viernes, 5 de agosto de 2011

Cuento Policial


Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó si haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escirto que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

Tiempo libre

Guillermo Samperio, Textos extraños, 1981

Todas las mañanas compro el periódico y todas las mañanas, al leerlo, me mancho los dedos con tinta. Nunca me ha importado ensuciármelos con tal de estar al día en las noticias. Pero esta mañana sentí un gran malestar apenas toqué el periódico. Creí que solamente se trataba de uno de mis acostumbrados mareos. Pagué el importe del diario y regresé a mi casa. Mi esposa había salido de compras. Me acomodé en mi sillón favorito, encendí un cigarro y me puse a leer la primera página. Luego de enterarme de que un jet se había desplomado, volví a sentirme mal; vi mis dedos y los encontré más tiznados que de costumbre. Con un dolor de cabeza terrible, fui al baño, me lavé las manos con toda calma y, ya tranquilo, regresé al sillón. Cuando iba a tomar mi cigarro, descubrí que una mancha negra cubría mis dedos. De inmediato retorné al baño, me tallé con zacate, piedra pómez y, finalmente, me lavé con blanqueador; pero el intento fue inútil, porque la mancha creció y me invadió hasta los codos. Ahora, más preocupado que molesto, llamé al doctor y me recomendó que lo mejor era que tomara unas vacaciones, o que durmiera. En el momento en que hablaba por teléfono, me di cuenta de que, en realidad, no se trataba de una mancha, sino de un número infinito de letras pequeñísimas, apeñuscadas, como una inquieta multitud de hormigas negras. Después, llamé a las oficinas del periódico para elevar mi más rotunda protesta; me contestó una voz de mujer, que solamente me insultó y me trató de loco. Cuando colgué, las letritas habían avanzado ya hasta mi cintura. Asustado, corrí hacia la puerta de entrada; pero antes de poder abrirla, me flaquearon las piernas y caí estrepitosamente. Tirado bocarriba descubrí que, además de la gran cantidad de letras hormiga que ahora ocupaban todo mi cuerpo, había una que otra fotografía. Así estuve durante varias horas hasta que escuché que abrían la puerta. Me costó trabajo hilar la idea, pero al fin pensé que había llegado mi salvación. Entró mi esposa, me levantó del piso, me cargó bajo el brazo, se acomodó en mi sillón favorito, me hojeó despreocupadamente y se puso a leer.

Un creyente

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:

-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

-Yo no -respondió el otro-. ¿Y usted?

-Yo sí -dijo el primero, y desapareció.

domingo, 31 de julio de 2011

LA NIÑA Y LAS SETAS

Dos niñas iban a casa llevando setas.

Tenían que cruzar la vía del tren. Creyeron que la máquina estaba lejos, escalaron el talud y empezaron a atravesar los raíles.

Entonces se oyó el retumbo del tren. La mayor de las niñas volvió atrás corriendo, y la pequeña atravesó la vía.

La mayor se puso a gritar a su hermana:

–¡Quédate donde estás!

Pero el tren llegaba tan cerca y armaba tanto ruido que la pequeña no entendió: creía que le mandaban volver. Se metió entre los raíles, dio un tropezón, las setas se le cayeron y se puso a recogerlas.

El tren se echaba encima, y el maquinista hizo sonar el silbato con todas sus fuerzas.

La niña mayor gritaba:

–¡Deja las setas! –pero la pequeña entendió que le mandaban recoger las setas, y se arrastraba por la vía.

El maquinista no pudo frenar. La máquina se acercó, silbando con toda su fuerza, y atropelló a la niña.

Su hermana chillaba y lloraba. Los pasajeros se asomaron a las ventanillas de los vagones, y el revisor fue corriendo al extremo del tren para ver qué había sido de la niña.

Cuando el tren pasó, todos la vieron, echada entre los raíles, boca abajo e inmóvil.

Después, cuando el tren estaba ya lejos, la niña alzó la cabeza; se puso, dando un brinco, de rodillas, recogió las setas y corrió hacia su hermana.


León Tolstoi

lunes, 18 de julio de 2011

Orgullo en una leyenda guaraní



La flor del Irupé
Entre los jóvenes de la tribu, Pitá era el más valiente, el m
ás fuerte, el más audaz. Y el más enamorado. Todo su coraje se rendía a los pies de la hermosa Morotí.

La muchacha estaba muy orgullosa del amor de Pitá y del poder que tenía sobre él. Se jactaba de la pasión que había inspirado, capaz de transformar al joven guerrero en juguete de sus caprichos.
Cierto día paseaba con sus amigas por las orillas del Paraná. Los vientos y las lluvias recientes habían provocado una peligrosa crecida y las aguas del río bajaban torrenciales. En ese momento Morotí vio que se acercaba su fiel Pitá y quiso demostrar ante las otras muchachas todo lo que el guerrero estaba dispuesto a hacer por ella.

Sin pensarlo dos veces, Morotí se sacó el brazalete y lo a
rrojó a las aguas enfurecidas y turbias.
-¡Pitá, mi brazalete! -dijo.
Y fue suficiente para que el muchacho se lanzara al río detrás del objeto brillante. Pitá podría haber salido airoso de la prueba. Como cualquier guerrero guaraní, era un excelente nadador, conocía muy bien los riesgos y las jugarretas del Paraná y sus aguas traicioneras. Pero Ñandé Yará, el Gran Espíritu, había dispuesto castigar la coquetería de Morotí. Por un momento se vio asomar de las aguas la cabeza de Pitá y después, atrapado por un remolino, volvió a desaparecer. Esta vez, para siempre.
Morotí y sus amigas no podían creer lo que habían visto con sus propios ojos. Recorrieron la orilla río abajo y río arriba, convencidas de que Pitá les estaba hacien
do una broma. Gritaron su nombre con todas sus fuerzas. Después gritaron con desesperación.

Pero no era un juego. Cayó la noche y Pitá no volvió a la tribu.
Morotí estaba enloquecida de dolor. Por su capricho y su tonto orgullo, Pitá había muerto ahogado.

Sin embargo, el chamán de la tribu consultó a los dioses y obtuvo otra respuesta. Pitá no estaba muerto. I Cuñá Payé, la hechicera de las aguas, lo retenía en su palacio del fondo del río, envuelto en sus redes de amor brujo.
Desesperada, arrepentida, Morotí se ató al cuello una
enorme piedra y llevando esa carga se arrojó al río antes del amanecer, cuando nadie podía retenerla. Una de sus amigas la había seguido y alcanzó a verla hundiéndose en el agua revuelta del Paraná. A gritos pidió ayuda.

Los hombres y mujeres del pueblo guaraní vieron entonces salir de las aguas una enorme y extraña flor que jamás habían visto antes. Era hermosa y su perfume, delicioso. Los pétalos del centro eran blancos, como la pureza de la linda Morotí, y los del borde eran rojos, como la sangre bravía y enamorada de Pitá. El Gran Padre Tupá había perdonado su locura de jóvenes y había unido para siempre el alma de los dos enamorados en la flor del irupé.
La leyenda de la flor del irupé es una variante de un motivo que aparece en las culturas más diversas. Se trata del juego entre el Valiente y la Bella, en que la Bella (a v
eces su padre o su captor) impone condiciones al Valiente para conquistar o retener su amor, o para salvarla de un peligro mágico o real. Estas condiciones suelen dar lugar a largas aventuras.

El Valiente es un personaje que aparece siempre igual a sí mismo, sin grandes variantes. Siempre es joven, fuerte, valeroso, esforzado y dispuesto a soportarlo todo. Es casi el mismo personaje que pasa de un cuento al otro. En cambio, de la Bella se puede esperar cualquier cosa. Hay algunas francamente malvadas, como las que mandan a cortar la cabeza de sus pretendientes si fracasan en pasar ciertas pruebas. Otras permanecen a lo largo de la historia dormidas o sentadas en su trono (tal vez un p
oco aburridas) hasta que llega el momento de unirse al Valiente.
Pero también, en historias y leyendas de todos los pueblos y de todas las épocas, hay Bellas tan aventureras como los Valientes, que comparten los riesgos y las emociones. Este es el caso de la Bella Morotí que, arrepentida de su cruel exigencia, participa en la aventura para salvar a su Valiente Pitá.



Egoísmo en una leyenda de la Isla de Pascua


Cómo cayeron las estatuas de Rapa Nui
Las enormes estatuas de la Isla de Pascua, con la intervención del hombre blanco, han vuelto a mirar hoy hacia el mar. Pero durante tantos siglos estuvieron abatidas en tierra que su caída forma parte de la leyenda, tanto como su construcción.
Se cuenta que los primeros intentos de esculpir los moai, las grandes estatuas de piedra, habían fracasado. Solo un anciano escultor guardaba el secreto de la buena escultura. Los jóvenes que intentaban trabajar en los moai fueron a verlo.
Kave Heke, el anciano poseedor del secreto, les dijo que para poder esculpir hermosas estatuas en la piedra debían controlar su deseo sexual durante todo el tiempo que tuvieran que dedicar al trabajo.
Así lograron por fin tener éxito y esculpieron muchas y enormes y bellas estatuas de piedra.

La comida para los escultores de los moai estaba a cargo de una vieja a la que nadie prestaba mucha atención, a pesar de la importancia de su tarea. Preparaba el típico curanto de la isla, que se cocina en un pozo cavado en la tierra, protegiendo la comida en un envoltorio de hojas y cubriéndola con brasas. Los trabajadores eran muchos y día tras día la vieja cocinera trabajaba para alimentarlos.
Un día la buena anciana no llegó a tiempo con su gente para servir la comida. Los hombres abrieron el curanto, que esta vez era de langostas y se lo comieron todo, sin dejarle nada.

Cuando ella se acercó al pozo, vio que había sido abierto y que no sobraba ni un pedacito de langosta. Los hombres habían comido todo sin pensar en su hambre, sin que les importara su esfuerzo de todos los días.
Entonces, la furia le dio fuerzas mágicas. Lloró y gritó hacia los moais:

-¡Muchachos, con todo su peso, caigan al suelo! Y así cayeron las estatuas. Y así permanecieron en tierra por los siglos de los siglos.
El misterio de las enormes estatuas de piedra de Rapa Nui, en la Isla de Pascua, que la llegada del hombre blanco encontró caídas en tierra, no ha sido resuelto todavía. No fue sencillo, aun con los medios de los que se dispone en la actualidad, levantar el peso de los gigantes de piedra y lograr que se mantengan verticales, mirando el mar. Nadie sabe exactamente cómo una cultura primitiva y tan aislada como la de los polinesios que habitaban y habitan la isla (hoy perteneciente a Chile) consiguió en su momento levantar las estatuas o bien las enormes piedras en las que fueron esculpidas. El secreto se perdió con las sucesivas generaciones, y ya no se esculpieron otras.
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