lunes, 18 de junio de 2012

Selección de poesías infantiles de María Elena Walsh

El reino del revés


Me dijeron que en el Reino del Revés
nada el pájaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen yes
porque estudian mucho inglés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.



Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.

Me dijeron que en el Reino del Revés
hay un perro pekinés
que se cae para arriba y una vez
no pudo bajar después.

Me dijeron que en el Reino del Revés
un señor llamado Andrés
tiene 1.530 chimpancés
que si miras no los ves.

Me dijeron que en el Reino del Revés
una araña y un ciempiés
van montados al palacio del marqués
en caballos de ajedrez.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.


Manuelita

Manuelita vivía en Pehuajó
pero un día se marchó.

Nadie supo bien por qué
a París ella se fue
un poquito caminando
y otro poquitito a pie.

Manuelita, Manuelita,
Manuelita dónde vas
con tu traje de malaquita
y tu paso tan audaz.

Manuelita una vez se enamoró
de un tortugo que pasó.
Dijo: ¿Qué podré yo hacer? Vieja no me va a querer,
en Europa y con paciencia me podrán embellecer.

En la tintorería de París
la pintaron con barniz.
La plancharon en francés
del derecho y del revés.
Le pusieron peluquita
y botines en los pies.

Tantos años tardó en cruzar el mar
que allí se volvió a arrugar
y por eso regresó vieja como se marchó
a buscar a su tortugo que la espera en Pehuajó



La vaca estudiosa

Había una vez una vaca
en la Quebrada de Humahuaca.

Como era muy vieja,
muy vieja, estaba sorda de una oreja.

Y a pesar de que ya era abuela
un día quiso ir a la escuela.

Se puso unos zapatos rojos,
guantes de tul y un par de anteojos.

La vio la maestra asustada
y dijo: - Estas equivocada.

Y la vaca le respondió:
¿Por qué no puedo estudiar yo?

La vaca, vestida de blanco,
se acomodó en el primer banco.

Los chicos tirábamos tiza
y nos moríamos de risa.

La gente se fue muy curiosa
a ver a la vaca estudiosa.

La gente llegaba en camiones,
en bicicletas y en aviones.

Y como el bochinche aumentaba
en la escuela nadie estudiaba.

La vaca, de pie en un rincón,
rumiaba sola la lección.

Un día toditos los chicos
se convirtieron en borricos.

Y en ese lugar de Humahuacala
única sabia fue la vaca.


La familia Polillal


La polilla come lana
de la noche a la mañana.

Muerde, come, come, muerde
lana roja, lana verde.

Sentadita en el ropero
con su plato y su babero,

come lana de color
con cuchillo y tenedor.

Sus hijitos comilones
tienen cuna de botones.

Su marido don Polillo
balconea en un bolsillo.

De repente se avecina
la señora Naftalina.

Muy oronda la verán,
toda envuelta en celofán.

La familia polillal
la espía por un ojal,

y le apunta con la aguja
a la Naftalina bruja.

Pero don Polillo ordena:
--No la maten, me da pena;

vamosnos a otros roperos
a llenarlos de agujeros.

Y se van todos de viaje
con muchísimo equipaje:

las hilachas de una blusa
y un paquete de pelusa.


El país de Nomeacuerdo

En el país de Nomeacuerdo
doy tres pasitos y me pierdo.
Un pasito para aquí,
no recuerdo si lo di.
Un pasito para allá,
¡Hay que miedo que me da!
Un pasito para atrás,
y no doy ninguno mas.
Porque ya, ya me olvidé
donde puse el otro pie.




Canción de tomar el té

Estamos invitados a tomar el té,
la tetera es de porcelana
pero no se ve,
yo no se por qué.

La leche tiene frío 
y la abrigaré, 
le pondré un sobretodo mío 
largo hasta los pies, 
yo no sé por qué.

Cuidado cuando beban, 
se les va a caer 
la nariz dentro de la taza 
y eso no está bien, 
yo no sé por qué.

Detrás de una tostada 
se escondió la miel, 
la manteca muy enojada 
la retó en inglés, 
yo no sé por qué.

Mañana se lo llevan preso 
a un coronel 
por pinchar a la mermelada 
con un alfiler, 
yo no sé por qué.

Parece que el azúcar 
siempre negra fue 
y de un susto se puso blanca 
tal como la ven, 
yo no sé por qué.

Un plato timorato 
se casó anteayer, 
a su esposa la cafetera 
la trata de usted, 
yo no sé por qué.

Los pobres coladores 
tienen mucha sed 
porque el agua se les escapa
cada dos por tres, 
yo no sé por qué.



Canción de la Vacuna

Había una vez un bru, 
un brujito que en Gulubú 
a toda la población 
embrujaba sin ton ni son.

Pero un día llegó el Doctorrrr 
manejando un cuatrimotorrrr 
¿Y saben lo que pasó?
¿No? 

Todas las brujerías 
del brujito de Gulubú 
se curaron con la vacú 
con la vacuna 
luna luna lu.

La vaca de Gulubú 
no podía decir ni mu. 
El brujito la embrujó 
y la vaca se enmudeció.

Pero entonces llegó el Doctorrrr
manejando un cuatrimotorrrr 
¿Y saben lo que pasó?
¿No? 

Todas las brujerías 
del brujito de Gulubú 
se curaron con la vacú 
con la vacuna 
luna luna lu.

Los chicos eran todos muy bu, 
burros todos en Gulubú. 
Se olvidaban la lección 
o sufrían de sarampión. 

Pero un día llegó el Doctorrrr 
manejando un cuatrimotorrrr 
¿Y saben lo que pasó? 
¿No? 

Todas las brujerías 
del brujito de Gulubú 
se curaron con la vacú 
con la vacuna 
luna luna lu.

Ha sido el brujito el u, 
uno y único en Gulubú 
que lloró, pateó y mordió 
cuando el médico lo pinchó.

Y después se marchó el Doctorrrr 
manejando un cuatrimotorrrr 
¿Y saben lo que pasó?
¿No? 

Todas las brujerías 
del brujito de Gulubú 
se curaron con la vacú
con la vacuna 
luna luna lu.



La calle del gato que pesca

Peligroso es
andar por la ca
la calle del ga
del gato que pes
que pesca y después
se esconde y escapa pa pa pa.

Lo ves o no lo ves al gato que pes
allí, allí sentado en su ventani.
A la gente que
pasa distraí
el gato bandi 
con caña y anzue
les pesca el sombre
sombrero y el moño ño ño ño.

Lo ves o no lo ves al gato que pes
allí, allí sentado en su ventaní.
El gato francés
con tanto sombre
nadie sabe qué 
qué hace después,
y el asunto es
es que se disfraza za za za.

Lo ves o no lo ves al gato que pes
allí, allí sentado en su ventaní.
Pero el gato un dí
salió disfraza
con gorra de la
de la policí
disfrazado así
dio una caminata ta ta ta.

Lo ves o no lo ves al gato que pes
allí, allí sentado en su ventaní.
Así disfraza
oyó la denun
cia de un transeú
contra un gato ma
porque le ha roba
robado el bonete te te te.

Lo ves o no lo ves al gato que pes
allí, allí sentado en su ventaní.
El gato no pue
decirle soy yo
confundido no
tiene más reme
que llevarse pre
preso al calabozo zo zo zo.
Lo ves o no lo ves al gato que pes
allí, allí sentado en su ventaní.



La pájara Pinta

Yo soy la Pájara Pinta,
viuda del Pájaro Pintón.
Mi marido era muy alegre
y un cazador me lo mató
con una escopetita verde
el día de San Borombón.

Una bala le mató el canto
-y era tan linda su canción-,
la segunda le mató el vuelo,
y la tercera el corazón.

Ay ay la escopetita verde,
ay ay mi marido Pintón.
Si al oírme se ponen tristes
a todos les pido perdón.
Ya no puedo cantar alegre
ni sentadita en el limón
como antes cuando con el pico
cortaba la rama y la flor.

Yo soy la Pájara Pinta,
si alguien pregunta dónde estoy
le dirán que me vieron sola
y sentadita en un rincón
llorando de melancolía
por culpa de aquel cazador.

Al que mata a los pajarillos
le brotará en el corazón
una bala de hielo negro
y un remolino de dolor.
Ay ay la escopetita verde,
ay ay mi marido Pintón.




La reina Batata

Estaba la Reina Batata 
sentada en un plato de plata,
el cocinero la miró 
y la reina se abatató.

La reina temblaba de miedo, 
el cocinero con el dedo, 
que no que sí, que sí que no... 
de malhumor la amenazó.

Pensaba la Reina Batata: 
"Ahora me pincha y me mata" 
y el cocinero murmuró: 
"Con ésta sí me quedo yo". 

La reina vio por el rabillo 
que estaba afilando el cuchillo 
y tanto tanto se asustó 
que rodó al suelo y se escondió.

Entonces llegó de la plaza 
la nena menor de la casa, 
cuando buscaba su yoyó 
en un rincón la descubrió. 

La nena en un trono de lata 
la puso a la Reina Batata 
colita verde le brotó...
(a la Reina Batata, a la nena, no)
Y esta canción se terminó.




Marcha de Osías

Osías el Osito en mameluco
paseaba por la calle Chacabuco
mirando las vidrieras de reojo 
sin alcancía pero con antojo.

Por fin se decidió y en un bazar 
todo esto y mucho más quiso comprar. 
Quiero tiempo pero tiempo no apurado, 
tiempo de jugar que es el mejor. 

Por favor, me lo da suelto 
y no enjaulado adentro de un despertador.
Quiero un río con catorce pececitos 
y un jardín sin guardia y sin ladrón. 

También quiero para cuando este solito 
un poco de conversación. 

Quiero cuentos, historietas y novelas 
pero no las que andan a botón. 
Yo las quiero de la mano 
de una abuela que me las lea en camisón.

Quiero todo lo que guardan los espejos 
y una flor adentro de un raviol
y también una galera con conejos 
y una pelota que haga gol.



Twist del Mono Liso

¿Saben saben lo que hizo
el famoso Mono Liso?
A la orilla de una zanja
cazó viva una naranja.

¡Qué coraje, qué valor!
Aunque se olvidó el cuchillo
en el dulce de membrillo
la cazó con tenedor.

La naranja se pasea
de la sala al comedor.
No me tires con cuchillo
tírame con tenedor.

A la hora de la cena
la naranja le dio pena,
fue tan bueno el Mono Liso
que de postre no la quiso.

El valiente cazador
ordenó a su comitiva
que se la guardaran viva
en el refrigerador.

La naranja se pasea
de la sala al comedor.
No me tires con cuchillo
tírame con tenedor.

Mono Liso en la cocina
con una paciencia china
la domaba día a día,
la naranja no aprendía.

Mono Liso con rigor
al fin la empujó un poquito
y dio su primer pasito
la naranja sin error.

La naranja, Mono Liso,
la mostraba por el piso,
otras veces, de visita,
la llevaba en su jaulita.

Pero un día entró un ladrón,
se imaginan lo que hizo,
el valiente Mono Liso dijo:
"Ay, qué papelón".

La naranja se pasea
de la sala al comedor.
No me tires con cuchillo
tírame con tenedor.

A la corte del Rey Momo
fue a quejarse por el robo,
mentiroso, el rey promete
que la tiene el gran bonete.

Porque sí, con frenesí
de repente dice el mono:
"Allí está detrás del trono
la naranja que perdí".

La naranja se pasea
de la sala al comedor.
No me tires con cuchillo
tírame con tenedor.

Y la reina sin permiso
del valiente Mono Liso
escondió en una sopera
la naranja paseandera

Mono Liso la salvó
pero a fuerza de tapioca
la naranja estaba loca
y este cuento se acabó.

La naranja se pasea
de la sala al comedor.
No me tires con cuchillo
tírame con tenedor.

La naranja se pasea
de la sala al comedor.
No me tires con cuchillo
tírame con tenedor.







lunes, 7 de mayo de 2012

Aquel Cuadro


Elsa Bornemann

Arriba del ropero del dormitorio de sus padres. En el mismo sitio adonde había ido a parar una variedad de objetos en desuso. Debajo de la sábana de polvo y pelusas que los cubría. Ahí encontró Hilario Cuevas aquel cuadro, cuidadosamente empaquetado y lo único rescatable del montón de cosas que su madre había ido colocando sobre el ropero a lo largo de su matrimonio. (¿Quién —que tenga o haya tenido un ropero— no lo usa o lo usó como una suerte de depósito de objetos que no se decide a tirar, aunque intuye que jamás volverá a necesitarlos?)
Aquel cuadro era un óleo de mediana proporción, enmarcado. Sobre el ángulo inferior derecho de la tela, la querida letra y la firma que el joven conocía bien: Irenita. Junto a la firma, una fecha que indicaba que esa pintura había sido hecha por su madre cincuenta años atrás, como las otras que decoraban una pared de la cocina y que pertenecían a la época de la niñez de Irene, cuando fantaseaba con ser artista plástica. Nunca lo había visto antes. Por eso, Hilario se conmovió doblemente y —durante un rato— permaneció sentado sobre la cama de los padres, abrazado al cuadro y con la mirada perdida en sus recuerdos. La campanilla del teléfono lo volvió al presente. Ya habían cortado cuando atendió. Ahora estaba en su cuarto y aún cargaba —amorosamente— el óleo cuando se le ocurrió que esa pared desnuda frente a su propia cama era el lugar ideal para colgarlo.—Así lo voy a contemplar todas las noches... —pensaba, mientras que a golpe de martillo, colocaba un clavo en el espacio elegido—. Es como si mamá hubiera querido hacerme un regalo postrero... Pobrecita... ¡ya un mes que no está más...! E Hilario dedicó la última hora de aquel viernes a mirar el cuadro con enternecido detenimiento. Su mamá había pintado una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impedían ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas...Al frente, un jardín florido y —medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de aquella residencia, tal vez? Durante las semanas que siguieron al encuentro de aquel cuadro, Hilario destinó sus momentos libres a contemplarlo. Emocionado como estaba por ese hallazgo inesperado, cada día le parecía más hermoso y no lograba explicarse por qué su madre lo habría guardado, casi oculto se hubiera dicho.
Una noche —a punto de dormirse a la par que escuchaba la radio y con la vista distraída en el óleo— Hilario creyó observar que una de las cortinas del primer piso de la casa pintada se descorría lentamente.—El sueño me hace ver visiones... —pensó de inmediato y apagó el velador, dispuesto a descansar.—Todas las cortinas de esa casa están corridas —se dijo, antes de caer profundamente dormido. Y esa madrugada soñó con sus padres y se sintió pequeño y mimado como cuando los dos vivían y le decían "Lari". Se despertó de buen humor. Se estaba vistiendo para salir a hacer su acostumbrada caminata de los sábados, cuando recordó el asunto de la cortina del cuadro. Se volvió hacia el óleo y sonreía por lo que —en ese momento—consideraba una visión producto del cansancio nocturno, pero vio que la cortina del primer piso de la casa pintada estaba —realmente— descorrida. Se inquietó. Y más aún cuando una nena que aparentaba pedir auxilio se asomó a esa ventana y le hizo señas desesperadas. Enseguida —y por detrás de la niña— una mujer —que se le parecía notablemente— hizo lo mismo. Hilario creyó que se estaba volviendo loco.—Esto me pasa por pasar tantas horas mirando el cuadro de mamá —supuso—. Estoy sugestionado como una criatura y —muy molesto consigo mismo—terminó de abrocharse las zapatillas y abandonó su cuarto, sin volver a mirar el óleo. Esa noche —ya de regreso a su casa— decidió que dormiría en la sala. Se ubicó —entonces— en un sofá, prometiéndose que no volvería a mirar el cuadro hasta la mañana siguiente. Sin embargo, cerca de la madrugada se despertó de repente. Transpirando— a pesar de la baja temperatura ambiente—y con la necesidad impostergable de contemplar el óleo. Se dirigió a su cuarto y así lo hizo. ¡Para qué! Ahora eran dos las cortinas descorridas. Tres de las ventanas del primer piso de la casa pintada lo estaban y — detrás de ellas, la niña y la mujer en una, un niño en la otra y un hombre en la restante—. Todos pedían auxilio y le hacían señas desesperadas. En sus caras, el espanto. En la de Hilario, también.
Temblando, descolgó —entonces— el cuadro y lo colocó —bruscamente— sobre su cama, de pintura contra el acolchado, para no ver esas imágenes que tanto lo estaban perturbando. ¿Cómo era posible? En un impulso, se abrigó para salir a la calle:—Debo averiguar si esa casa que pintó mamá existe o existió y a quién pertenece —pensaba—, y la primera idea que tuvo al recorrer la cuadra de su domicilio fue la de encaminarse hacia el barrio donde ella había pasado su infancia y su adolescencia y del que había partido para casarse con su padre.—Seguramente, esa pintura —como las otras que hizo— fue inspirada en algún paisaje vecino...Hilario estaba tan nervioso que las aproximadamente ochenta cuadras que lo separaban de aquella zona las atravesó casi sin darse cuenta. El sol del domingo ya acariciaba los árboles cuando llegó al barrio donde su mamá había sido "Irenita".
Recién después de haberlo recorrido sin parar, Hilario se halló —de pronto— frente a la casa que la madre había pintado en el cuadro. Dos veces había pasado a lo largo de ella y sin reconocerla. Claro, cincuenta años no habían transcurrido en vano: era la misma casa, pero lógicamente envejecida por la acción del tiempo y bastante transformada a fuerza de refacciones. El jardín delantero no existía ya, por ejemplo. Un desierto patio ocupaba el espacio que antes había pertenecido a césped y plantas. Sobre la verja de la entrada, un cartel anunciaba: "Jardín de Infantes Tulipán".

Como tantas otras antiguas casonas, a esa también la habían convertido en una escuela. Muy excitado, Hilario pulsó el timbre sobre el que se leía: "Portería". Ya estaba por irse —después de tocar varias y prolongadas veces— cuando una viejita salió desde una de las puertas laterales de la residencia. —Sí... ya va... Ya va... —decía, mientras se le aproximaba a Hilario alisándose el pelo y acomodándose una chaqueta que terminaba de ponerse.
 —¿Qué desea, señor?
—Esteee... Buenos días... Disculpe la molestia... pero...
—¿Qué pasa? A usted no lo tengo visto por aquí. ¿En qué puedo serle útil?

Entonces, Hilario le contó una historia que se le iba ocurriendo a medida que la desarrollaba. No podía decirle la verdad. El caso es que se las ingenió tan bien que la viejita le dio —exactamente— la información que el muchacho ansiaba. Entre otros detalles que no le interesaban en absoluto supo —por ejemplo— que esa casa había pertenecido —cincuenta años atrás— a una tal familia Dubatti... que sus cuatro integrantes habían muerto asesinados... que nunca se había descubierto al criminal... que la finca había permanecido cerrada durante mucho tiempo... y que ella era la encargada desde el mes en que se había inaugurado el Jardín de Infantes, hacía once años. La viejita seguía hablando y hablando cuando Hilario pensó que ya tenía datos suficientes como para empezar a comprender el secreto que el cuadro encerraba.

Casi sin despedirse de la anciana, llamó a un taxi y volvió a su casa, hecho un relámpago. Corrió a su cuarto y tomó el cuadro. Lo observó con atención. El miedo le picoteó el corazón. ¡Las cortinas del primer piso de la casa pintada continuaban descorridas pero ningún rostro desesperado volvió a dibujarse detrás de ellas! Aunque lo más impresionante era que.... ¡la silueta del jardinero había desaparecido del óleo! Fuera de control, Hilario arrojó el cuadro al aire. Al estrellarse contra el suelo, el marco quedó por un lado, el óleo por otro y el cartón que lo protegía por detrás fue a parar abajo de su cama. Cuando —dolorido por su actitud de haber intentado romper una pintura de su madre—, Hilario se empezó a recomponer y a recoger las partes dispersas del cuadro, encontró aquel papel doblado en varios cuadraditos. Era un papel de carta fino, tipo Biblia y —sin dudas— había saltado del interior del cuadro cuando se había descuajeringado debido al golpe contra el piso. Con el corazón fruncido, el joven lo desdobló. Era un mensaje manuscrito. La letra infantil de su madre y esta confesión:

ME LLAMO IRENE DEL PINO Y TENGO DOCE AÑOS. AYER MISMO —ANTES DE QUELLEGARA LA POLICÍA— DESCUBRÍ —POR CASUALIDAD— QUIÉN ES EL ASESINO DE LOSDUBATTI. PERO ÉL LO SABE Y ME AMENAZÓ DICIÉNDOME QUE SI SE ME OCURRECONTAR LO QUE VI, ME VA A MATAR. ME DIJO TAMBIÉN:—ESTÉS DONDE ESTÉS Y SEA CUANDO FUERE, SI ALGUIEN SE ENTERA DE LO QUE PRESENCIASTE, YO ME LAS ARREGLARÉ PARA MATARTE APENAS ME DELATES. Y CON LA MISMA ARMA CON QUE ASESINÉ A TU AMIGA ANDREA Y AL RESTO DE SUFAMILIA: A SUS PADRES Y A SU HERMANO LORENZO, POR SI DEBO RECORDÁRTELO. CON ESA MISMA ARMA QUE ME SORPRENDISTE LAVANDO, VOY A ACARICIAR—ENTONCES— TU COGOTE.YA TE ESTOY ODIANDO COMO A LOS DUBATTI, ASÍ QUE NO LO OLVIDES Y BOCA CERRADA. ¿ENTENDISTE? TENGO PÁNICO Y ESCRIBO PARA ALIVIARME UN POCO DEL PESO DE ESTE SECRETO TERRORÍFICO. LE PIDO A DIOS QUE ME AYUDE A CALLAR Y ESPERO QUE SE HAGA JUSTICIA ALGÚN DÍA. EN EL CUADRO QUE ACABO DE PINTAR Y DENTRO DE CUYO MARCO VOY A OCULTARESTE MENSAJE, APARECE EL ASESINO CON SU ARMA, EN LA MISMA CASA EN LA QUE COMETIÓ SUS CRÍMENES. OJALÁ RECIBA SU MERECIDO CASTIGO. IRENITA

Un grito arañó la garganta de Hilario:—¡El jardinero! ¡El jardinero fue el asesino de la familia Dubatti! En el mismo instante en que pronunciaba aquellas palabras, recordó que ya no estaba en el óleo. ¿Dónde entonces? Hilario se lanzó sobre el teléfono. Comenzaban discar el número de la policía —por más que se le antojaba absurdo todo lo que le estaba ocurriendo— cuando la sombra de una hoz —proyectada sobre la pared que tenía al frente— lo paralizó. ¡El jardinero del cuadro! Se dio vuelta con el tiempo justo como para ver lo que mejor no: erguido a sus espaldas y barajando la hoz, un viejo. Durante un instante, Hilario creyó que estaba a salvo. ¡El jardinero del cuadro era un muchacho y no ese hombre de barba y pelos blancos! Durante el instante siguiente, Hilario entendió que estaba perdido:¡Ese hombre era el jardinero, con cincuenta años más sobre su piel!—¡Piedad —por favor— no me mate! —aulló entonces. El viejo seguía haciendo bailar su hoz mientras le decía:—Ja. Yo no cometo dos veces el mismo error. Voy a degollarte como tendría que haberlo hecho con Irenita, tu estúpida madre...—¡Le ruego; déjeme vivir y juro que no voy a delatarlo! ¡Mire, mire lo que hago con este mensaje de mi mamá! —e Hilario rompió el papel de la confesión en mil pedacitos y —haciendo un bollito con ellos— se los tragó.

El jardinero estaba a punto de descargar su hoz contra el cuello de Hilario pero el rostro y el cuerpo del muchacho le indicaron que no hacía falta: era evidente que acababa de sufrir un ataque al corazón. Pocos minutos después, expiraba.—Indudablemente, este muchacho se trastornó debido al fallecimiento de su madre... —opinó, días después, el jefe de policía en una conferencia de prensa. Y vean si no: la autopsia reveló que su última cena fue... papel... Un loco manso, eso es todo... No, su habitación estaba en perfecto orden. Un síncope. ¿El cuadro que encontramos junto a su cadáver y todo roto? Ah, sí. Una pintura hecha por su mamá durante la infancia... Nada de valor...Afectivo sí, por supuesto. ¿Qué representa? Una casa. Una casa estilo Tudor. Dos pisos con cuatro ventanas cada uno. Cortinas que impiden ver el interior de las habitaciones, cálidamente iluminadas... Al frente, un jardín florido y—medio confundida entre las plantas— la silueta de un muchacho manejando una hoz. ¿El jardinero de la residencia, tal vez? Pero ya me están haciendo ir por las ramas: ¿Qué tiene que ver el óleo con la muerte, señores periodistas? Y aquel cuadro —pintado por inexpertas manos infantiles y al que— por lo mismo —no se le otorgó ninguna importancia—, fue a parar a uno de los tantos camiones que recolectan desperdicios, junto con todos los demás que había hecho Irenita

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