viernes, 6 de enero de 2012

Razón - Isaac Asimov


Medio año después los dos amigos habían cambiado de manera de pensar. La llamarada de un gigantesco sol habla dado paso a la suave oscuridad del espacio, pero las variaciones externas significan poco en la labor de comprobar las actuaciones de los robots experimentales. Cualquiera que sea el fondo de la cuestión, uno se encuentra frente a frente con un inescrutable cerebro Positrónico; que según los genios de la ciencia, tiene que obrar de esta u otra forma.
Pero no es así. Powell y Donovan se dieron cuenta de ello antes de llevar en la Estación dos semanas.
Gregory Powell espació sus palabras para dar énfasis a la frase.
—Hace una semana Donovan y yo te pusimos en condiciones... —Sus cejas se juntaron con un gesto de contrariedad y se retorció la punta del bigote.
En la cámara de la Estación Solar 5 reinaba el silencio, a excepción del suave zumbido del poderoso Haz Director en las bajas regiones.
El robot QT-1 permanecía sentado, inmóvil. Las bruñidas placas de su cuerpo relucían bajo las luxitas, y las células fotoeléctricas que formaban sus ojos estaban fijas en el hombre de la Tierra, sentado al otro lado de la mesa.
Powell refrenó un súbito ataque de nervios. Aquellos robots poseían cerebros peculiares. ¡Oh, las tres Leyes Robóticas seguían en vigor! Tenían que seguir. Todo el personal de la U. 5. Robots, desde el mismo Robertson hasta el nuevo barrendero insistirían en ella. ¡De manera que QT-1 estaba a salvo! Y sin embargo..., los modelos QT eran los primeros de su especie y aquél era el primero de los QT. Los cálculos matemáticos sobre el papel no siempre eran la protección más tranquilizadora contra los gestos de los robots.
Finalmente, el robot habló. Su voz tenía la inesperada frialdad de un diafragma metálico.
—¿Te das cuenta de la gravedad de una tal declaración, Powell?
— Algo te ha hecho, Cutie —le hizo ver Powell—. Tú mismo reconoces que tu memoria parece brotar completamente terminada del absoluto vacío de hace una semana. Te doy la explicación. Donovan y yo te montamos con las piezas que nos mandaron.
Cutie contempló sus largos dedos afilados con una curiosa expresión humana de perplejidad.
—Tengo la impresión de que todo esto podría explicarse de una manera más satisfactoria. Porque que tú me hayas hecho a mí, me parece improbable.
—¡En nombre de la Tierra! ¿Por qué? —exclamó Powell, echándose a reír.
—Llámalo intuición. Hasta ahora es sólo esto. Pero pienso razonarlo. Un encadenamiento de válidos razonamientos sólo puede llevar a la determinación de la verdad, y a esto me atendré hasta conseguirla.
Powell se levantó y volvió a sentarse en el extremo de la mesa, cerca del robot. Sentía súbitamente una fuerte simpatía por el extraño mecanismo. No era en absoluto como un robot ordinario, que realizaba su tarea rutinaria en la estación con la intensidad de un sendero Positrónico profundamente marcado.
Puso una mano sobre el hombro de acero de Cutie y notó la frialdad y dureza del metal.
—Cutie —dijo—. Voy a tratar de explicarte algo. Eres el primer robot que ha manifestado curiosidad por su propia existencia... y el primero, a mi modo de ver, suficientemente inteligente para comprender el mundo exterior. Ven conmigo.
El robot se levantó lentamente y siguió a Powell con sus pasos que hacía silenciosos la gruesa suela de esponja de caucho. El hombre de la Tierra apretó un botón y un panel cuadrado de pared se deslizó a un lado. El grueso y claro vidrio de la portilla dejó ver el espacio... cuajado de estrellas.
—Ya he visto esto por las ventanas de observación de la sala de máquinas— dijo Cutie.
—Lo sé —dijo Powell—. ¿Qué crees que es?
—Exactamente lo que parece: un material negro detrás de este cristal, salpicado de puntas brillantes. Sé que nuestro director manda rayos desde algunos de estos puntos, siempre los mismos; y también que estos puntos se mueven y que los rayos se mueven con ellos. Eso es todo.
—¡Bien! Ahora quiero que me escuches atentamente. Lo negro es vacío, inmensa extensión vacía que se extiende hasta el infinito. Los pequeños puntos brillantes son enormes masas de materia saturadas de energía. Son globos, algunas de ellos de millones de kilómetros de diámetro, y para que puedas compararlos te diré que esta estación tiene sólo mil quinientos metros de ancho. Parecen tan pequeños porque están increíblemente lejos.
"Los puntos a los cuales van dirigidos nuestros haces de energía están más cercanos y son más pequeños. Son fríos y duros y los seres humanos como yo mismo, vivimos en su superficie; somos varios millones. Es de uno de estos mundos de donde Donovan y yo venimos. Nuestros rayos alimentan estos mundos con energía sacada de uno de estos grandes globos incandescentes que se encuentran cerca de nosotros. A este globo lo llamamos Sol y está del otro lado de la Estación, donde tú puedes verlo.
Cutie permanecía inmóvil al lado de la portilla, como una estatua de acero. Sin volver la cabeza, dijo:
—¿De qué punto de luz pretendes venir?
—Allí está —dijo Powell después de haber buscado—. Aquel tan brillante de la esquina. Lo llamamos Tierra. La buena y vieja Tierra. Somos tres billones en él, Cutie, y dentro de unas dos semanas volveré a estar allá con ellos.
Y entonces, cosa sorprendente, Cutie pareció canturrear, distraído. No era en realidad una tonada, pero poseía la curiosa calidad sonora de un "pizzicato". Cesó tan rápidamente como había empezado.
—¿Y de dónde vengo yo, Powell? No me has explicado mi existencia.
— Todo lo demás es sencillo. Cuando estas estaciones fueron establecidas por primera vez para alimentar de energía solar los planetas, eran regidas por seres humanos. Sin embargo, el calor, las fuertes radiaciones solares y las tempestades de electrones hacían la estancia en el puesto difícil. Se perfeccionaron los robots para sustituir el trabajo humano y ahora sólo se necesitan dos jefes para cada estación. Estamos tratando de reemplazar incluso a estos dos y aquí es donde intervienes tú. Tú eres el tipo de robot más perfeccionado, y si demuestras la capacidad de dirigir esta estación independientemente, jamás un ser humano volverá a poner los pies aquí, salvo para traer las piezas de recambio para reparaciones.
Su mano se levantó y la placa de metal volvió a caer en su sitio. Powell volvió a la mesa y frotó una manzana contra la manga antes de mordería. El rojo resplandor de los ojos del robot detuvo un ademán.
—¿Esperas acaso que dé crédito a ninguna de estas absurdas hipótesis que acabas de exponerme? —dijo lentamente—. ¿ Por quién me tomas?
Powell escupió fragmentos de manzana sobre la mesa y se puso Colorado.
—¡Pero, maldito sea! ¡No son hipótesis, son hechos!
—¡Globos de energía de millones de kilómetros de anchura! —dijo Cutie amargamente—. ¡Mundos con tres billones de seres humanos! ¡El vacío infinito!... Lo siento, Powell, pero no creo nada de esto. Lo resolveré yo solo. Adiós.
Dio la vuelta y salió de la cámara. Pasó por delante de Michael Donovan, hizo una inclinación de cabeza al llegar al umbral y salió al corredor, ignorante de la expresión de asombro de los dos hombres.
Mike Donovan se pasó la mano por el rojo cabello y dirigió una mirada de contrariedad a Powell.
—¿Qué diablos estaba diciendo el maldito artefacto este? ¿Qué es lo que no cree?
—Es un escéptico —dijo el otro, mordiéndose nerviosamente el bigote—. No cree que lo hayamos fabricado, ni que la Tierra exista, ni que haya un espacio estrellado.
—¡ Por el viejo Saturno! Ha salido un robot loco de nuestras manos...
—Dice que va a resolver el problema él solo.
—Bien, en este caso, espero condescenderá a explicarme todo lo que descubra —Y con súbita rabia, añadió—: ¡Oye! ¡Cómo ese montón de metal me largue a mí una de éstas, le parto esta varilla de cromio en la espalda!
Se sentó encogiéndose de hombros y se sacó una novela del bolsillo.
—Este robot empieza a darme grima, de todos modos. Es demasiado inquisitivo.—
Mike Donovan se estaba comiendo un bocadillo de lechuga y tomate cuando Cutie llamó suavemente a la puerta y entró.
—¿Está aquí Powell?
Donovan le contestó con voz pausada y apagada por la masticación.
—Está reuniendo datos sobre la función de las corrientes electrónicas. Parece que nos acercamos a una tormenta.
En aquel momento entró Gregory Powell, miró un papel lleno de cifras que traía en la mano y se sentó. Dejó las hojas sobre la mesa y comenzó a hacer cálculos. Donovan lo miraba, masticando la lechuga y recogiendo las migas de pan. Cutie esperaba, silencioso.
—El potencial Zeta se eleva, pero lentamente —dijo Powell levantando la vista—. De todos modos, las corrientes funcionales son errantes y no sé qué esperar. ¡Ah, hola, Cutie! Creía que estabas vigilando la instalación de la nueva barra de mando.
—Ya está instalada —dijo el robot tranquilamente— y he venido a sostener una conversación con vosotros.
—¡Ah!... —dijo Powell, aparentemente inquieto—. Bien, siéntate. No, en esta silla, no. Una de las patas es floja y no resistiría tu peso.
—He tomado una decisión —dijo el robot, después de haber obedecido.
Donovan levantó la vista y dejó los restos de su bocadillo a un lado. Se disponía a hablar, pero Powell le hizo guardar silencio con un gesto.
—Sigue, Cutie. Te escuchamos.
—He pasado estos dos últimos días en concentrada introspección —dijo Cutie—, y los resultados han sido de lo más interesante. Empecé por un seguro aserto que consideré podía permitirme hacer. Yo, por mi parte: existo, porque pienso.
—¡Ah, por Júpiter... un robot Descartes! —gruñó Powell.
—¿Quién es Descartes? —preguntó Donovan— Oye, ¿es que tenemos que estar aquí sentados escuchando a este loco metálico...?
—¡Cállate, Mike!
—Y la cuestión que inmediatamente se presenta continuó Cutie imperturbable—, es: ¿cuál es exactamente la causa de mi existencia?
Powell se quedó con la boca abierta.
—Estás diciendo tonterías. Ya te he dicho que te hicimos nosotros.
—Y si no nos crees, con gusto volveremos a hacerte pedazos —añadió Donovan.
El robot tendió sus fuertes manos con un gesto de imploración.
—No acepto nada por autoridad. Una hipótesis debe ser corroborada por la razón, de lo contrario, carece de valor; y es contrario a todos los dictados de la lógica suponer que vosotros me habéis hecho.
Powell detuvo con su mano el gesto amenazador de Donovan.
—¿Por qué dices esto, exactamente?
Cutie se echó a reír. Era una risa inhumana, la risa más mecanizada que había surgido jamás. Era aguda y explosiva, regular como un metrónomo y sin matiz alguno.
—Fíjate en ti —dijo finalmente—. No lo digo con espíritu de desprecio, pero fíjate bien. Estás hecho de un material blando y flojo, sin resistencia, dependiendo para la energía de la oxidación ineficiente del material orgánico... como esto — añadió señalando con un gesto de reprobación los restos del bocadillo de Donovan—. Pasáis periódicamente a un estado de coma, y la menor variación de temperatura, presión atmosférica, la humedad o la intensidad de radiación afecta vuestra eficiencia. Sois alterables.
—Yo, por el contrario, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica directamente y la utilizó con casi un ciento por ciento de eficiencia. Estoy compuesto de fuerte metal, estoy consciente constantemente y puedo soportar fácilmente los más extremados cambios ambientales. Estos son hechos que, partiendo de la irrefutable proposición de que ningún ser puede crear un ser más perfecto que él, reduce vuestra tonta teoría a la nada.
Las maldiciones murmuradas en voz baja por Donovan brotaron inteligibles al levantarse frunciendo sus rojas cejas.
—¡Muy bien, hijo de unos desperdicios de metal! Si no te hicimos nosotros, ¿quién te hizo?
—Muy bien, Donovan —asintió Cutie gravemente—. Esta era, desde luego, la cuestión siguiente. Evidentemente, mi creador tiene que ser más poderoso que yo y por lo tanto, sólo cabía una hipótesis.
Los dos hombres de la Tierra le miraban sin expresión y Cutie prosiguió:
—¿Cuál es el centro de las actividades aquí en la Estación? ¿Al servicio de quién estamos todos? ¿Qué absorbe toda nuestra atención?
Esperó, a la expectativa. Donovan miró asombrado a su compañero.
—Apostaría a que este amasijo de tornillos esta hablando del mismo Transformador de Energía.
—¿Es así, Cutie? —preguntó Powell.
—Estoy hablando del Señor —fue la fría respuesta que siguió.
Aquello fue la señal del estallido de risas de Donovan y el mismo Powell se permitió esbozar una sonrisa. Cutie se puso de pie y sus ojos brillantes se fijaron en uno y después en el otro.
—Da lo mismo lo que penséis y no me extraña que os neguéis a creerlo. Vosotros no tenéis que estar mucho tiempo aquí, estoy seguro de ello. Powell mismo ha dicho que al principio sólo los hombres servían al Señor; que después vinieron los robots para el trabajo rutinario; y finalmente yo, para dirigir. Los hechos son sin duda verdaderos, pero la explicación es completamente ilógica. ¿Queréis saber la verdad que hay detrás de todo esto?
—Sigue, Cutie, me diviertes.
—El Señor creó al principio el tipo más bajo, los humanos, formados más fácilmente. Poco a poco fue reemplazándolos por robots, el siguiente paso, y finalmente me creó a mí, para ocupar el sitio de los últimos humanos. A partir de ahora sirvo al Señor.
—No harás nada de esto —dijo Powell secamente—.
Seguirás nuestras órdenes y te estarás tranquilo hasta que estemos convencidos de que puedes dirigir el Transformador. ¡Escucha! El Transformador, no el Señor. Si no nos convences, serás desmontado. Y ahora, si no te importa... puedes marcharte. Y llévate estos datos y regístralos debidamente.
Cutie aceptó los gráficos que le tendían y salió sin decir palabra. Donovan se echó atrás en su silla y se mesó los cabellos.
—Ese robot nos va a dar trabajo. ¡Está como una cabra!
El soñoliento zumbido del Transformador se oye más fuerte en la cámara de mando y mezclado a él se oye la aspiración de los contadores Geiger y el intermitente ruido de las señales luminosas.
Donovan apartó los ojos del telescopio y encendió los Luxites.
—El haz de Estación 4 capta Marte en horario. Podemos cortar los nuestros ya.
Powell parecía abstraído.
—Cutie está en el cuarto de máquinas. Le daré la señal y puede hacerse cargo de ello. Oye, Mike, ¿qué piensas de estas cifras?
Donovan las estudió atentamente y lanzó un silbido de perplejidad.
—¡Hombre, esto es lo que yo llamo intensidad de rayos gamma! El viejo Sol hace de las suyas... —respondió Powell amargamente—, estamos en mala posición para aguantar una tormenta de electrones, además. Nuestro haz de Tierra está probablemente en el sendero indicado. —Apartó su silla de la mesa— ¡Cuernos! ¡Si tan sólo aguantase hasta que venga el relevo, pero lleva ya diez días! Oye, Mike, ¿y si fueses abajo a echar una mirada a Cutie?
—O.K. Dame algunas de estas almendras. —Agarró el saquito que le arrojó Powell y se dirigió hacia el ascensor.
El instrumento se deslizó suavemente hacia abajo y se detuvo en la pequeña puerta de la sala de máquinas. Donovan se asomó a la barandilla y miró hacia abajo.
Los enormes generadores estaban en plena acción y de los tubos-L salía el agudo silbido que saturaba toda la estación.
Vio la enorme y reluciente figura de Cutie al lado del tubo-L de Marte, observando atentamente a los demás robots que trabajaban al unísono.
Y entonces Donovan se quedó rígido. Los robots, que parecían empequeñecidos junto el enorme tubo-L, estaban alineados delante de él, con la cabeza doblada en ángulo recto, mientras Cutie andaba lentamente arriba y abajo por delante de ellos. Transcurrieron quince segundos y entonces, con un estruendo metálico que retumbó en la estancia, cayeron todos de rodillas.
Donovan bajó precipitadamente la estrecha escalera. Corrió hacia ellos, con el rostro rojo como sus cabellos, agitando furiosamente los puños en el aire.
—¿Qué diablos significa esto, idiotas sin seso? ¡Vamos! ¡Ocupaos del tubo-L! Como no lo tengáis en perfecta condición, limpio, antes de que termine el día, os coagulo el cerebro con corriente alterna!
Ni un solo robot se movió.
Incluso Cutie, en el extremo, el único que estaba de pie, permaneció silencioso, con la mirada fija en los oscuros rincones de la gran máquina que tenía delante. Donovan dio un fuerte empujón al primer robot.
—¡Levántate! —rugió.
Lentamente el robot obedeció.
Sus ojos fotoeléctricos se fijaron con reproche sobre el hombre de la Tierra.
— No hay más Señor que el Señor – dijo—, y QT-1 es su profeta.
—¿Eh?... —Donovan se encontró frente a veinte pares de ojos fijos en él y veinte voces de timbre metálico que declaraban solemnemente:
—"No hay más Señor que el Señor y QT-1 es su profeta…
—Temo —dijo Cutie al llegar a este punto—, que mis amigos obedecen ahora a alguien más alto que tú.
—¡Qué diablos dices! ¡Sal de aquí inmediatamente! Ya te arreglaré las cuentas más tarde, y a estos chismes animados, ahora mismo.
—Me apena —dijo Cutie lentamente moviendo despacio la cabeza—, pero veo que no me entiendes. Todos estos son robots, y por lo tanto seres dotados de razón. Les he predicado la Verdad y ahora reconocen al Señor. Me llaman el Profeta. Soy indigno de ello —añadió bajando la cabeza—, pero quizá...
Donovan consiguió recobrar el aliento e hizo uso de él.
—¿Sí, eh?... ¡Vaya, qué bonito!—. Pues escucha que diga una cosa, chimpancé de bronce. Aquí no hay tal Señor, ni tal Profeta, ni es cuestión de quién da órdenes. ¿Entendido? —Su voz, se convirtió en un mugido—. ¡Y ahora, fuera de aquí!
— Obedezco solamente al Maestro.
—¡Al diablo el Maestro! —Donovan escupió sobre el tubo-L —¡Esto para el Maestro! ¡Haz lo que te digo!
Ni Cutie ni los demás robots dijeron una palabra, pero Donovan se dio cuenta de un aumento de tensión. Los ojos fríos aumentaron la intensidad de su color, y Cutie parecía más rígido que nunca.
—¡Sacrílego! —murmuró, con voz metálica emocionada.
Donovan tuvo la primera sensación de miedo al ver aproximarse a Cutie. Un robot no puede sentir odio, pero los ojos de Cutie eran inescrutables.
—Lo siento, Donovan —dijo el robot—, pero después de esto no podéis seguir por más tiempo aquí. Por consiguiente, Powell y tú tenéis vedado el acceso a la sala de control y la sala de máquinas.
Había hecho un gesto pausado y en el acto dos robots sujetaron los brazos de Donovan.
Donovan no tuvo tiempo de hacer más que una angustiada aspiración antes de sentirse levantado y llevado escaleras arriba a la velocidad de un buen galope.
Gregory Powell andaba arriba y abajo de la habitación con el puño cerrado. Dirigió una intensa mirada de desesperación a la puerta y se acercó a Donovan amargamente.
—¿Por qué diablos tenias que escupir contra el tubo-L?
Mike Donovan se desplomó sobre el sillón y golpeó el brazo furiosamente.
—¿Qué querías que hiciese con este espantajo electrificado? ¡No voy a doblegarme ante sus caprichos!, ¿verdad?
— No; Pero ahora estamos en la sala de oficiales con robots de centinela en la puerta. Esto no es doblegarse. ¿Verdad?
Espera a que lleguemos a la base. Alguien pagara todo esto —dijo Donovan—. Los robots deben obedecernos: Es la Segunda Ley.
—¿De qué sirve esto? No nos obedecen. Y esto responde seguramente a una razón que descubriremos demasiado tarde. A propósito, ¿sabes lo que nos ocurrirá cuando estemos de regreso en la Base?
Se detuvo delante del sillón de Donovan, furioso.
—¿Qué?
—¡Oh, nada!—. Veinte años de Minas de Mercurio. O quizá el Presidio de Ceres.
—¿Qué estás diciendo?
—La tempestad de los electrones que se acerca—: ¿Sabes que avanza directamente hacia el centro del haz de Tierra? Acababa de calcularlo cuando el robot me ha levantado de la silla. ¿Y sabes lo que le va a pasar al haz? Porque la tormenta va a ser de alivio. Que va a saltar como una pulga con el contacto. Y todo esto con Cutie solo en los controles, y si sale de foco... que el Cielo proteja a la Tierra..., y a nosotros.
Donovan sacudía frenéticamente la puerta cuando Powell estaba sólo a medio camino de ella. La puerta se abrió y el hombre de la Tierra avanzó, pero encontró un duro e inamovible brazo de acero que lo detuvo.
El robot lo miraba con indiferencia.
—El Profeta ha dado orden de que no os mováis. Por favor, obedeced.
El brazo se movió, Donovan fue empujado hacia dentro y en aquel momento apareció Cutie por el fondo del corredor. Apartó con un gesto suavemente la puerta. Donovan se dirigió a Cutie jadeando, indignado.
—¡Esto ha ido va bastante lejos! ¡Vas a pagar cara la farsa!
—Por favor, no te contraríes dijo el robot con suavidad—, tenía forzosamente que ocurrir. Los dos habéis perdido vuestra función...
—Hasta que fui creado vosotros velabais por el Maestro. Este privilegio me pertenece ahora a mí y por consiguiente, la razón de ser de vuestra existencia ha desaparecido. ¿No es esto evidente?
—No mucho —respondió amargamente Powell—, pero ¿qué crees que vamos hacer ahora?
Cutie no contestó enseguida. Permaneció silencioso como si reflexionase sobre el hombro de Powell. El otro agarró a Donovan por la muñeca y lo acercó.
—Me gustáis los dos. Sois criaturas inferiores, pero siento realmente cierto afecto por vosotros. Habéis servido fielmente al Señor y Él os lo recompensará. Habiendo terminado vuestro servicio, no existiréis probablemente por mucho tiempo, pero mientras existáis, tenemos que procuraros comida, ropas y abrigo, a condición de que os mantengáis apartados de la sala de controles y de máquinas.
—¡Nos está poniendo a pensión, Greg! —gritó Donovan—. ¡Haz algo! ¡Es humillante!
—Oye Cutie, no podemos tolerar esto. Somos los amos. Esta Estación ha sido exclusivamente creada por seres humanos como yo, seres humanos que viven en la Tierra y otros planetas. Esto no es más que un colector de energía. Tú no eres más que... ¡Ay... cuerno!
Cutie movió la cabeza gravemente.
—Esto frisa ya la obsesión. ¿Por qué insistís en un punto de vista tan radicalmente falso? Aun admitiendo que los no-robot carecen de la facultad de razonar, queda todavía el problema de...
Su voz se desvaneció en un reflexivo silencio y Donovan dijo, en un susurro saturado de intensidad:
—Si tuvieses un rostro de carne y hueso te lo rompería.
Con los dedos, Powell se acariciaba el bigote y sus ojos brillaban.
—Escucha, Cutie, si no existe una cosa que se llama Tierra, ¿cómo te explicas lo que ves por el telescopio?
—¡Perdona...!
—¿Te he ganado, eh? —dijo Powell—. Desde que estamos juntos has hecho muchas observaciones telescópicas, Cutie. ¿Has observado que muchos de estos puntos luminosos se convierten en disco cuando los ves así?
—¡Oh, esto!... Sí, ciertamente. Es una mera ampliación con el propósito de dirigir más exactamente el haz.
—¿Por qué no aumentan igualmente de tamaño las estrellas, entonces?
—¿Quieres decir los demás puntos? No se les manda haz alguno, de manera que no necesitan ampliación. Verdaderamente, Powell, incluso deberías ser capaz de comprender esto.
—¡Pero ves más estrellas a través del telescopio! —dijo Powell, mirándolo perplejo—. ¿De dónde vienen? ¿De dónde demonios vienen, por Júpiter?
—Escucha, Powell —dijo Cutie, contrariado—. ¿Crees que voy a perder el tiempo tratando de buscar interpretaciones físicas de todas las ilusiones ópticas de nuestros instrumentos? ¿Desde cuándo puede compararse la prueba ofrecida por nuestros sentidos con la clara luz de la inflexible razón?
—Mira —intervino Donovan súbitamente, liberándose del amistoso, pero pesado brazo metálico de Cutie—, vamos al fondo de la cuestión. ¿Para qué sirven los haces? Te estamos dando una explicación lógica. ¿Puedes hacer tú algo mejor?
—Los haces de luz son emitidos por el Señor para cumplir sus designios. Hay ciertas cosas — añadió elevando piadosamente los ojos— que no deben sernos probadas; en esta materia, trato sólo de servir y no de interrogar.
Powell se sentó y hundió el rostro en sus manos temblorosas.
—Sal de aquí, Cutie. Sal de aquí y déjame pensar.
—Te mandaré comida —dijo Cutie amablemente.
Un gruñido fue la única respuesta y el robot salió.
—Greg —dijo Donovan en voz baja y sombría—, esto requiere estrategia. Tenemos que aplicarle un cortocircuito en el momento en que no lo espere. Acido nítrico concentrado en las articulaciones.
—No digas tonterías, Mike. ¿Crees acaso que nos dejará acercarnos a él con ácido nítrico en las manos? Tenemos que hablar con él, te digo. Tenemos que convencerlo de que nos deje tomar de nuevo posesión de la sala de control antes de cuarenta y ocho horas, o seremos reducidos a papilla. Pero —añadió balanceándose, desalentado ante su impotencia— ¿quién va a discutir con un robot?
—Es vejatorio... —terminó Donovan.
—¡Peor!
—¡Oye! —dijo Donovan, echándose a reír— ¿Por qué discutir? ¡Demostrémoselo! ¡Construyamos otro robot ante sus propios ojos tendrá que tragarse sus palabras, entonces!
En el rostro de Powell apareció lentamente una sonrisa que se fue ensanchando.
—¡Y piensa en su cara de espanto cuando nos vea hacerlo!— terminó Donovan
Los robots son fabricados, desde luego, en la Tierra, pero su expedición a través del espacio es mucho más fácil si puede hacerse por piezas y montarlos en el sitio donde deben emplearse. Elimina además la posibilidad de que robots completamente montados vayan rondando por la Tierra, enfrentando de esta manera la U. S. Robots con la estricta ley que prohibe el uso de robots en la Tierra.
Sin embargo, esto hacía pesar sobre hombres como Powell y Donovan las necesidades de sintetizar robots completos, tarea laboriosa y complicada.
Powell y Donovan no se habían dado nunca tanta cuenta de la verdad de este hecho como el día en que, reunidos en la sala de montaje, emprendieron la creación de un nuevo robot bajo la inspección y vigilancia de QT-1. Profeta del Señor.
El robot en cuestión, un simple MC, vacía sobre la mesa, casi terminado. Tres horas de trabajo lo habían dejado sólo con la cabeza por terminar y Powell se detuvo para enjugarse la frente y mirar a Cutie.
La mirada no fue muy tranquilizadora. Durante tres horas, Cutie había permanecido sentado, inmóvil y silencioso, y su rostro, siempre inexpresivo, era ahora absolutamente inescrutable.
—¡Vamos ya con el cerebro Mike! —gruñó Powell.
Donovan abrió un receptáculo herméticamente cerrado y del baño de aceite del interior sacó un segundo cubo. Abriendo éste a su vez, sacó un globo de su revestimiento de esponja de goma.
Lo manejó rápidamente por que era el mecanismo más complicado jamas creado por el hombre. En el interior de la tenue piel chapada de platino del globo, había un cerebro positrónico, en cuya inestable y delicada estructura habían insertados senderos neutrónicos calculados, que dotaban a cada robot de lo que equivalía una educación prenatal.
El cerebro se adaptaba exactamente a la cavidad craneana del robot. El metal azul se cerró y quedó sólidamente soldado por la diminuta llama atómica. Se adaptaron cuidadosamente los ojos electrónicos, fuertemente atornillados en su lugar y cubiertos por una delgada hoja transparente de plástico de la dureza del acero.
El robot sólo esperaba ya la vitalizadora corriente de una electricidad de alto voltaje, y Powell se detuvo con la mano sobre el interruptor.
—Ahora mira esto, Cutie. ¡Fíjate atentamente!
El interruptor estableció el contacto y se oyó un zumbido. Los dos terrestres se inclinaron emocionados sobre su creación.
Al principio sólo se produjo un leve movimiento en las articulaciones. La cabeza se levantó, los codos se apoyaron sobre la mesa y el robot modelo MC bajó torpemente al suelo. Su paso era inseguro y dos veces unos infructuosos gruñidos fueron todo lo que se consiguió sacarle en materia de palabra. Finalmente su voz, incierta y vacilante, adquirió forma.
—Quisiera empezar a trabajar. ¿Dónde debo ir?
Donovan corrió hacia la puerta.
—¡Baja estas escaleras! —dijo—. Ya te dirán lo que debes hacer.
El robot MC se había marchado y los dos hombres estaban solos delante del inconmovible Cutie.
—Y bien, ¿crees ahora que te hemos hecho nosotros?
—¡No! —fue la respuesta corta y categórica de Cutie.
Powell frunció intensamente el ceño y después fue relajándose. Donovan abrió la boca y permaneció así.
—¿Lo veis? —continuó Cutie tranquilamente—. No habéis hecho más que juntar piezas ya creadas. Lo habéis hecho extraordinariamente bien, por instinto supongo, pero en realidad no habéis creado el robot. Las piezas habían sido creadas por el Señor.
—Escucha —dijo Donovan, con voz enronquecida—, estas piezas han sido fabricadas en la Tierra y mandadas aquí.
—Bien, bien... —dijo Cutie, tranquilizador—, no discutamos...
—No es ésta mi intención. —Donovan saltó hacia delante y agarró el brazo del robot—. Si fueses capaz de leer los libros de la biblioteca, te lo explicarían de modo que no te quedaría la menor duda.
—¡Los libros... los he leído! ¡Todos! Son muy ingeniosos.
Powell intervino súbitamente.
—Si los has leído, ¿qué mis hay que decir? No puedes negar su evidencia. ¡No puedes!
—Por favor, Powell —dijo Cutie con la compasión en la voz—, no puedo considerarlos como una fuente valida de información. También ellos fueron creados por el Señor... y lo fueron para ti, no para mí.
—¿Cómo has descubierto esto? —preguntó Powell.
—Porque yo, como ser dotado de razón, soy capaz de deducir la Verdad de las Causas a priori. Tú, ser inteligente, pero sin razón, necesitas que se te dé una explicación de la existencia, y esto es lo que hizo el Señor. Que te procurase estas visibles ideas de mundos lejanos y pueblos, es, sin duda, excelente. Vuestras mentes son demasiado vulgares para comprender la Verdad absoluta. Sin embargo, puesto que es la voluntad del Señor que deis crédito a vuestros libros, no quiero discutir eso con vosotros.
Al marcharse, se volvió y en tono más amable, dijo:
—Pero no temáis nada. En el plan de las cosas del Señor hay sitio para todo. Vosotros, los pobres humanos, tenéis vuestro lugar, y, si bien es humilde, seréis recompensados si lo ocupáis dignamente.
Se marchó con el aire de beatitud propio del Profeta del Señor y los dos seres humanos permanecieron solos, evitando mirarse.
—Vámonos a la cama, Mike. Abandono —dijo Powell haciendo un esfuerzo.
—Oye, Greg —dijo Donovan con voz ronca—, ¿no creerás que tiene razón en todo esto, verdad? Parece tan seguro de sí mismo que...
—No seas idiota —dijo Powell volviéndose rápido— Ya te convencerás de que la Tierra existe cuando vengan los relevos la semana próxima y tengamos que regresar a escuchar el concierto.
—Entonces... ¡por la salud de Júpiter!, tenemos que hacer algo. —Casi lloraba—. No nos cree ni a nosotros, ni a los libros, ni a sus ojos.
—No —dijo Powell amargamente— ¡Es un robot con razón, maldita sea, con sus propios postulados! Cree sólo en la razón, y esto tiene un inconveniente... — Su voz se desvaneció.
—¿Cuál es?
—Que por la pura razón y la lógica se puede probar cualquier cosa... si encuentras el postulado apropiado. Nosotros tenemos los nuestros y Cutie tiene los suyos.
—Entonces veamos estos postulados enseguida. La tempestad es mañana.
—Aquí es donde falla todo —dijo Powell con un suspiro de desaliento—. Los postulados están establecidos por la suposición y reforzados por la fe. Nada en el Universo puede conmoverlos. Me voy a la cama.
—¡Oh, demonios¡ ¡No puedo dormir!.
—Yo tampoco. Pero siempre puedo intentarlo... por cuestión de principio.
Doce horas después el sueño seguía siendo esto, una cuestión de principios, inalcanzable, en la práctica.
La tormenta llegó a la hora prevista y el rubicundo rostro de Donovan se había quedado sin sangre. Powell, con los labios secos y las mandíbulas apretadas, miraba a través de la portilla y se tiraba desesperadamente del bigote.
En otras circunstancias, hubiera sido un maravilloso espectáculo. El chorro de electrones a alta velocidad que penetraba en el haz de energía florecía en forma de microscópicas partículas de intensa luz. El chorro se desparramaba por el vibrante vacío, formando un revoloteo, de brillantes copos.
El haz de energía permanecía inmóvil, pero los dos terrestres sabían el valor de las apariciones a simple vista. Una desviación en arco de una centésima de milésima de segundo, invisible al ojo humano, era suficiente para apartar el haz de su foco, y convertir centenares de kilómetros cuadrados de la Tierra en incandescentes ruinas.
Y un robot, indiferente al haz, al foco y a la Tierra, todo menos a su Señor, era dueño de los mandos.
Las horas pasaron. Los dos hombres seguían mirando en un silencio de hipnosis. La tormenta habla cesado.
—Se acabó —dijo Powell con voz incolora.
Donovan había caído en una especie de sopor y Powell lo miraba con envidia. La señal luminosa brillaba una y otra vez, pero ninguno de los dos prestaba atención a ella. Nada tenía importancia. Quizá en el fondo Cutie tuviese razón... y él no era más que un ser inferior con una memoria metódica y una vida que había sobrepasado su propósito.
¡Ojalá fuese así! Cutie estaba ante él.
—No habéis contestado a la señal, de manera que he venido dijo en voz baja—. No tenéis buen semblante y temo que el término de vuestra existencia no esté lejano. Sin embargo, ¿queréis ver algunas de las anotaciones registradas hoy?
Powell se daba vagamente cuenta de que el robot trataba de mostrarse amistoso, quizá para apagar sus remordimientos, restableciendo a los humanos en el mando de la estación. Cogió las hojas de papel de la mano, que se las tendía y las miró sin verlas.
—Desde luego, es un gran prodigio servir al Señor —dijo Cutie, al parecer satisfecho—. No debéis tomaros a mal que os haya reemplazado.
Powell lanzó un gruñido y siguió recorriendo maquinalmente las hojas de papel basta que se fijó en una tenue línea roja que cruzaba la hoja.
Miró... y volvió a mirar. Se apoyó con fuerza sobre los puños y se levantó, sin dejar de mirar. Las demás hojas cayeron al suelo, mezcladas.
—¡Mike! ¡Mike! —Sacudió a su amigo furiosamente—. ¡Se mantiene en dirección!.
—¿Eh? ...¿Cómo? —preguntó Donovan, volviendo en sí, mirando también con los ojos salidos, la hoja que tenía delante.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cutie.
—Te has mantenido en el foco —gritó Powell— ¿Lo sabias?
—¿Foco? ¿Qué es eso?
—Has mantenido el haz dirigido exactamente a la estación receptora... dentro de una diezmillonésima de segundo de arco.
—¿Qué estación receptora?
—Tierra. La estación receptora es Tierra —balbució Powell—. Has mantenido la dirección del foco.
Cutie giró sobre sus talones, contrariado.
—Es imposible mostrar la menor amabilidad con vosotros. ¡Siempre el mismo fantasma! No he hecho más que mantener todas las esferas en equilibrio de acuerdo la voluntad del Señor.
Y recogiendo los esparcidos papeles, se retiró secamente; una vez hubo salido, Donovan se volvió hacia Powell y dijo:
—¡Júpiter me confunda!... Bien, ¿y qué hacemos?
—Nada —dijo Powell, cansado—. Nada. Nos ha demostrado que puede dirigir perfectamente la estación, jamás he visto hacer mejor frente a una tempestad de electrones.
—Pero esto no resuelve nada. Ya has oído lo que ha dicho del Señor. No podemos...
—Mira, Mike, sigue las instrucciones del Señor a ha través de relojes, esferas, gráficos e instrumentos. Esto es lo que siempre hemos hecho nosotros. En realidad, equivale a negarse a obedecer. La desobediencia es la Segunda Ley. No hacer daño a los humanos es la primera. ¿Cómo podía evitar hacer daño a los humanos sabiéndolo o no? Pues manteniendo el haz de energía estable. Sabe que es capaz de mantenerlo más estable que nosotros, ya que insiste en que es un ser superior, y por esto tiene que mantenernos alejados del cuarto de controles. Si tienes en cuenta las leyes Robóticas, es inevitable.
—Bien, pero no es ésta la cuestión. No podemos consentir que siga con el sonsonete ese del Señor.
—¿Porqué no?
—Porque ¿quién ha oído jamás decir estas tonterías? ¿Vamos a dejar que siga manteniendo la estación si no cree en la existencia de la Tierra?
—¿Puede dirigir la Estación?
—Sí pero...
—Entonces, ¿qué más da que crea una cosa que otra?
Powell extendió los brazos con una vaga sonrisa de satisfacción y cayó de espaldas sobre la cama. Estaba dormido.
Powell seguía hablando mientras luchaba por endosarse su ligera chaqueta del espacio.
—Será muy sencillo. Puedes traer nuevos modelos QT uno por uno, los equipas con un conmutador de lanzamiento automático que actúe en el plazo de una semana, como para darles tiempo de aprender... el.. el culto del Señor, de boca del mismo Profeta; después los conmutas con otra estación para revitalizarlos. Podemos tener dos QT por...
Donovan levantó su visor de glassita y se rió.
—Cállate y vámonos de aquí. El relevo espera y no estaré tranquilo hasta que sienta la superficie de la Tierra bajo mis pies..., sólo para estar seguro de que realmente existe.
La puerta se abrió mientras estaba hablando y Donovan volvió a cerrar inmediatamente el visor de glassita, volviéndose enojado hacia Cutie.
El robot se acercó a ellos lentamente.
—¿Os vais? —preguntó con una nota de pesar en la voz.
—Vendrán otros en nuestro lugar —respondió Powell.
—Vuestro tiempo de servicio ha terminado y la hora de la disolución ha llegado —dijo Cutie con un suspiro—. Lo esperaba, pero... En fin, la voluntad del Señor debe cumplirse...
—Ahorra tu compasión —saltó Powell, indignado por el rollo resignado de Cutie—. Nos vamos a la Tierra, no a la disolución.
—Es mejor que lo creáis así —suspiró nuevamente el robot —. Ahora comprendo la cordura de la ilusión. No quisiera tratar de conmover vuestra fe, aunque pudiese. —Y se marchó, convertido en la imagen de la compasión.
Powell le echó a reír y se dirigió hacia Donovan. Con las maletas cerradas en la mano, se encaminaron hacia la compuerta neumática.
La nave estaba en el rellano exterior y Franz Muller, su relevo, los saludó con rígida cortesía. Donovan le prestó escasa atención y entró en la cabina del piloto a tomar los mandos de manos de Sam Evans.
—¿Cómo va la Tierra? —preguntó Powell, quedándose atrás.
Era una pregunta bastante convencional y Muller dio la respuesta convencional que merecía:
—Sigue girando.
—Bien —dijo Powell.
En el U.S. Robots han ideado un nuevo tipo, a propósito —dijo Muller, mirándole—. Un robot múltiple.
—¿Un qué?
—Lo que he dicho. Hay un importante contrato de tiene que ser adecuado para los trabajos de minería en los asteroides. Es un robot principal, con seis robots alrededor. Como tus dedos.
—¿Lo han probado ya? —preguntó Powell con ansiedad.
—Te están esperando a ti, he oído decir —dijo Muller sonriendo.
—¡Maldita sea!... —exclamó Powell, cerrando el puño. —Necesito vacaciones.
—¡Oh, las tendrás! Dos semanas, creo.
Se estaba poniendo los gruesos guantes del espacio para su estancia allí y sus espesas cejas se juntaron.
—¿Y que tal va este nuevo robot? Será mejor que se porte bien o antes me condeno que dejarle tocar los mandos.
Powell hizo una pausa antes de contestar. Sus ojos recorrieron el cuerpo del orgulloso prusiano desde su cabello encrespado hasta los pies, reglamentariamente cuadrados..., y un súbito resplandor de sincera alegría recorrió su cuerpo.
—El robot es muy bueno —dijo lentamente—. No creo que tengas que preocuparte mucho de los mandos…
Hizo una mueca y entró en la nave. Muller tenía que estar allí varias semanas...

martes, 3 de enero de 2012

Cómo ocurrió - Isaac Asimov

Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ése que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.
-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...
Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un periodo de más de quince mil millones de años?
-Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevo. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.
Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro?- dije.
-¿Qué?
Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.
-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Éso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabaran cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?
Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:
-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.
-¿Qué te parecen cien años?
-¿Qué te parecen seis días?
-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.
-Ése es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... 
-¿De veras han de ser solo seis días, Aaron?
- Seis días, Moisés -dije firmemente.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El ángel bueno 3

Vino el que yo quería,
el que yo llamaba.

No aquel que barre cielos sin defensas,
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.

No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.

El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.

Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.

Para, sin lastimarme,
cavar una ribera de luz, dulce en mi pecho,
y hacerme el alma navegable.

El ángel bueno 2

Dentro del pecho se abren
corredores anchos, largos,
que sorben todas las mares.

Vidrieras,
que alumbran todas las calles.

Miradores,
que acercan todas las torres.
Ciudades deshabitadas
se pueblan, de pronto. Trenes
descarrilados, unidos
marchan.

Naufragios antiguos flotan.
La luz moja el pie en el agua.

¡Campanas!

Gira más de prisa el aire.
El mundo, con ser el mundo,
en la mano de un niña cabe.

¡Campanas!

Una carta del cielo bajó un ángel.

El ángel bueno

Un año, ya dormido,
alguien que no esperaba
se paró en mi ventana.

¡Levántate! Y mis ojos
vieron plumas y espadas.

Atrás montes y mares,
nubes, picos y alas,
los ocasos, las albas.

‹¡Mírala ahí! Su sueño,
pendiente de la nada.

¡Oh anhelo, fijo mármol,
fija luz, fijas aguas
movibles de mi alma!

Alguien dijo: ¡Levántate!
Y me encontré en tu estancia.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Espérame en el día del santo fundador

Año 1831
El capitán Joaquín de la Torre era un mozo apuesto, moreno y audaz, seductor 
de ingenuas y amigo de meterse en problemas. Nadie dudaba de su valor en batalla, y
los negros lo creían capiango, uno de aquellos soldados  - tigre que acompañaban en sus 
correrías al General Quiroga. 
Además de su carácter violento, Joaquín era puntilloso en el cumplimiento de
sus promesas, y le había hecho una a su prima, Inés de Quirós, a quien pretendía más 
allá de lo cuerdo. 
Todos aquellos años, mientras guerreaba, comía charqui agusanado y lo vencía
el cansancio de interminables cabalgatas, había resistido por el tenaz pensamiento de
volver a Córdoba con algún grado más en el ejército para casarse con ella. La madre de 
Inés, que lo detestaba, ya no podría impedirlo, pues había muerto tiempo atrás. 
Pero cuando entró en Córdoba, acompañando a las fuerzas de ocupación del
general Echagüe, después que bolearon al general Paz en Calchín, se encontró con que 
Inés llevaba algún tiempo de casada. 
Fue desconcertante en principio, y luego se le volvió insoportable, encontrarla
casada, y además, rota aquella relación que los unía desde niños, cuando ella, con su
expresión de ángel, mentía por él y lo protegía aún sabiendo que la castigarían. Ahora lo 
eludía de todas formas, se negaba a escucharlo y estaba cercada por una suegra
inclaudicable en su empeño de proteger a su hijo y a su nuera de aquel loco: él.Entre las virtudes de Joaquín no estaban la paciencia y menos aún la
consideración, y pronto lo que había sido proyecto, se le volvió despecho, así que un
domingo, fuera de sí, se había presentado a la salida de Misa Mayor y delante de todos, 
había jurado a su prima: “En el día del Santo Patrono, esté donde esté, vendré a
buscarte.”
Por eso, en San Jerónimo, cuando lo despertó la primera campanada de las
completas, se enderezó, atontado de sueño y de cansancio y se ordenó ponerse de pie 
recordando que era la fiesta del Santo. Le costó comprender dónde se hallaba, hasta que 
el olor a asado, las zafadurías y las risas de los soldados, amén las órdenes que repartían 
a destajo los oficiales santafesinos, le hizo saber que estaba en el campamento que
habían levantado más allá del Pueblito. 
Luego de sacudirse la chaquetilla y los pantalones, y pasarse los dedos por el
pelo alborotado, echó un vistazo a su alrededor y comenzó a atravesar el terreno por la 
parte más oscura de la  noche: la orilla bordeada de árboles que mantenían sus sombras 
en movimiento, facilitándole la retirada.
Esquivando a la guardia, saltó la pirca y dejó atrás el acantonamiento, con sus
tiendas y corrales improvisados. No tomaría montura de ellos, temiendo que su mala
suerte le pusiera un oficial superior al paso, de los que tenían orden de vigilarlo para que 
no bajara a la ciudad, pues se le había ordenado dejar en paz a los Quirós. 
Un viento helado le sacudió la fatiga y caminó hasta la primera pulpería,  donde 
se apropió de un caballo, y con la tristeza de la sangre pesándole en los miembros,
costeó La Toma entre acequias y ranchos de indios. Sentía necesidad de bebidas y
emociones fuertes, pero el recuerdo de Inés lo obligó a emprender el galope que sólo 
menguó al entrar en las calles empedradas.
Una vez allí, esquivó borrachos, se descubrió ante unas beatas desveladas en
caridades, olisqueó los jazmines tras los tapiales y se condolió de un negro castigado,
acurrucado en un portal, adormecido de tristeza  por no haber podido acudir al jolgorio 
de los suyos. Oyó retazos de música, risas y rezos, amén del susurro de alguna pareja, 
en un baldío, dispuesta a engendrar, a pesar de la matanza, un mestizo, un mulato, un
cuarterón.
Las calles mejoraban y a treinta  metros de la casa de los Quirós, desmontó y ató 
firmemente las riendas al palenque de un vecino, pensando en tener el caballo a mano 
por si conseguía robarse a su prima.
Luego de olfatear la noche como un cazador nocturno, caminó por la vereda,
frente a la casa donde vivía Inés, distinguiendo por las ventanas de la sala al absurdo 
marido de su prima  - se decía que no eran las mujeres precisamente de su gusto  - y a la 
madre de éste - doña Jacoba -, que parecía un marimacho en tocado de viudas. 
Ambos muy en dueños de ganado ajeno, pensó con furia. 
 Caminando en un silencio cauteloso, se acercó a una casa que, contrario al resto 
de las de la cuadra, mantenía sus puertas y ventanas cerradas. Allí se disimuló en el
portal, embargado de una vaga inquietud, pero  sabiendo que la puerta no se abriría: el
crespón negro anunciaba que estaban de duelo, pero cerrados al velatorio. En aquellos 
tiempos de guerra, seguramente aún no les habían entregado el cuerpo. Nadie, por lo
tanto, saldría a importunarlo. Todas las diligencias se harían por la puerta de servicios.    
 En la oscuridad, Joaquín armó un cigarrillo mientras discurría el modo de llegar 
a Inés sin que lo detuvieran. El chispazo del yesquero le iluminó el rostro (hermoso,
cruel y algo pálido después del combate) y al levantar los ojos se sintió mareado: la
noche, sobre él, parecía atraerlo con el  movimiento de las constelaciones.
De pronto, por la ventana de los Quirós se oyó el sonido de una guitarra, y como 
una caricia, la voz de Inés entonó un cielito que  hablaba de amores desdeñados ycorazones impregnados de tristezas. Mientras cada nota lo traspasaba como un puñal,
apareció por la esquina una delegación de estudiantes del Monserrat, con togas, birretes 
y cencerros, además de un chifle de caña disimulado  entre las ropas. Entonaban
estribillos maliciosos y trepaban a las rejas solicitando “una contribución forzosa”, so
pena de airear los pecados de los remisos en caso de que no los complacieran.
Inés, reclamada por sus coplas y requiebros, se asomó a la reja, y por unos 
minutos el capitán pudo observar en ella esa inconsolable coquetería de las mujeres
virtuosas por decreto.
En el tumulto que provocó el tintineo de las monedas que ella les arrojó, Joaquín 
aplastó el cigarro con la bota, cruzó la calzada y se metió en el zaguán de su prima sin 
que Bartolo, el negro que vigilaba la entrada, pudiera nombrar a Cristo.
Ya dentro de la fortaleza, dejó el sombrero en el poyo, se acomodó el cuchillo a 
la cintura y se asomó, al reparo de la penumbra, a la sala iluminada. Y aunque de reojo 
distinguió en el patio del aljibe a un criado, que al verlo se santiguó mientras retrocedía 
hacia los fondos, no se inmutó.
En la sala, los dueños de casa ignoraban lo que los servidores ya sabían: que el
capitán estaba en el solar,  dispuesto a cumplir su malhadada promesa. Porque si en los 
círculos de “ilustrados” lo mentaban “piel de Judas y carne de horca”, descansaban en la 
certeza de que, entre el Obispo y el General habían de meterlo en cauce. 
Pero en los últimos patios de esas mismas moradas, los domésticos sabían que el 
capitán había jurado, con la mano donde correspondía, que por sus partes viriles
conseguiría el amor o tomaría la vida de su prima. Y entre la gente que come junto al
fuego, que duerme sobre el piso, que corta  el pan con la mano y mata la gallina sin usar 
el filo, aquello era mucho jurar. Eso, sin sumarle lo que ellos creían como artículo de fe 
y los señores rechazaban como superstición de ignorantes: que Joaquín era capiango
desde la batalla de La Tablada, por  haber “chupado” el ánima de un soldado  - tigre que 
expiró en sus brazos.
Por entonces Bartolo, que muy en prudente había dado la vuelta por los fondos, 
comunicó a quien quisiera escucharlo que había visto al capitán cerrar los dedos sobre la 
empuñadura del cuchillo, donde había hecho grabar unos días atrás: “En la Muerte serás 
Mía”.
 Joaquín, entre tanto, entró en la sala, donde tanto buen ciudadano se divertía
decorosamente entre murmullos importados, tintineo de copas y gemido de caireles.
Varios negros  con sus violines tocaban aires ligeros a los que conseguían dar un ritmo 
alegre e interminable, y los caballeros, de levita y lazo, se mantenían de pie mientras las 
damas, enjoyadas y escotadas, disimulaban la hendidura entre los senos con algún
ramillete  de jazmines o madreselvas. Las ancianas que acompañaban a doña Jacoba,
sobre el estrado, pespunteaban, con agujas de palabras, los próximos enlaces de sus
vástagos sin prestar atención a las jóvenes casadas, que se distinguían por una especie 
de melancolía  que flotaba entre la última enfermedad de sus niños, la preocupación de 
una nueva gravidez y la obsesión de algún galán disimulado que, en misa, la seguía con
los ojos.
Apartada de todas ellas, Joaquín distinguió a Inés, sentada ante la reja; se la veía 
muy bella, con sus hombros descubiertos y el peinado despejándole el perfil angélico,
envuelta en un remoto misterio, con la vista prendida en el crespón negro de la puerta de 
enfrente. ¿Quizás lo había vislumbrado entre las sombras? ¿Habría tenido una de
aquellas intuiciones que los unieran desde la niñez? Y, ¿qué pensaría aquella “virgen de 
vestir”? La envolvía un enigmático aire de abandono, como si estuviera en la Torre de 
Babel, ignorante de todos los idiomas que se hablaban a su alrededor.Con estas preguntas, Joaquín se dirigió hacia ella, atravesando la sala sin que
nadie se desmayara al verlo. Cuando ya estaba cerca de ella, Inés se volvió y dibujó una 
sonrisa en sus ojos del color de las algas que aparecen después de las crecidas. Y él, 
enternecido,  ignorando que aquella sonrisa no le estaba destinada - no había sido
reconocido por ella, pues no llevaba sus graciosos quevedos  -, quitó la mano del puñal y 
se le acercó sin apuro: no era cuestión de rendir sus banderas por una simple sonrisa...
Se detuvo frente a ella y se observaron. La mirada de la joven se trocó en
espanto y volvió el rostro hacia los invitados como pidiendo auxilio, pero nadie se fijaba 
en ellos. Sonriendo, Joaquín tendió la mano y sin acertar a resistirse, su prima le entregó 
la suya. Y con el intangible poder del varón en celo, rodeó la cintura de Inés
transmitiéndole una languidez helada.
Comenzaron a bailar, él guiándola hacia el zaguán, con la intención de ganar la 
calle, todo sin cruzar palabra; porque esa noche, se había jurado, o se la llevaba con él, o 
la mataba. Hubiera deseado hablarle - sabía que era uno de sus encantos aquella voz
suya, viril y persuasiva  - pero temió romper el hechizo que lo hacía a él invisible entre 
los invitados y a Inés, obediente. 
Sin poder contenerse, apoyó la barbilla sobre la frente de ella, deseando  aquel
cuerpo prohibido, hambriento de su virtud que, con el marido que le habían impuesto,  
aguardaba por un amor como el suyo. 
La joven bailaba, en tanto, como si no tuviera conciencia de sus cuerpos y él
imaginó la pagana belleza de su pelo, esa cabellera que delataba en ella una naturaleza 
más sensual que candorosa, derramándose sobre la almohada. Y perdido en aquella
ensoñación, anheló el lecho matrimonial en las noches de tormenta, el amoroso
adormecimiento del alba, los besos debidos al amor atestiguado ante dos firmas y una 
bendición; anheló especialmente dormir con ella sobre la misma sábana, y cruzar las
habitaciones como dueño y señor, encender las lámparas al atardecer, escuchar las voces 
familiares repitiendo el Santo Rosario y ayunar cuando ella lo ordenara. 
En el recuerdo, añoró las escapadas a la siesta, a mojarse en el arroyo que
cruzaba la vieja estancia de Salsipuedes, donde habían jugado, en lejanos veranos, con
sus primos, los Maldonado, los Ceballos, los Loza.
Volvió en sí cuando Inés le transmitió, seguramente sin quererlo, aquel dulce
abandono de la infancia, cuando él la sustraía del cuidado de la niñera para embarcarla 
en juegos peligrosos y sus madres terminaban inevitablemente riñendo. Y no supo por 
qué, en vez de besarla, apoyó la mejilla en la cabellera de ella, que olía a sándalo y no a 
incienso.
Afuera, en la noche de San Jerónimo, petardos, tambores, coplas y campanas
daban a la ciudad un aire festivo, haciéndole olvidar  las muertes y los agravios de
aquellos días de guerra.
En el segundo patio, una de las mulatas hizo llamar al marido de Inés y deslizó 
en su oído el secreto de la presencia del capitán; el estupor y la consternación
descompusieron el rostro del joven, que  ordenó a la muchacha fuera por un gendarme 
mientras él corría a conseguirse un arma.
Algunos invitados ya se despedían y Joaquín comprendió que la magia llegaba a 
su fin: desde el salón, alguien observaba, curioso, la penumbra del zaguán, donde él
había llevado a Inés.
Debía partir; el episodio, tan perfecto, no debía ser arruinado por escándalo
alguno. Sin soltar la mano de la joven se la llevó a los labios y la besó larga, tierna,
fervorosamente, sintiendo que a él se le humedecían los ojos y a ella se le encendía la 
piel.  Comenzó a retroceder hacia la salida, cada vez más pálido, cada vez más
desgarrado y en el momento en que sus dedos iban a separarse, Inés, con aquel
entendimiento que los unía desde niños, comprendió algo (que quizás no era lo que
Joaquín esperaba que comprendiese) y sus dedos se ciñeron a la muñeca de su primo, 
atrayéndolo hacia ella. Empinándose en sus zapatos de baile, apoyó la diestra sobre el
corazón de él y rozó los labios del capitán con los suyos, que ardían. Luego, asustada 
pero no arrepentida, retrocedió unos pasos.
Joaquín desfalleció y vio en los ojos de ella aquella expresión de quien conoce 
un secreto que el otro ignora y vislumbró un sentimiento profundo, teñido de una
desesperación tan reveladora, que se sintió morir. Y  bañado en aquel afecto, su egoísmo 
cedió y se dijo que debía irse para siempre y vivir el resto de su existencia con el
resplandor del beso concedido y no robado.  
De pronto, como perdido en una batalla, escuchó en su interior ayes, lamentos y 
suspiros de muerte y el oscuro conocimiento de las sombras le despertó una inútil
vehemencia en las venas...
En tanto, el invitado receloso se acercó al umbral de la sala, temiendo
encontrarse con el mismísimo Joaquín de la Torre quién, contrariando leyes sociales y
jurídicas, mandatos de generales y el poder de la Iglesia, hubiera recorrido las cientos de 
leguas que creía lo separaban de Córdoba y de Inés, para dar gusto a su perfidia. 
El buen señor, asustado pero sintiendo la inalienable debilidad de defender a la 
dama, señaló hacia la sombra de Joaquín como lanzando un vade retro: 
_Espere usted. ¿Quién le ha...?
Pero la sombra de Joaquín desapareció en las sombras de la calle y el comedido, 
al llegar junto a la joven, sorprendió tal infelicidad en su rostro, tal desmadejamiento en 
sus miembros, que dio un grito y la sostuvo a tiempo que aparecía Alejandro  –ya con 
sus pistolas- para recibir a su mujer en brazos.
_¿Era el maldito? _ preguntó, pero no era necesario que le respondieran pues el 
estado de Inés proclamaba la infamia.
Alejandro entregó aquel cuerpo sin fuerzas a su madre quien, asistida por otras 
matronas, la cargaron hasta el sillón mayor y allí la recostaron con frases susurradas y
cortas exclamaciones de indignación, rodeándola como un enjambre encargado de
protegerla.
El joven y sus amigos, entre tanto, recorrieron las calles, con pistolas y sables en 
la mano. Entraron a los templos por si se había guarecido en ellos, buscando la
inmunidad de  lo sagrado, interrogaron paseantes y zamarreando a negros bebidos que 
festejaban alegremente su día festivo. Y creyendo en lo que no creían, espiaron,
aterrados, las cumbreras de los techos, las copas de los árboles, esperando que desde allí 
el capiango saltara a devorarlos.
Largo rato después volvieron de la incursión y al entrar a la sala, encontraron a 
Inés reclinada sobre almohadones, sola en el sillón; con la excusa de sus ahogos, había 
conseguido alejar a las mujeres. Alejandro se acercó a interrogarla, pero no pudo
hacerlo: por primera vez desde que se conocían, intuyó el resignado afecto con que lo 
observó al levantar sus increíbles ojos. 
_¡Querida!_ murmuró y arrodillándose a su lado, incapaz de soportar la culpa de 
tenerla atada a él irremediablemente, la abrazó, le acarició el cuello y abrigó con su
levita los desnudos hombros de Inés, consciente de realizar un rito amoroso pero inútil.
La música había cesado y todos hablaban quedo. 
Afuera, frente a los arcos del cabildo, con la brisa de medianoche inquietando las 
acequias, una patrulla avanzaba al trote, hacia la cuadra de los Quirós; con la manoenguantada sosteniéndole el corazón que naufragaba en sinrazones, el oficial al mando
buscaba las palabras que debía pronunciar, sin encontrarlas en todo el Manual de
Protocolo que le venía a la memoria
En la casona aún iluminada, entre las infusiones que iban y venían y los licores 
hurtados al ojo de doña Jacoba, alguien los oyó llegar y se asomó a la reja.
_Debe haberse notado en el cuartel la escapada del capitán, pues una patrulla se 
ha detenido en la casa de su madre.
 _Esta vez lo fusilan. Echagüe no se anda en chiquitas_ dijo el que lo había
descubierto en el zaguán.
_No han de pillarlo_ dijo otro invitado. _Yo estaba aquí mismo cuando gritaste y 
por esa puerta no entró. No está en su casa.
Alejandro se acercó a la ventana, pero Inés continuó bebiendo su tisana con
reservada serenidad, sin padecer ni un sobresalto.
En los fuertes golpes del aldabón sobre la puerta – vivían frente a frente los
Quirós y los de la Torre – hubo como un tartamudeo del Destino.
El  miradero de la puerta se abrió y después del “¿Quién es?” de la criada, y a la 
contestación del oficial, se abrió una de las hojas con mucho ruido de cerrojo y apareció 
la madre de Joaquín, de luto y con el rosario en la mano, el rostro cubierto con una gasa 
negra.
_¿Qué quieren ahora? _ amonestó al edecán y señaló a los mirones que
balconeaban desde el frente. _¿Es que esos Quirós han vuelto a mentir que mi pobrecito 
Joaquín los anda molestando? ¿Es que no saben, con tanta jarana que llevan festejando 
al Santo, que estamos de duelo, y aún sin el cuerpo? ¿Ni en la tumba lo han de dejar en 
paz? ¡Mi hijo muerto y ellos de convite! _ sollozó la matrona.
_Señora_ se descubrió la cabeza el militar. _Lamento el trance por el que usted a 
pasado. Pero ha sucedido... un milagro, madam. Me disponía yo a traerle el cuerpo de su 
hijo, cuando el capitán de la Torre ha vuelto en sí, diciendo que el beso de la Virgen lo 
había arrancado del infierno. Viene hacia acá, señora, en la sopanda del general. He
querido adelantarme para hacérselo saber, pues temí que su corazón de madre no
resistiera la impresión.
En la barahúnda de desmayos y exclamaciones de espanto, Alejandro se volvió y
observó a Inés que seguía bebiendo de la taza en santo recogimiento. Y entonces
comprendió que el secreto de ella era doblemente secreto, pues en la sonrisa vagamente 
insinuada, en la mirada satisfecha de su esposa, supo él que ella sabía que el que se
había introducido en su casa era un espectro y que con el beso le había devuelto el
aliento.
Con la última negrura que precede al alba, Alejandro escapó de la tiranía de su
madre, mientras su intocada esposa dormía en paz   - quizás soñando los mismos sueños 
que, del otro lado de la calle, soñaba el capiango redimido- y con su más querido amigo 
galopó hasta reunirse con las huestes del general Lamadrid, que se aprestaba a cruzar el 
calvario de las salinas del oeste.
Mucho después, el amigo aquél les hizo saber que había muerto de extenuación
y frío, mientras intentaban cruzar la cordillera de los Andes para buscar refugio en
Chile. 
Transcurrido un tiempo prudencial  – avalado por el señor Obispo  -, libre ya Inés 
de su gentil marido y cerrando cancelas a Doña Jacoba, se unió la joven a su primo, con 
las debidas dispensas, y ni las beatas opusieron rima al desposorio ya que Joaquín
resucitado, dejó las armas y se volvió hacendado – duro oficio por aquellos años -, pagando diezmo a la Curia y regalías al Cabildo, sosteniendo, además, la Casa de
Huérfanas.
Decían que era de verlo, algo menos sombrío, pero siempre muy guapo, asistir a 
misa sin faltar un domingo, en erguida devoción hacia el Misericordioso y hacia la
mujer tan largamente amada y de la que por fin era – hay quien aseguró que
apasionadamente – amado. 
Los negros aseguraban, sin embargo, que  una vez al año, por San Jerónimo,
dormía un día entero para que el capiango que llevaba adentro vagara por las sombras 
invisibles buscando matar con una necesidad tan descarnada, que el Señor de los
Ejércitos le daba alivio en feroces combates con hombres  tan sanguinarios como él,
hombres que habían muerto en diversas lides, en infinitas reyertas, pero sin el beso de 
una virgen para redimirlos.


de “TÚ, QUE TE ESCONDES”
Edición Sudamericana, 2004.
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