin esos pobres, avergonzados, legítimos restos de la Pasiva; sin la rutina (bendita, querida, dulce, afrodisíaco, abrigada, perfecta rutina) de la Cala Núm. 3 y sus arqueos y sus largamente buscadas pero siempre halladas diferencias; sin su minuciosa lectura del diario en el café, junto al gran ventanal de Andes; sin su cruce de bromas con el mozo; sin los vértigos dulzones que sobrevienen al mirar el mar y sobre todo al mirar el cielo; sin esta gente apurada, feliz porque no sabe nada de si misma, que corre a mentirse, a asegurar su butaca en la eternidad o a comentar el encantador heroísmo de los otros; sin el descanso como bálsamo; sin los libros como borrachera; sin el alcohol como resorte; sin el sueño como muerte; sin la vida como vigilia; sin la vida, simplemente.
Ahí tocó fondo su desesperación, y, paradójicamente, eso mismo le permitió rehacerse. Se puso de pie, comprobó que las piernas le respondían, y acabó de cruzar la plaza. Entró en el café, pidió un cortado, lo tomó lentamente, sin agitación exterior ni interior, con la mente poco menos que en blanco. Vio cómo el sol se debilitaba, cómo iban desapareciendo sus últimas estrías. Antes de que se encendieran los focos del alumbrado, pagó su consumición, dejó la propina de siempre, y caminó cuatro cuadras, dobló por Río Negro a la derecha, y a mitad de cuadra se detuvo, subió hasta un quinto piso, y oprimió el botón del timbre 'unto a la chapita de bronce: Dr. Octavio Massa, médico.
-Lo que me temía.
Lo que me temía era, en estas circunstancias, sinónimo de lo peor. Octavio había hablado larga, calmosamenre, había recurrido sin duda a su mejor repertorio en materia de consuelo y confortación, pero Mariano lo había oído en silencio, incluso con una sonrisa estable que no tenía por objeto desorientar a su amigo, pero que con seguridad lo había desorientado. «Pero si estoy bien», dijo tan sólo, cuando Octavio lo interrogó, preocupado. «Además», dijo el médico, con el tono de quien extrae de la manga un naipe oculto, «además vamos a hacer todo lo que sea necesario, y estoy seguro, entendés, seguro, que una operación sería un éxito. Por otra parte, no hay demasiada urgencia. Tenemos por lo menos un par de semanas para fortalecerse con calma, con paciencia, con regularidad. No te digo que debas alegrarte, Mariano, ni despreocuparte, pero tampoco es para tomarlo a la tremenda. Hoy en día estamos mucho mejor armados para luchar contra ... » Y así sucesivamente Mariano sintió de pronto una implacable urgencia en abandonar el consultorio, no precisamente para volver a la desesperación. La seguridad del diagnóstico le había provocado, era increíble, una sensación de alivio, pero también la necesidad de estar solo, algo así como una ansiosa curiosidad por disfrutar la nueva certeza. Así, mientras Octavio seguía diciendo: «... y además da la casualidad que soy bastante amigo del médico de tu Banco, así que no habrá ningún inconveniente para que te tomes todo el tiempo necesario y.. », Mariano sonreía, y no era la suya una sonrisa amarga, resentida, sino (por primera vez en muchos días) de algún modo satisfecha, conforme.
Desde que salió del ascensor y vio nuevamente la calle, se enfrentó a un estado de ánimo que le pareció una revelación. Era de noche, claro, pero ¿por qué las luces quedaban tan lejos? ¿Por qué no entendía, ni quería entender, la leyenda móvil del letrero luminoso que estaba frente a él? La calle era un gran canal, sí, pero ¿por qué esas figuras, que pasaban a medio metro de su mano, eran sin embargo imágenes desprendidas, como percibidas en un film que tuviera color pero que en cambio se beneficiara (porque en realidad era una mejora) con una banda sonora sin ajuste, en la que cada ruido llegaba a él como a través de infinitos intermediarios, hasta dejar en sus oídos sólo un amortiguado eco de otros ecos amortiguados? La calle era un canal cada vez más ancho, de acuerdo, pero ¿por qué las casas de enfrente se empequeñecían hasta abandonarlo, hasta dejarlo enclaustrado en su estupefacción? Un canal, nada menos que un canal, pero ¿por qué los focos de los autos que se acercaban velozmente, se iban reduciendo, reduciendo, hasta parecer linternas de bolsillo? Tuvo la sensación de que la baldosa que pisaba se convertía de pronto en una isla, una baldosa leprosa que era higiénicamente discriminada por las baldosas saludables. Tuvo la sensación de que los objetos se iban, se apartaban locamente de él pero sin admitir que se apartaban. Una fuga hipócrita, eso mismo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? De todos modos, aquella vertiginosa huida de las cosas y de los seres, del suelo y del cielo, le daba una suerte de poder. ¿Y esto podía ser la muerte, nada más ue esto?, pensó con inesperada avidez. Sin embargo estaba vivo. Ni Agueda, ni Susana, ni Coco, ni Selvita, ni Octavio, ni su padre en el Interior, ni la Caja Núm. 3. Sólo ese foco de luz, enorme, es decir enorme al principio, que venía quién sabe de dónde, no tan enorme después, valía la pena dejar la isla baldosa, más chico luego, valía la pena afrontarlo todo en medio de la calle, pequeño, más pequeño, sí, insignificante, aquí mismo, no importa que los demás huyan, si el foco, el foquito, se acerca alejándose, aquí mismo, aquí mismo, la linternita, la luciérnaga, cada vez más lejos y más cerca, a diez kilómetros y también a diez centímetros de unos ojos que nunca más habrán de encandilarse.
lunes, 4 de julio de 2011
domingo, 3 de julio de 2011
El sexo de los ángeles
Una de las más lamentables carencia de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato nunca confirmado de que los ángeles no hacen el amor, quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales. Otra versión, tampoco confirmada, pero más verosímil sugiere que, si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos por la mera razón que carecen de erotismo lo celebran, en cambio, con palabras, vale decir, con las orejas. Así, cada vez que Angel y Angela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y sentarse mediante el intercambio de miradas, que, por supuesto, son angelicales. Y si Angel para abrir el fuego dice "Semilla", Angela para atizarlo responde "Surco". El dice "Alud" y ella tiernamente "Abismo". Las palabras se cruzan vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos, Angel dice "Madero" y Angela "Caverna". Aletean por ahí un ángel de la guarda misógino y silente y un ángel de la muerte viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe. Sigue silabeando su amor. El dice "Manantial" y ella " Cuenca". Las sílabas se impregnan de rocío y aquí y allá, entre cristales de nieve, circula en el aire, sus expectativas. Angel dice "Estoqueo" y Angela radiante, "Herida", el dice "Tañido" y ella dice "Relato". Y en el preciso instante del orgasmo intraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos se estremecen, entremolan, estallan y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.
Su amor no era sencillo
Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
REPORTAJE ENDIABLADO - Roberto J. Payró
I
-¡Váyase usted al infierno!
-Inmediatamente, señor Director.
II
En la antesala no había nadie, y profundo silencio reinaba en las oficinas infernales. Me atreví a asomar las narices por la puerta de una especie de alcoba, y quedé estupefacto: Satanás dormía la siesta a las dos de la tarde, como cualquier funcionario del interior. Debí hacer ruido porque mi hombre despertó, y, restregándose los ojos y en medio de un bostezo, preguntó malhumorado:
-¿Quién es? ¿Qué se le ofrece? ¿A quién busca?
-¿Tengo el honor de hablar con el señor Satanás en persona? Soy repórter... y venía...
-Sí, sí: reporter; ya sé... Tengo muchos aquí. Me aburren todo el día a fuerza de preguntas...Son un verdadero suplicio... Usted también querrá preguntarme,
¿no?
-En efecto, y si usted permite...El lugar que ocupa, la importancia de sus funciones y la trascendencia que tendrá su actitud en las actuales circunstancias, tan erizadas de dificultades y peligros...
-Ta, ta, ta, señor repórter. Está usted muy atrasado de noticias, cuando no sabe que me he retirado a la vida privada. Sí, amigo, sólo quiero silencio y olvido, y que se me deje gozar en paz de mis rentas... ¡Bastante he trabajado en esta última cincuentena de siglos...!
A todo esto, Satanás se había sentado a la orilla del catre, y se abrochaba los botines de suela angosta y larga, una de sus grandes invenciones.
-Sin embargo -exclamé-, su opinión es tan decisiva, influirá tanto en la marcha ulterior de los sucesos, que sería un triunfo conseguir esa primicia y darla a publicidad. Además, usted está en el deber de decir una palabra y el director sabe muy bien cuándo debe mandarnos al diablo...
-¡Pues, amigo! -contestó Satanás, desperezándose hasta descoyuntarse-, viene usted mal. No sé nada de lo que ocurre, y no estoy para ocuparme de tonterías.
-Pero ¿no dicen que maneja usted el mundo en compañía de la carne?
-Eso fue, hace siglos... por inexperiencia. Siéntese.
Él se tendió en un sofá, ofreciéndome una silla.
-¿Y ahora? -inquirí.
-Ahora, la humanidad se maneja a su antojo, y, como anda dada al diablo, y la vida es un infierno, poco tengo que preocuparme de ella. Ella se lo guisa, ella se lo come, y las zahúrdas de Plutón, como llamó Quevedo a nuestra residencia, están más pobladas que nunca...
-¿Ha modernizado usted los sistemas?
-En efecto: he adoptado el de las sociedades anónimas y he convertido mi gran establecimiento en una compañía de que soy el principal accionista. Le presto mi nombre, maneja mis capitales y me da mi parte de los dividendos sin exigir nada de mi.
-Pero las tentaciones...
-La gente se tienta sola, amigo. Antes, me daba un trabajo de todos los demonios para hacer pecar a unos cuantos pobres diablos que no me dejaban tiempo para nada. Muchas veces tenía que pasarme días enteros en una miserable tentación, que solía fracasar porque, por atender a éste, descuidaba a aquéllos, y todo iba como el diablo. Hasta estuve por hacer bancarrota en una ocasión...
-¿Los gastos son muchos?
-Ahora no. El sistema moderno tiene grandes ventajas: sin riesgos, sin alternativas graves; no tengo sino una responsabilidad limitada, y la empresa prospera a vista de ojo. El costo del funcionamiento es pequeño, porque los hornos eléctricos son muy económicos, exigen poco personal y sustituyen con ventaja a las calderas de pez hirviendo, sucias, antihigiénicas y de un gasto bárbaro. Pero Botero lo maneja todo por medio de conmutadores, desde su oficina, y los tres condenados del motor y las dínamos, que trabajan como unos ángeles, están hoy en el Paraíso gracias a la sencillez de la maquinaria.
¡Oh!, el infierno, confortable y bien alumbrado, está limpio como una patena, y da envidia a los conservadores retrógrados del Cielo, que ni siquiera tienen pavimentos de asfalto...
-Muy bien. Pero ¿qué hace usted para que no disminuya la inmigración?
-Nada.
-¡Cómo así! -exclamé con asombro.
-La gente se ha hecho muy desconfiada, y no hay que despertar sospechas con ofrecimientos de ninguna especie.
-No comprendo.
-¡Inocente! Si usted ofrece algo a su prójimo, así, de buenas a primeras, le hace temer que haya trampa, y se malogra el negocio. Ahora dejo que mis competidores ofrezcan el Cielo, con estrellas y todo; yo me callo, y, como es natural, la clientela toma el camino de mi casa convencida de que no le daremos aquí gato por liebre.
Y Satanás se levantó, dando por terminada la entrevista.
-Pero ¿y los pactos con el diablo? -pregunté al despedirme.
-¡Oh! ¡Antigualla!, vieux jeu, engañabobos contraproducente. ¡Cuantos he tenido que protestar, al divino botón, porque no me han pagado ni por ésas! Melmoth se reconcilió. El mismo Fausto, a quien di plata, juventud, una linda moza y qué se yo qué más, me estafó al fin, me hizo el cuento del tío...Ahora no doy, ni prometo nada... Los ricos vienen porque tienen dinero, los pobres porque quieren tenerlo... Y yo paso tranquilamente mi eternidad. Buenas tardes.
-Para servir a usted.
-Cuando esté desocupado, véngase a mis five o´clock. Tenemos canto llano, y un predicador estupendo...
Fuente: PAYRÓ, ROBERTO J., Violines y toneles. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1968
-¡Váyase usted al infierno!
-Inmediatamente, señor Director.
II
En la antesala no había nadie, y profundo silencio reinaba en las oficinas infernales. Me atreví a asomar las narices por la puerta de una especie de alcoba, y quedé estupefacto: Satanás dormía la siesta a las dos de la tarde, como cualquier funcionario del interior. Debí hacer ruido porque mi hombre despertó, y, restregándose los ojos y en medio de un bostezo, preguntó malhumorado:
-¿Quién es? ¿Qué se le ofrece? ¿A quién busca?
-¿Tengo el honor de hablar con el señor Satanás en persona? Soy repórter... y venía...
-Sí, sí: reporter; ya sé... Tengo muchos aquí. Me aburren todo el día a fuerza de preguntas...Son un verdadero suplicio... Usted también querrá preguntarme,
¿no?
-En efecto, y si usted permite...El lugar que ocupa, la importancia de sus funciones y la trascendencia que tendrá su actitud en las actuales circunstancias, tan erizadas de dificultades y peligros...
-Ta, ta, ta, señor repórter. Está usted muy atrasado de noticias, cuando no sabe que me he retirado a la vida privada. Sí, amigo, sólo quiero silencio y olvido, y que se me deje gozar en paz de mis rentas... ¡Bastante he trabajado en esta última cincuentena de siglos...!
A todo esto, Satanás se había sentado a la orilla del catre, y se abrochaba los botines de suela angosta y larga, una de sus grandes invenciones.
-Sin embargo -exclamé-, su opinión es tan decisiva, influirá tanto en la marcha ulterior de los sucesos, que sería un triunfo conseguir esa primicia y darla a publicidad. Además, usted está en el deber de decir una palabra y el director sabe muy bien cuándo debe mandarnos al diablo...
-¡Pues, amigo! -contestó Satanás, desperezándose hasta descoyuntarse-, viene usted mal. No sé nada de lo que ocurre, y no estoy para ocuparme de tonterías.
-Pero ¿no dicen que maneja usted el mundo en compañía de la carne?
-Eso fue, hace siglos... por inexperiencia. Siéntese.
Él se tendió en un sofá, ofreciéndome una silla.
-¿Y ahora? -inquirí.
-Ahora, la humanidad se maneja a su antojo, y, como anda dada al diablo, y la vida es un infierno, poco tengo que preocuparme de ella. Ella se lo guisa, ella se lo come, y las zahúrdas de Plutón, como llamó Quevedo a nuestra residencia, están más pobladas que nunca...
-¿Ha modernizado usted los sistemas?
-En efecto: he adoptado el de las sociedades anónimas y he convertido mi gran establecimiento en una compañía de que soy el principal accionista. Le presto mi nombre, maneja mis capitales y me da mi parte de los dividendos sin exigir nada de mi.
-Pero las tentaciones...
-La gente se tienta sola, amigo. Antes, me daba un trabajo de todos los demonios para hacer pecar a unos cuantos pobres diablos que no me dejaban tiempo para nada. Muchas veces tenía que pasarme días enteros en una miserable tentación, que solía fracasar porque, por atender a éste, descuidaba a aquéllos, y todo iba como el diablo. Hasta estuve por hacer bancarrota en una ocasión...
-¿Los gastos son muchos?
-Ahora no. El sistema moderno tiene grandes ventajas: sin riesgos, sin alternativas graves; no tengo sino una responsabilidad limitada, y la empresa prospera a vista de ojo. El costo del funcionamiento es pequeño, porque los hornos eléctricos son muy económicos, exigen poco personal y sustituyen con ventaja a las calderas de pez hirviendo, sucias, antihigiénicas y de un gasto bárbaro. Pero Botero lo maneja todo por medio de conmutadores, desde su oficina, y los tres condenados del motor y las dínamos, que trabajan como unos ángeles, están hoy en el Paraíso gracias a la sencillez de la maquinaria.
¡Oh!, el infierno, confortable y bien alumbrado, está limpio como una patena, y da envidia a los conservadores retrógrados del Cielo, que ni siquiera tienen pavimentos de asfalto...
-Muy bien. Pero ¿qué hace usted para que no disminuya la inmigración?
-Nada.
-¡Cómo así! -exclamé con asombro.
-La gente se ha hecho muy desconfiada, y no hay que despertar sospechas con ofrecimientos de ninguna especie.
-No comprendo.
-¡Inocente! Si usted ofrece algo a su prójimo, así, de buenas a primeras, le hace temer que haya trampa, y se malogra el negocio. Ahora dejo que mis competidores ofrezcan el Cielo, con estrellas y todo; yo me callo, y, como es natural, la clientela toma el camino de mi casa convencida de que no le daremos aquí gato por liebre.
Y Satanás se levantó, dando por terminada la entrevista.
-Pero ¿y los pactos con el diablo? -pregunté al despedirme.
-¡Oh! ¡Antigualla!, vieux jeu, engañabobos contraproducente. ¡Cuantos he tenido que protestar, al divino botón, porque no me han pagado ni por ésas! Melmoth se reconcilió. El mismo Fausto, a quien di plata, juventud, una linda moza y qué se yo qué más, me estafó al fin, me hizo el cuento del tío...Ahora no doy, ni prometo nada... Los ricos vienen porque tienen dinero, los pobres porque quieren tenerlo... Y yo paso tranquilamente mi eternidad. Buenas tardes.
-Para servir a usted.
-Cuando esté desocupado, véngase a mis five o´clock. Tenemos canto llano, y un predicador estupendo...
Fuente: PAYRÓ, ROBERTO J., Violines y toneles. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1968
sábado, 2 de julio de 2011
CUENTO DE HORROR
La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones
Juan José Arreola
El ruiseñor
En la China, como muy bien sabes, el Emperador es chino, y chinos son todos los que le rodean. Hace ya muchos años de lo que voy a explicar, más por eso precisamente vale la pena que lo oigais, antes de que la historia se haya olvidado.
El palacio del Emperador era el más espléndido del mundo entero, todo él de la más delicada porcelana. Todo en él era tan precioso y frágil, que había que ir con mucha atención antes de tocar nada. El jardín estaba lleno de flores maravillosas, y de las más bellas colgaban campanillas de plata que sonaban para que nadie pudiese pasar de largo sin fijarse en ellas.
Sí, en el Jardín Imperial todo estaba muy bien pensado, y era tan extenso, que el propio jardinero no tenía idea de donde acababa. Si seguías caminando, te encontrabas en el bosque más espléndido que se pudiese imaginar, lleno de altos árboles y profundos lagos.
Aquel bosque llegaba hasta el mar, hondo y azul; grandes embarcaciones podían navegar por debajo de las ramas, y allí vivía un ruiseñor que cantaba tan primorosamente, que incluso el pobre pescador, a pesar de sus muchas ocupaciones, cuando por la noche salía a retirar las redes, se paraba a escuchar sus trinos.
- Dios santo, y qué bello! -exclamaba; pero después debía de atender sus redes y olvidarse del pájaro; hasta la noche siguiente, que, al llegar de nuevo al lugar, repetía: - Dios santo, y qué bello!
De todos los países llegaban viajeros a la ciudad imperial, y admiraban el palacio y el jardín; pero en cuando oian el ruiseñor, exclamaban: - Eso es el mejor de todo!
De vuelta a sus tierras, los viajeros hablaban de él, y los sabios escribían libros y más libros sobre la ciudad, del palacio y del jardín, pero sin olvidarse nunca del ruiseñor, a quien ponían por las nubes; y los poetas componían poemas inspiradísimos sobre el pájaro que cantaba en el bosque, al lado del profundo lago.
Aquellos libros se difundieron por todo el mundo, y algunos llegaron a manos del Emperador. Se encontraba sentado en su butaca de oro, leyendo y leyendo; de vez en cuando hacía con la cabeza un gesto de aprobación, porque le satisfacía leer aquellas magníficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jardín. «Pero lo mejor de todo es el ruiseñor», decía el libro.
«Qué es eso? - pensó el Emperador-. El ruiseñor? Nunca he oido hablar de él. Es posible que haya un pájaro así en mi imperio, y precisamente en mi jardín? Nadie me ha informado. Está bien que uno se tenga que enterar de estas cosas por los libros!»
Y mandó gritar el mayordomo de palacio, un personaje tan importante, que cuando una persona de rango inferior se atrevía a dirigirle la palabra o hacerle una pregunta, se limitaba a contestar: «P!». Y eso no significa nada.
- Según parece, hay aquí un pájaro de lo más notable, nombrado ruiseñor - dijo el Emperador-. Se dice que es el mejor que existe en mi imperio; por qué no se me ha informado de este hecho?
- Es la primera vez que oigo hablar de él -se justificó el mayodomo -. Nunca ha sido presentado en la Corte.
- Pues ordeno que acuda esta noche a cantar delante mi presencia - dijo el Emperador-. El mundo entero sabe lo que tengo, menos yo.
- Es la primera vez que oigo hablar de él - repitió el mayordomo-. Lo buscaré y lo encontraré.
¿Encontrarlo?, ¿donde? El dignatario se cansó de subir y bajar escalas y de recorrer salas y corredores. Nadie de todos cuantos preguntó había oido a hablar del ruiseñor. Y el mayordomo, volviendo al Emperador, le dijo que se trataba de una de esas fábulas que suelen imprimirse en los libros.
- Vuestra Majestad Imperial no debe creer todo lo que se escribe; son fantasías y una cosa que nombran magia negra.
- Pero el libro en que lo he leido me lo ha mandado el poderoso Emperador del Japón - replicó el Soberano-; por lo tanto, no puede ser un mentiroso. Quiero oir el ruiseñor. Que acuda esta noche,delante de mi presencia, para cantar bajo mi especial protección.Si no se presenta, mandaré que todos los cortesanos sean golpeados al estómago después de cenar.
- Tsing-pe! - dijo el mayordomo; y vuelve a subir y bajar escalas y a recorrer salas y corredores, y media Corte con él, porque a nadie le hacía gracia que le golpeasen el estómago. Y todo era preguntar por el notable ruiseñor, conocido por todo el mundo menos por la Corte.
Finalmente, encontraron en la cocina con una pobre chica, que exclamó: - ¡Dios mío! ¿El ruiseñor? Se claro que le conozco! ¡qué bien canta! Todas las noches me dan permiso porque llevo algunas sobras de comer a mi pobre madre que está enferma. Vive allá en la playa, y cuando estoy de vuelta, me paro a descansar en el bosque y oigo cantar al ruiseñor.Y oyendolo me vienen las lágrimas a los ojos, como si mi madre me besase. Es un recuerdo que me estremece de emoción y dulzura.
- Niña friegaplatos - dijo el mayordomo-, te daré un lugar fijo en la cocina y permiso para presenciar la comida del Emperador, si puedes llevarnos al ruiseñor; está citado para esta noche.
Todos se dirigieron al bosque, en el lugar donde el pájaro solía situarse; media Corte tomaba parte en la expedición. Avanzaban con mucha prisa, cuando una vaca se puso a mugir.
- Oh! - exclamaron los cortesanos-.Ya le tenemos! ¡Quanta fuerza para un animal tan pequeño! Ahora que caigo en eso, no es la primera vez que lo oimos.
- No, eso es una vaca que muge - dijo la frriegaplatos. Aún debemos caminar mucho.
Después oyeron las ranas croando en un charco.
- Magnífico! - exclamó un cortesano-. Ya lo oigo, suena como las campanillas de la iglesia.
- No, eso son ranas - contestó la chica-. Pero creo que no tardaremos en oirlo.
Y en seguida el ruiseñor se puso a cantar.
- Es él! - dijo la chica-. Escucháis, escucháis! Allí está! - y señaló un pajarito gris puesto en una rama.
- Es posible? - dijo el mayordomo-. Nunca lo habría imaginado así. Que vulgar! Seguramente habrá perdido el color, acogotado por unos visitantes tan distinguidos.
- Mi pequeño ruiseñor - dijo en voz alta la chica-, nuestro gracioso Soberano quiere que cante en su presencia.
- Con mucho gusto! - respondió el pájaro, y reanudó su canto, que daba gloria oirlo.
- Parecen campanillas de cristal! - observó el mayordomo.
- Mirad como se mueve su garganta! Es extraño que nunca el hubiésemos visto. Causará sensación a la Corte.
- Queréis que vuelva a cantar para el Emperador? - preguntó el pájaro, porque creía que el Emperador estaba allí.
- Mi pequeño y excelente ruiseñor - dijo el mayordomo tengo el honor de invitarle a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podrá regodear con su magnífico canto a su Imperial Majestad.
- Suena mejor en el bosque - objetó el ruiseñor; pero cuando le dijeron que era un deseo del Soberano, los acompañó gustoso.
A palacio todo había estado aseado y rozado. Las paredes y la tierra, que eran de porcelana, brillaban a la luz de miles de luces de oro; las flores más exquisitas, con sus campanillas, habían estado colocadas en los corredores; las idas y venidas de los cortesanos producían tales corrientes de aire, que las campanillas no cesaban de sonar, y un no sentía ni su propia voz.
En medio del gran salón donde el Emperador estaba, habían puesto una percha de oro para el ruiseñor. Toda la Corte estaba presente, y la chica friegaplatos había recibido autorización para situarse detrás de la puerta, porque tenía ya el título de cocinera de la Corte. Todo el mundo llevaba sus vestidos de gala, y todos los ojos estaban fijos en el pajarito gris, en el momento que el Emperador hizo signo que podía empezar.
El ruiseñor cantó tan deliciosamente, que las lágrimas acudieron a los ojos del Soberano; y cuando el pájaro las vio rodar por sus mejillas, volvió a cantar mejor aún, hasta llegarle a la alma. El Emperador quedó tan complacido, que dijo que regalaría su chinela de oro al ruiseñor para que se la colgase en el cuello. Más el pájaro le dio las gracias, diciendole que ya se consideraba bastante recompensado.
- He visto lágrimas en los ojos del Emperador; este es para mi el mejor premio. Las lágrimas de un rey poseen una virtud especial. Dios sabe que he quedado bien recompensado -y reanudó su canto, con su dulce y melodioso voz.
- Es la adulación más amable y graciosa que he escuchado en mi vida! - exclamaron las damas presentes; y todas se fueron a llenarse la boca de agua para gargarizar cuando alguien hablase con ellas; porque creían que también ellas podían ser ruiseñores. Sí, hasta los lacayos y camareras expresaron su aprobación, y eso es decir mucho, porque son siempre más difíciles de contentar. Realmente, el ruiseñor causó sensación.
Se quedaría en la Corte, en una jaula particular, con libertad para salir dos veces durante el día y una durante la noche. Pusieron a su servicio diez criadas, a cada una de las cuales estaba sujeto por medio de una cinta de seda que le ataron alrededor de la pierna. La verdad es que no eran precisamente de placer aquellas excursiones.
La ciudad entera hablaba del notabilísimo pájaro, y cuando dos personas se encontraban, se saludaban diciendo el un: «Rui», y respondiendo el otro: «Señor»; después exhalaban un suspiro, indicando que se habían comprendido. Hubo incluso once verduleras que pusieron su nombre a sus hijos, pero ni uno de ellos resultó capaz de dar una nota.
Un buenos días el Emperador rebién un gran paquete rotulado: «El ruiseñor».
- He aquí un nuevo libro sobre nuestro famoso pájaro - exclamó el Emperador.
Pero resultó que no era un libro, sino un pequeño ingenio situado en una jaula, un ruiseñor artificial, imitación del vivo, pero cubierto materialmente de diamantes, rubíes y zafiros. Solo había que darle cuerda, y se ponía a cantar una de las melodías que cantaba el de verdad, alzando y bajando la cola, todo él un brasa de plata y oro.
Llevaba una cinta atada en el cuello y en ella estaba escrito: «El ruiseñor del Emperador del Japón es pobre en comparación con el del Emperador de la China».
- Soberbio! - exclamaran todos, y el emisario que había llevado el ave artificial recibiendo inmediatamente el título de Gran Portador Imperial de Ruiseñores.
- Ahora cantarán juntos. ¡Cuál dúo harán!
Y los hicieron cantar a dúo; pero la cosa no iba, porque el ruiseñor auténtico lo hacía a su modo, y el artificial iba con cuerda.
- No se le puede reprochar - dijo el Director de la orquesta Imperial-; mantiene el compás exactamente y sigue mi método al pie de la letra.
De este momento en adelante, el pájaro artificial debió cantar solo. Consiguió tanto éxito como el otro, y, además, era mucho más bonito, porque brillaba como un puñado de pulseras y pasaderos.
Repitió treinta-tres veces la misma melodía, sin cansarse, y los cortesanos querían volver a oirla de nuevo, pero el Emperador opinó que también el ruiseñor verdadero debía cantar algo. Sin embargo, ¿donde se había metido? Nadie se había dada cuenta que, saliendo por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque.
- ¿Qué significa esto? - preguntó el Emperador. Y todos los cortesanos se deshicieron en reproches e improperios, tratando el pájaro de desagradecido.
- Por suerte nos queda el mejor - dijeron, y el ave mecánica debió cantar de nuevo, repitiendo por trigesimocuarta vez la misma canción; pero como era muy difícil, no había forma que los oyentes se lo aprendiesen. El Director de la orquesta Imperial ensalzaba el arte del pájaro, asegurando que era muy superior al verdadero, no solos en cuanto al plumaje y la cantidad de diamantes, sino también interiormente.
- Porque fígense Vuestras Señorías y especialmente su Majestad, que con el ruiseñor de carne y hueso nunca se puede saber qué es lo que va a cantar. En cambio, en el artificial todo está determinado por adelantado. Se oirá tal cosa y tal otra, y nada más. En él todo tiene su explicación: se puede abrir y poner de manifiesto como obra la inteligencia humana, viendo como están dispuestas las ruedas, como se mueven, como una se engrana con la otra.
- Eso pensamos todos - dijeron los cortesanos, y el Director de la orquesta Imperial, fue autorizado para que el domingo siguiente mostrase el pájaro al pueblo. - Todos tienen que oirlo cantar - dijo el Emperador; y así se hizo, y quedó la gente tan satisfecha como si se hubiesen emborrachado con té, porque así es como lo hacen los chinos; y todos gritaron: «Oh!», y, alzando dicho índice, se inclinaron profundamente. Pero los pobres pescadores que habían oido el ruiseñor auténtico, dijeron:
- No está mal; las melodías se parecen, pero le falta algo, no sé qué.
..
El ruiseñor de verdad fue desterrado del país.
El pájaro mecánico estuvo se entonces acà al lado de la cama del Emperador, sobre una almohada de seda; todos los regalos con que había sido obsequiado - oro y piedras preciosas - estaban dispuestos a su alrededores, y se le había conferido el título de Primero Cantor de Cabecera Imperial, con categoría de número uno al lado izquierdo. Porque el Emperador consideraba que este lado era el más noble, por ser el del corazón, que hasta los emperadores tienen a la izquierda. Y el Director de la orquesta Imperial escribió una obra de veinticinco tomos sobre el pájaro mecánico; tan larga y erudita, tan llena de las más difíciles palabras chinas, que todo el mundo afirmó haber leído y entendido, porque de otro modo habrían pasado por panolis y recibo patadas al estómago.
Así transcurrieron las cosas durante un año; el Emperador, la Corte y todos los otros chinos se sabían de memoria el trino de canto del ave mecánica, y precisamente por eso les gustaba más que nunca; podían imitarlo y lo hacían. Los golfillos de la calle cantaban: «tsitsii, cluclucluk!», y hasta el Emperador hacía corazón. Era de verdaderas divertido.
Pero he aquí que una noche, estando el pájaro en pleno canto, el Emperador, que estaba ya dormido, oyó de repente un «crac!» en el interior del mecanismo; algo había saltado. «Schnurrrr!», escapóse la cuerda, y la música cesó.
EL Emperador saltó de la cama y mandó gritar a su médico de cabecera; sin embargo, ¿qué podía hacer el hombre? Entonces fue gritado el relojero, quien, tras largos discursos y manipulaciones, arregló un poco el ave; pero manifestó que debían ir con mucho cuidado con ella y no hacerla trabajar en demasía, porque los pernos estaban gastados y no era posible sustituirlos por otros nuevos que asegurasen el funcionamiento de la música. ¡Qué desolación! Desde entonces solo se pudo hacer cantar al pájaro una vez al año, e incluso eso era una imprudencia; pero en tales ocasiones el Director de la orquesta Imperial pronunciaba un breve discurso, empleando aquellas palabras tan intrincadas, diciendo que el ave cantaba tan bien como antes, y ni que decir tiene que todo el mundo se mostraba de acuerdo.
Pasaron cinco años, cuando he aquí que una gran desgracia cayó sobre el país. Los chinos estimaban mucho a su Emperador, el cual estaba ahora enfermo de muerte. Ya había sido elegido su sucesor, y el pueblo, en la calle, no cesaba de preguntar al mayordomo de Palacio por el estado del anciano monarca.
- P! -respondía este, sacudiendo la cabeza.
Frío y pálido yacía el Emperador en su gran y suntuosa cama. Toda la Corte le creía ya muerto, y cada uno se apresuraba en ofrecer sus respetos al nuevo soberano. Los camareros de palacio salían precipitadamente para hablar del suceso, y las camareras se reunieron en un té muy concurrido. En todos los salones y corredores habían extendido paños para que no se oyese el paso de nadie, y así reinaba un gran silencio.
Pero el Emperador no había expirado aún; permanecía rígido y pálido en la lujosa cama, con sus largas cortinas de terciopelo y macizas borlas de oro. Por una ventana que se abría en lo alto de la pared, la luna enviaba sus rayos, que iluminaban el Emperador y al pájaro mecánico.
El pobre Emperador resoplaba, con gran dificultad; era como si alguien se le hubiese sentado sobre el pecho. Abrió los ojos y vio que era La Muerte, que se había puesto su corona de oro en la cabeza y sostenía en una mano el dorado sable imperial, y en la otra, su magnífico estandarte. Alrededor, por los pliegues de los cortinajes miraban extrañas cabezas, algunas horriblemente feas, otras, de expresión dulce y plácida: eran las obras buenas y malas del Emperador, que le miraban en aquellos momentos en que la muerte se había sentado sobre su corazón.
- ¿Te acuerdas de tal cosa? -murmuraban una tras otra-. ¿Y de tal otra?-. Y le recordaban tantas, que al pobre le manaba el sudor de la frente.
- ¡Yo no lo sabía! -se excusaba el Emperador-. ¡Música, música! Que suene el gran tambor chino - gritó- para no oír todo eso que dicen!
Pero las cabezas seguían hablando, y La Muerte asentía con la cabeza, al modo chino, a todo lo que decían.
-¡Música, música! -gritaba el Emperador-. Oh tú, pajarito de oro, canta, ¡canta! Te di oro y objetos preciosos, con mi mano te colgué del cuello mi chinela dorada. Canta, ¡canta ya!
Pero el pájaro seguía mudo, porque no había nadie para darle cuerda, y La Muerte seguía mirando el Emperador con sus grandes órbitas vacías; y el silencio era lúgubre.
De repente resonó, procedente de la ventana, un canto maravilloso. Era el pequeño ruiseñor vivo, puesto en una rama. Enterado de la desesperada situación del Emperador, había acudido a llevarle consuelo y esperanza; y cuanto más cantaba, más palidecían y se esfumaban aquellos fantasmas, la sangre afluía con más fuerza a los debilidades miembros del enfermo, e incluso La Muerte acercó la oreja y dijo:
- Sigue, bonito ruiseñor, sigue.
- Sí, sin embargo, ¿me darás el magnífico sable de oro? ¿Me darás la rica bandera? ¿Me darás la corona imperial?
Y La Muerte le fué donando aquellos tesoros a cambio de otras tantas canciones, y el ruiseñor siguió cantando, cantando del silencioso cementerio donde crecen las rosas blancas, donde las lilas exhalan el aroma y donde la hierba saludable es humedecida por las lágrimas de los supervivientes. La Muerte sintió entonces nostalgia de su jardín y salió por la ventana, flotando como una niebla blanca y fría.
- ¡Gracias, gracias! - dijo el Emperador-. Bien te conozco, pajarito celestial! Te desterré de mi reino, y, no obstante, con tus canto has alejado de mi cama los malos espíritus, has ahuyentado de mi corazón La Muerte.¿Como podré recompensarte?
- Ya me has recompensado - dijo el ruiseñor-. Arranqué lágrimas de tus ojos la primera vez que canté para tí; eso no le olvidaré nunca, porque son las joyas que contentan el corazón de un cantor. Pero ahora duerme y recupera las fuerzas, que yo seguiré cantando.
Así lo hizo, y el Soberano quedó sumido en un dulce sueño; ¡qué sueño tan dulce y tan reparador!
El sol entraba por la ventana cuando el Emperador se despertó, sano y fuerte. Ningúno de sus criadas había vuelto aún, porque todos le creían muerto. Solo el ruiseñor seguía cantante en la rama.
- ¡Nunca te separares de mi lado! -le dijo el Emperador-. Cantarás cuando te apetezca; y en en cuanto al pájaro mecánico, lo romperé en mil trozos.
- No lo hagas - suplicó el ruiseñor-. Él cumplió su misión mientras pudo; guárdalo como hasta ahora. Yo no puedo anidar ni vivir en palacio, pero permíteme que venga cuando pueda; entonces me pondré en el lado de la ventana y te cantaré porque estés contento y reflexiones. Te cantaré de los felices y también de los que sufren; y del mal y del bien que se hace a tu alrededores sin tú saberlo. Tu pajarito cantor debe volar en la lejanía, hasta la cabaña del pobre pescador, hasta el tejado del labrador, hacia todos los que residen apartados de tí y de tu Corte. Prefiero tu corazón a tu corona... aunque la corona exhala cierto olor de cosa santa. Volveré a cantar para tí. Pero debes prometerme una cosa.
- ¡Lo que quieras! - dijo el Emperador, incorporándose con su vestidura imperial, que ya se había puesto, y oprimiendo contra su corazón el pesado sable de oro.
- Una cosa te pido: que no digas a nadie que tienes un pajarito que te cuenta todas las cosas. Saldrás ganando!
Y se puso a volar.
Entraron los criadas a ver a su difunto Emperador. Entraron, sí, y el Emperador los dijo: ¡Buenos días!
El amor nuevo
Todo amor nuevo que aparece
nos ilumina la existencia,
nos la perfuma y enflorece.
En la más densa oscuridad
toda mujer es refulgencia
y todo amor es claridad.
Para curar la pertinaz
pena, en las almas escondida,
un nuevo amor es eficaz;
porque se posa en nuestro mal
sin lastimar nunca la herida,
como un destello en un cristal.
Como un ensueño en una cuna,
como se posa en la rüina
la piedad del rayo de la luna.
como un encanto en un hastío,
como en la punta de una espina
una gotita de rocío...
¿Que también sabe hacer sufrir?
¿Que también sabe hacer llorar?
¿Que también sabe hacer morir?
-Es que tú no supiste amar...
¿Que también sabe hacer llorar?
¿Que también sabe hacer morir?
-Es que tú no supiste amar...
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